Felipe Ortín

Escribidor


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El barraquito y otros

Güelcam otra vez a este blosss del ORTINorrinco, en el que hoy volvemos a recuperar las anécdotas que el cafre de Felipe Ortín consiguió insertar en su fabulosa novela, Idus de Julio, de manera que el lector de la misma no se diera ni cuenta de que le estaba añadiendo más paja y páginas a la historia para que ésta fuera un tochito de trescientos folios y que pareciera una novela seria y todo.

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En fin, hoy hablaremos de ese brebaje mágico llamado café. Esa bebida que todo el mundo toma con la excusa de espabilarse pero que, en realidad, la mayoría utiliza para ir al excusado…, a soltar lastre; porque no hay mejor laxante que un buen café, a poder ser de esos que puedes conseguir en las máquinas expendedoras que las empresas suelen colocar en los offices de sus oficinas. Uno de esos y mano de santo para el estreñimiento; a los dos minutos te encuentras apretando el paso (y las nalgas) en dirección al WC. Yo he llegado a sospechar que esas máquinas las instalan en las empresas los jefes de los Departamentos de Recursos Humanos. Sí, porque no hay nada que ponga de más mal humor que tener retortijones y no poder aliviarte. Así que para mejorar el ambiente laboral en la oficina, nada mejor que tener al empleado bien cagado (a veces en todos los sentidos)

En fin, que en este país el café es casi una religión y un motivo como otro cualquiera para poder quedar con un buen amigo para pasar un rato agradable. Y no sólo eso, sino que, además, posiblemente España sea uno de los lugares donde mejor se prepara el café, tras Italia o Brasil, porque lo que es en el resto de Europa o América, el café no deja de ser más que agua sospechosamente tiznada de negro (que yo sepa). Por ejemplo, el peor café que he probado en mi vida lo tomé en Alemania, una pócima oscura y maloliente (no quiero decir con esto que todos los cafés de Alemania sepan igual, pero aquel fue terrible). En Estados Unidos, por lo que se ve en las pelis de polis, se jartan a tomar quintales cúbicos de café en vasos de plástico Big Size de Coca-cola…, si eso realmente fuera café café, del speed que les daría resolverían los casos en cinco minutos y rodarían cortometrajes en lugar de largometrajes.

Y una vez fui a Francia y pedí un café olé, pensando que lo de olé era porque sería bueno de cojones. Sin embargo, lo que pasa es que los gabachos no saben ni leer en su propio idioma pues, olé sus huevos, realmente es un “café au lait”, que no es más que un café con leche…, que, por cierto, me lo pedí para desayunar en un bar y tuve que ir a la panadería para comprarme un croassant porque allí el café se vende en los bares y los dulces en la panadería…, no se les ha ocurrido mezclarlo como hemos hecho aquí.

Eso sí, nosotros aquí nos hemos empeñado en complicarnos la vida para pedir el café. Un buen camarero de cualquier restaurante es capaz de anotar las comandas de los comensales, servir las mesas con diligencia y ser amable con los clientes…, hasta que llega el turno de los cafés, instante en el cual los nervios, la memoria y la amabilidad del camarero se pueden ir al garete en cuestión de segundos.

Porque no debe haber momento más estresante que cuando un grupo de treinta personas, después de haberse puesto como ceporros comiendo y haber jalado más alpiste de la cuenta, se pone a pedir los cafés. Porque lo dicho, aquí no se pide un café y punto. O un cortado y tan panchos. No, no. Aquí, aparte de ser camarero, hay que tener estudios y un máster superior en la Universidad Juan Valdez de Cafetera y Tueste porque, de esas treinta personas, ninguno pedirá lo mismo.

Que si un café solo, solo corto de café, expreso, café americano, café largo, bien cargado, uno manchado (nunca he sabido manchado de qué), con hielo, descafeinado de máquina, descafeinado de sobre, con sacarina (esto se lo suele pedir el troglodita que se acaba de comer medio cochino asado, curiosamente, ¡para no engordar…!), con estevia (pal friki ecologista).

Pero es que aquí no acaba la cosa porque, para complicarlo aún más, faltan los cortados, los cuales pueden ser: corto de leche, largo de leche, café con leche, con la leche fría, con la leche hirviendo (práctica que particularmente odio pues hasta en verano los camareros vaporizan la leche del cortado para que te quemes la lengua…, esto fijo que lo hacen por venganza). En Canarias, particularmente, para complicar un poco más el cortado, tenemos: cortado de leche y leche (leche normal y leche condensada), cortado de leche natural (sólo leche normal) o barraquitos. Obviamente, los cortados también pueden usarse con la opción de descafeinado, de sobre o de máquina. Por si fuera poco, y para tocarle aún más los ojones a los camareros, ahora ya podemos elegir el tipo de leche: desnatada, sin lactosa, semidesnatada, de soja, de arroz, de avena, de almendra, de vaca, de burra, de foca, de Bob Esponja…, al final, la leche que te ponen es…, la mala leche que le entra al camarero o, con mala suerte, te pega una leche como Ruiz Mateos al Boyer.

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Y parece que la cosa acaba aquí, pero no.

