Felipe Ortín

Escribidor


Deja un comentario

El Principio de Incertidumbre

Como hoy voy a hablarles de incertidumbres, déjenme que dude entre saludarlos o no y entrar directamente en materia porque hoy vengo a contarles otra de esas anécdotas que colé en Idus de Julio, así como quién no quiere la cosa, para que no se me quedara en un ridículo panfleto de 15 páginas, en lugar de las 300 que, para su suerte o desgracia, tiene la novela.

Pues sí, porque en uno de los párrafos de la novela, como buen ingeniero que soy, nombré el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, tan famoso en el mundo de la física como posiblemente desconocido en los vestuarios de los campos de fútbol de primera división. Vamos, que quiero decir que mucha gente tendrá un poster de Messi o Cristiano Ronaldo colgado de las paredes de sus cuartos pero dudo que haya posters de Heisenberg u otros científicos esperando a ser admirados por jóvenes chavales (salvo que te llames Sheldon Cooper o el típico poster de Einstein sonriente, con los pelos locos despeinados y sacando la lengua). En fin, que tal vez otro gallo nos cantaría si en lugar de coleccionar los cromos de la liga, los chavales coleccionaran álbumes de científicos y científicas famosos. Sería emocionante ver a los críos cantando aquello de: “sile, sile, sile, sile, nole… te cambio a Rosalind Franklin por Hipatia”. ¡Joer, lloraría de verlo!

EINSTIENPues bien, para su conocimiento, el Principio de Incertidumbre viene a explicar, con un mogollón que te cagas de fórmulas incomprensibles, que se puede determinar la posición de una partícula pero no su velocidad y a la inversa, podemos saber su velocidad pero no su posición. Para poner un ejemplo sencillo, imaginemos que tenemos una mosca cojonera, de esas que zumban molestamente, dando vueltas en círculos alrededor de nuestra cabeza a tal velocidad que no podemos verla y queremos saber dónde está. Para ello, tendremos que utilizar algún tipo de método que nos permita localizarla como, por ejemplo, poner una sustancia que pueda ser afectada por su paso de manera que podamos determinar su posición.

Pero, al hacer esto, posiblemente ralentizaremos la velocidad de la mosca, con lo cual, sabremos dónde está pero no a la velocidad a la que iba. Es decir, Heisenberg viene a decir, a grosso modo, que cuando se llevan a cabo mediciones, el observador altera el entorno y por tanto, las medidas. Por ejemplo, cuando nos tomamos la temperatura, el propio termómetro tiene una temperatura diferente a la de nuestro cuerpo, con lo cual, en cuanto ambas superficies entran en contacto, alteramos la temperatura de nuestro cuerpo antes de tomar la temperatura del mismo con lo cual nunca sabremos, exactamente, a qué temperatura estábamos. Suena a trabalenguas y a Perogrullo pero parece ser que es cierto. Eso sí, independientemente de lo anterior, si van al médico y les quiere tomar la temperatura, solicítenle siempre que se la tome en la zona axilar, evitando ano y lengua por razones obvias relacionadas con el Principio de Incertidumbre…, la Incertidumbre de saber dónde se ha metido el anterior paciente el termómetro y qué rancio sabor puede llegar a tener el termómetro.

Por otra parte, aunque no está documentado históricamente, el nombre de la teoría parece ser que se le ocurrió a Heissenberg un buen día en que su señora parienta le hizo la siguiente pregunta, como buena alemana de cerrado acento teutón: “Carrriñennn, ¿vamos a las rrrebajen del Ikea?”. Al parecer a Heissenberg le empezaron a hervir los átomos de su cuerpo, empezó a tener sudores fríos de pura física cuántica y los electrones que circulaban por sus neuronas entraron en la Incertidumbre de, o cortarse las venas o de saltar por el balcón, ya que, al parecer aquello atentaba contra sus Principios. Aunque también se ve que Heissenberg le replicó algo así como que él quería ver el fútbol y su señora también tuvo la Incertidumbre de, o arrancarle la cabeza o mandarlo a dormir al sofá. Lo dicho, que la cosa no está documentada históricamente pero es posible que por ahí fueran los tiros.

principio incertidumbre

Independientemente de lo anterior, yo no termino de creerme que podamos saber la posición de una cosa pero no su velocidad o, viceversa, que podamos saber su velocidad pero no su posición. Porque creo que hay casos en que se puede saber perfectamente la velocidad y la posición de las cosas, si no, que le pregunten a Fernando Alonso y verás como manda al cuerno a Heissenberg pues, últimamente, su velocidad es cero y su posición está en el box de Mc Laren, quieto-parao. Es decir, sabemos dónde está y a qué velocidad va.

Aunque también es cierto que Heissenberg atina en otros aspectos. Por ejemplo, cuando vas a realizar trámites a la Administración Pública pueden ocurrir dos cosas:

Si sabes la posición del funcionario (después que éste haya salido a desayunar) y logras hablar con él (después de haberte recorrido una docena de ventanillas), nunca sabrás a qué velocidad se resolverán tus trámites. Igual se aparece la Virgen y resuelves tus problemas en un santiamén o pueden pasar años hasta que lo soluciones.

Si no sabes la posición del funcionario (por más ventanillas que recorras), ya puedes saber a ciencia cierta que tus trámites se resolverán a una velocidad tan extremadamente lenta que se aproximará a un valor de cero.

Vamos, un genio este Heissenberg. En física cuántica no sé, pero, en este aspecto, la clavó.

