Felipe Ortín

Escribidor


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El ORTINorrinco vs Felipe Ortín

ORTINORRINCO: Queridos ORTINorrinconios y ORTINorrinconias, buenos días/tardes/noches (táchese la que no proceda…, pero sin rayar la pantalla digital no me sean palurdos). Bienvenidos y bienvenidas a una nueva sección en nuestro blosss: el ORTINorrinco Escultura. Como bien dice el enunciado, en este espacio entrevistaremos a nobles próceres de la cultura, maestros de la danza, prebostes de la música, virtuosos artistas e ilustres celebridades de la literatura. Sin embargo, dado que esto hoy no ha sido posible y toda esa gentuza ha declinado nuestra invitación a venir aquí, nos conformaremos con hacerle la interviú del mes a un asno más.

FELIPE ORTÍN: ¡Oiga, si empezamos así, me levanto y me voy!

ORTINORRINCO: Usted disculpe, caballero, es que no ha entendido los signos de puntuación, queríamos decir: un as, ¡no más!

FELIPE ORTÍN: Permítame que le mire de soslayo desconfiado.

El asno mas

El as no más

OR: Bueno, lo dicho, hoy tenemos con nosotros a Felipe Ortín, que se define a sí mismo como escribidor en lugar de escritor. ¿Es modestia o es que escribe usted como el culo?

FO: Voy a dejar de observarle de soslayo y procedo a clavarle una mirada criminal con los párpados entornados. No. Es que, sencillamente, considero que un escritor es alguien como Cervantes. Yo acabo de escribir una pequeña novela y no creo que por eso pueda considerarme escritor. Hay ladrones que son votados en unas elecciones y luego van diciendo por ahí que son políticos. En definitiva, que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

OR: Ya veo, ya. He entrevistado a orangutanes mejor vestidos que usted. En fin, cuéntenos, cómo es que le dio a usted por escribir. ¿Es afición o devoción?

FO: Inflamación

OR: ¿Cuack?…, digo, ¿qué?

FO: Fue por inflamación testicular

OR: ¿Y eso?

FO: Pues empezó poco a poco. Primero no me cabían en los calzoncillos, luego la bragueta no cerraba y, finalmente, el izquierdo comenzó a asomar por la pernera del pantalón a la altura del tobillo, entonces…

OR: ¡Por Dios! ¡Ahórrese los detalles! Le estaba preguntando el por qué, no el cómo.

FO: ¡Ah! Disculpe mi burréz. Bueno, yo era un trabajador metido en la vorágine del estrés, un esclavo asalariado con grandes responsabilidades: debía cumplir unos plazos inalcanzables, manejar unos presupuestos deficitarios para rascar algún beneficio para mi empresa, y sobre todo, mis proyectos debían funcionar y dejar satisfechos a los clientes. Me sentía como un hámster en una rueda, corriendo sin parar y sin sentido, sin llegar a ninguna parte hasta que, al final, la rueda me centrifugó y me lanzó despedido fuera de ella. Así que decidí cambiar completamente de vida.

OR: ¡Ah! Sí. Yo también tuve un hámster una vez y le hacía esa putada. Le revolucionaba la rueda hasta que salía despedido. Pobrecillo.

FO: Es usted un desalmado.

OR: Le recuerdo que soy un ORTINorrinco. Los animales no tenemos alma. Y dígame, ante ese cambio tan drástico, ¿qué le dijeron sus amigos y su familia?

FO: Como vale más una imagen que mil palabras, se lo explico con unas ideas gráficas de cómo ve la gente a un vulgar escribidor del tres al cuarto

ESCRIBIDOR

OR: Muy gráfico, sí. Creo que ha quedado perfectamente resumido. En fin, cuéntenos de que va esa bazof…, digo esa novela que ha escrito, bueno…, escribido según usted. ¿Cómo se titula?

FO: ¡Por fin! Vamos a hablar de mi libro. Ya me iba yo a poner en plan Paco Umbral y a cagarme en su padre de usted.

OR: Le recuerdo que mi padre es usted.

FO: ¡Cierto! ¡Vaya mierda! Maldito el día en el que se me ocurrió crearle. Cría cuervos….

OR: Soy un ORTINorrinco, no un cuervo. No me toque los huevos.

FO: Jamás haría yo eso.

