Felipe Ortín

Escribidor


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Más vacas..

Buenas y buenos a todos y todas, como ya llega el veranito, con estas cálidas temperaturas (por no decir bochorno espatarrante), escribo esta última entrada de la temporada hasta septiembre porque, seamos sinceros, ahora en julio y en agosto, ni ustedes están para leer (bañándose en la playita) ni yo estoy para escribir (perjudicado por las cañitas veraniegas que me lengua la traban y me hacen escribir cualquier cosaslsdlidaldflañifdkafdddddgleeblebleblé).

Así que tan sólo quiero despedirme de ustedes hasta que empiece nuevamente el curso escolar y, como los niños pequeños, vuelva a hacer los deberes y vengan a visitar mi blosss.

Eso sí, aprovechando que llega el verano, recuerden que no hay nada mejor que pasar un verano divertido y, para eso, les propongo que se lean mi novela, IDUS DE JULIO, o, si ya se la han leído, que se la recomienden a sus amigos, familiares, enemigos, suegras y otras gentes de mal vivir ya que, como todos saben, quiero vivir del cuento y aún no me llega, a pesar de haber sacado ya la segunda edición de IDUS DE JULIO, como reconocido escritor que soy.

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Sí, aunque no se lo crean, soy ya soy un reconocido escritor pero no porque mi obra, IDUS DE JULIO, haya alcanzados cotas de reconocimiento mundial sino porque ya, cuando voy por la calle vestido de casco, traje y bermudas, la gente ya me reconoce y dicen: “mira, el escritor del casco”…, sin tener puñetera idea de cómo me llamo o qué he escrito pero bueno, algo es algo. También hay que decirlo, aparte de reconocerme como el “escritor del casco”, la gente también me lanza otros piropos tales como: “el pirado ese”,  “chiquito colgado” o, el que más me gusta, “el tonto´lhaba de las bermudas”. En fin, que poco a poco, como he dicho, me estoy convirtiendo en un escritor reconocido. Aunque yo siempre digo que soy escribidor, que no tengo galones pa´ más.

Aunque, ciertamente, más que escritor reconocido, más bien, soy un escritor reputeado, no confundir con reputado, parecido no es lo mismo. Sí, reputeado porque mi atuendo es una putada por partida doble ya que cuando voy por ahí de feria en feria o de firma en firma, con mi pinta, en invierno se me congelan los bajos (los pelos de las patas como escarpias y los dedos de los pies como cubitos de hielo) y en verano se me guisa el cerebro como si fuera un huevo duro, por si este no estuviera ya suficientemente tarado de serie.

Disfraz

En fin, como dijo aquella profesora de la serie Fama: “la fama cuesta y habéis venido a sudarla”…, pues si fuera por los litros de sudor yo ya debería ser poco menos que el Messi de la literatura mundial (bueno, malabarismos con las bolas sí que hago, sobre todo ahora que viene el verano y me voy a tocar los ojones a dos manos).

Qué mal pensados son

En fin, lo dicho, que esto no es una despedida definitiva (para desgracia de ustedes) sino tan sólo un simple hasta luego para volver a darles la tabarra en septiembre. Espero que tengan un FELIPIz verano y disfruten de la vida, que solo tenemos una.

Zafarrancho de besos y abrazos a discreción para todos y todas. Les espero a la vuelta.


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Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

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Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

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En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

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EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

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Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

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Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

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Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.


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Alcorques y Bolardos

Ánimo queridos y queridas lectores del blosss que ya va quedando menos para las vacaciones y, de paso, no tener que soportar leerme cada tres semana. Pero mientras llegan tan calurosas y anheladas, que no heladas, fechas, les traigo una nueva anécdota, de esas que aprendemos y aprehendemos con Idus de Julio, mi maravillosa novela, candidata al premio Nobel de LiteraBurra o al premio Planeta… de los Simios.

El premio Planeta

Esperando que me lleguen ambos premios y pueda vivir algún día del Cuento, es decir, de los Cuentos que yo vaya escribiendo, les voy haciendo llegar estas anécdotas para que se me vayan culturizando y cultivando como hombres, hombros u hombras o, si lo prefieren, para no ser políticamente incorrecto, como mujeres, mujeros o mujeras. Elijan ustedes…, o ustedos y ustedas.

Pues bien, hoy vamos a hablar del amplio bagaje de vocabulario con el que cuenta el castellano y de dos palabras que en la versión inicial de Idus de Julio colé para parecer un tío “curto i herudito”, pero que luego saqué de allí porque no me rimaban ni con cola. Y esas dos palabras son: bolardo y alcorque.

Sí, ¿eh? A que suenan a insulto, ¿verdad? Podríamos componer una frase que sonase así: “¡menudo bolardo!”, u otra que dijera: “Ñosssss, mano, ¡chiquito alcorque!”. Con ambas expresiones parecería que estamos insultando a alguien, sin embargo, no es así. (Nota aclaratoria para los NO chicharreros: “Ñosss” es una típica expresión de Tenerife que denota sorpresa o admiración; “mano”, significa hermano o colega; y “chiquito” no significa pequeño sino, más bien, lo contrario, “menudo pedazo de”).