Aunque, realmente, para genios, genios. No hay nadie como Murphy. Sí, sí. Ese sí que es un científico empírico con sus famosas leyes. Seguramente Heissenberg probaría en sus propias carnes las leyes de Murphy, como, por ejemplo, la Ley de Trabajo en el Laboratorio, esa que dice: “el vidrio caliente tiene la misma apariencia que el vidrio frio”. Por cierto, ley perfectamente aplicable a la puta cafetera metálica con la que me quemo los dedos por las mañanas.

De Murphy hay que decir, que tienes verdaderas Leyes, Axiomas y Corolarios que son irrefutables y para muestra unos botones:

LEY DE WELLINGTON SOBRE LA AUTORIDAD: La crema sube a la superficie. La mierda, también. (No hace falta ni demostrar esta ley)

LEY DE LA MENTIRA: No importa la frecuencia con la que se demuestre que una mentira es falsa. Siempre habrá cierto porcentaje de gente que crea que es verdad. (Como este artículo, seguro que hay gente que se lo cree)

LEY DE NEVERS SOBRE EL DEBATE: Dos monólogos no constituyen un diálogo. (¿Han visto alguna vez el Debate del Estado de la Nación?)

LEY DE LIEBERMAN: Todo el mundo miente pero no importa porque nadie escucha. (Ni lee, de hecho…, ¿siguen ahí?)

LEY DE KLIPSTEIN: Cualquier cable cortado a la medida exacta, será demasiado corto. (Esta ley ha conseguido hacerme hervir la sangre más de una vez)

LEY DE YOUNG: Cualquier objeto inanimado puede moverse lo suficiente como para estorbar. (Y ésta me ha generado moratones inesperados)

LEY DE KEOPS: No hay nada que no se salga del presupuesto y que se termine en los plazos previstos (y Kefren y Micerinos no aprendieron y repitieron la cagada, de hecho se murieron de esperar a que les acabaran sus propias pirámides)

COROLARIO DE JOHN: Para conseguir un crédito, lo primero que hay que demostrar es que no lo necesita. (Ustedes lo saben perfectamente, ¿verdad?)

LEY DE LA CONSTRUCCIÓN: Córtelo grande. Encájelo a patadas. (Este es una de mis leyes preferidas)

LEY DE PAUL: Es imposible caerse del suelo. (No termino de creérmela. A veces me he caído incluso del suelo)

AXIOMA DE CAHN: Cuando todo falle, lea las instrucciones. (Si las resumieran y las escribieran con letras más grandes, igual alguien se leía primero las instrucciones)

REGLA DE SUTIN: De todas las cosas que se pueden hacer con un ordenador, las más inútiles, son las más divertidas. (Cierto)

Tabla de excusas

LEY DE FULTON SOBRE LA GRAVEDAD: El esfuerzo para coger al vuelo algo que se pueda romper producirá un desastre mayor que dejarlo caer. (Yo he conseguido generar el apocalipsis por evitar que una copa de vino cayera sobre una mesa repleta de comensales)

AXIOMA DE COLE: La cantidad total de inteligencia en el planeta Tierra permanece constante. La población, sin embargo, sigue aumentando. (¡Mamones!, ¿dónde está mi parte?)

LEY DE WITZLING SOBRE LOS HIJOS: Su hijo/a tímido e introvertido escogerá un lugar público y lleno de gente para probar, a grito pelado, su nuevo vocabulario: coño, joder, puta, etc… (conseguí ruborizar a mi madre varias veces)

REGLA DE MARX SOBRE LA POLÍTICA: En cuanto se hacen ricos, se vuelven conservadores. (¡Mierda! Entonces sigo siendo un jodido y pobretón liberal)

REGLA DE LA POLÍTICA: La verdad, varía. (Siempre hay más de un punto de vista o suficiente Alzheimer para olvidar lo que dijiste una vez, como bien reza el refrán: Donde dije digo, digo Diego)

En fin, después de leer todas estas leyes, no me dirán ustedes que el Murphy ese no era un genio y más divertido, sobre todo, que Heisenberg y su Principio de Incertidumbre. Eso sí, jamás tengan ustedes la Incertidumbre de escoger entre Idus de Julio u otra novela, ya les doy yo la certidumbre de que, Idus de Julio, es cojonuda.

IMG_20170618_192517

Anuncios


4 comentarios

Mi primera vez.

Hola otra vez a mis calenturientos lectores que, hoy, visitarán mi blosss con la libidinosa idea de averiguar cómo fue “mi primera vez”. Pero no, lamento defraudarles, no se trata de una historia de sexo, queridos salidillos míos, se trata de “mi primera vez” como bailarín sobre un escenario.

Ya les digo yo, como ORTINorrinco, que la vida sexual de mis congéneres no tiene nada que ver con la de ustedes, los Homos Sapiens, ya que nosotros, los ORTINorrincos, nos reproducimos por huevos, por no decir que por cojones o porque nos da la gana, como cualquier otra especie de mamíferos del planeta. Aunque, por si aún sienten curiosidad, mi primera vez podría resumirse en dos frases: “Ya tá”, y la consecuente respuesta: “¿Cómo que ya tá?” (pronunciada con incredulidad, sorpresa, cejas arqueadas y cara de “en esta casa el plato no se deja a medias y te lo vas a terminar de comer todo”…)

Pero no. Esta es una historia de baile. Como recordarán en una entrada anterior de este mismo blosss, “Una cadera sin ritmo”, ya les expliqué cómo mi mujer logró arrastrar mis ochenta y cuatro kilos de carne y docenas de reproches  hasta la escuela Bailongu de Barcelona y liarme para aprender, nada más y nada menos, que el grácil y femenino Bollywood.