Aún falta poder mezclar el café con licor y aquí empezamos con los carajillos de anís, de cognac, de whisky, de ron o cualquier otra cosa que lleve alcohol, así hasta llegar al de 95 grados. También los trifásicos, que son cortados a los que se les añade el licor correspondiente, como el trifásico de Baileys (que, irónicamente, tiene crema de leche). Obviamente, estos últimos también pueden complicarse pidiéndolos descafeinados de sobre o de máquina, con hielo o sin hielo, con azúcar o sacarina y, por supuesto, con el tipo de leche que te salga de los cojones…, ejem, quiero decir…, de avena, de soja, de chufa, etecé, etecé…

En definitiva, que ese momento debe ser el más estresante para un camarero. Yo una vez casi vi fenecer a uno en vivo y en directo cuando el listo de turno se le ocurrió pedirle un: “cortadito de leche y leche, corto de café descafeinado de máquina, con la leche condensada de almendras ecológicas, la leche natural desnatada sin lactosa y la sacarina sin gluten”. Al camarero se le subió la ceja izquierda, dobló la lengua p´atrás, apretándola entre los dientes, y casi pude leer en sus ojos sus pensamientos algo así como: “Ñññññññññññ, ¡Mira…, mi niño! Lo que te voy a dar es una nata con tan mala leche que te voy a descafeinar hasta los sesos…”. La verdad es que el camarero tenía razón porque para pedir un café que no es café, mezclado con leche que no es leche y un edulcorante sospechoso yo, en el lugar del camarero, hubiera mandado al cliente a la mierda pero que no es la mierda.

Pero bueno, volviendo al tema que nos traía, que eran las anécdotas que uno puede aprender de Idus de Julio, hoy quería contarles el origen de la palabra “carajillo”. Al parecer hay dos teorías sobre el origen de la misma, por lo que pude averiguar en su momento.

La primera es la que explica que en la Guerra de la Independencia Cubana, los españoles mezclaban el café con licor para tener más “corajillo” e ir a luchar en las batallas. Y de ahí, la palabra derivó en carajillo. Está claro que si esto fue así, a vista de los resultados de hoy en día, aquellos carajillos debían ir más cargados de la cuenta y nuestras tropas debieron ir medio beodas al campo de batalla pues perdimos la guerra, Cuba y ya, de paso, Las Filipinas.

La segunda versión sobre el origen de la palabra “carajillo” dice que es una derivación de una expresión típica de los arrieros catalanes que esperaban su turno de carga en la Estación de Francia de Barcelona y que, cuando tenían prisa por salir, mezclaban el café con el licor y se excusaban con un: “que ara guillo”, que quiere decir: “ahora tengo que irme con prisas”

Independientemente cual de las dos versiones sea la correcta, yo, particularmente, me decanto por un café especialmente sabroso inventado en Tenerife, el popular Barraquito, ideado, parece ser según se cuenta, por un cliente del Kiosko Imperial de Santa Cruz de Tenerife al cual apodaban Barraco y que un buen día le dio por mezclar café, leche condensada, leche, canela, una corteza de limón y licor 43.

Curiosamente, el barraquito, cuya receta es la que acabo de describir, no hay narices que, hoy en día, te lo sirvan correctamente si lo pides como tal, ya que cuando pides uno, en todos los sitios te ponen un simple cortado largo de leche y leche sin licor ni ná…,

A ver, estimados camareros, si el barraquito original tiene licor, por qué, hoy en día, si quieres que te lo sirvan como Dios manda, tienes que decir “barraquito especial”. Queridos camareros, ya sé que odian a los clientes por pedir el café de mil maneras diferentes pero un barraquito lleva su licor, su corteza de limón y su canela…, no debería hacer falta especificar “especial”, ya que lo que ustedes sirven normalmente es un barraquito…, ¡que no es un barraquito!

Recuerden, el barraquito lleva: leche condensada, café, leche, canela, corteza de limón y licor 43. Y punto. Nada de “barraquito especial”.

Porque no hay nada mejor que poder saborear un buen barraquito con una buena lectura como puede ser, por ejemplo y sin ir más lejos, el Best Seller de Felipe Ortín, Idus de Julio (que es su Best Seller porque no tiene otra novela que vender…)

Sean FELIPIces.

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La Travesía

Estimados y estimadas leedoras y leedoros de este blosss, nuevamente, como ORTINorrinco, vengo con mis paridas, aunque, realmente, los ORTINorrincos no parimos sino que ponemos huevos para reproducirnos así que, más bien, una vez más, vengo con mis huevadas.

Como ORTINorrinco hecho y derecho, uno está diseñado para desplazarse sobre la tierra tropezando con todo pero perfectamente adaptado al agua y listo para nadar, así que un buen día, me apunté a una Travesía.

Por si no lo saben, una Travesía es un Triatlón descafeinado. Es decir, en el Triatlón nadas mil quinientos metros; pedaleas empalado sobre una bicicleta de carreras con el sillín encajado entre las nalgas durante cuarenta kilómetros y; por si no eras suficientemente masoquista; te pegas diez kilómetros más corriendo. Eso en la versión olímpica, hay salvajadas mayores. En definitiva, que si para hacer un Triatlón hay que tener un par de huevos, para una Travesía no hacen falta, pues uno te lo dejas encima de la bici y el otro te lo desgatas corriendo con el roce de los calzoncillos. Por tanto, así, sin dos cojones, decidí apuntarme a una Travesía a nado en una distancia de dos mil metros.