OR: No, no. Quiero decir que no me rompa los huevos. Que los ORTINorrincos somos mamíferos pero ponemos huevos para reproducirnos, y los tengo ahí incubando.

FO: ¡Ah, perdón! Usted disculpe.

OR: Gracias, gracias. En fin, volvamos a su libro, a ver si usted me vende algo hoy.

FO: A ver, ¿en qué quedamos? ¿Qué quiere usted que le vende yo ahora? No traigo gasas. ¿No íbamos a hablar de mi libro?

OR: “Vende” del verbo vendar, noooo, ¡animal de bellota! “Vende” de vender…, de vendeeeer…, ¡que a ver si me vende hoy algún libro! Espero que el próximo mequetrefe que tenga que entrevistar tenga más luces que usted.

FO: Oiga, sin faltar, ¿eh? Que mi karma es la calma. Y estoy empezando a perder ambas.

OR: Bueno, al grano, ¿por qué nuestros ORTINorrinconios y ORTINorriconías deben comprar su libro?

FO: Hombre por deber, deber, lo que se dice deber, digamos que podríamos emplear términos más razonables, tales como sugerir, aconsejar, asesorar, recomendar…, vamos, resumiendo, que si no se lo compran me cago en sus muelas pero, eso sí…, sin rencor alguno.

OR: Ya veo, ya. La calma es su karma.

FO: Pero si usted quiere que yo le recomiende mi novela al público, lo hago sin más. Aunque luego no me venga con que los efectos secundarios de su lectura han producido algún ictus, aneurisma o algo similar. La responsabilidad se la pasaré a usted, que lo sepa.

OR: Tranquilo, como todas las grandes compañías, tenemos el libro de reclamaciones justo al lado del WC, por si se agota el papel higiénico.

FO: De acuerdo, allá voy. Queridos leedores y leedoras, pues como escribidor que soy aún no puedo llamares lectores y lectoras. Yo les recomendaría que, si quieren pasar un rato divertido, se lean mi novela, ya que está escrita con la intención de sacar alguna sonrisa a quién tenga el valor de adquirir Idus de Julio. El humor es muy subjetivo y cada uno tiene el suyo, así que no todo el mundo reacciona igual ante ciertas situaciones, pero de las críticas que he ido recabando hay gente que me ha dicho que se ha partido de risa, otros que se han sonreído y uno o dos a los que no les ha hecho gracia. Sin embargo, en general, todos opinan que es de lectura fácil, amena, que engancha y que deja buen sabor de boca.

OR: Así me parece que no engaña a nadie, ¿podría ponerle más pasión?

FO: Bueno, hasta aquí mi consejo y asesoramiento de por qué deberían leerse mi novela. A partir de aquí, sólo me queda suplicar y arrástrame por el suelo, que también es loable y digno si consigo el objetivo: Por Diooooooooosssss, léansela…, se lo ruegooooo,…., que el ambre de escritor es mu mala,…., tan mala que no tiene ni “h”….

OR: Patético. He visto a nematodos y babosas de la col arrastrarse con más clase que usted. Mis primos de Australia reptan con mucho más estilo y elegancia.

FO: Bueno, hasta aquí hemos llegado…, al carajo el karma y la calma…

OR: ¡Oiga!… ¿Qué va a hacer con el micrófono?… ¡No, en el pico, no, que causa furor en las nenas!…, ¡Seguridad!!!!!…¡A mí la legión!… ¡Me quejaré a la protectora de animales!…, ¡Ay! ¡Ay!… ¡Socorro que alguien que quite a este energúmeno de encima!… ¡En los huevos noooo…, que son mis churumbeles!… ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!… ¡Qué pupita! ¡Me muero mucho!…, glggllllll

POR KO TÉCNICO TRANSITORIO INTERRUMPIMOS LA EMISIÓN HASTA UNA NUEVA ENTREVISTA.