Pues bien, un bolardo no es sino uno de esos postes metálicos que se colocan en las calles para que no aparquemos sobre la acera o para que los coches no entren en una calle. Por su parte, el alcorque es el hueco que se hace en la acera para colocar los árboles y recoger así el agua de lluvia (y muchas veces las caquitas de los perritos). En definitiva, ambos son elementos de arquitectura urbana que a veces tienen su peligro, pues, ¿quién no se ha dejado una espinilla contra algún bolardo? ¿o, jugando borracho a pasarlos por encima, dejarse las partes? ¿o ha rayado la puerta del coche? ¿o se ha hecho un esguince de tobillo al no ver el alcorque?…, pues conozco gente para los cuatro casos. Entonces sí que dan ganas de sacar el diccionario de la Real Academia de la Lengua y hacer buen uso de la cantidad de palabrotas mal sonantes que tenemos para cagarnos en las muelas del que puso el bolardo o el alcorque en medio de la acera.

Aunque para palabras malsonantes, éstas no hace falta que sean tacos, el castellano tiene de sobra. Pueden ser palabras de uso corriente, como por ejemplo, almorrana. No me digan que no suena mal. Pero es que incluso su sinónimo culto aún suena peor: hemorrrrrrroide. ¡Chacho! Ni hecho adrede. Lo cierto es que, aunque le cambiásemos el nombre y usáramos otra palabra para definir ese tipo de varices, la verdad es que nos seguirían dando por culo igualmente…, y literalmente.

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Otra palabra malsonante, y que no es un insulto, es forúnculo o furúnculo, que ya de por sí da mal rollo, aunque su sinónimo culto, divieso o bubón, tampoco mejora la cosa y no deja de ser más que un tumor purulento o con pus, y donde la palabra purulento también da grima sólo de pronunciarla.

Por no hablar de sobaco, que mira que suena fatal y por mucho que utilices axila en su lugar tampoco lo arreglas mucho y si encima tienes unas lianas bajo el brazo tipo la selva de Tarzán, el repelús aumenta cosa bárbara.

Gargajo tampoco mejora el sonido del castellano y más si encima carraspeas para obtenerlo. Y el pobre gorgojo, que no tiene nada que ver con el gargajo, no es que tenga un nombre bonito aunque, realmente, el bicho es feo de cojones.

Escroto no es que suene muy bien, la verdad, igual que sus vecinos esfínteres. Lo cierto es que parece que los médicos para definir las partes de la anatomía humana cojan las fichas del Scrable las tiren al azar y lo peor que salga es el nombre que le ponen a esa zona de la geografía humana. Por no decir, el nombre de las enfermedades, porque relacionado con lo anterior, no me digan que no suena como el culo la palabra gonorrrrea. ¡Chosssss! Llegas al médico y te espeta: “Caballero, tiene usted gonorrrrrea”…, con sólo oír esa palabra fijo que se te cae la minga a cachos, aunque no sepas lo que signifique ni cuáles son sus síntomas.

O por ejemplo, seborrea. Ya sólo de escucharla se te llena el cuerpo de escamas. Y hablando de sebo, mira que también es fea la pobre palabra.

Pero no sólo son los médicos quienes inventan palabritas retorcidas. Los biólogos son unos hachas poniendo nombrecitos. Por ejemplo, no había otro nombre que ponerle a ese pobre pez llamado japuta. ¡Coño! Que estás en el chiringuito de la playa comiendo pescado y se te ocurre decir: “¡Que buena está la japuta!” y tu mujer inmediatamente levanta la cabeza para ver a qué chati le estás echando el ojo para recriminarte que siempre estás pensando en lo mismo.

Y menos mal que los mandriles no saben que les llamamos así. Yo si fuera un mandril iba a la Protectora de Animales a presentar una hoja de reclamaciones para que me cambiaran el nombre y presentaba cargos por injurias contra el biólogo que me llamó de esa manera.

Y continuando en el campo de la biología, cómo nos vamos a olvidar de sus ayudantes y, en particular, de los mamporreros. ¡Acabáramos! Llegas a un bar, te sientas, le echas un ojo a una chica, le entras con aquello de “¿estudias o trabajas?”, y cuando ya estás entrando en confianza va ella y te pregunta: “¿Y tú qué haces?”… “yo soy mamporrero”. Bueno, ya sólo con oír esa palabra tan chunga, aunque la chica no tenga ni idea de qué va tu faena, sale por patas y al carajo el ligue. Pero es que si, por casualidad, la tía sabe lo que significa, cagada total. Vamos, no deja que la toques ni en pintura. Y es que el trabajo de mamporrero está íntimamente relacionado con otra fea palabra, el cipote, en particular el del caballo, pues digamos que un mamporrero es como el chófer del “Follow me” de los aviones pero en lugar de meter los aviones en el hangar pues…, pues…, eso, mira, ¡qué casualidad!, en este caso el “follow me” pronunciado literalmente en castellano resume lo que ayuda a hacer el mamporrero al caballo.