Dado que siempre he nadado en la tranquilidad y la paz que otorga una piscina, donde la máxima turbulencia que te puedes encontrar es la que generan las viejillas del Aquagym dando saltos (y no son muy altos que digamos), no estoy acostumbrado a las olas en mar abierto por lo que comencé a entrenarme en la playa.

Durante varias semanas estuve nadando 4.000 mts, siempre con mi neopreno para evitar enfriarme, el cual se ajusta perfectamente a mis redondos bíceps, mis pectorales y, sobre todo, a la puñetera barriga cervecera que no hay manera de rebajar. Sin embargo, las normas de la prueba de 2.000 mts a la que me había apuntado indicaban que no estaría permitido el uso de neoprenos. Por tanto, un buen día, probé a nadar sin neopreno. Así, a pecho descubierto. Y me pasó algo que jamás me había pasado.

Me lijé los sobacos.

Literal. Debe ser que entre que el agua del mar es salada y a que gasto unas lianas axilares por las cuales Tarzán podría pasar de hombro a hombro, el caso es que me despellejé vivo con el roce de mis propios brazos contra las axilas al nadar.

En la piscina siempre había nadado sólo con el bañador, sin neoprenos, y durante una hora diaria. Sin embargo, nunca me pasó eso de desollarme. Supongo que el agua de las piscinas, al ser dulce, debe ser menos erosiva. O tal vez el cloro. O, posiblemente, porque el ácido úrico generado por las damas Tena Lady que hacen Aquagym y los bebés sin Pampers Superabsorventes que chapotean a mi lado debe ser un buen lubricante.

El caso es que estuve dos días caminando como John Wayne a punto de desenfundar las pistolas, con las muñecas y los codos separados de mis caderas casi cincuenta centímetros. Ante la curiosidad generada por este suceso, pero sobre todo por el ardor, investigué en internet y averigüé qué es lo que utilizan los profesionales para evitar rozaduras. Fácil: ¡vaselina!

Total, recuperado tres días después del salvaje frotamiento, lo primero que hice fue…, ¡ponerme desodorante!…, antes de que mis semejantes me trataran de zafio y patán y se apartaran de mí varias decenas de metros.

Y así, bien acicalado y recuperado, me dirigí a la farmacia a comprar la vaselina y algunos productos de primera necesidad. Inocentemente, le solicité a la boticaria pasta de dientes y ésta, gentil y amable, me la preparó. A continuación pregunté por la vaselina con la excusa del roce de los sobacos y me dio incluso a elegir entre varias opciones, más o menos lubricantes. Sin embargo, a continuación, cometí el grave error de pedir unos preservativos (que se nos habían acabado en casa). La miradita de la farmacéutica fue de: “¡Ya claro! ¡La vaselina es pa nadar, sí!”. Y terminé de rematarlo debido a que uno es un ORTINorrinco macho pichote y le pedí los condones talla XL…. Ni se imaginan la cara de la farmacéutica. Debió pensar “sí, sí, a nadar los cojones…, XL y vaselina…, ¿me cuentas un cuento?”. En fin, que al ver la cara de la boticaria fue cuando me di cuenta de mi error y salí de allí con las orejas calientes de la vergüenza. Por tanto, como consejo personal, jamás pidan en una farmacia vaselina y preservativos al alimón. Ni preservativos al limón tampoco…, escuecen y amargan…, supongo, vamos digo yo…, eso me han dicho… ejem…, vamos a dejarlo…

travesia-4Pues bueno, ya cogiendo el truquillo a eso de entrenarme en el mar y poniéndome en forma para afrontar la prueba, a falta de una semana para la competición, mi mujer y yo nos fuimos a pasar un día de playa. A una playa abierta, de olas potentes y resaca poderosa. Mientras mi señora se tostaba a la parrilla, de lado y lado, yo, hastiado y sofocado, me dediqué a coger olas para matar el aburrimiento. Pillé un par de ellas que me deslizaron hasta la orilla, hasta que vi venir una de las guapas, de esas grandes que piensas: “¡fuaaa, esta no me la puedo perder!”

Y efectivamente, no me la perdí. Lo que casi pierdo fueron los bañadores del revolcón que me dio. Se me partió la ola cuando estaba en lo alto de la cresta y, de repente, me convertí en una muñeca/muñeco hinchable. Mis extremidades se agitaban sin control, un brazo pa Cuenca y una pierna pa Sebastopol, la minga suelta y despendolada a falta de bañador, mientras la ola me centrifugaba como la colada a 1.000 rpm. Cuando, por fin, logré tocar la arena del fondo con una mano, mis sensores de posición lograron averiguar dónde estaba el arriba y dónde estaba el abajo y, con un pequeño empujón, logré salir a la superficie para respirar abriendo la boca como un cachalote. Sin embargo, al salir del agua tras recuperar el bañador, por supuesto bajando la cabeza humillado para evitar las miradas de aquellos que me hubieran visto revolcarme como el cemento en una hormigonera, noté que tenía cierto dolor en el hombro izquierdo.