SI HAY ALGÚN VETERINARIO EN LA SALA ROGAMOS  NOS VENDE AL ORTINORRINCO…, ¡SÍ! ¡SÍ! ESTA VEZ DEL VERBO VENDAAAAR

El karma y la calma

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Estimados leedores y estimadas leedoras, (sí, porque si yo soy escribidor, ustedes son leedores y leedoras…, los lectores y lectoras los dejamos para los escritores y escritoras de verdad). Hoy el ORTINorrinco está de vacaciones y les escribo yo, Felipe Ortín, en esta sección denominada: IDUS DE JULIO, THE MAKING OF, donde les iré enseñando, poco a poco, las tomas falsas de mi novela. Algo así como en Star Wars, cuando el maestro Yoda en lugar de decir: “la Fuerza en ti poderosa ser”, se trincaba un dedo con la puerta del escenario y decía: “cagar en tus muelas me voy a”, al tiempo que, como venganza, arrebatado por la ira, soltaba un par de tacos Jedi y lijaba la puerta con dos airados mandobles de espada de láser, pasándose por el forro de su Lado Oscuro sus enseñanzas de paz y sosiego.

En fin, situaciones sinónimas aparte, cuando terminé de redactar el primer manuscrito de IDUS DE JULIO tenía las dos opciones básicas que todo escribidor tiene cuando acaba con una novela: o comprobar su capacidad de combustión al aplicarle una llama o comportarme como un desalmado y dárselo a algún conejillo de indias para que se lo tragara y lo digiriera, rezando por que no le entraran ganas de suicidarse.

Les dones sàvies

En mi caso, me comporté como un completo desaprensivo. Y el incauto que cayó en mis redes fue un buen amigo llamado David Martí. Sí, un escritor de verdad, no como el escribidor mindundi que redacta estas líneas, pues David ya ha escrito cuatro exitosas novelas: Les bruixes d´Arnes, El guerrero dormido, La metgessa de Barcelona y Les dones sàvies de la muntanya (las cuales les recomiendo, vehementemente, que se lean). Con lo cual, él era el espécimen perfecto para que me hiciera una evaluación de mi manuscrito o, como está tan de moda decir hoy en día, un feedback (o sea, textualmente: alimentarme la espalda…, en fin, no demos ideas de por dónde podía haberme metido mi manuscrito, que de pequeño ya mi madre, a falta de Dalsy en aquella época, me tupió a supositorios…, mis nalgas parecían una hucha-cerdito).

David, tras leérselo, quedó conmigo una tarde y lo primero que me dijo, nada más verme, fue que me parecía a un mono. Le respondí: “Bueno, vale que soy feo y peludo, pero si me rasco compulsivamente con las dos manos los sobacos es porque el desodorante me irrita y no me abandona”. Sin embargo, me aclaró que no se refería a mi fisionomía de chimpancé sino a que, escribiendo, me iba mucho por las ramas. “Yacoññiiio, Davifff, habbbed empeffado pol ahí”, le respondí mientras me zampaba, con los mofletes llenos, el plátano que había llevado de merienda.

Minion

MI BANANA Y YO

Por tanto, tras aquella aclaración de mi colega, decidimos sacar la motosierra y eliminar aquellas ramas por las que me iba escribiendo. Y una de las historietas que decidimos sacar de IDUS DE JULIO fue una anécdota que no pegaba ni con cola en la novela pero que yo me había empecinado en meter en aquellas líneas, a pesar de que chirriaba como las puertas de las películas de terror.

Se trataba de un curioso suceso que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial y que sólo podía pasarle a los españoles. Sí, durante aquella terrible guerra (si es que hay alguna que no sea terrible), España, tras su propia Guerra Civil, se había declarado “neutral” para evitar entrar en el conflicto internacional. No obstante, al poco tiempo cambiaron el término de “neutralidad” por el de “no beligerancia”, siguiendo así con la tradición hispana de cambiar de chaqueta cuando nos conviene. En definitiva, aquel término de “no beligerancia” era un eufemismo que venía a ser algo así como ver los toros desde la barrera, pero animando al torero, que, en este caso, eran los alemanes.

Por tanto, para ayudar a los germanos, les mandamos a la División Azúl, o como dirían los lacónicos teutones, con esas palabras tan cortas y sonoras que usan: Die Einheit Spanischer Freiwilliger (que, para que impacte y produzca efecto militar, debe pronunciarse marcialmente, soltando lapos y rascando la garganta), formada por unos cuarenta y cinco mil voluntarios, y no tan voluntarios, que se alistaron para ir al frente a ser utilizados como carne de cañón en el sitio de Leningrado.