Aún sigo increíblemente anonadado de cómo llegué hasta aquel punto. ¡En la vida imaginé que un jamelgo como yo pudiera llegar a bailar Bollywood!

Pues bien, tras varios meses de ensayos; durante los cuales transcurrieron bastantes: aperitivos, tapitas, cañas de cerveza y, básicamente, quince clases y algún que otro ataque de lumbago; se suponía que había una actuación en público para enseñar al mundo lo mucho que habíamos aprendido.

Pues bien, de suposición se pasó a confirmación. Tendríamos actuación en un teatro, con público, escenario, bambalinas y todo eso. Esto implicaba que mis amigos podrían venir a verme bailar Bollywood y reírse de… mi/me/conmigo… según eligieran el pronominal.

Llegado el día, mi mujer y yo empezamos ese sábado preparándonos para estar presentables para la representación. Para comenzar; mientras ella se duchaba, secaba, planchaba el pelo, peinaba y todos los “abas” más que cualquier ORTINorrinca realiza en el lavabo con esa cantidad ingente de potes de lociones y colores diferentes, de los cuales ningún ORTINorrinco se atrevería a identificar alguno y en cuyo caso sólo identificaríamos, a duras penas, el que pone “jabón”; yo me dedicaba a realizar una poda exhaustiva del vello de mi cuerpo (no confundir con el bello de mi cuerpo)

Sí, ¿qué pasa? Resulta que mi atuendo se componía de pantalón bombacho y chaleco (monísimo) y tenía que bailar a “pecho descubierto” y descalzo. Dado que los hindúes son lampiños, para dar el pego y de paso no quedar como un guarro, tenía que podar un poco la mata de pelo de las siguientes partes de mi anatomía ORTINorrinquil. Véase: el empeine de los pies, los dedos de los pies, rebajar un poco los pelos de la barriga, pecho y el mato-grosso de los sobacos…, desagradable ¿verdad? Pues díganselo al lavabo que no vean cómo quedó. Un asquito, oiga. Bueno, si estaban comiendo o tenían ganas de ello, se les acaban de quitar. Eso sin contar una depilación concienzuda de cejas para evitar la famosa ceja Macario o Unicej y el afeitado apurado que te deja la Gillete.

Total, toda la mañana entretenidos entre poda, duchas, preparar ropas y algo de nervios. Para comer, lo que había en la nevera, algo ligerito: un potaje adelgazante con propiedades diuréticas que tomaba mi señora ORTINorrinca (que tendría efectos posteriores) y un trozo de pescado a la plancha. ¡Hala! Siesta y para el teatro a ensayar antes de la representación.

A la entrada nos esperaban los organizadores y, para tener acceso libre y no confundirnos con nadie, nos dieron una tarjetita para colgar en el cuello que ponía: “ARTISTA”. ¡Coño! ¡Qué ilusión! Me habían llamado muchas cosas en mi vida pero, ¿artista? ¡Sólo faltaba que me dieran el Oscar nada más llegar! Total, andandito para los camerinos. Antes, primera parada técnica en el baño de “CABALLEROS” para la primera meada de la tarde… ¡jo, con el potaje diurético! Entre eso y los nervios, ¡qué tarde de micciones!

Aparte de nosotros, también actuaban otros diecisiete grupos de distintos bailes: Danza del Vientre, Bollywood, Cabaret y Stripdance… como su propio nombre indica, todas danzas típicas másculinas, ¿o no? Resumiendo, que yo era el único macho entre más de cien mujeres…, ¡en camerinos Unisex! Ni en mis sueños he tenido jamás semejante harén. Digamos que nunca había visto tanta lencería femenina junta al mismo tiempo, al menos, puesta en su “sitio”, y algún otro “sitio” que se escapó de alguna lencería…, aunque bueno, yo también tuve que enseñar mi culo peludo (aquí no hubo poda) para cambiarme de pantalones, así que: empate.

Como era el único chico entre tanta damisela, cuando me paseaba por el camerino me miraban con extrañeza, como si me hubiera perdido y aquél no fuera mi sitio; pero menos mal que llevaba mi tarjetita de “ARTISTA” que justificaba mi presencia masculina.

La actuación comenzaba a las ocho de la tarde pero para ir ensayando teníamos que estar a las cinco. Ya comenzaba el trajín de los distintos grupos. Todas las chicas se iban arreglando, sesión de maquillaje, vestidos, abalorios varios, y a mí también me tocó mi parte: raya en el ojo, no vean lo que molesta, y rimmel en mis preciosas pestañas para que destacaran bien mis miopes ojos… quedé un tanto bastante “femenina”, pero bueno, uno ya está curado de espanto porque siendo un ORTINorrinco oriundo de Tenerife, con los Carnavales ya estoy  acostumbrado a esto de disfrazarse.

Después, un par más de visitas al lavabo de “CABALLEROS”, debido a la incontinencia urinaria de los nervios y el potaje diurético. El lavabo de “CABALLEROS” ya no era tal pues, ya que yo era el único ORTINorrinco que actuaba, las señoritas se habían apropiado de él para maquillarse y ponerse guapas. Así que sólo sabía que estaba en el lavabo de “CABALLEROS” por la existencia de urinarios, elemento que no se haya disponible en el de “DAMAS”. En fin, que a veces no sabía en qué baño hacerlo o si tenía que hacerlo de pie o sentado.