Dolor que, con los días, fue yendo a más. Dependiendo del movimiento del hombro, éste se me encallaba y no se soltaba hasta que oía un ligero crepitar y una lagrimilla me saltaba del lagrimal. Y en lugar de ir al médico, que hubiera sido lógico, pensé: “Yuuuuuuuuuuna mieeeerrrrrrda, dos meses entrenando para perderme ahora la competición. Yo voy a hacer la Travesía como ORTINorrinco que soy”. Y fui.

Al cabo de una semana, el hombro no se me había recuperado ni p´atrás…, ni p´alante, ni p´aloslaos. Seguía crujiendo igual. Pero allí que fui y me presenté a la mesa de inscripciones a recoger mi gorro de natación (verde fluorescente) y mi chip de cronometraje (una tira de velcro para colocarme en el tobillo). Mi querida señora me acompañó para animarme y ser testículo ocular, cámara en ristre, de mi hazaña, tan orgullosa de mí como preocupada por mi lesión y que pudiera ser capaz de finalizar la prueba pero, sobre todo, con el siguiente pensamiento en su cabeza: “¡Como te ahogues, te mato! ¡Cabezón!, ¡que eres un cabezón y nunca me haces caso!”, pues, obviamente, su razonable propuesta de haber ido a un médico fue tercamente desoída por mis oídos.

Para empezar, los de la organización casi no me dejan participar en la prueba. Allí todos los nadadores, macizos, con buenos pectorales, atléticos brazos y cincelados cuerpos, iban provistos de bañadores del tipo “marcapaquetes”, es decir, ajustados para penetrar mejor en el agua y deslizar más. Vamos, que metes esos bañadores en la lavadora y al primer centrifugado te los escupe a la cara. Sin embargo, yo, para no perder mi tradicional gusto por los bañadores horteras, iba provisto de unas bermudas que me llegaban hasta las rodillas, estampado en flores y, lo peor, naranja fosforito. Pues bien, los organizadores de la prueba estimaban que mi culo, naranja radioactivo, podía ser confundido con las boyas que marcaban el trazado. Tras una pequeña trifulca, les argumenté que como no me dejaran participar, lo que iba a confundirse con las boyas sería mi…, bueno…, algo que los niños no deben leer y que rima con boya.

Arreglado el entuerto, me dediqué a calentar y lo primero que hice fue ponerme dos plastas de vaselina bajo los sobacos para evitar nuevas desolladuras. Debí pasarme tres pueblos porque, a día de hoy, todavía me derrapa el roll-on del desodorante cada vez que me lo aplico y anteayer se me escapó y logré encestarlo, sin querer, en el inodoro, después de que rebotara en la cisterna y la tapa del váter como una pelota de basket temerosa de hacer canasta o una pelota de golf indecisa por entrar en el agujero. Gracias a Dios, no había icebergs en el fondo y pude rescatarlo fácilmente. Sin embargo, lo tiré a la basura, ante el repelús que me producía la sola idea de frotarme con aquello.

Una vez listos, se dio la salida. ¡Dios santo! ¡Me dieron una paliza! En un combate de boxeo hubiera recibido menos porrazos.

Yo siempre he sido deportista pero siempre evitando el contacto físico con otros jugadores. En futbol, jugaba de portero. Practiqué voleibol y bádminton, deportes en los cuales, el máximo contacto que tienes es con una pelota, jamás con otra persona.

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Esta decisión supongo que debió ser tomada debido a un trauma juvenil. Sí, dada mi proverbial capacidad de meter mis extremidades en el hueco más inverosímil sin ser consciente de ello, una vez, jugando a básket, tuve un pequeño altercado que me marcó para el futuro.

Mi padre, siguiendo la aplastante lógica de que yo por ser alto debía ser bueno jugando al baloncesto, se empeñó en apuntarme en un equipo, sin encomendarse a la Virgen y sin darse cuenta que, para mí, cuatro extremidades son muchas para coordinarlas todas al mismo tiempo. Pues bien, nos pusimos a jugar mi equipo contra otro en partido oficial. Los míos intentando no pasármela y los otros usándome de puerta de atrás para llegar hasta la cocina y encestar. En una de estas, yo estaba defendiendo, de espaldas a mi propia canasta en un lateral de la pista. El jugador que tenía enfrente de mí hizo un pase hacia el interior de la bombilla a un compañero suyo que entraba en carrera hacia la canasta para coger la pelota y dejarla en bandeja. Yo, para intentar interceptar el balón estiré mi brazo derecho.

Sin embargo, jamás supe cómo, el jugador que venía corriendo se tragó mis dedos. Bueno, más bien, mi dedo medio (largo y huesudo), se le introdujo en la boca, entre su cachete derecho y los molares de ese lado. Parecía como si un mero se hubiera tragado un anzuelo de diez centímetros de largo. Mi dedo le había llegado casi hasta la muela del juicio mientras su sonrisa se había estirado más de la cuenta. Aunque aquello no era una sonrisa. Era una mueca. De dolor, exactamente. Que rápidamente se convirtió en un gesto de rabia e ira babosa. Antes de que aquel energúmeno me mordiera, saqué el dedo de su boca y empezó una pequeña trifulca en la que los del equipo contrario querían sacudirme mientras los míos silbaban y disimulaban, mirando para otro lado, sabiendo que si me dejaban KO tendríamos alguna posibilidad de ganar. Aquello acabó conmigo en el banquillo, dos falanges de mi dedo lesionadas y aún no sé si aquel chiquillo hizo del doble del Joker en la película de Batman. Desde entonces, siempre evité el contacto físico en los deportes.