Entre estos voluntarios se encontraba José Ignacio Sáenz, cuyos patrióticos motivos para ir a pegarse barrigazos y tiros a las estepas rusas eran tan profundos como las mil pelas que pagaban por la prima de enganche, olvidar a una novia desagradecida y ver mundo. José Ignacio era un técnico electrónico de alto nivel con grandes conocimientos de alemán, así que el general de la División Azul, Agustín Muñoz Grandes, lo nombró su radiotelegrafista personal, sin importarle un rábano que, aunque José Ignacio hablaba un alemán perfecto, tenía algo de “frenillo” al pronunciar.

Unos meses más tardes, Muñoz Grandes, uniformado con su muestrario de medallas al pecho, se dirige en su avión a una reunión del Cuartel General Alemán en Rusia, en la ciudad de Smolensko. Cuando el aparato sobrevuela el aeródromo, José Ignacio pide pista para aterrizar a la torre de control en poder de los germanos.

Estos reciben varias frases con una perfecta gramática alemana, todas con su correcto sujeto, predicado, verbo y complementos directo e indirecto. Sin embargo, aunque la gramática es perfecta, la fonética es de garrafón, debido al frenillo que tiene José Ignacio en su lengua. La frase a los alemanes les debió sonar algo así (traducida al castellano):
“Zolicitando pizta de aterrizzahhe para el heneral ezpaniol de la Divizión Azul, Muñozz Grandezzz”

Los alemanes en tierra, dada la confusa pronunciación del pobre José Ignacio, sospechan que se trata de una aeronave alemana capturada por soldados soviéticos que pretende bombardear las instalaciones aeroportuarias. Así que cargan las baterías antiaéreas y se lían a soltarles andanadas, y no precisamente de bienvenida.

Gracias a la pericia del comandante del avión, a base de esquivar y zarandear el aparato como un endemoniado entre las explosiones de los obuses, consigue que el JU-52 tome tierra de una pieza en el aeródromo de Smolensko. Al aterrizar son rodeados por los alemanes que, aunque estaban de turismo por Rusia, no iban con su jovial, folclórico y tradicional atuendo de “sandalias con calcetines”, sino, más bien, armados hasta los dientes con ametralladoras, granadas, estampitas de Hitler y, lo más espantoso, con las siglas de la Seguridad Social (SS) tatuadas en sus pecheras.

Finalmente, el entuerto se resuelve pero, a partir de entonces, para evitar futuras confusiones con el frenillo de José Ignacio, cada vez que tienen que pedir pista de aterrizaje a los alemanes para el avión del General de la División Azul, llevan a bordo un gramófono donde suena el pasodoble “El Gallo” como contraseña previa.

Yo, sinceramente, sigo sin comprender cómo aquellos pilotos era capaces de llevar el avión con semejante mamotreto en la cabina, pues un gramófono de aquella época podía medir medio metro de lado y pesar unos veinte o treinta kilos, eso por no decir que la trompeta del gramófono era un embudo gigante que debía estar entre la oreja derecha del piloto y la izquierda del copiloto, reventándoles los tímpanos cada vez que lo ponían en marcha.

El gramófono

UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

Me imagino al comandante de aquel avión evitando los cañones antiaéreos, zarandeando el aeroplano con los mandos, encomendándose a los santos y, al mismo tiempo, haciendo de diyei pinchando el disco en el gramófono, mientras le comentaba al copiloto:

—Ramírez, el enemigo nos dispara con saña
—El enemigo, los cojones, que son los nuestros mi Comandante. Que se ha vuelto usted a confundir de disco y les ha puesto otra vez la Macarena…, hartitos los tiene.
Cagüen los Jürgen. ¡Jodidos teutones!

Es de suponer que aquel gramófono sí que era un arma de destrucción masiva y, posiblemente, terminara siendo lanzado por la ventanilla de la cabina de mandos para atacar cualquier puesto enemigo de los rusos en un arrebato de furia del comandante, hasta los mismísimos “mini-babybels” de tener que llevar aquel armatoste en el avión.

JU-52

SI ES QUE ENCIMA, PROVOCABAN, INSINUÁNDOSE COMO DIANA. LA LEYENDA LO DICE BIEN CLARITO: “DÉ AQUÍ”…, Y AHÍ QUE LES TIRABAN LOS OBUSES.

Claro está que los tiempos evolucionan y, hoy en día, esas situaciones no serían posibles pues ya todo cabe en un minúsculo archivo informático digitalizado, con lo que el pasodoble aquel hubiera quedado reducido a un cante jondo similar a: “uno, uuuuunooo, ceeroo, cero, cero, unooooo, uno, uno, cero,  Aaaaaaaiiiiii…miaaarmahhh!

