Felipe Ortín

Escribidor


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El diapasón

Bienvenidos y bienvenidas a una nueva entrega a The Making of Idus de Julio, aprovechando que el ORTINorrinco continúa subiendo su particular cuesta de enero con su lumbago, su esguince de tobillo y con la hipogeusia que los Reyes Magos le dejaron en la última publicación de nuestro blosss y de las cuales aún no se ha recuperado… (si no saben a qué me refiero, lean la entrada del ORTINorrinco y los Reyes Majos).

Por tanto, aprovechando la coyuntura, vuelvo yo, Felipe Ortín, a hablar de mi libro como cualquier Paquito Umbral que se precie. Y vengo a explicarles hoy otra historia que, esta vez sí, introduje en Idus de Julio y que pude camuflar bastante bien para que el lector de la novela no me mandara a freír chuchangas (caracoles en Canarias), espárragos o, directamente, mandarme a la mierda y tirar la novela a la basura…, aunque lo bueno de publicar en digital es que no puedes tirar tu aifon, tablet o ibuc a la papelera así como así, y debes molestarte en borrar el archivo de tus carpetas.

Pues esta vez les traigo la anécdota del diapasón que me dejaron sus Majestades los Reyes Magos en mi más tierna infancia y que, al igual que al ORTINorrinco con sus regalos de este año, también me supuso algún quebradero de cabeza.

Por si no lo conocen, el diapasón es un curioso cacharrito, consistente en una pieza metálica en forma de U, que cuando se golpea emite una vibración a una frecuencia determinada, la más habitual es el La440, que genera una onda de 440 hercios y que corresponde a la nota “La” de la escala musical. Fue inventado en 1711 por un sargento trompetista llamado John Shore con la intención de ajustar la afinación de las orquestas. El invento puede parecer una bobería pero, por aquel entonces, los instrumentos se templaban con diferentes métodos que, a veces, provocaban incoherencias musicales y complicaban las ejecuciones de las piezas.

El diapason

El famoso diapasón

Yo imagino que los castrati aparecieron debido a esta complicación para afinar las orquestas. Debían coger al primer reo que tuvieran a mano, le sopesaban las criadillas y se las empezaban a retorcer hasta que el berrido del condenado daba la nota exacta. Un giro y salía el “Do”. Al segundo el “Re”. Así hasta que llegaban al “La”, giro más o giro menos. El “Do sostenido” parece ser que lo lograban apretando en lugar de retorciendo. Es de suponer que alguna vez se pasaban de rosca y allí que los dejaban eunucos para toda la vida. De hecho, es posible que el Sí Bemol tuviera su origen al desenroscarles los bemoles a dichos presos. Por descontado, que todo esto son suposiciones mías, no es que yo tenga una base histórica y científica basada en algún Códice oculto de Leonardo Da Vinci o páginas secretas del Malleus Maleficarum con el cual la Inquisición cazaba brujas. Vaya a ser que ustedes vayan por ahí en plan pedantes suponiendo que lo que acabo de decir es cierto y la caguen, y luego vengan a buscarme a mí para repetir conmigo lo que les hacían a los castrati. Además, debo avisarles que yo, al primer apretón, ya he hecho la escala musical completa.

Sí Bemol

Este es el Sí Bemol…, no confundir con el Sin Bemol… que es como se quedaban los castrati

En definitiva, a partir de la invención de dicho cacharrito hubo un incremento de la natalidad al reducirse las castraciones involuntarias, se redujeron las venganzas maritales por aquello de “cómo es que mi hijo es negro si yo soy blanco” y, sobre todo, desde entonces las orquestas sinfónicas pueden poner de acuerdo a todos sus instrumentos y, actualmente, el oboe es el privilegiado que se afina con el diapasón y, a su vez, el resto de la orquesta se afinan con la nota “La” que da dicho oboe.