Grupo por grupo fuimos ensayando. Nos tocaba. Primer susto: resulta que el escenario era inclinado para que se vean bien a los bailarines de atrás. ¿Pa´ qué quieren que se me vea más? ¡¡Si les saco una cabeza a todas!! ¡Mierda! Acostumbrado a bailar en plano, aquella inclinación ya me dio mal rollito. Además, pisar las tablas del escenario impone y pone nervioso. ¡Cuánta gente me iba a mirar! Dado que era el único ORTINorrinco macho que iba actuar estaba claro que el público pondría mucha atención en mi estampa. Total, sólo de los nervios del ensayo delante de las demás “ARTISTAS” tuve que volver a lavabo de “CABALLEROS/DAMAS”.

Bolly

El inicio se acercaba así como aumentaban el ambientazo entre bambalinas, la tensión, los ensayos por los pasillos de los pasos más difíciles y mis visitas al lavabo, que ya incluían saludos a las chicas: “qué guapa estás”, “qué bien te queda esto”, “tú también”, “gracias”, “¿qué tal todo?…”  “por aquí me ando meando”. En definitiva, estar detrás de un escenario es una sensación que hay que vivirla.

Por fin, la hora del espectáculo. Entra el público. La mayoría son amigos de los que actúan con lo cual el lanzamiento de tomates a los actuantes queda descartado, ¡uf! Aquello se va llenando, así a ojo de buen cubero, unos 5.000 espectadores. Según la guardia urbana 20 espectadores y según el partido político que opine, entre 10 y 50.000 espectadores. Pero yo creo que habría unas 200 personas, entre individuos y seres humanos.

Suena el primer aviso. Cinco minutos. Segundo aviso. Dos minutos y las luces se atenúan. Tercer aviso. Se apagan las luces.

Primera actuación. Fantástica. Segunda actuación. Impresionante. Tercera actuación. Qué bien bailan las de la danza del vientre… y qué buenas están algunas… todo hay que decirlo. Cuarta actuación. ¡Coño! ¿Y esta sensación? Tengo acidez en el estómago, cosquilleos en los pies y se me están poniendo rígidos los brazos… ¡AAAAAH! ¡¡¡¡Estoy NERVIOSO!!!!! Por supuesto, tengo que ir al baño urgentemente, ya no miro cual es el mío.

Somos los séptimos. ¡Hay que relajarse! Sale el sexto grupo. “Nosotras” nos ponemos en posición en los laterales del escenario, preparadas para salir. Movimientos de relajación. Respiración profunda. Control mental de los esfínteres, delantero y trasero, ¡uf!,¡ uf!, respira hondo. Nos toca. Allá vamos, no hay vuelta atrás.

Salimos de manera que el público queda a nuestra derecha. Vamos con las manos juntas delante del pecho, como si lleváramos pétalos de flores (ya he dicho que le baile es muy femenino). Comienza la música. Tres pasos p’alante. Ahora giramos y nos ponemos de frente al público. La música sigue sonando, na, nana, na, na, nana… al girar ves UN MONTÓN DE CABEZA QUE TE MIRAN… ¡joder qué nervios! Sonríe, pienso. Tarareo la música para seguir los pasos y relajarme. Ahora nos arrodillamos, tiramos las “flores ficticias” que llevamos en las manos hacia el cielo. Giro grácil y femenino de muñecas, nos abrimos de patas, rodilla derecha hacia delante y pie izquierdo hacia atrás. Sigo la música y sigo sonriendo de oreja a oreja. Por ahora todo bien.

Hacemos varios pasos sentados que consisten en recoger las flores con el brazo derecho, levantarlo, recoger más flores con la mano izquierda y levantarlo con el otro. Después caen abiertos con los dedos de las manos en posición extraña. Giramos. Un par de pasos más, gráciles, coquetones y muy femeninos… lo bordo. Nos volvemos a poner de rodillas y toca desmayarse dos veces, en plan soponcio, para cada lado. Esta parte me sale muy bien… y muy, muy,… muy poco masculina, por decir algo.

Una serie de pasos más en suelo, en los que se pinta un círculo en el suelo, te tapas un ojo, te lo pintas y te pones una traba de pelo. Después, siguiendo el ritmo de la música (por fin parece que lo he encontrado) nos vamos levantando uno a uno. Es un momento crítico, porque nada más levantarse hay que cruzar los pies, levantar un brazo y dejar el otro abajo, mientras nos miramos los pies. ¡Tachán! Me toca. Lo hago. ¡Bien!, pensé que no me saldría. Hay que mantener la pose cuatro tiempos y después hacer lo mismo cruzando los pies hacia el otro lado.

Momento de pánico. Hasta aquí iba bien, pero al cambiar de pose, el puñetero suelo inclinado (ya dije que me daba mal rollito) me traiciona y casi me caigo. La sonrisa ya no es sonrisa, se convierte en un apretar de dientes que hace que mis orejas casi se junte a través del esfuerzo que estoy haciendo con la boca, es un gesto de fuerza por mantener la pose cuatro tiempos, ññññññññññññ, “aguanta coño que como te caigas, chiquita vergüenza”. La sonrisa sigue forzada, mis músculos de los pies están en tensión, las nalgas apretadas, y las uñas de los dedos de los pies se aferran al suelo como las garras del águila de Félix Rodríguez de la Fuente a aquella infortunada cabra montesa.