Y por supuesto, con los yankies y su tecnología esto no hubiera pasado en nuestra época. Pues soy incapaz de imaginarme a Tom Cruise haciendo de Maverik en Top Gun, identificándose con Iceman cantándole: “Booooooooooooooorn in de Yuesei, boooooooooooorn in de Yuesei…” con el fin de evitar ametrallarse entre ellos y tener conversaciones como esta, en un castizo inglés de Minnesotta:
Son of a bitch, what in the hell are you doing, stupid motherfucker?

Que, como todos sabemos, traducido al castellano de Valladolid vendría a ser algo así como: “Querido compañero, llevas un rato disparándome, podrías, por favor, corregir tu punto de mira, que me vas a derribar y me voy a hacer pupita”

Y que traducido al castellano hablado en Canarias quedaría en: “Simplón, vigila donde apuntas que me estás esconchando los spoilers… toletemierda. Espera que baje´l avión y te estrompo los dientes. ”

Maverik

“ÑÑÑÑÑÑ, QUETE…, QUETE…, ÑÑÑÑÑOOOS, LA PROSSSIMA VEZ TE…, TE…., TE LOS COJO ASÍNNN Y TELOSESTRUJO TOOS” 

En definitiva, al parecer, la anécdota es del todo cierta, aunque jamás sabremos qué pasó con el gramófono. Y tal vez se pregunten cuál fue mi fuente de información y piensen que estuve rebuscando entre libros como una rata de biblioteca o sonsacándole batallitas a algún abuelete provisto con un flexo de sesenta vatios y el humo de un auténtico puro habano fabricado en China. Sin embargo, esto no es así. La reseña la encontré debido a dos de mis aficiones: el humor y la historia y la hallé en una colección denominada Historia de Aquí, de la editorial Espejo de Tinta y realizada por el tipo que mejor resume la ironía de la vida en una sola viñeta: Forges.

Forges

PARA LOS AMANTES DE LA HISTORIA Y LA HISTERIA DESTERNILLANTE

En fin, lo dicho, si les gusta la Historia y pasar un rato divertido, les recomiendo que se hagan con dicha colección y, por supuesto, con IDUS DE JULIO, que también tiene algo de historia, histeria y pizcas de humor…, vayan a pensar que no iba yo a autopromocionarme mismamente.

Recuerden, para pasar un rato divertido, no olviden supervitaminarse, supermineralizarse y superIdusizarse…, ¡es bueno pa la salú!

http://www.sb-ebooks.es/l/idus-de-julio/

http://www.sb-ebooks.es/l/idus-de-julio/

PARA PASAR UN RATO DIVERTIDO


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La lavadora

Último día de clase. Última hora de clase. Los timbres de cientos de miles de colegios del país sonaron al unísono para anunciar el inicio de las vacaciones escolares de verano. De repente, un tsunami de chiquillos se desplazó, como una avalancha de pequeños seres humanos, hacia el exterior de las escuelas, abalanzándose sobre sus progenitores, que los aguardaban con el cariño propio de cualquier padre o madre. Y mientras los niños y niñas salían como una estampida de búfalos de sus respectivos centros educativos con la intención de olvidar cualquier materia que hubiesen recibido durante el curso lectivo, los adultos los recibían con lágrimas en los ojos, desempolvado inmediatamente los conocimientos de matemáticas para ir sumando: “El campamento de verano, trescientos euros; las clases de natación, cincuenta euros; el parque de atracciones, treinta; el apartamento en la playa, mil trescientos… a la mierda la extra, ¡snif!”

Ajenos a estos acontecimientos, en el interior de aquellos colegios, y escondidos en la sala de profesores, cientos de miles de maestros y maestras lanzaban al aire sus libretas y se abrazaban entre sí, también con lágrimas en los ojos, por la felicidad de librarse de sus estimados y queridos alumnos; los cuales, por separado, podían ser un encanto de personas, pero que, todos reunidos en una misma clase, eran capaces de llegar a convertirse en verdaderos becerros. Por supuesto, ellos también celebraban, fundamentalmente…, lo mismo que sus alumnos: iban a tener dos mesazos de vacaciones para su uso y disfrute y, sobre todo, para envidia cochina del resto de los trabajadores del país, exentos, la mayoría, de un periodo de descanso de esa cantidad de días.