Por tanto, jamás imaginé que la natación pudiera ser tan peligrosa en ese aspecto. No obstante tiene sus riesgos pues, tras la estampida inicial para comenzar la carrera, me vi inmerso en medio de un pelotón de nadadores que se dedicaron, sin contemplaciones, a darme manotazos, patadas y navajazos. Y digo lo de los navajazos porque sí, muy cachas y esbeltos que son los nadadores pero hay cada ggggggediondo que no se corta las uñas de los pies que aquello no son mejillones, son verdaderas conchas de navajas, largas y afiladas, que como te trinquen bien te dejan marcado como Scarface.

travesia-1En definitiva, por momentos, me sentí como un pollo en una pelea de gallos recibiendo espolonazos de los contrarios.

A esta paliza física hay que sumarle el agobio de:

remar con tus propios brazos hacia delante, ya que no te puedes parar porque te atropellan y te dan más golpes

acordarte de sacar la cabeza para respirar…, si puedes…

procurar tragar la menor cantidad de agua posible, algo casi inevitable entre las olas, el chapoteo que originan tus rivales y, sobre todo, a que no puedes reprimirte y decir “josdeputa” e insultarlos a todos para acordarte de sus familias mientras te van cascando con los espolones.

En fin, al cabo de doscientos metros, había finalizado con mis reservas de glucosa y…, bueno…, también las de testosterona del cabreo chino que me había producido la somanta palos. Sólo me quedaban 1.800 mts para nadar y con un brazo menos.

Transcurridos aquellos agobiantes doscientos metros, el grupo se fue estirando y cada cual empezó a coger su ritmo y su posición, algo más separados. Sin embargo, en esos doscientos metros se acabó la paz en el mar. Sí, porque abandonamos la tranquilidad de las aguas detrás del espigón de la playa y salimos a mar abierto.

Decir que los hados y las hadas seguían en mi contra porque, después de una semana de calma chicha en el mar y cielos soleados y despejados, precisamente esa tarde el cielo se cubrió y nos pilló una fuerte marejada de olas de hasta dos metros de altura. Por tanto, salir a mar abierto fue como meterme en una montaña rusa.

De repente podía estar en lo alto de la cresta de la ola y ver, debajo de mí, al resto de mis compañeros que, provistos todos del gorro de natación, parecían pequeños espermatozoides de cabeza verde buscando el gran óvulo (en forma de boya naranja y gigante al fondo). Sin embargo, al cabo de un instante, me encontraba en un valle de olas, al fondo del mismo, sin posibilidad de ver nada salvo paredes de agua salada y sin referencias para saber hacia dónde dirigirme.

Porque lo malo de nadar en el mar es que, si no te vas orientando constantemente, las corrientes te pueden hacer ir…, ¡incluso en dirección contraria! Así que tienes que estar sacando la cabeza permanentemente y buscar las boyas para orientarte. También debes aprender a sincronizarte con la ola para tratar de sacar la cabeza cuando estás arriba en la cresta porque si estás abajo no ves un carajo (valga la rima). Además, como saques la cabeza cuando estás abajo te tragas la ola enterita y esquilmas el mar de peces como tengas la boca abierta, cosa que hice con relativa frecuencia, sin poder explicarle al océano que, a mí, el único líquido salado y amargo que me gusta es la cerveza.

Total, que renqueante con un brazo menos, subiendo y bajando de ola en ola, acuchillado y apaleado, y con el estómago lleno de agua, plancton y krill, cual ballena gris, conseguí llegar a la meta. Salí del agua, me incorporé y con el estómago efervescente de ácidos gástricos, generando gases a pleno rendimiento de tanta agua ingerida, lo primero que salió de mi fue un atronador y estrepitoso “¡Brrrroooooooouuuaaaarggggghhhhh!” que cruzó mi esófago y explotó en mi boca, rascando mi garganta y balanceando de lado a lado mi campanilla a tal frecuencia que conseguí crear un palo de algodón de azúcar con ella pero, en mi caso, de sal y que tuve que deshacer a base de ingerir Aquarius como un poseso durante casi una hora. Por no decir que la onda expansiva del soberano eructo despeinó ligeramente a la cronometradora y la gaseó con la fragancia al ajo del mojo picón de la comida.

travesia-2Mi eufórica esposa me esperaba a la llegada, feliz por mi hazaña y, sobre todo, por haber sobrevivido. Le di un beso salado y medio abrazo (porque me faltaba el otro brazo para que fuese completo) y le pregunté si sabía en qué posición había quedado. Me dijo que, más o menos, entre el 30 y el 40, a ojo de buen cubero. Mala cubera hubiera sido…, quedé el 61 de de 123…, pero es que mi mujer es de letras.

Mi tiempo fue de 34:59, y ustedes dirán, bueno, está muy bien para ir manco y medio nadar en círculos como un atún con una sola aleta. Lo jodido es que, desgraciadamente, ¡ese es el tiempo que hago en piscina cuando voy normal y con los dos brazos! O sea, ¡yendo manco hago el mismo tiempo que con los dos brazos!