Bolly2

Los cuatro tiempos me parecen eternos y he perdido el hilo de la música. Entonces veo que las “compis” empiezan a girar. ¡Puñetas! Que llego tarde al paso…, y empiezo a girar yo también. ¡Ufffff! He salvado la situación. Me recompongo y conseguimos finalizar la actuación sin que nadie se entere del sufrimiento padecido… Al final se apagan las luces yyyyy… sorpresa… suenan aplausos… ¡Jo! Nos están aplaudiendo, ¡yupi, yupi!, ya sé lo que sienten las focas de los acuarios cuando les aplauden… ¡qué ganas de volver a salir a repetir la actuación! (aunque no hace falta que me den una sardina)…

Salimos “todas” a la vez, nerviosas y contentas, a la parte trasera del escenario. La profe nos dice que se ha emocionado y que ella lo ha visto muy bien.

¡Qué alegría! ¡Que divertido! ¡Qué ilusión! ¡Qué nervios! ¡Qué ganas de mear!… otra vez… ¡maldito potaje!

Acabó.

Cuatro meses de ensayos, y en dos minutos, pin-pan, listo. Cuánto esfuerzo para tan poco rato, pero vale la pena. Una vez que acabas no te crees que hayas actuado. Es como si fuera un sueño.

Ya después de esto, terminamos de ver al resto de grupos que lo hacen increíblemente bien, y disfrutamos del espectáculo. Ya nos hemos relajado.

Se acabaron los nervios, la próxima vez que vuelva al servicio de “CABALLEROS” no será ni por el potaje diurético ni por los nervios, sino por unas cuantas birras que nos metemos entre pecho y espalda para celebrarlo. 

En fin, para que se hagan una idea de lo que les he contado…, les dejo el video de mi primera vez…, mal pensaditos míos.

 


2 comentarios

El excusado

Saludos a todos y todas nuevamente, después de estas vacaciones en la que espero que hayan disfrutado mucho. Sin embargo, con la vuelta al curro y al cole, supongo que muchos estarán con la depresión postvacacional y pensando que el curro es una mierda. Pues bien, hoy la cosa, más o menos va de eso, de mierda.

Sí, porque oooooootra vez más, para su desesperación y pérdida de nervios, continuamos aquí, en nuestro blosss del ORTINorrinco dándoles la tabarra con las anécdotas que intenté colar en Idus de Julio y que, por prudencia, decidí retirar para evitar que al lector de la misma le entrasen tendencias pirómanas y optara por quemar la novela a las primeras letras de cambio.

En particular, ésta que vengo a contarles decidí no incluirla porque: a) no encajaba ni a patadones y b) porque los temas escatológicos pueden llevar al lector a establecer puentes psicológicos que le hagan relacionar mi novela con la mierda cosa que, obviamente, no tienen nada que ver.

En definitiva, que a mí, para escribir, me pasa lo mismo que le ocurría a un poeta del siglo XVI, Sir John Harrington, es decir, que la musa y la inspiración es más fácil que nos lleguen después de aliviarnos fisiológicamente. Pues bien, resulta que Sir John, aparte de poeta, era inventor y no se le ocurrió otra cosa que, dado que en aquella época hacer las necesidades era bastante incómodo, idear el W.C. para poder escribir los poemas bien relajado.

Sí, es curioso que fuera un poeta quién inventara el W.C. Posiblemente, mucho antes de que José Zorrilla escribiera Don Juan Tenorio, fuera a Harrington a quien se le ocurrieron los siguientes versos mientras trataba de ligarse a la maciza de turno:

No es verdad ángel de amor,

que en esta apartada orilla

se ha cagado una chiquilla

y hasta aquí llega el olor

Y efectivamente, después de horrorizarse, perder el ligue y tener que salir corriendo de la apartada orilla tras inspirar aquel fétido olor, debió inspirarse y crear el W.C. Total, que en 1596 diseñó el primer Water Closet o excusado de válvula, al que denominó Ajax. Fue instalado en los aposentos de su madrina y protectora, la Reina Isabel I. Posiblemente, pocos en su época hubieran sido capaces de mandar a cagar a la Reina de Inglaterra tan sutilmente como lo insinuó el susodicho poeta. Ya le hubiera gustado a Felipe II poder haber hecho eso, que le envió cortésmente a la Armada Invencible para conquistarle Inglaterra y lo que le devolvió, la muy desagradecida, fue la Flotilla de Chalupas de Chanquete.

Isabel I-2

Isabel I pálida de aguantar la respiración tras dejar suculento recuerdo en el primer WC del mundo. Tras utilizarlo, declararía pudorosamente: “What a shit!” que, como todos ustedes saben, significa: “¡Córcholis, eso no pudo salir de mí! Soy una princesa, o sea…”

Sin embargo, el Ajax no llegó a funcionar del todo bien, dado que todavía no existían redes de saneamiento y los mondongos de la reina se quedaban empozados en el fondo del retrete, con lo cual, al parecer, no tuvo demasiado éxito el invento.

Por esa época, lo habitual en las grandes ciudades de la época era que los desechos humanos acabaran en la vía pública al grito de “agua va”, momento en que había que apartarse lo más rápido posible para no quedar pringado. De hecho, hasta Erasmo de Rotterdam escribió, en uno de los primeros libros de etiqueta, normas de conducta para el cuarto de baño y funciones corporales. Advertía Erasmo que “es descortés saludar a alguien mientras está orinando o defecando”, ya que la gente hacía sus necesidades en plena calle. ¡Hombre!, yo creo que más que descortesía saludar a alguien mientras está en plena faena es más bien un tema de repelús, ¿no? A ver a quién le vas a dar la mano después de haber hecho el qué…, ¡brrrrrr! ¡Qué escalofríos!

También Erasmo aconsejaba “disimular con una tos el estruendo explosivo, siguiéndose la ley de sustituir pedos por toses”. Cosa que, hoy en día, me hace sospechar cada vez que oigo a alguien toser y suelo retroceder un par de pasos por si las moscas y, sobretodo, por si me atufa. 