Y ya que hemos salido con el inglés, revisemos esta manía que nos ha cogido de meter anglicanismos por todas partes. Yo, cuando era joven, me iba de pateo, de acampada, a montar en bici, a correr, o jorobar la pavana a los vecinos jugando a fútbol en la calle a la hora de la siesta…, pues no. Eso ya no se hace y además está muy feo. Hoy, para ser culín…, perdón, quiero decir Cool&In, tienes que hacer trekking, camping, biking, running, o neighbour fucking football at siesta time. Si no, te miran fatal. Y es que no es lo  mismo pegar pelotazos contra una pared como un palurdo español que como un british polite.

Por no decir que en el curro los compañeros se pueden chotear de ti si dices reunión, lluvia de ideas, objetivo o reunión informativa en lugar de meeting, brainstorming, target o briefing. Y no sólo eso, de vez en cuando, alguien de la oficina te puede reenviar un correo informativo con la abreviatura “fyi” (for your information) que, en este caso vale, porque abreviar: “paque usted tenga información” queda como “puti” y claro, liada la tenemos, porque te pueden acusar de acoso sexual o de moving.

Y el jefe, en la empresa, ahora ya no es el jefe, sino el CEO (Chief Executive Officer); Recursos Humanos se dice Human Resources y su mandamás es un Headhunter (literalmente, caza-cabezas, como los jíbaros); la secre del jefe ya no es “la Loli”, sino su Personal Assistant; y al contable de toda la vida, ahora se le dice Account Manager.

La Loli

Eso sí, sin embargo, cuando las cosas se tuercen y te quieres acordar de las muelas de alguno de ellos, uno deja de ser “polite” y utiliza el castellano castizo para utilizar sinónimos como “el cabrón de mi jefe”, “la machanga aquella”, “el gilipuertas del administrador”, “el bobomierda de Paco”, o el “hijo puta ese” porque, indiscutiblemente, los tacos en castellano son mucho más potentes y sonoros que en cualquier otro idioma, porque un buen “¡joder!”, de esos que rascan la garganta cuando lo pronuncias, es mucho más sonoro e impactante que un “¡fuck!”. Vamos, es que ni punto de comparación.

Pero, sobre todo, lo que no tiene ni punto de comparación es Idus de Julio, la comedia más hilarante que he escrito jamás y que no debes perderte…,

Sí, vale, sólo he escrito una novela, así que es la más hilarante que he escrito jamás, pero igualmente, no debes perdértela.

portadas 

 

 


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Entrevista de un fannnss.

Amigas y amigos del ORTINorrinco y de Felipe Ortín, hoy estoy en plan vago que te cagas y no tengo ganas de escribir así que, como hacen los del Gobierno, he hecho que curren otros. Sí, hoy se ha encargado de escribir otra persona, Francisco González Sánchez, lector de Idus de Julio y, desde entonces, fan, admirador y amigo mío. Todo un caballero al que hice reír con mi novela y que para agradecerme las sonrisas, me hizo la siguiente entrevista con la que les dejo hoy. Espero que la paladeen más como ambrosía sabrosa que como mazapán enyugante.

UN CAFÉ CON FELIPE ORTÍN GONZÁLEZ, AUTOR DE “IDUS DE JULIO”

Conocí a Felipe Ortín, en  la librería-café Libro en Blanco de Santa Cruz de Tenerife, y decidí comprarle su “Novela”, porque me gusta ayudar y animar a los que empiezan, pero con la intención de ponerla en mi “lista de espera”, como otra muchas novelas, que tal vez nunca llegue a leer, porque  “la vida no me da para más”. Después de leer la dedicatoria que me hizo, “…con cariño de un escribidor novato para que se divierta un rato y saber que había sido alumno del Colegio de Primaria Fernando III el Santo (donde fui profesor unos años, aunque Felipe tuvo la suerte de que yo no le diera clase)  y del Instituto San Hermenegildo, ambos de la Cuesta, alumnos que les recuerdo con muchísimo cariño, le eché un vistazo y le vi una persona sería, humilde y con una sonrisa acogedora. Entonces me dije, “Este tipo lo que tiene de tonto le queda bien”, por lo que decidí darle una primera pasada a su libro, y después una segunda lectura a fondo, como si estuviera corrigiendo un examen, pero lo que conseguí, fue reír, reír y reír…, hasta llegar a la carcajada. Hay que ser muy inteligente y serio para hacer reír. Hoy, “más difícil todavía”, como en el circo.

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Aún no queda muy claro si este tipo es tonto de capirote o realmente inteli…,cualo? Eso sí, los geranios los tiene monísimos de la muerte.

El señor Ortín, me hizo recordar a mis autores más releídos, con lo que guarda un cierto paralelismo: Wenceslao Fernández Flores, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura, a pesar del paso del tiempo. Por todo esto y por mucho más he decidido invitarle a un café para charlar.

– 01. ¿Tienes algún antecedente literario en la familia y de pequeño tenías muchos libros en casa?

Que yo sepa, ninguno, aunque a mi padre le gustaba escribir poemas y pequeñas historias. También llegó a colaborar en algún periódico y hasta hizo una pequeña edición de un libro donde recogía sus escritos al que tituló: “Escritos en voz baja”. También en casa siempre contamos con estanterías repletas de libros, tanto enciclopedias como colecciones de novelas. Aunque lo que realmente devoraba yo eran los Mortadelos y Filemón que podía arramblar de cualquier kiosko o colega…, así me quedé, medio pirado pero, eso sí, con sentido del humor.