En fin, que el aparatito parece que tuvo su utilidad y hoy en día las orquestas ya, al menos, no desafinan. Lo que me pregunto es cómo lo hacen los grupos de Trash Metal o de Heavy Metal para afinar. ¿Usan el diapasón o directamente se lanzan a disparar desmadradas fusas y cabreadas corcheas así, a la buena de Dios y sin encomendarse nadie? Lo cierto es que no me imagino a Marilyn Manson dándole un tenue y dulce golpito al diapasón y diciendo: “Vamos chicos a la guá, a la tu, a la guá-tu-zri…”, para luego, lanzarse a aporrear las guitarras, la batería y el bajo como unos posesos. Igual utilizan el método de pillársela con la cremallera para homenajear a aquellos castrati y, así, berrear sin compasión pero con sentimiento…, ¡mucho sentimiento! Algún día le preguntaré a alguno de los componentes de estos grupos aunque debo reconocer que, debido a mi carencia de ritmo, me gustan mucho estos berridos.

Sí, porque yo fui siempre un negado para la música, la lírica y la danza. De hecho, la historia que les narro en Idus de Julio sucedió cuando yo tenía siete añitos y mis padres me llevaron a un coro, para ver si podía dárseme bien el “bel canto” y convertirme en un Alfredo Kraus o en un Plácido Domingo que rompiera las copas de cristal a base de refinados y aristocráticos gorgoritos y no a base de burdos y palurdos pelotazos, como solía hacer habitualmente en mi casa.

Lo primero que hizo la profesora cuando me recibió en su clase fue preguntarme qué quería ser de mayor. Yo, inocentemente, le respondí, con vocecita de Niño Cantor de Viena, que “canto-autor”, pues siempre me pareció que tocando una guitarra y cantando dulcemente uno podría tener más oportunidades para ligarse a las niñas, dado que yo era un completo adefesio que las espantaba antes de ser capaz de abrir la boca.

Tras realizarme varias pruebas de voz, consideró que:

a) No podía enmarcarme dentro de cuerda alguna; ella no podía definir si yo era tenor, bajo, o barítono. Como mucho podía diferenciarme entre gritón o chillón.

b) Constató que yo era completamente sordo al ritmo de la música

Y después de oírme, la muy desalmada, les dijo a mi padres, con una absoluta falta de tacto, que más que “canto-autor”, para el bien de la humanidad, era mejor que yo fuera “auto-cantor”; es decir, que me dedicara a cantar sólo, para mí mismo, en la ducha, en el baño, alejado de cualquier ser que pudiera ser torturado con mis desdibujadas notas musicales. Para acabar, aquella bruja me sacó de allí a escobazos.

La bruja

La bruja de mi profe tras sacudirme un par de escobazos para echarme de su casita de chocolate

Por tanto, mi sueño de convertirme en un guitarrista melenudo que cantase, con voz melódica y ojos apergaminados, dulces melodías o canciones protesta que arrebatasen de pasión a las gachís por mí, cayó como un castillo de naipes. Y no sólo porque mi voz no fuera melancólica, que también, o porque mis gafas de culo de botella hacían desaparecer mi encantadora mirada, sino porque con los aparatos de dientes de aquel entonces y mis botas ortopédicas, más que canción protesta, yo me hubiera dedicado a la canción protésica. De hecho, con tantos gadgets ortopédicos, más que descubrir el solfeo, descubrí el “soy feo”…, simpático…, pero feo.

Así que mi primera experiencia con las artes fue un desastre. Sin embargo, mi familia seguía empeñada en que yo podía triunfar en estas lides y hablaron “personalmente” con los Reyes Magos, según me explicaron a los ocho años, y éstos, con toda la buena fe y magia correspondiente, me dejaron una guitarra, con su diapasón y todo para afinarla.

Aquella guitarra nunca dejó de criar a familias enteras de arañas, que tejían sus telas entre su funda y la pared de mi cuarto. Sin embargo, el diapasón se convirtió en el martillo pilón de mis padres, ya que me dedicaba a golpearlo contra cualquier cosa para hacerlo vibrar y sacar la susodicha nota “La”. La historia del diapasón finalizó al cabo de seis meses cuando le aticé a una figurita de porcelana que tenía mi madre en su habitación. Esto desencadeno diversos acontecimientos: para empezar, la figurita de porcelana quedó hecha añicos, para seguir, mi diapasón fue lanzado a la basura inmediatamente, y, finalmente, mis nalgas acabaron calientes tras un par de buenos azotes impartidos por la justicia materna por desobedecer el artículo siete, párrafo tres, del código penal familiar: “Las cosas de mamá no se tocan” y que, según ese mismo código penal, estaba castigado con dos zapatillazos en las nalgas, atizados consecutivamente, primero en el culete derecho y luego en el izquierdo.