Erasmo

El gran pensador Erasmo de Rotterdam pillado en pleno momento de relajación filosófica: “Por más que tosa, este huele fijo…, mejor lo dejo aquí y me voy”

Pero bueno, el tiempo pasó y hacia 1775, un relojero llamado Alexander Cummings patentaba su propia versión del retrete, añadiéndole una pieza revolucionaria: el sifón. Con esto se evitaba que el olor volviera del desagüe hacia atrás, con lo que se dejaron de utilizar nombres vulgares para el invento, tales como cagadero, para comenzar a denominarlo más fisnamente y llamarlo inodoro, es decir, sin olor.

Aún así, el invento no terminaba de extenderse, hasta que en 1830 un brote de cólera diezmó la población londinense. Tras este desastre humano se dictó el Acta de Salud Pública inglesa, en virtud de la cual se obligó a todas las casas a construir un servicio y mejorar la red de alcantarillado. Al principio fueron instalados en lugares públicos, como en el Crystal Palace de Hyde Park de Londres, a donde los ciudadanos iban, impresionados, a utilizar el prodigioso invento, al tiempo que les esperaban funcionarios vestidos de blanco para recibirlos y cobrarles un penique por su uso. De esta manera, en Inglaterra se extendió la expresión “to pay a penny”, como eufemismo de la fea palabra “mear”, y que se sigue utilizando en la actualidad por la británica peña.

Posteriormente, alrededor de 1880, Thomas Crapper; cuyo apellido significa, literalmente, “cagador”; empezó a fabricar inodoros baratos y de gran calidad, con un diseño muy similar al actual. Así pues, hacia 1890 ya era un elemento bastante difundido por Gran Bretaña y parte de Europa.

También, asociado al WC, otra invención que mejoró la vida de la nuestra especie fue el papel higiénico. Al principio el ser humano no tenía otra cosa más que lo que pillaba a su alrededor, así que la operación de limpieza se realizaba con elementos tan variados como piedras, conchas de mejillón, arcilla, musgo, lechugas, nieve y otras aportaciones básicas de la Naturaleza que debían dejar las nalgas tan irritadas que luego debías sentarte de canto. Con el paso del tiempo las técnicas se fueron perfeccionando y, por ejemplo, los romanos ricos usaban lana  empapada en agua de rosas, mientras que la plebe utilizaba la hoja de cáñamo. ¡Curioso cómo ha cambiado el uso del cáñamo! Después de saber esto, a ver quién se fuma un porro…

Los chinos, por el siglo II A.C., parece ser que ya empleaban un papel destinado al aseo íntimo, pero no es hasta 1857 cuando un tal Joseph Gayetty distribuye por primera vez un artículo destinado a tal fin, “el papel medicinal Gayetty”; que consistía en láminas humedecidas con aloe. En 1880, los hermanos Edward y Clarence Scott fundan la Scott Paper Company que, entre otros productos, ofrecía rollos absorbentes para uso médico y que se vendía en farmacias. Por aquella fecha aún no debía ser muy suave, pues no es hasta 1935 cuando se comercializa una gran mejora bajo el reclamo de “papel libre de astillas” ¡Da escalofríos pensar cómo era hasta entonces! ¡Debía ser como pasarse papel de lija!

Con lo cual, gracias a todos estos próceres inventores, hoy en día podemos disfrutar de poder leernos el periódico cómodamente sentados mientras esperamos a que la Madre Naturaleza realice sus funciones básicas, en lugar de tener que usar aquellas incómodas bacinillas o escupideras que se colocaban debajo la cama para realizar dichas funciones.

En definitiva, que menos mal que la ciencia y el progreso nos han dado todos estos inventos que nos pueden permitir leer Idus de Julio sentaditos cómodamente mientras esperamos a que llegue tan ansiado momento. Eso sí, procuren tener papel higiénico a mano, que las páginas de Idus de Julio son para echarse unas risas, no para cubrir emergencias…

IMG_20170618_192517


1 comentario

Más vacas..

Buenas y buenos a todos y todas, como ya llega el veranito, con estas cálidas temperaturas (por no decir bochorno espatarrante), escribo esta última entrada de la temporada hasta septiembre porque, seamos sinceros, ahora en julio y en agosto, ni ustedes están para leer (bañándose en la playita) ni yo estoy para escribir (perjudicado por las cañitas veraniegas que me lengua la traban y me hacen escribir cualquier cosaslsdlidaldflañifdkafdddddgleeblebleblé).

Así que tan sólo quiero despedirme de ustedes hasta que empiece nuevamente el curso escolar y, como los niños pequeños, vuelva a hacer los deberes y vengan a visitar mi blosss.

Eso sí, aprovechando que llega el verano, recuerden que no hay nada mejor que pasar un verano divertido y, para eso, les propongo que se lean mi novela, IDUS DE JULIO, o, si ya se la han leído, que se la recomienden a sus amigos, familiares, enemigos, suegras y otras gentes de mal vivir ya que, como todos saben, quiero vivir del cuento y aún no me llega, a pesar de haber sacado ya la segunda edición de IDUS DE JULIO, como reconocido escritor que soy.