– 02.  ¿Tus padres eran lectores? De qué manera influyeron en tu afición a la lectura y escritura

Como buen hijo de mi época, mis padres se pegaban unas palizas a currar para sacarnos adelante y darnos la mejor educación posible, así que no tenían mucho tiempo para leer. Aún así, en los ratos en los que no les montábamos el cirio padre entre mis hermanos y yo, cuando podían leían. A fecha de hoy, ahora que ya los hemos dejado tranquilos, ellos leen bastante. Supongo que de alguna manera, mi afición a la lectura proviene de las tongas de libros que tuvimos siempre por casa. Lo de la escritura debió ser ciencia infusa porque hasta hace poco nunca me dio por molestar a nadie con mis escritos…, hasta que llegó Idus de Julio, para suerte o desgracia de la Humanidad.

– 03.  De tu época en el Complejo Escolar Militar de La Cuesta, algún profesor influyó en tu afición a la Literatura, porque a pesar de tus años se nota que has leído “algo”.

Pues creo que no porque siempre fui un poco Sheldon (como el de la Big Bang Theory) y se me daban las matemáticas y la física, aparte de recibir mi ración correspondiente de collejas en el cole por empollón. Pero sí que recuerdo con cariño a mi profesora de Literatura de 2º de BUP, Montse. Un pedazo de pan. Nunca hacía los deberes y siempre me ponía sobresaliente. Siempre le tuve cariño a aquella profesora pero no creo que influyera en mi amor por la literatura…, aunque lo mío es más bien LiteraBurra.

– 04. ¿Tus autores o libros  favoritos de niño y joven? ¿Alguno te ha marcado de manera singular?

De niño leí mucho a Stephen King y a Enid Blyton y sus “Cinco” (los devoraba). Pero si hubo uno que me encantó especialmente fue Enrique Jardiel Poncela. Me reía con él y aún conservo un ejemplar de “La Tournée de Dios”, cosa fina, oiga. Aunque como le he dicho antes, quién realmente me ha marcado literariamente ha sido Francisco Ibáñez con su incomparable Mortadelo…, eso sí es literatura de la “güena”.

– 05. Ingeniero de Telecomunicaciones -“comunicación”- carrera nada fácil, ¡Por qué ingeniero! Apartado de la literatura, o ¿la hiciste compatible con ella, como hobby o algo así? -Conozco otro ingeniero de esta especialidad, excelente comunicador, periodista y escritor, Luis del Pino, aunque le falta la “chispa” que a ti te sobra-

Pues como he dicho antes, se me daban las mates y la física así que supongo que hice Telecos porque me atraían esas cosas. También, por supuesto, me atraían las mujeres pero eso sí que se me daba fatal…, ¡planté un soberano huerto de calabazas! Y lo de escribir vino muchos años después cuando ya estaba trabajando. No conozco a Luis del Pino pero si usted dice que le falta “chispa” es que debe ser que yo he trabajado de Ingeniero Industrial más que de Telecos y a base de llevarme calambrazos al meterme en los cuadros eléctricos creo que me sobra electricidad estática…, y me falta algo de cordura.

– 06. ¿Cuándo, cómo y por qué? Decides lanzarte, a esta valiente aventura de escribir una novela  

Disculpe que sea soez pero el motivo básico fue porque se me hincharon los cojones. Sí, me harté de una vida rutinaria y quería realizarme. Años buscando algo que me llenara hasta que un buen día escribí una historieta en que contaba mis desgracias a unos colegas. Se descojonaron de la risa. Así que repetí y se volvieron a tronchar. Escribí varias más con idéntico resultado, así que decidí que me gustaba escribir y podía alegrarle la vida a otros. Y me lancé con Idus de Julio y creo que he conseguido el objetivo: realizarme y hacer FELIPIces a otros. Porque, como decía Cantinflas: “El primer deber de todo ser humanos es ser feliz; el segundo, hacer felices a los demás.”.

– 07.  Como primera novela,  “Idus de Julio” cuánto tiene de la biografía  de “Felipe Ortín” o tal vez de un amigo u otra persona conocida.

Aunque es una historia ficticia por supuesto que tiene partes autobiográficas. Especialmente la sensación de ir por la vida sobre raíles sin ilusiones en la vida, cosa que le ocurre al personaje…, y a muchas personas en la actualidad. Hasta cierto punto me da pena cómo nuestras ilusiones de niños se diluyen con la “adultez”. Creo que si no perdiéramos a nuestro niño interior, el mundo iría mejor… (Felipito, estate quieto, no ves que estoy hablando con este señor…, y deja de sacarte petróleo de la nariz)

– 08. A pesar de que tratas de explicarlo de manera mágico-surrealista, a mi modo de ver,  ¿Cómo se te ocurrió el título?

Pues los escritores siempre le echamos la culpa de estas cosas a un personaje ficticio al que llamamos Musa. Pues que sepa que ese personaje existe de verdad. A mí se me apareció durmiendo y el título me vino soñando. Esto es tan cierto como que me llamo Felipe…, creo.