La sanción fue ejecutada por la susodicha haciendo uso de su proverbial chola derecha (zapatilla de playa por si el lector es, con todo cariño, godo o goda…, es decir, peninsular o peninsulara, incluyendo a los baleares y balearas). Esa chola que toda madre de nuestra época tenía, a la que todos solíamos temer y que mi progenitora, en particular, utilizaba con una maestría abrumadora.

La chola

LA CHOLA. Herramienta con la que mi madre me daba mucho amor…, fíjense en los corazones…

De hecho, aquella chola era como una navaja suiza multiusos. Aparte de para caminar y matar cucarachas, mi madre la empleaba para las más variadas aplicaciones. A veces podía ser la “Chola Voladora”, capaz de cruzar el comedor de mi casa e impactar certeramente entre mis cejas tras un ágil lanzamiento por parte de mi señora progenitora que adoptaba pose de ninja y a la que sólo le faltaba decir: “kiaaaa!!”. También, mejorando la técnica de lanzamiento, mi madre podía convertirse en el alter-ego de un aborigen australiano y utilizar la chola en modo “boomerang”, con lo cual, tras impactarte en los morros, volvía increíblemente a sus manos para tener la posibilidad de un nuevo lanzamiento. Para casos más graves, cuando la trastada era realizada conjuntamente por mí y por mis hermanos, mi madre usaba la chola en modo “cachiporra policial” y, como una antidisturbios en plena manifestación, entraba en nuestra habitación en plan asalto de la caballería ligera y comenzaba a repartir estopa a diestro y siniestro y sin miramiento mientras mis hermanos y yo tratábamos de apelar al sentido de la justicia culpándonos mutuamente de la travesura como si de políticos en el Congreso se tratase con el típico: “Yo no fui, fue él…”. Por último, el modo de “chola yo-yo” consistía en que se descalzaba y, amenazándonos con ella, empezaba a balbucear: “Es que yo, yo,…, quete, quete…, meme, meme… los nerviossss”, y acojonados que nos quedábamos.

Mi madre

Pues volviendo al tema de la ejecución de la sentencia, recuerdo que aquel día mi madre no pudo utilizar su chola canaria pues me refugié tras la mesa del comedor y ella no tenía un blanco definido al que acertar, así que sólo le quedaba el cuerpo a cuerpo. Ella insistía con “¡que vengas aquí!”, mientras yo pensaba, “leche cacharro…, pa que me dés…, ¡soy feo, no bobo!”. Total que empezamos a correr alrededor de la mesa como si el coyote persiguiera al correcaminos dando vueltas sin parar. Al final, como buen hijo, me dio pena ver a mi madre desfallecida, con dos palmos de lengua fuera, corriendo detrás de mí, y me dejé alcanzar para que, haciendo de verduga, me diera los cholazos correspondientes a mi pena. Como uno ya tenía experiencia en recibir, había cogido la costumbre de tensar el pantalón para que los impactos de la suela de goma no dolieran, fingía unas lágrimas de cocodrilo y engañaba a mi madre pensando en que había recibido mi castigo para, así, volver a hacer alguna nueva trastada. 

En definitiva, que mi progenitora en lugar de usar el diapasón para afinarme, utilizaba la chola, que daba mejor rendimiento. Y ustedes dirán, ¡qué crueldad! Pues no, lo que pasa es que yo era un trasto y santa paciencia había que tener conmigo. Así que he de agradecer a mi madre aquellas sabías correcciones y aquel hábil manejo de la chola que, hoy en día, hacen que yo tenga la personalidad disociada, como bien saben, entre Felipe Ortín y el ORTINorrinco, y gracias a las cuales, puedo, de vez en cuando, divertirles con mis paridas. Aún así, como tantas veces repetí en cole en la libreta de caligrafía,  “Yo amo a mi mamá. Mi mamá me ama” y esta frase para mí no sólo es cierta sino que, además, es verídica. Porque madre no hay más que una y a mi viejita no la cambio por nada del mundo, que la quiero montón.