Finalmente, ese tiempo me sirvió para quedar:

a) el 61º en la clasificación general de 123

b) el 16º de 22, en la clasificación de mayores de 40 y menores de 50 (puretas juniors)

c) el 8º de 20, en la clasificación de mayores de 50 y menores de 60 (puretas seniors)

d) el 2º de 4, en la clasificación de mayores de 60 (yayos)

e) y sobre todo, el 23º de 30 en la clasificación femenina, porque no sólo nadaba con hombres, verdaderos peces o pezones (como el animal que ganó con 23 minutos), sino que también competí con auténticas pezas y pezonas que me adelantaron una y otra vez, sin contemplaciones y sin hacer uso de la proverbial empatía de las mujeres para que les diera pena que yo fuera un pobre manquito lisiado.

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Pero al que no le dio nada de pena que yo fuera un manquito lisiado fue a mi fisioterapeuta. Más bien le dio gozo y rentabilidad, básicamente, 40 euracos de felicidad. Sí, porque al día siguiente tuve que ir a que me vieran el hombro y averiguar qué me había pasado. Me puso boca abajo, con la cabeza insertada en la ranura de la camilla de masajes y le expliqué mi inteligente decisión de nadar con un hombro averiado. Tras contárselo, con las orejas algo taponadas por la propia camilla, le entendí decir: “Pero qué ánimos”, sin embargo, aprovechando que me tenía a huevo me soltó dos cogotassssos (collejas o capones en la península) ante la barbaridad que había hecho y, entonces, comprendí que sus palabras habían sido: “¡Penco animal!”.

Total, tras la sesión y bronca de fisioterapia, el brazo ha mejorado bastante pero aún lo tengo dolorido, para desgracia de ustedes porque, como no puedo hacer nada, me aburro y como me aburro, escribo. Es lo que llaman el efecto mariposa: yo me jodo un brazo y mis lectores de medio mundo se acuerdan de mis muelas por darles la paliza con semejante historia. 

Pero bueno, ya voy a dejarles de darles la tabarra, básicamente porque estoy escribiendo con la mano derecha y aporreando el teclado con la izquierda, con el brazo medio inerte y flácido, atinando a darle a las teclas de chiripa.

Hoy me despido dándoles el culo…, perdón…, dándoles ósculos. Nada de abrazos que me duele aún.


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Yauci Fernández vs EL ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Hola habituales de este blosss. Hoy, en nuestra sección de entrevistas, nos encontramos con Yauci Manuel Fernández, un escritor chicharrero y, seguramente, un literato que dará mucho de qué hablar en el mundillo de las letras canarias…, como la Ños, la Choss o la Fosss.

YAUCI MANUEL: No se olvide de la Tain.

OR: ¡Oh, por supuesto! ¡La Tain!…, es el canarismo que más uso…, cada vez que me hostio digo: “¡Ños, Tain!”, y luego continúo con el castellano castizo: “cagonnnnn…suputamadre”. En fin, retomando el tema, volvamos a nuestro entrevistado.

yauci-y-yo-1YM: Disculpe, ¿me va a hacer la entrevista con ese casco de obra?

OR: ¡Oh¡ ¡Sí, claro! Yo siempre escribo con el casco puesto. Dentro está la musa, inspirándome. En fin, ¿podría explicarnos brevemente quién es Yauci Manuel Fernández?

YM: Pues, básicamente, un tipo sencillo y con barba que escribe.

OR: Joder, más resumido imposible. Aunque usted es muy joven, así que, ¿la barba es para parecer mayor o para que le tomen en serio?

YM: Bueno, para ambas cosas. Desde pequeño siempre quise tener barba pero ahora que me dedico a escribir, la barba me sirve para que los lectores me tomen en serio. Es difícil que alguien le compre una novela a un escritor tan joven, aunque me pongo a escribir sobre matrimonios rotos, pensamientos de un anciano y otras parafernalias. Como no parece tener mucho sentido, intento aparentar más años. Además, tengo la ventaja de que cuando yo quiera, me afeito y vuelvo a parecer un bebé. Es el secreto de la eterna juventud, ¿sabe usted?

OR: Pero, usted tiene una carita de niño bueno que causaría furor entre las abuelas, quiero decir, todas las abuelas del mundo querrían tener un nieto como usted…

YM: ¡Oh, no se crea! En el fondo soy un tipo rebelde. Ya en el colegio siempre sacaba buenas notas y los compañeros de clase me encasillaban en el grupo de los empollones, así que, para no recibir collejas, me volví un tanto indisciplinado. Y, por cierto, aunque no lo parezca, mi barba también causa furor entre las admiradoras más jóvenes… ¡Muajaja!

OR: Jolín, ¡qué suerte! Yo con mi casco las espanto y si se arrima alguna, mi señora ORTINorrinca las jusia a todas…, ¡así no hay manera! En fin, ¿y cómo es que le dio por escribir? ¿Fue en plan revelación como la Anunciación de María o en plan éxtasis como Santa Teresa…?

YM: No, no. ¡Nada de eso! Ya le he dicho que soy un rebelde, así que como se me daban bien las matemáticas y mi profesora me decía que no me dedicara a las letras, un buen día, por llevar la contraria, me empeñé en escribir un libro y, como soy un cabezota, no sólo lo escribí sino que también lo publiqué.

OR: ¿Y cómo se titulaba?