MAJA

La Musa…, ah! no! que es la Maja…, desnuda además… en qué estaría pensando…

-09. ¿Cómo titularás la próxima?, porque pienso que te dedicarás de lleno a escribir, o ¿sólo los fines de semana y a ratos libres?

Pues el título de la próxima ya lo tengo pero es tosssp-secressst. Esto es como santo Tomas, hasta que no lo vea no lo creo. Es decir, cuando finalmente la tenga acabada, la bautizaré pero por ahora está algo verde. Y en cuanto a escribir, estoy empeñado en vivir del Cuento (es decir, honradamente de mis cuentos no como otros que viven de nuestras cuentas…). Y la intención es poder vivir de esto pero la competencia, el mercado y la crisis lo dificultan mucho. Por ahora intentaré compaginar mi actividad con el trabajo diario porque tengo fe en mí mismo ya que el día que pierda la Fe en mi mismo, dejaré de llamarme Felipe y pasaré a ser, simplemente, un Lipe cualquiera.

– 10.  Últimamente qué autores o libros han influido o influyen más en ti.

La verdad es que pocos pero porque leo poco. Cuando te dedicas a escribir no puedes leer más que lo que te interesa para documentarte y no te deja mucho tiempo para más. Además, soy más de ensayo que de novela, con lo que mis referencias literarias actuales están bastante desfasadas. Sí, lo reconozco, soy un as…, un asno quiero decir.

– 11.  Con quien te quedarías, ¿Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverter, Vargas Llosa o Javier Marías? o ¿Tal vez,  una escritora?

Me encantó La Sombra del Viento de Zafón; de Pérez Reverte he leído alguna historia de Alatriste, aunque el libro que más me gustó de él fue “Territorio Comanche”. De Vargas Llosa no he leído nada (disculpe usted mi burrez) y de Javier Marías leo a veces su columna en la revista de El País. Me parece un tipo formidable con una forma de pensar con la que coincido bastante. En cuanto a escritoras, la gran Agatha Crhistie o Enid Blyton, que me hechizaba con sus Cinco.

– 12. ¿Qué opinión te merece el “mundo” que nos ha tocado vivir y que tu parodias con esa fina  y simpática ironía que te caracteriza?

Lo fácil sería decir que el mundo actual es una mierda y está loco pero eso lo viene diciendo la Humanidad desde el origen de los tiempos. Ya un anónimo Caldeo por allá en los tiempos de Matusalem decía: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los hijos no escuchan ya los consejos de los mayores. El fin de los tiempos está próximo.” Sinceramente, la tele y los medios nos venden cientos de miles de desgracias diarias pero porque el ser humanos es miedica por naturaleza. El miedo es una gran herramienta de control de masas y asustar a la peña permite controlarla. Sí, es cierto, el mundo está loco pero debemos recordar que, aunque no se vea, hay más locura de la buena que de la mala… De hecho, yo estoy pirado y aún no sé cómo he conseguido engañarle para que me entreviste…

– 13. (Mi número favorito) ¿Tus hobbies favoritos, fuera de la lectura, la escritura y la ingeniería? Para terminar:  ¿un libro? -no vale “Idus de julio”, ¿una canción?, y ¿una película?

Mi hobby principal durante muchos años fue ser portero de fútbol. ¡Me encantaba! Podía ser el héroe del equipo o el villano al mismo tiempo. Podía volar como Superman para intentar atrapar una pelota o podía retorcerme de dolor si atinaban a darme en los “minibabybel”. Ahora ya, con la edad y renqueante del lumbago, pues me gusta la natación y cocinar. En cuanto a un libro, me quedo con “Sin noticias de Gurp” de Eduardo Mendoza y con “La Tournée de Dios” de Jardiel Poncela porque con ambos me desternillé. De películas destacaría “La vida es bella” o “Intocable” porque no dejan de ser tragedias pero enfocadas con un punto optimista y mucho humor porque, como decía Eduardo Galeano: “el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena”. Finalmente, como canción, elegiría “Thunderstruck” de AC/DC, que no tiene la más puñetera gracia pero cada vez que la escucho, me desmeleno.

Muchísimas gracias, Felipe, por tu amabilidad y por esta maravillosa tarde que me has hecho pasar.

De nada. Que sepa que ha sido un placer y sobre todo a uno le llena el poder hacer feliz a otra persona y creo que con Idus de Julio lo he conseguido con usted. Creo que tenemos que usar más el buen humor en nuestra vida diaria para que este mundo no chirríe tanto. Encantado de haberle conocido y de que se haya reído tanto con mi novela.

Francisco

Un nuevo fan y amigo en mi vida: Francisco González Sánchez


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El faisbu

Bueeeeeeeeeeenas, saludes a todes (que así me ahorro el “saludos y saludas a todos y todas”); hoy en el blosss del ORTINorrinco les explicaré cómo y por qué vendí mis más básicos principios y pasé de ser un ser que se oponía a ser un ser usuario del Facebook y del Whatsapp, a convertirme en un activo y dinámico semi-adicto de ambos.