En fin, nada más decirles que, tras esta última sesuda reflexión, se suda y, por tanto, voy a darme una ducha, donde me dedicaré a auto-cantar, sin afinar con diapasón ni trillándomela con nada, a ver si le hago la competencia a los de AC/DC y ahogo mis penas como cantante frustrado bajo el grifo de la ducha:

“JJJJJJJJJJJJJAAAAAAAAAAAAIII GÜEY TU JEEEEEEEEELLL CHACHACHÁN CHACHACHÁN”… (¿sí que pasa?, canto e imito la guitarra, el bajo y la batería al mismo tiempo…, si es que soy un hombre orquesta…, sin afinar ni nada, pero doy espectáculo… maldita profesora)…

Y, sobre todo, recuerden: no dejen de leer Idus de Julio.

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Los Reyes Majos

Noche de Reyes. Día de Ilusiones. La noche en la que los niños y niñas son incapaces de dormir aunque les hagas una tortilla de Valium y los dopes con Trankimazin o, incluso, los asustes con que si no se acuestan pronto los Reyes les van a dejar carbón. Señooooooooorees y señoooooooras, cómo osan tratar de engañar a esos pequeños seres con que los Reyes Magos les van a dejar carbón, si el que acaban de ver pasar en la cabalgata…, ¡es carbón de azúcar! ¡Todavía les entran más ganas de que les dejen carbón! Si están deseando que se les caigan los dientes para, encima, aparte de los Reyes, que les llegue el Ratoncito Pérez, que ya no pone cinco duros como cuando éramos pequeños, sino… ¡hasta diez euros! Que estoy por suscribir acciones de Pérez & Ratones S.A. (a 20 dientes de leche son… 200 euracos por churumbel…, a su edad me hubiera arrancado la dentadura entera por esa pasta…, mientras que ahora es el maldito dentista el que me saca los dientes y, encima, me arranca la pasta de cuajo…, no sé qué duele más).

En fin, como ya no soy un pequeño ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis Reyes han sido bastante tradicionales y me han traído los gallumbos con los que voy a vestir todo el resto del año que viene y los calcetines con los que sustituiré a los que ya tienen el agujero en la punta del dedo gordo del pie, tras irlos cortando sutilmente con la uña durante 365 días. ¡Ah! Y también el pijama nuevo de invierno, que el otro ya se tiene solo de pie.

Regalos de reyes

Los gallumbos con “monstro” incorporado, los calcetines para jubilar y el pijama del año pasado a punto de tomarse una cervecita a mi salud mientras me saluda antes de irnos a la cama

Pero, aparte de estos habituales presentes, este año pasado he debido portarme bastante mal, pues los Majos Reyes Magos me han dejado como regalos especiales: hipogeusia, esguince de tobillo y lumbalgia crónica. Sí, así de Majos que son los Magos, que en lugar de ponerme los regalos debajo de las bolas del árbol de Navidad, los muy mamones me las han tocado y me los han inyectado en plan enema.

Todo comenzó el día anterior al de Reyes, en la mañana del día 5, mientras aún dormía plácidamente en mi calentita cama. La Naturaleza llamaba a las puertas de mis esfínteres y el sensor de nivel de mi vejiga lanzaba berridos en forma de señales eléctricas a mi cerebro para indicarle que estábamos a punto de rebasar el nivel de seguridad y que la presa no podría contener el río por mucho tiempo. En mi sesera se instauró la típica batalla entre las neuronas que insistían en: “¡cinco minutitos más, cinco minutitos más!”, contra las que decían: “¡me meo, me meo!”.

Finalmente, triunfaron las últimas y decidí salir de la cama para correr hacia el baño a realizar una micción de carácter un tanto complicada, pues no sé si ustedes conocen la pequeña mutación física que sufren los ORTINorrincos masculinos por las mañanas, pero digamos que… pueden hacerse una buena imagen pensando en los bomberos con las mangueras apuntando hacia arriba intentado apagar el fuego de un edificio en llamas y que el agua caiga exactamente en el lugar del incendio. Y más engorrosa aún si cabe, pues los ORTINorrincos somos bastante cegatos y uno carga con una miopía bastante acuciada con lo que atinar, sin ver nada, en el foco de la llama resulta bastante dificultoso. Yo sé que a los humanos estas cosas no les pasan, es lo que tiene ser un ORTINorrinco.