A mí particularmente este tema me afectaba por el lado de mi señora esposa, de profesión docente, y que llegó a casa anunciándome; a bombo, platillo y fanfarrias; que comenzaba su periodo vacacional; poniéndome los dientes largos, en particular los colmillos que se estiraron tanto que se me clavaron en los dedos gordos de los pies. De paso me informó, para seguir dándome envidia, que, para no estar sola en casa mientras yo pringaba en el tajo, se iba a coger una semana sabática para irse a un apartamento en la playa con unas amigas. Eso hacía que mi apellido paterno pasara a ser el de Rodríguez. Es decir, me quedaba solo en casa durante una semana completa. Una semana completa en la que descubrí los peligros de un arma letal que venden en cualquier supermercado: el friegasuelos.

Sí, sí. En particular, el peligroso friegasuelos azul, fragancia spa marino. Ahí donde ustedes lo ven, tan azul, tan olorosito y tan inocente; tiene unos poderosos efectos secundarios que pueden llegar a causar los siguientes síntomas: cólera, inflamación del aparato reproductor y hongos en los pieses. Y lo digo con conocimiento de causa, pues padecí en mis carnes dichas patologías. Efectivamente, sufrí cólera (pero no EL cólera sino LA cólera), hinchazón de las glándulas testiculares, y aún tengo algo blanco entre los dedos de los pies que no sé si son champiñones, porquería acumulada o piel muerta.

Comenzando por el comienzo. Cómo le pasaba al pobre Dr.Jeckyll con Mr.Hyde, cuando me quedo solo en casa durante una larga temporada, yo me transformo. Paso de ser el pulido y ordenado Señor Ortínorrinco, a convertirme en el desordenado Don Rodríguez, que me deja la geografía de la casa plagada de ropa interior por cualquier lado; pudiéndose tropezar uno en cualquier momento con un calcetín-bomba o unos calzoncillos-trampa. Sin embargo, aunque Don Rodríguez puede ser un tanto desordenado, no es un guarro, así que, al cabo de unos días de tener las prendas íntimas desperdigadas por cualquier rincón, se decidió a hacer la colada.

El invento del demonio

El invento del demonio

Allí que fui derechito a la lavadora. Aprovechando mi estado de Rodríguez y, haciendo caso omiso a los consejos de la parienta, eché toda la ropa en el interior del tambor, sin distinguir entre ropa blanca, ropa delicada o ropa de color; como cualquier marido del mundo que se precie. Puse el detergente en su compartimento y a continuación, también haciendo caso omiso a los consejos de mi mujer, puse el suavizante AZUL directamente, a ojo de buen cubero, sin usar la medida del tapón. Cuando el depósito para el suavizante estaba a rebosar, decidí que ya era suficiente suavizante AZUL.

Elegí el programa de lavado utilizando la infalible y científica técnica del “pito pito colorito dónde vas tu tan bonito, pim, pam, fuera” y salió Algodón Resistente con Centrifugado. Apreté el botón y dejé que el maquiavélico aparato comenzara a funcionar. Con las mismas, ni corto ni perezoso, me largué al gimnasio a pegarme unos largos en la piscina. Ese fue el primer error. El segundo error fue cambiarme el bañador en el gimnasio al salir de la piscina.

Reconfortado por la paliza de la natación, y arrugado por la inmersión, volví a casa, contento y feliz con la intención de tomarme una refrescante y espumosa birra. Y sí, espuma sí que tragué, pero no de cerveza precisamente. Al llegar a mi morada vi que algo pasaba. Por debajo de la puerta de la calle asomaban pequeñas pompitas de jabón. Abrí, e inmediatamente fui absorbido por la progenitora de aquellas pompitas: la madre de todas las pompas. ¡Su puta madre! ¡El jabón me llegaba a la altura de los sobacos!

Efectos del fregasuelos

En algún lugar está la Mancha, cuya sábana no pude encontrarla, pues mucho jabón a la lavadora ocultaba

Aquello parecía la fiesta de la espuma de cualquier discoteca. El pasillo de mi casa y la cocina parecían Venecia, pero en lugar de agua, de detergente. Sólo faltaba el gondolero cantando “Oh! Sole mío” navegando por encima o simpáticos delfines saltando y haciendo piruetas. A mí apenas me sobresalía la cabeza entre tanta espuma. Mi primera reacción fue de sorpresa, pero cualquiera que me conoce sabe que tengo un pronto un tanto explosivo, así que sufrí el ataque de Cólera. Cosa que empeoraba la situación porque los espumarajos que me salían de mi piquito de oro, producto de la mala baba, venían a unirse con el jabón ya existente y los niveles del mismo cada vez eran más inquietantes.