Sí, yo, como buen ORTINorrinco, era un fiel activista anti-faisbuk y anti-guasap hasta que al panoli de Felipe Ortín le dio por publicar Idus de Julio, su novela, y debía venderla de alguna manera. Obviamente, había varias posibilidades como: instalarse en las ferias junto a los mercadillos de hippies, alquilar una furgoneta con un megáfono y anunciarla a rebuzno pelado como si fueran sardinas frescas o, bien, alongarse al mundo digital y tratar de hacer publicidad de la novela a través de las redes sociales.

Megáfono

Megáfono que me compré para rebuznar a los cuatro vientos la existencia de Idus de Julio

En definitiva, dones y doñas, ñoras y ñores, que sí, sucumbí al Facebook y me tragué mis palabras, aquellas que juré, por la cuquita del niño Jesús, que nunca traicionaría y que defendería a capa y a espada: “Jamás entraré en esa chorrada del Facebook”…, pues ni a capa, ni a espada, vamos, con papitas arrugadas y mojo picón que me las comí. En definitiva, que se cumplió el famoso refrán que dice: “nunca digas: de este agua no beberé, este cura no es mi padre y esta polla no me cabe”. (Sí, lo sé, es soez, pero yo no tengo la culpa de que así sea el refranero español).

Sí, traicioné mis principios para conseguir otros finales. ¿Y por qué me traicioné a mí mismo? Sinceramente, por el dólar, por el euro. Sí, porque, ¿quién no esputa al oír hablar de dinero?… perdón, reformulo la pregunta: ¿quién no es puta al oír hablar de dinero? (cómo cambia el significado de la pregunta por un simple espacio en blanco, ¿eh?). Pues sí. Soy un vendido. Vendí mis principios para que Felipe Ortín pueda vender su librito de marras, es decir, Idus de Julio, y a ver si así podemos vivir honradamente del Cuento y nos retiramos. Vamos que prostituí mis creencias para vender un producto y mi coherencia conmigo mismo quedó dilapidada, aunque, como tengo doble personalidad, puedo elegir la del ORTINorrinco o la de Felipe Ortín para evitar sentir remordimientos.

Así que, finalmente, di el paso e introduje mis datos en Facebook por primera vez. Y me sentí como el mono de la película de “2001 Odisea del Espacio”, cuando lanzaba al aire la tibia de un dinosaurio y esta giraba etérea mientras sonaba la famosa canción: chan, chan, chanchan, chanchan, chaaaaaaaaan, chaaaaaaaaan, chanchaaaaaaan!!!! De repente, al escribir los datos en el “Registrar” de Facebook, de ser el ORTINorrinco Cromagnon piloso que era, me convertí, súbitamente, en un ORTINorrinco Sapiens Sapiens bello y sin vello. Vamos, como si me hubiera dado la depilación láser con una fregona por todo el cuerpo. Instantáneamente, de ser un troglodita, me convertí en un avanzado ser del siglo diecinueveinteyuno. El cavernícola y anarquista digital que era salió de la gruta para entrar en las Redes Sociales. Y el fémur que había lanzado al aire, y que aún seguía girando, caía sobre mi cabeza con la banda sonora de 2001 de fondo: “Tantantantantantantatantan”. Y vi la luz… y las estrellas, por el efecto del porrazo del hueso.

Odisea 2001

Yo cuando era un ORTINorrinco Cromagnon piloso horroroso.

Una vez introducidos mis datos en Facebook, tuve que recurrir a la ayuda de mi santa y paciente esposa para que me explicara cómo funcionaba el rollo, como si yo fuera un niño de dos años (de los antiguos, porque los de hoy en día usan los pulgares a una velocidad asombrosa para jugar en cualquier dispositivo digital que ni Billy el Niño con sus pistolas).

Total, que si esto es tu Biografía, que si aquí puedes Comentar, Compartir y Megustar cada cosa que aparece. Que si esto es tu Muro. ¿Cuál? ¿El de Berlín? ¿El de las Lamentaciones? Pues no, durante algunos momentos se convirtió en el Muro de las Imprecaciones, ya que se me escaparon unos cuantos juramentos porque me hice la picha un lío y no sabía cómo puñetas funcionaba ese rollo (y mira que es bien sencillo). Bueno, aprovechando la mala baba que me entró, y la saliva que salpicó el monitor, aproveché para pasarle un pañito y quitarle el polvo a la pantalla, que estaba llena de mierda.

En definitiva, tras una retahíla de instrucciones y collejas por parte de mi parienta, conseguí comprender que el Muro no deja de ser como el corcho que teníamos colgado de jóvenes en nuestras habitaciones donde pinchábamos con chinchetas nuestras fotos de pedos, borracheras, novias/os o ídolos/las, con la diferencia que, entonces, sólo las veíamos nosotros y ahora, las ve todiós. También me recuerda el Muro a los imanes de la nevera bajo los cuales colgamos el calendario del cole con la foto de nuestros hijos, la lista de la compra o todo aquello que no se nos puede olvidar y, al final, siempre descuidamos. Sin embargo, la diferencia fundamental que veo con el Facebook es que es como los post-its. La gente va pegando uno encima del otro y llega un momento que el tamaño del taco de hojitas amarillas alcanza una altura considerable y, al final, ya no sabes qué estás viendo o no ves lo que otros han ido pegando en la tonga de post-its.