Mi manguera de ORTINorrinco

En definitiva, una vez puesto en pie, y “apagado el fuego”, ya no tenía sentido volver a la cama. Como tenía la boca algo pastosa, decidí empezar el día lavándome los dientes. Y allá que fui, arriesgándome peligrosamente a comenzar la mañana sin las gafas puestas. Y lo dicho, como los ORTINorrincos somos bastante cegatos, tenemos dos sistemas para detectar los objetos: mediante el tacto o mediante la ecolocalización. El primer sistema consiste en ir palpando hasta que consideras que aquella mancha grande y colorida que ves es lo que estás buscando. La segunda es cuando, utilizando el método de palpación, escuchas el eco de aquello que acabas de tirar al suelo y romper. Entonces, por el sonido producido ya sabes que lo has ecolocalizado…, tarde, pues ya no sirve de nada porque está hecho añicos…, pero lo has encontrado. Normalmente, el sistema de ecolocalización suele terminar con un: “me cagonnn suputamadre”.

Pues bien, siguiendo el método táctil localicé la pasta de dientes y el cepillo. Y comencé a frotarme bien y con fuerza la dentadura. Sin embargo, al cabo de unos segundos, detecte que: a) la pasta sabía rara y b) no hacía espuma. Escupí aquello que sabía a rayos y procedí a acercarme el tubo de la pasta a la punta de la nariz para leer qué era lo que me había puesto en el cepillo.

¡Hemoal! ¡Me había puesto Hemoal! Y no el normal. ¡El Hemoal Forte! Esputos, imprecaciones y un proceloso lavado de lengua para quitarme aquel sabor de la boca. Sin embargo, ya era tarde. No sé qué compuesto químico tiene aquello pero se me quedó la lengua como una lija y perdí el sentido del gusto…, he aquí como apareció la Hipogeusia, que consiste en la imposibilidad de saborear aquello que comes. Y ustedes se preguntarán, ¿qué coño hacía el Hemoal en la pica del lavabo? Bueno, como ya saben, esta vida es un valle de lágrimas al que hemos venido a sufrir… pues yo sufro en silencio… Porque cada cual sufre como le sale de los cojones, ¿no? En fin, que está claro que para acabar con algo que se llama coloquialmente almorrrrrrrana, y que en el lenguaje culto de los médicos se denomina hemorrrrrrroide, o le metes caña o no te lo cargas… eso sí, mis papilas gustativas…, destrozadas.

Pero el día no había hecho más que empezar y todavía tendría tiempo para ir recibiendo mis regalos anuales. Para evitar las colas del día de Reyes para comprar el tradicional roscón de Idems, mi señora esposa y yo decidimos adelantarnos a todo el mundo e ir a adquirir uno. Ella aparcó en doble fila delante de la pastelería, yo subí los ocho o diez escalones que dan acceso a la misma y me hice con un fabuloso roscón de nata. Al salir de la misma, mi mujer seguía esperándome con el coche en doble fila, sin embargo, una señora provista de un pedazo Mercedes no se atrevía a pasar al lado de mi mujer, fuera ser que le hiciera una rayita a su lujoso cochazo. Y eso que por el espacio de calle que quedaba libre hubiera podido pasar la decimotercera Panzerdivisionen toda a lo ancho, el portaviones Nimitz con su flota completa de destructores y acorazados formados en paralelo y habría sobrado un huequito para que pasara la cabra de La Legión (eso sí, de frente, porque a contrapelo se le hubieran enganchado las orejas y los cuernos).

Total, que la vieja se volvió histérica ante la posibilidad de que su Mercedes pudiera ser herido por un humilde y sencillo Seat y, apuntándola con la estrella del morro de su coche, comenzó a dispararle bocinazos a mi señora para que apartara su vulgar pichirilo. Yo, desde lo alto de las escaleras, al ver la escena, decidí bajar rápido para salir huyendo de allí ante la ogra del Mercedes. Sin embargo, en lugar de fijarme en los escalones, me fijé en la cara de mi agobiada esposa y perdí el pie, que formó un ángulo de noventa grados con el tobillo y me fui de boca.

A pesar de que, con el tiempo, la cerveza me ha generado cierta masa abdominal que hace que mi centro de gravedad se haya desplazado algo más abajo, aún estoy dotado de un tormo/belillo/cabezón que pesa algún quintal de más y que hace que dicho centro de gravedad esté bastante alto. Con lo cual, al perder el pie, la Gravedad llamó a mi cabeza antes que al resto de mi cuerpo y ésta fue lo primero que aterrizó contra el suelo, mientras mis patas apuntaban al cielo. Resumiendo, ¡el talegassso fue de Trending Topic!