IMG_20170618_192517

Sí, aunque no se lo crean, soy ya soy un reconocido escritor pero no porque mi obra, IDUS DE JULIO, haya alcanzados cotas de reconocimiento mundial sino porque ya, cuando voy por la calle vestido de casco, traje y bermudas, la gente ya me reconoce y dicen: “mira, el escritor del casco”…, sin tener puñetera idea de cómo me llamo o qué he escrito pero bueno, algo es algo. También hay que decirlo, aparte de reconocerme como el “escritor del casco”, la gente también me lanza otros piropos tales como: “el pirado ese”,  “chiquito colgado” o, el que más me gusta, “el tonto´lhaba de las bermudas”. En fin, que poco a poco, como he dicho, me estoy convirtiendo en un escritor reconocido. Aunque yo siempre digo que soy escribidor, que no tengo galones pa´ más.

Aunque, ciertamente, más que escritor reconocido, más bien, soy un escritor reputeado, no confundir con reputado, parecido no es lo mismo. Sí, reputeado porque mi atuendo es una putada por partida doble ya que cuando voy por ahí de feria en feria o de firma en firma, con mi pinta, en invierno se me congelan los bajos (los pelos de las patas como escarpias y los dedos de los pies como cubitos de hielo) y en verano se me guisa el cerebro como si fuera un huevo duro, por si este no estuviera ya suficientemente tarado de serie.

Disfraz

En fin, como dijo aquella profesora de la serie Fama: “la fama cuesta y habéis venido a sudarla”…, pues si fuera por los litros de sudor yo ya debería ser poco menos que el Messi de la literatura mundial (bueno, malabarismos con las bolas sí que hago, sobre todo ahora que viene el verano y me voy a tocar los ojones a dos manos).

Qué mal pensados son

En fin, lo dicho, que esto no es una despedida definitiva (para desgracia de ustedes) sino tan sólo un simple hasta luego para volver a darles la tabarra en septiembre. Espero que tengan un FELIPIz verano y disfruten de la vida, que solo tenemos una.

Zafarrancho de besos y abrazos a discreción para todos y todas. Les espero a la vuelta.


Deja un comentario

Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

buitres2

Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

bolas de billar

En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

portadas


2 comentarios

EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

ikea

Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

estantería

Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

estanteria 2

Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.


Deja un comentario

Alcorques y Bolardos

Ánimo queridos y queridas lectores del blosss que ya va quedando menos para las vacaciones y, de paso, no tener que soportar leerme cada tres semana. Pero mientras llegan tan calurosas y anheladas, que no heladas, fechas, les traigo una nueva anécdota, de esas que aprendemos y aprehendemos con Idus de Julio, mi maravillosa novela, candidata al premio Nobel de LiteraBurra o al premio Planeta… de los Simios.

El premio Planeta

Esperando que me lleguen ambos premios y pueda vivir algún día del Cuento, es decir, de los Cuentos que yo vaya escribiendo, les voy haciendo llegar estas anécdotas para que se me vayan culturizando y cultivando como hombres, hombros u hombras o, si lo prefieren, para no ser políticamente incorrecto, como mujeres, mujeros o mujeras. Elijan ustedes…, o ustedos y ustedas.

Pues bien, hoy vamos a hablar del amplio bagaje de vocabulario con el que cuenta el castellano y de dos palabras que en la versión inicial de Idus de Julio colé para parecer un tío “curto i herudito”, pero que luego saqué de allí porque no me rimaban ni con cola. Y esas dos palabras son: bolardo y alcorque.

Sí, ¿eh? A que suenan a insulto, ¿verdad? Podríamos componer una frase que sonase así: “¡menudo bolardo!”, u otra que dijera: “Ñosssss, mano, ¡chiquito alcorque!”. Con ambas expresiones parecería que estamos insultando a alguien, sin embargo, no es así. (Nota aclaratoria para los NO chicharreros: “Ñosss” es una típica expresión de Tenerife que denota sorpresa o admiración; “mano”, significa hermano o colega; y “chiquito” no significa pequeño sino, más bien, lo contrario, “menudo pedazo de”).

Pues bien, un bolardo no es sino uno de esos postes metálicos que se colocan en las calles para que no aparquemos sobre la acera o para que los coches no entren en una calle. Por su parte, el alcorque es el hueco que se hace en la acera para colocar los árboles y recoger así el agua de lluvia (y muchas veces las caquitas de los perritos). En definitiva, ambos son elementos de arquitectura urbana que a veces tienen su peligro, pues, ¿quién no se ha dejado una espinilla contra algún bolardo? ¿o, jugando borracho a pasarlos por encima, dejarse las partes? ¿o ha rayado la puerta del coche? ¿o se ha hecho un esguince de tobillo al no ver el alcorque?…, pues conozco gente para los cuatro casos. Entonces sí que dan ganas de sacar el diccionario de la Real Academia de la Lengua y hacer buen uso de la cantidad de palabrotas mal sonantes que tenemos para cagarnos en las muelas del que puso el bolardo o el alcorque en medio de la acera.

Aunque para palabras malsonantes, éstas no hace falta que sean tacos, el castellano tiene de sobra. Pueden ser palabras de uso corriente, como por ejemplo, almorrana. No me digan que no suena mal. Pero es que incluso su sinónimo culto aún suena peor: hemorrrrrrroide. ¡Chacho! Ni hecho adrede. Lo cierto es que, aunque le cambiásemos el nombre y usáramos otra palabra para definir ese tipo de varices, la verdad es que nos seguirían dando por culo igualmente…, y literalmente.

Hemoal2

Otra palabra malsonante, y que no es un insulto, es forúnculo o furúnculo, que ya de por sí da mal rollo, aunque su sinónimo culto, divieso o bubón, tampoco mejora la cosa y no deja de ser más que un tumor purulento o con pus, y donde la palabra purulento también da grima sólo de pronunciarla.