YM: El Resurgir de la Esperanza.

OR: Je, je… ¿Y luego qué vendría? ¿”El imperio con tres patas” y “El retorno del Jedi Hondo”? Perdone, pero suena a trilogía cutre de la Guerra de las Galaxias… ¡Bueno, vale…, vale…, era bromita…! No me mire así tan atravesado…, es el casco que mi inspira… No puedo evitarlo.

YM: En fin. Bueno, algo de razón lleva usted. La idea era hacer una tetralogía y de hecho se titula “Caballeros del Odio I”, pero, sinceramente, por varias razones decidí embarcarme en otros proyectos y terminé por dejarla un poco de lado. Pero esa primera novela sirvió para darme cuenta de que lo que yo quería hacer en mi vida era escribir.

OR: Vaya, lo mío no fue tan prosaico. A mí se me hincharon los cojones de currar y me tiré a las letras.

YM: No, desde luego que no tiene mucho glamour y, además, es grosero tirarse a las letras…, se dice: “hacer el amor”.

OR: Bueno, los ORTINorrincos más bien copulamos que esas cosas, pero nos estamos desviando del tema. Dígame, ¿cómo es un día normal para usted?

YM: Bueno, no es que tenga una rutina establecida. Básicamente me levanto tarde, miro las redes para hacer publicidad de mis libros y comprobar si alguien ha comprado alguno y luego depende de la fase en la que esté. Si estoy en fase de escritura, pues me dedico a ello, o si estoy en fase de promoción voy de librería en librería para hacer firmas de libros, o de feria en feria.

OR: ¿Alguna manía a la hora de escribir?

YM: Depende de cada libro. Normalmente escribo por las mañanas, que es cuando más rindo, y las manías varían. Por ejemplo, mientras escribía “La Biblioteca de Emma” lo hacía tomando chocolate en una cafetería o sentado en el suelo en mi casa. Con “Cada día cuenta” pues lo hacía en la cama con música. No sé, depende de lo que me apetezca cada vez.

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OR: ¿Y qué es lo que quiere transmitir en sus novelas a los lectores?

YM: Busco que la gente se emocione con mis historias, tocarles la fibra y que vivan vidas que nunca han vivido, que sueñen con ser otras personas y estar en otra situación. También intento transmitirles mi filosofía y que aprendan algo nuevo de la vida. Mis novelas siempre giran en torno al amor pero no las califico de románticas sino de sentimentales, aunque, curiosamente, cuando me siento deprimido me pongo romántico y es entonces cuando me surgen las ideas para escribir.

OR: ¡Vaya! A mí se me ocurren las ideas para escribir cuando estoy fumado.

YM: Sí, ¿y cómo es eso?

OR: Es que entonces se me ocurren los versos…, ¡AL porrillo!… ¿A que es pa´ troncharse?

YM: ¿Seguro que la musa está debajo de su casco? o…, acaso, ¿su cerebro?

OR: ¡Eh! De debajo de este casco nació Idus de Julio, la novela más divertida del año…, no lo menosprecie…

YM: Cierto, me reí mucho cuando me la leí.

OR: Bueno, pero sigamos con usted. Su primera novela ya con entidad es “La Biblioteca de Emma” , a partir de aquí comienza su escalada en el mundo de la literatura.

YM: “La Biblioteca de Emma” es una novela sencilla, rápida, con unos personajes que se enfrentan a los problemas de la vida con una sonrisa. Y bueno, más que escalada, escalada…, en el mundo de la literatura, uno va trepando más bien como una lagartija o como se pueda.

OR: Sí, pero eso le permitió conseguir que la Editorial Esdrújula se fijara en usted para publicarle “Cada día cuenta” .

YM: Sí, por supuesto. Fue un buen impulso conseguir publicar a nivel nacional.

OR: Por cierto, tengo que confesarle que usted me hizo una putada con el título de su novela

YM: ¿¿???????

OR: Sí, porque como ORTINorrinco de pura cepa, soy miope y al principio pensaba que el título de la novela era “Cada día, cuenta”…, y, ¡joder!, por la puta coma esa, yo todos los días contaba… y cuando llegué al 2.549.383 me di cuenta, valga la redundancia, de que la novela se titulaba “Cada día cuenta”…, sin coma…

YM: Oiga…, ¿a usted no le aprieta mucho ese casco en la cabeza?

OR: No, no. Ya le digo que con él puesto, Felipe Ortín escribió Idus de Julio. Pero, bueno, que sepa que yo al final me leí “Cada día cuenta” y consiguió usted tocarme la fibra. Es muy tierna y te hace reflexionar sobre lo que tenemos y que a veces no sabemos valorar. En definitiva, usted consiguió que derramara auténticas lágrimas de ORTINorrinco… Desde aquí se la recomiendo a cualquiera que nos esté leyendo, salvo a la policía antidisturbios…, que puede utilizarla como material lacrimógeno para disolver manifestaciones.

YM: Gracias por el halago. Sí, como le dije antes, me gusta que mis novelas toquen la fibra del lector y les sirvan para reflexionar. “Cada día cuenta” muestra cómo podemos convertirnos en espectadores de nuestra propia vida sin que hagamos nada por cambiarla. Esa es la idea que le quiero transmitir a los lectores. ¡Que pueden cambiarla!