El roscón de Reyes que venía conmigo voló por los aires y cayó de plano justo antes que yo. Como en todo accidente que se precie perdí un zapato y quedé empotrado en la acera, como si yo careciera de tres dimensiones y me hubiera pasado una apisonadora por encima. Desde el aire mi imagen parecía la de un santo, pues había quedado boca arriba, con los brazos extendidos a mis lados, con las palmas de las manos apuntando hacia el cielo y, como aureola celestial, el roscón de Reyes formando un círculo alrededor de mi cabeza, pues, al impactar contra el suelo, se habían unido las dos capas de bizcocho y la nata se había desparramado, formando alrededor de mi cráneo una halo de nata y bizcocho. Si además de roscón, hubiera comprado perejil, hubiera parecido la estampita de San Pancracio.

Ante el súbito impacto, el rey y el haba salieron disparados. El haba se precipitó dentro de una alcantarilla donde debió ser pasto de las ratas y con el Rey poco se pudo hacer para salvarlo, salvo el boca-rey para chuparle la nata que tenía pegada.

Entierro del rey

Escoltado por sus compañeros, se lleva a cabo el sepelio del rey caído, y rechupeteado, según el rito budista (aún no existía el Cristianismo)

Finalmente, los daños sufridos fueron un ligero esguince de tobillo, muerte súbita real por aplastamiento de roscón y ahogamiento masivo con nata de los piojos que pudieran pulular por mi cabellera. Eso sí, la japuta del Mercedes pasó de largo sin sufrir un maldito arañazo en su cochazo.

Ese fue el segundo regalito de los Reyes Magos. Pero ahí no acababa la cosa, lo peor aún estaba por llegar: la cabalgata. ¡Todavía tenía que verlos pasar después de los presentes que me estaban dejando aquel día! Y no tenía que verlos pasar a solas, no, sino acompañado deeeee…, mi pequeña sobrina ORTINorrinquita. Un bello ser de seis años y, sobre todo, veinticinco kilos de peso.

Porque es que mi sobrinita tiene pasión por su tío y quería que la llevase a ver a los primeros ídolos que tendrá en su vida: Los Reyes Magos (si hubiera posters de Melchor posando, fijo que mi sobrina tendría uno colgado en su habitación). Y efectivamente, allí que fuimos.

Para empezar, las aceras de las calles estaban atestadas de infantes, y no tan infantes, ocupando los primeros puestos para ver bien toda la procesión. Puestos que son imposibles de conquistar, pues intentar ponerte por delante de alguno de esos chiquillos o, peor, delante de sus padres puede ser un deporte de alto riesgo. Sí, sí, donde esté el Cabalgating que se quiten el Puenting, el Salto Base, el DeadBiking o cualquiera de esas otras chuminadas acabadas en “ing”. Intenta adelantar a un padre con su hijo en las posiciones de privilegio de la cabalgata de Reyes y eres hombre muerto a base de collejas, zarpazos de madres defendiendo la guarida de sus crías o niños que, como pirañas, podrían devorarte en cuestión de segundos.

Total, que para que mi sobrina pudiera ver bien el espectáculo sólo había dos opciones: que ella se adelantase a los lugares de primera fila (cosa que a los niños sí se les permite) o subirse a mis hombros. Yo le intenté explicar que esto último no podía ser posible justificándome con: “es que tito ORTINorrinco tiene una condromalasia rotuliana y una protusión lumbar y no puede cargar contigo”.

A mi sobrina aquello le debió sonar a: “Condromalasia Rotuliana debe ser la nueva muñeca de Monster High…, igual se la pido a los Reyes ahora que van a pasar”, o tal vez, “luego le pediré al tito un huevo Kinder a ver si en la sorpresa me toca una Protusión Lumbar de esas”. Con lo cual, entróle mi comentario por su ojera derecha y salióle por la izquierda procesado de aquella manera, me miró y puso la cara de pena del Gato con Botas de Shreck, expandiendo las pupilas de sus ojos al máximo, mientras yo pensaba: ”¡será hija de la gran… ORTINorrinca!”. Y así consiguió trepar hasta mis hombros, donde permaneció….¡DOS HORAS!