Por no hablar de sobaco, que mira que suena fatal y por mucho que utilices axila en su lugar tampoco lo arreglas mucho y si encima tienes unas lianas bajo el brazo tipo la selva de Tarzán, el repelús aumenta cosa bárbara.

Gargajo tampoco mejora el sonido del castellano y más si encima carraspeas para obtenerlo. Y el pobre gorgojo, que no tiene nada que ver con el gargajo, no es que tenga un nombre bonito aunque, realmente, el bicho es feo de cojones.

Escroto no es que suene muy bien, la verdad, igual que sus vecinos esfínteres. Lo cierto es que parece que los médicos para definir las partes de la anatomía humana cojan las fichas del Scrable las tiren al azar y lo peor que salga es el nombre que le ponen a esa zona de la geografía humana. Por no decir, el nombre de las enfermedades, porque relacionado con lo anterior, no me digan que no suena como el culo la palabra gonorrrrea. ¡Chosssss! Llegas al médico y te espeta: “Caballero, tiene usted gonorrrrrea”…, con sólo oír esa palabra fijo que se te cae la minga a cachos, aunque no sepas lo que signifique ni cuáles son sus síntomas.

O por ejemplo, seborrea. Ya sólo de escucharla se te llena el cuerpo de escamas. Y hablando de sebo, mira que también es fea la pobre palabra.

Pero no sólo son los médicos quienes inventan palabritas retorcidas. Los biólogos son unos hachas poniendo nombrecitos. Por ejemplo, no había otro nombre que ponerle a ese pobre pez llamado japuta. ¡Coño! Que estás en el chiringuito de la playa comiendo pescado y se te ocurre decir: “¡Que buena está la japuta!” y tu mujer inmediatamente levanta la cabeza para ver a qué chati le estás echando el ojo para recriminarte que siempre estás pensando en lo mismo.

Y menos mal que los mandriles no saben que les llamamos así. Yo si fuera un mandril iba a la Protectora de Animales a presentar una hoja de reclamaciones para que me cambiaran el nombre y presentaba cargos por injurias contra el biólogo que me llamó de esa manera.

Y continuando en el campo de la biología, cómo nos vamos a olvidar de sus ayudantes y, en particular, de los mamporreros. ¡Acabáramos! Llegas a un bar, te sientas, le echas un ojo a una chica, le entras con aquello de “¿estudias o trabajas?”, y cuando ya estás entrando en confianza va ella y te pregunta: “¿Y tú qué haces?”… “yo soy mamporrero”. Bueno, ya sólo con oír esa palabra tan chunga, aunque la chica no tenga ni idea de qué va tu faena, sale por patas y al carajo el ligue. Pero es que si, por casualidad, la tía sabe lo que significa, cagada total. Vamos, no deja que la toques ni en pintura. Y es que el trabajo de mamporrero está íntimamente relacionado con otra fea palabra, el cipote, en particular el del caballo, pues digamos que un mamporrero es como el chófer del “Follow me” de los aviones pero en lugar de meter los aviones en el hangar pues…, pues…, eso, mira, ¡qué casualidad!, en este caso el “follow me” pronunciado literalmente en castellano resume lo que ayuda a hacer el mamporrero al caballo.

Y ya que hemos salido con el inglés, revisemos esta manía que nos ha cogido de meter anglicanismos por todas partes. Yo, cuando era joven, me iba de pateo, de acampada, a montar en bici, a correr, o jorobar la pavana a los vecinos jugando a fútbol en la calle a la hora de la siesta…, pues no. Eso ya no se hace y además está muy feo. Hoy, para ser culín…, perdón, quiero decir Cool&In, tienes que hacer trekking, camping, biking, running, o neighbour fucking football at siesta time. Si no, te miran fatal. Y es que no es lo  mismo pegar pelotazos contra una pared como un palurdo español que como un british polite.

Por no decir que en el curro los compañeros se pueden chotear de ti si dices reunión, lluvia de ideas, objetivo o reunión informativa en lugar de meeting, brainstorming, target o briefing. Y no sólo eso, de vez en cuando, alguien de la oficina te puede reenviar un correo informativo con la abreviatura “fyi” (for your information) que, en este caso vale, porque abreviar: “paque usted tenga información” queda como “puti” y claro, liada la tenemos, porque te pueden acusar de acoso sexual o de moving.

Y el jefe, en la empresa, ahora ya no es el jefe, sino el CEO (Chief Executive Officer); Recursos Humanos se dice Human Resources y su mandamás es un Headhunter (literalmente, caza-cabezas, como los jíbaros); la secre del jefe ya no es “la Loli”, sino su Personal Assistant; y al contable de toda la vida, ahora se le dice Account Manager.

La Loli

Eso sí, sin embargo, cuando las cosas se tuercen y te quieres acordar de las muelas de alguno de ellos, uno deja de ser “polite” y utiliza el castellano castizo para utilizar sinónimos como “el cabrón de mi jefe”, “la machanga aquella”, “el gilipuertas del administrador”, “el bobomierda de Paco”, o el “hijo puta ese” porque, indiscutiblemente, los tacos en castellano son mucho más potentes y sonoros que en cualquier otro idioma, porque un buen “¡joder!”, de esos que rascan la garganta cuando lo pronuncias, es mucho más sonoro e impactante que un “¡fuck!”. Vamos, es que ni punto de comparación.

Pero, sobre todo, lo que no tiene ni punto de comparación es Idus de Julio, la comedia más hilarante que he escrito jamás y que no debes perderte…,

Sí, vale, sólo he escrito una novela, así que es la más hilarante que he escrito jamás, pero igualmente, no debes perdértela.

portadas