Otra cosa curiosa del Facebook, aparte de que como te descuides engancha más que la metadona, es que haces amigos con una facilidad pasmosa. Me he pegado toda mi vida para conseguir hacer cuatro tristes amigos y, de repente, en menos de dos días conseguí hacer más de cien. Presionante, Im, Presionante. En las escuelas deberían dar tablets para que los niños se relacionaran ya directamente con Facebook. Yo, de joven, me hubiera ahorrado aquello de Cabezón y Cuatro Ojos con tan solo colgar en mi perfil una foto de Robert Reford de jovencito y, hoy en día, no sería un adulto traumatizado con personalidad disociada y capaz de escribir estas historias para poder socializarme y tener amiguitos…

Pero no sólo no traicioné esos principios sino que también derribé otros muros que aún quedaban en pié. Me instalé el Whatsapp. Desde entonces, por fin, soy un ser intercomunicado con todo el mundo y puedo relacionarme con otros ORTINorrincos mediante frases cortas que no dicen nada, caritas sonrientes o enojadas, emoticonos, y largas conversaciones vía chat que se acortarían y nos harían estar más cercanos si usásemos el teléfono para lo que se inventó…¡Para hablar con el otro!!!! Porque que ya casi nadie recuerda para qué sirve para eso del TELES+FONOS (Lejos+sonido) y se usa para casi todo menos para hablar. De hecho, estoy buscando alguna aplicación en el móvil que me permita hacer unos huevos fritos sin tener que usar la arcaica y cutre sartén de toda la vida.

huevos fritos.jpg

Llegará el día en que el móvil sea capaz de hacerme estos huevos fritos

En fin, si cuando me instalé el faisbuc me sentí cómo el Homo Antecessor descubriendo el fuego, cuando un colega mío me descargó e instaló el guasap en el teléfono (sí, mucho Ingeniero de Telecomunicaciones que soy, pero puta idea para descargarme la aplicación), me sentí como Arquímedes cuando descubrió su principio… Sí, me dieron ganas de salir en pelota picada a la calle, con el badajillo pendulando de lado a lado, y gritar: “Eureka, lo encontré, lo  encontré: todo cuerpo que se sumerge en guasap experimenta un empuje hacia el móvil proporcional al número de teléfonos que guarda en su agenda”

Pues sí, aquel fue un paso más en mi evolución como mamífero. Así, en breve, siguiendo la teoría de la evolución, se me comenzarán a estirar los pulgares y éstos se moverán sobre el teclado del móvil como las pinzas de un cangrejo devorando su pitanza. Por ahora, voy de tecla en tecla, pulsando cuatro a la vez con las morcillas que tengo por dedos.

En fin, lo curioso es que, ahora, aquellos amigos que tanto daban por saco insistiendo en que me pusiera el guasap de una puñetera vez, hoy en día se arrepienten de haberme dado tal consejo pues me dedico a crear listas de difusión y bombardearlos para que se compren Idus de Julio o que se lo vendan a sus amistades. ¡Vida cruel! Crearon un monstruo.

Eso por no decir que cada vez que publico en el Facebook, entro cada cinco minutos, como un panoli, para comprobar cuántos Megustar tengo mientras pienso: “Venga, cabrones, denle al Me gusta, que sólo llevo dos, josdeputa”…, curiosamente, lo mismo que pienso cuando hago mis entradas en el blosss y nadie hace ningún comentario… Y no miro a nadie…, querido lector…

 

 


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Los sistemas métricos

Saaaaaaaaaaaaaaludos nuevamente a todos los telelectores, telelectoras y demás teleles del blosss del ORTINorrinco. Hoy, para no variar, volvemos con esas pequeñas anécdotas ocultas en Idus de Julio, esa novela única e irrepetible de Felipe Ortín (única porque por ahora no tiene otra publicada e irrepetible porque a ver si tiene las narices de volver a escribirla).

Nuevamente explicaremos otra anécdota introducida en Idus de Julio y que esta vez tiene que ver con el sistema métrico decimal, el sistema de medición anglosajón, los problemas de incompatibilidades que puede haber entre éstos y las catástrofes que pueden ocurrir por no ponerse de acuerdo la Humanidad en cómo medir las distancias.

Y es que, en pleno siglo equis-equis-palito, aún no comprendo por qué no se han uniformizado universalmente los métodos de medición y más cuando el sistema métrico decimal es tan sencillo como multiplicar o dividir por diez para cambiar de escala y santas pascuas. Porque mira que es complicado, como hacen los anglosajones, establecer las medidas como se hacía milenios atrás, basándose en medidas antropomórficas, tales como pulgadas (ancho de la primera falange del pulgar), pies, yardas (la mitad de la longitud de los brazos extendidos), codos (distancia entre el codo y el final de la mano abierta), palmos o brazas (longitud de un par de brazos extendidos).