Gato con botas

Mi ORTINorrinca sobrina utilizando sucias artimañas gatunas

Y comenzó el suplicio. Empezaron a pasar decenas de mascotas y personajes de dibujos animados, saludando a todos los críos ante el histerismo de éstos. Uno de los momentos más terroríficos fue cuando apareció la carroza de Frozen, con la princesa Elsa, la princesa Anna y el muñeco de nieve Olaf. Mi sobrina estuvo a punto de sufrir dos soponcios, una lipotimia y desgarramiento de cuerdas vocales, y eso que mi ORTINorrinquita ya cuenta en su poder con: el juego de Frozen, todas las princesas Frozen, el set de belleza Frozen, la carroza Frozen, la cubitera de Frozen, la central nuclear de Frozen, la pinga en vinagre de Frozen, el edicto real contra el Calentamiento Global de Frozen (por aquello de no derretirse), el Halcón Milenario de Frozen y, hasta la confesión firmada por parte de Darth Varder de que se pasó al Lado Oscuro porque la princesa Leia, cuando era pequeña, le tenía hasta los mismísimos Frozens de la peliculita de marras, tras haberla tenido que ver más de un centenar de veces. A mí, curiosamente, me pasa como a Darth Vather y, de hecho, también les pedí a los Reyes la capadora de Frozen para pasarme por los estudios Disney a decirle cuatro palabritas a los malévolos guionistas de la película, pero los Magos, sabiamente, no me la dejaron.

Y hablando de los susodichos, comenzaron a acercarse los camellos animados por las felices pajas de los Reyes Magos… (sí, es que los pajes eran mujeres…, no me sean mal pensados…). Entonces comenzó el verdadero infierno, porque mi sobrina, histérica al ver a sus ídolos, berreaba como una posesa con un estridente y agudo chillido que taladraba mis tímpanos como si me estuvieran metiendo una aguja de calceta de treinta centímetros por mis oídos. Melchoooooooooooor, Gaspaaaaaaaaaaaaar, Baltasaaaaaaaaaaaaar (con éste último era el deliriums tremens, o sea, el tremendo delirio). Ya tan joven y yo ya estaba deseando que mi sobrina creciera rápidamente para que la próxima vez que la cargara alguien fuese su primer novio adolescente, repleto de acné y pelusilla por bigote, en su primer concierto de Gemeliers, Justin Beaver o del correspondiente niñato guaperas que las desalmadas discográficas puedan enlatar en un disco para cuando ella haya crecido. Porque, a fin de cuentas, lo que yo tenía sobre mis hombros no dejaba de ser una tierna fan, histérica por ver a sus ídolos.

Pero lo peor no eran los gritos. Eran los caramelos. Al tener que agarrar a mi sobrina por las piernas, para evitar que cayera de mis hombros, yo no tenía manera de defenderme del ataque de los caramelos disparados a discreción contra nosotros así que, cada vez que pasaba uno de los Reyes, los caramelos impactaban contra mi cara. Intenté hacer como Keanu Reeves en Matrix, y esquivarlos echándome hacia atrás, agitando ágil y grácilmente el cuerpo para evitar los impactos mientras los caramelos de fresa y limón pasaban a mi lado a cámara lenta, sin embargo, mis lumbares me anunciaron con un solemne “crack” que acababa de terminar de herniarme y yo parecía, más bien, un Click de Famóbil pero doblado noventa grados hacia atrás. Así que, ante el descoyuntamiento lumbar, decidí que prefería recibir los impactos de los caramelos.

Neo esquivando balas en Matrix

En definitiva, que al acabar la cabalgata yo tenía sendos lagrimones recorriendo mis mejillas y que mi sobrina interpretó que estaban causados por la emoción de ver a los Reyes Magos, mientras la L4 y la L5 se fundían para siempre en mi columna vertebral y en mis oídos un permanente y estridente “piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” retumbaba en mi cabeza al haber perdido la gama auditiva de las frecuencias agudas.

En fin, gracias al Cielo que se acabaron las Navidades y ahora comienza la cuesta de enero que seguramente no será peor que el día de Reyes, aunque subirla va a ser jodido, pues voy cojo y con lumbago, pero eso sí, mal sabor de boca no me va a dejar, porque el estropajo que tengo por lengua no va a ser capaz de saborearla.