OR: Y tengo entendido que tiene una nueva novela que saldrá próximamente. Dígame, ¿cómo se titula?

YM: Le digo, dos palabras para enamorarte.

OR: ¡Eh…, eh…, eh! Sin confianzas, ¿eh? Si usted pierde aceite es su problema, pero a mí no me tire los tejos. Que yo soy un ORTINorrinco muy macho y me gustan las ORTINorrincas jamonas y jugositas…, nada de tíos con barba como usted…, brrrrr!

YM: ¡QUE DIGO QUE LA NOVELA SE TITULA “DOS PALABRAS PARA ENAMORARTEEEEE”!

OR: ¡Ah…, ah! Usted disculpe…, pensaba que usted quería…, ya sabe…, hacer twiter-guarreridas y linkeding-sesuá conmigo…, en fin…, ¿para cuándo dice que sale publicada? ¿De qué irá?

YM: Para marzo está previsto que esté en el mercado y aún no puedo desvelar nada. Todo llegará.

OR: Misterio, misterioso…, el que tiene entre las piernas el oso. Y bueno, ¿tiene algún referente en el que se inspire o se vea reflejado?

YM: Pues mire usted, me gusta mucho Nicholas Sparks. Él escribe novelas sencillas, relacionadas con el amor y los sentimientos, pero suelen tener un final sorprendente y que emociona. En mi caso, creo que sigo su línea. Hay autores que escriben de manera enrevesada, sin embargo, yo escribo de forma sencilla. Soy directo y mi intención es emocionar al lector y sorprenderlo con mis finales. Quiero llegar a la patata del lector. Por otro lado, también destacar una novela que me gustó especialmente: La Sonrisa Etrusca de José Luis Sampedro.

OR: ¿Y qué parte es la que más le gusta de su trabajo?

YM: Para empezar, decirle que me encanta que defina con la palabra “trabajo” el ser escritor

OR: ¡Oh sí! ¡Por supuesto! Los demás se piensan que nosotros los escritores nos tocamos los cojones a dos manos y hacemos carambolas con ellos, vegetando todo el día, pero escribir es un curro de muchas horas…

YM: Bueno, veo que el casco no le afecta tanto a las neuronas. Sí, es cierto. Para mí escribir es un trabajo. Muchos piensan que es una afición o una tontería querer vivir de esto y que es mejor que me dedique a la psicología (como psicólogo que soy) y que me busque un “curro de verdad”. ¡Pero para mí esto es un curro de verdad! Es un sueño y quiero vivir de ello. Me lo paso pipa escribiendo pero no sólo eso. Pienso que el trabajo de escritor no sólo debe ser escribir, sino promocionarse y hacerse ver.

OR: ¿Sabe? A pesar de llevar barba, creo que usted y yo somos bastante parecidos.

YM: Sí, hoy en día no basta con escribir. Tienes que saber venderte, porque la editorial no lo va a hacer por ti. Hoy en día hay mucha competencia de gente muy válida y todos quieren vender sus libros, así que tienes que saberte hacer visible para los lectores y que se decidan por comprar tu novela. Pero yo me lo paso genial navegando en las redes, promocionando mis novelas en Feisbuc, en Instragram, pensado e ingeniándomelas para hacerme publicidad. Y lo que más me gusta de mi trabajo es viajar y me lo paso pipa hablando con la gente cuando voy a las librerías a firmar libros o en las ferias.

OR: Bueno, yo para eliminar la competencia uso el casco. En las ferias de libros, dos cascazos en tol tormo al escritor que tienes al lado, lo dejo KO y a vender Idus de Julio.

YM: Pues no lo entiendo. Yo estuve con usted en la feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y no me arreó con el casco.

OR: Pues porque usted tuvo suerte…, yo tengo doble personalidad y aquel día usted estaba con Felipe Ortín, que es un blandengue, si llega a estar conmigo le saco el casco por las orejas…

yauci-y-yo-2YM: Oiga, dígame. ¿En serio que ese casco le da inspiración para escribir?

OR: Sí, sí. Ya se lo he dicho.

YM: ¿Me lo deja probar?

OR: No, no. ¡Ni de coña! Que luego me roba las ideas…

YM: Nada, sólo un segundito…

OR: Pero…, oiga…, no me toque los pilindinguis…, ¡estese quieto…!, ¡suelte el casco, malandrín…!, quittttteee…, sáqueme sus zafios dedos de la lenguguguugugaaaaa…, patán, taiddooooogggggg….

YM: Ññññññ, ssssoggglo dejjjemmmmelo un segggunditoooo…

OR: ¡Que no connnnnnnnñññiiiiiiiiiiio!…, sale pallá, sabandijaaaagggllglllllllll….

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ROGAMOS POR FAVOR SI HAY ALGUIEN EN LA SALA, QUE LLAME A LOS ANTIDISTURBIOS PARA SEPARAR A ESTOS DOS CAFRES ANTES DE QUE SE MATEN ENTRE ELLOS….

MIENTRAS TANTO, YA SABEN, MONTA TANTO, TANTO MONTA, “IDUS DE JULIO” COMO “CADA DÍA CUENTA”, LAS DOS SON IGUAL DE BUENAS… NO DEBEN DEJAR DE LEÉRSELAS