Vale que, en aquel entonces, no había un patrón estándar de medición y se tenía que usar algún método para calcular las distancias y cada rey o gobernante establecía dichas medidas en función de las dimensiones de su propio cuerpo: su pie, su palma de la mano, su brazo, su pulgar, su codo, etc. El problema surgía porque cada uno tenía su anatomía y las unidades métricas variaban considerablemente de un reino a otro ya que, para establecer la longitud de un pie, no era lo mismo, a lo mejor, las lanchas que calzase Olaf, el rey de Noruega, que los zuecos que pudiera utilizar Catalina la Grande…, vamos, digo yo.

si-el-name-peludo-de-felipe-el-hermosoMenos mal que por esa época no les dio por tomar como patrones medidas extrañas, yo que sé, por ejemplo, igual a algún rey tarado le podía haber dado por haberse medido la minga y, hoy en día, en lugar de pedir “cuatro metros de cable de antena”, podríamos tener conversaciones del tipo:

  • Hola, me da cuatro pollas de cable de antena
  • ¿Erectas o flácidas?

Y aquí aparecería el primer conflicto en cuanto a las medidas. Por no decir que el dependiente también podría afinar un poco más y tratar de aclararse con un: “¿formato estándar o formato negro del guasap?”.

Incluso, también, a alguna reina se le podía haber ocurrido pesarse el pecho en una balanza y establecer una nueva medida patrón de peso: la teta. Con lo cual, actualmente, en lugar de un par de kilos de azúcar podríamos pedir un par de tetas de azúcar. Y, nuevamente, podría surgir la discordia: “¿teta Nefertiti o teta Sabrina?”

En definitiva, y volviendo al tema, que con las medidas anglosajonas no hay dios que se aclare (bueno, tal vez el dios de los protestantes) porque no tienen relación directa entre ellas y pasar de una a otra es algo más complicado que multiplicar o dividir por diez; por ejemplo, una milla son cinco mil doscientos ochenta pies…, vamos, todo el rato con la calculadora científica en la mano.

Menos mal que para establecer y dar un orden a la cosa, allá por la revolución francesa, en 1791, Pierre Francois Méchain y Jean Baptiste Delambre fueron contratados por su gobierno para establecer un patrón universal de medida estándar, básicamente para evitar lo anteriormente comentado, es decir, que cada vez que se cambiaba o guillotinara a un rey, las distancias se acortaran o alargaran misteriosamente según la alpargata que llevara puesta el nuevo monarca. Para ello, los tipos se fueron a Barcelona y desde allí consiguieron medir, más o menos a ojo de buen cubero, la distancia del meridiano Dunkerque-Barcelona (de hecho la Meridiana se llama así debido a que por ahí pasa dicho meridiano) y establecieron el metro como la “diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano terrestre”. Y, a partir de ahí, nació el sistema métrico decimal.

Después de ellos llegaron algunos tipos, aún más repelentes que el Sheldon de la Big-Bang Theory, y en 1960 establecieron el metro como: “1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86”. Una definición que, aparte de entenderla su padre, seguramente la hizo el tipo que más collejas se llevaba en su instituto por empollón, gafotas y sabiondo. Y por si la anterior definición nos fuera fácil de entender a los cenutrios que no estudiamos física nuclear, unos tipos aún más frikis, en 1983, terminaron de redondear la cosa para establecer al metro como: “la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo”.

Pero bueno, volviendo al tema de las anécdotas de Idus de Julio, la que colé en la novela hacía referencia a la Mars Orbiter Climate, una sonda espacial destinada a “explorar en Marte” aunque, más bien, fue destinada a “explotar en Marte”…, sí sólo es un cambio de consonante, una “r” por “t”, pero este pequeño error tipográfico es similar a lo que ocurrió. ¿Y por qué?

Pues nada, muy sencillo, los amigos de la NASA (aquellos de “Jiuston güi jaf a problem” con el Apolo XIII) tuvieron un pequeño error de coordinación. El laboratorio de Propulsión utilizó el sistema métrico decimal y el laboratorio de Navegación, el sistema métrico anglosajón; es decir, los mamelucos que construyeron el aparato lo programaron para moverse en metros y kilómetros mientras que los centollos encargados de darles las órdenes de maniobra se las metían en pieses, pulgadas y millas. Total, que la sonda, que tenía que pasar a unos 150 kilómetros de altura sobre la atmósfera de Marte, pasó a tan solo 57 kilómetros y se achicharró.  En definitiva, que los de la NASA le pegaron fuego a unos 125 millones de dólares por no hablar en el mismo idioma (que, manda narices, se supone que es el inglés)

Nave espacial2.jpg

Todo esto no hubiera sucedido si, por ejemplo, tuviéramos un solo patrón universal de medida como es el sencillo sistema métrico decimal. O también, si algún rey con cojones hubiera logrado establecer el patrón pinga y, por sus santos bemoles, hubiera convencido a toda la humanidad de utilizar sus regios atributos como medida estándar universal. Y así, hoy en día, en las Olimpiadas, el Usain Bolt en lugar de correr los cien metros lisos estaría corriendo las 666 pingas lisas (utilizando un patrón “pene morcillón” de 15 centímetros para la conversión de metros a pingas)

Eso sí, tal vez no haya nunca una unanimidad en cuanto a criterios para establecer las distancias y que la Humanidad jamás acuerde un único modo de medir las cosas; sin embargo, en lo que sí que hay unanimidad absoluta es que Idus de Julio es la pera limonera. No debes perdértela…, Idus de Julio quiero decir, la pera limonera está buena, pero mejor unos buenos Idus…

Sean FELIPIces.

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