Terminé de entrar en mi casa y quise dirigirme hacia la lavadora, que está en el fondo de la cocina. Como no había manera de distinguirla, no se me ocurrió sino la brillante idea de ponerme las gafas de nadar y el tubo (nado con tubo para no girar la cabeza y no herniarme las cervicales). Las gafas no me sirvieron de una mierda, porque no veía nada con tanto jabón, aunque sí que evitaron que se irritaran los ojos. Sin embargo, el tubo tuvo mayor utilidad, pues me permitía respirar bajo aquella esponjosa masa blanca. A tientas, y bien lubricado, conseguí alcanzar la condenada lavadora, que escupía pompas como una máquina de hacer cotufas (o palomitas de maíz), y conseguí desenchufarla. Milagrosamente, los plomos no habían saltado y la jodida centrifugadora de ropa no había parado de generar espuma desde que me marché al gimnasio.

Salí de la cocina, para intentar ganar el comedor y comenzar a evacuar todas aquellas burbujas. Me miré en el espejo del pasillo. Por un momento, parecía la Martirio, con una peineta de espuma blanca en lo alto de mi coronilla, dos pendientes con forma de algodón de azúcar colgando de los lobulillos de mis orejas y el tubo y las gafas de nadar completamente empañados. Sacudí la cabeza para librarme del disfraz, pero si bien conseguí zafarme de los zarcillos y el tocado, al mover la barbilla dentro de la espuma, terminé consiguiendo una blanca barba que me hacía parecer Papa Noel, pero con un snorkel adosado.

Herramientas para la búsqueda de la lavadora

Herramientas para la búsqueda de la lavadora

Fui al balcón para a recoger el cubo de fregar. Yo era una mezcla entre Papa Noel y el muñeco de Michelín, con tanto jabón pegado a piernas, brazos y cuerpo. Al salir al balcón, con el aire que hacía en ese momento, y para regocijo de los niños del barrio, llené el cielo de portentosas pompas de diversos colores y tamaños.

Liberado de un par de capas de espuma, cogí el balde y comencé a llenarlo para ir evacuando poco a poco la cocina y el pasillo. Cada vez que tenía la bañera repleta tenía que, con paciencia, ir remojando el jabón para que se deshiciera y se fuera por el sumidero. A partir de este momento fue cuando sufrí el segundo efecto secundario, pues los cojones se me hincharon (y eso que la espuma estaba bastante fría), no porque estuvieran bajo el nivel freático sino por tener que estar más de dos horas evacuando detergente por la bañera. Total, ciento veinte minutos de juramentos, improperios y blasfemias varias que desmantelaron los pedestales de santos, patrones, la madre del señor, la gloria celestial y sus más íntimos allegados (…si algún día voy al cielo, San Pedro va a gastar metros cúbicos de lejía para lavarme la lengüita antes de dejarme pasar…).

Finalizada la evacuación de la Madre de Todas las Burbujas, ya solo quedaba recoger el agua y secar las paredes y el suelo de la cocina, pasillo y parte del comedor. Ahí fue donde tuvieron que salirme las setas que aún poseo entre los ñoños de los pies, pues para llevar a cabo estas faenas me descalcé, aunque en realidad más que descalzarme lo que hice fue desnudarme, pues el resto de la ropa la tenía empapada producto de la ósmosis entre el jabón y las telas sintéticas que llevaba puestas.

En definitiva, que durante muchos días, la entrada de mi casa, la cocina y parte del comedor mantuvieron una agradable fragancia a spa marino… al igual que el resto de mi cuerpo de pezones para abajo. También curiosamente, estuve el mismo tiempo sin usar desodorante, pues cada vez que me untaba el sobaco con el roll-on aquello aún generaba tanta espuma que parecía que me fuera a afeitar las axilas en lugar de quitarles el mal olor. Por no decir que, cuando me sonaba los mocos, me salía suficiente jabón de las narices como para lavarme las manos; y que si eructaba, era capaz de generar pompas por las orejas.

Por tanto, la moraleja de este cuento es la siguiente: maridos y Rodríguezes del mundo, pueden pasar de lo que les diga su señora esposa y mezclar la ropa de color con la blanca (como mucho se les desteñirá algo para teñir su prenda más preciada, aunque asegúrense siempre que la prenda coloreada no sea de su mujer), pueden seleccionar el programa de la lavadora que se les antoje utilizando cualquier otro método científico de elección, pueden poner la cantidad de suavizante que les apetezca, pero… nunca, nunca, nunca, confundan el suavizante con el puto friegasuelos, si no quieren sufrir los nocivos efectos secundarios que tanto alteraron la sístole y diástole de mi tensión nerviosa.

¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP! ¡POP!

Lo ha vuelto a hasser

Será BELILLO!!! Lo ha vuelto hassser…!! Mi blusa blanca…ahora es rosa a topitos!!!


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FELIPE ORTINorrinco

Amigas, amigos, conocidos, conocidas y, por supuesto, desconocidas y desconocidos: bienvenidos al blog de Felipe ORTINorrinco.

En este pequeño espacio esperamos hacer que nuestros visitantes pasen un rato entretenido y, por qué no, divertido. Y es que Felipe ORTINorrinco es como el doctor Jekyll y Mr. Hyde, como Bruce Banner y La Masa, como Juana y su Hermana, como la oruga y la mariposa, algo así como el Barón Ashler de Mazinger Z, en definitiva, que en algunos momentos es posible que el que esté escribiendo en el blog sea Felipe Ortín y, en otros casos, el ORTINorrinco.

El primer personaje es Felipe Ortín, un ser tranquilo y apacible que les narrará sus peripecias como escribidor sobre su primera novela: IDUS DE JULIO y les explicará pequeñas anécdotas en una sección denominada EL MAKING-OF DE IDUS DE JULIO. Es decir, aportará datos interesantes sobre los que se basó para escribirla, anécdotas que descartó o párrafos que acortó, en definitiva, como si se hubiera tratado de una película, les mostrará una serie de tomas falsa de la historia. También, incluso puede que sea posible que, en un futuro, entreviste a sus propios personajes de ficción.

El segundo personaje es el ORTINorrinco, no confundir con ornitorrinco que, aunque parecido, no es lo mismo. El ORTINorrinco es un ser, cuanto menos, curioso. El ornitorrinco australiano tiene pico de pato, cola de castor, patas de nutria y pone huevos a pesar de ser mamífero. Nuestro ORTINorrinco, por su parte, dispone de un espléndido buzón con el que grazna más que habla, zarpas con las que tropieza más que anda y, aunque no pone huevos, tiene unos cojonazos que arrastra y se pisa. Finalmente decir que el ORTINorrinco también es mamífero pero en lugar de leche, mama birras compulsivamente. Ambos son excelentes nadadores y se mueven con soltura en el agua mientras que son más torpes en tierra. El australiano se denomina Ornithorhynchus Anatinus (es decir, parecido al pato), mientras que el nombre culto de nuestro amigo es ORTINhorhynchus NOatinus (básicamente porque no da una a derechas y porque es bastante patoso). Sin embargo, mientras el australiano es venenoso, el ORTINorrinco es inofensivo y, aunque tiene pico de pato, pato ladrador, poco mordedor, a pesar de que, a veces, se coja unos rebotes que ni el pato Donald cuando blasfemaba sin que nadie le entendiera. En definitiva, un insecto interesante el que pueden llegar a conocer si se hacen asiduos de sus historietas y las peripecias que nos irá contando.

Finalmente, ambos, de vez en cuando, les animarán a compartir alguna experiencia cultural, ya sea de literatura, danza o cualquier otro tipo de arte o ámbito del conocimiento, en una sección de recomendaciones que esperamos pueda ser de su interés y donde esperamos entrevistar a personajes relacionados con la cultura… porque el ORTINorrinco Escultura.

Para acabar, agradecerles haber llegado hasta aquí, pues eso querrá decir que se han leído la introducción completa, para aumento de su presbicia y desgaste de sus retinas.

A continuación les dejaremos con la primera historieta del ORTINorrinco, esperando les guste este sitio y que vuelvan con frecuencia, les saluda.

felipeortin.wordpress.com

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