Felipe Ortín

Escribidor


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La Esperanza es…, donde uno se pierde.

Estimados leones y leonas (por aquello de que leen mucho), animales todos, humanos la mayoría; hoy vengo a recordar una vieja anécdota de cuando yo era un joven ORTINorrinco casi recién salido del cascarón.

Ocurrió hace veinte años, cuando contaba con la mitad de edad que en la actualidad y aún era un joven universitario que, aunque ya había logrado despojarse de sus botas ortopédicas y su aparato dental de la niñez, mantenía a capa y espada sus lentes de seis milímetros de espesor con montura de pasta, modelo Azafata del “Un, Dos, Tres”; lo que me permitía seguir teniendo un aura de empollón vintage.

Alargado por el paso del tiempo y el crecimiento, adelgazado por el paso continuo por la taza del inodoro, atontado por el paso de las ecuaciones diferenciales por mi cerebro y hormonado por el paso de feromonas femeninas a través de mi pituitaria, continuaba con la morfología y esencia de aquel pequeño ORTINorrinco tuneado y cabezón que fui.

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A pesar de un carácter un tanto tímido y retraído, no le faltaban amistades a aquel escuchimizado joven que yo era. Tenía un buen grupo de colegas con los que realizar actividades tan variadas como salir al monte de acampada, ir a pegarle patadas a una pelota en el primer descampado que encontrásemos, tratar de ligar con lindas pibitas o salir de marcha; actividades con las que conseguíamos, respectivamente, resultados tales como una buena ducha gracias a una fenomenal tormenta de verano, un 4-0 en contra y costrones en las rodillas, multitud de desplantes femeninos y muchos “…eres muy simpático, pero….”, o bien, alguna cogorza monumental que contar a nuestros nietos. En este caso, el resultado final fue una melopea de campeonato.

Estábamos de vacaciones de verano, las clases se habían terminado en la Facultad y “triste y llorosa quedaba la Universidad y los libros empeñados en el monte de piedad” mientras que nosotros, los estudiantes, estábamos completamente alborozados por el final del año lectivo. Como en cualquier agosto que se precie, comenzaban todas las fiestas de los diferentes pueblos de la geografía española y, en concreto, de Tenerife. En particular, comenzaban las fiestas de La Esperanza. Un pueblo de tradición agrícola, a 900 metros sobre el nivel del mar, al comienzo del cinturón forestal del interior de la isla.

En dicho pueblo, el padre de uno de nuestros colegas era propietario de una casa de campo. Aprovechando que los padres de éste no iban a estar en ella, decidimos conquistarla para pasar el fin de semana de las fiestas allí, previa petición oficial a dichos progenitores. Les informamos que íbamos a quedarnos a dormir, que cenaríamos, que tomaríamos unas copas y que después nos bajaríamos a las celebraciones en la plaza mayor. Que un grupo de veinte veinteañeros digan a unos padres que no van a beber hubiera sido sospechoso, así que para evitar suspicacias mostramos a los parientes de nuestro amigo tres o cuatro botellas de alcohol. En realidad, ocultábamos más de veinte botellas de diferentes licores y graduaciones. ¡Había hasta una botella de mezcal, con su lagarto y todo conservado dentro!

El día comenzó con la recepción de los diferentes amigotes al lugar de concentración. A la llegada de cada uno de ellos se realizaba el correspondiente reparto de abrazos y saludos, y la entrega oficial de la primera lata de cerveza para ir calentando motores. Mientras, los que ya se encontraban presentes preparaban la suculenta paella que nos íbamos a meter entre pecho y espalda para rebajar los efectos de la ingesta etílica. El compadre que hacía de “amo del fuego” se encargaba de hacer la comida, manteniéndose permanentemente pegado a dos cosas: a la parrilla y a un vaso de vino. Organizaba, ordenaba, mandaba y dirigía para que siempre hubiera madera para mantener la llama viva, la brasa activa y la comida lista. Los demás se dedicaban a ayudarlo, darle conversación durante un rato y obtener algún trozo de carne caliente según salía asada del fuego.

Los licores iban remojando los gaznates del personal, iban creándose y deshaciéndose corrillos de diferentes individuos y se generaban conversaciones para tratar temas básicos y transcendentales de cualquier reunión de hombres adolescentes, tales como:

Hablar de mujeres y comentar lo buenorra que estaba esta o aquella de más allá, magnificando los escasos éxitos o negando los repetidos fracasos que se tenían con las mismas.

Revisar la última moto adquirida por uno alguno de los presentes y discutir sobre la potencia y características de la misma o, en su defecto, deliberar sobre las virtudes de los últimos modelos de coches.

Mantener un ardoroso coloquio entre merengues y culés, acusando siempre al contrario de ganar gracias a los árbitros

Realizar competiciones de aerofagias variadas, como soltar el eructo de más decibelios o lanzar al medio ambiente el pedazo más aromático.

ilusiones

En definitiva, los cuatro temas básicos que tiene en mente un ser tan simple como una ameba o el joven macho humano: mujeres, motores, fútbol y escatología. (Sí, ya sé que soy un ORTINorrinco pero me camuflo bien entre los humanos)

Durante el transcurso de estas actividades, el joven yo de aquel entonces se dedicaba a zampar como un tragaldabas kilos de paella y chuletas a la brasa, a la vez que, para facilitar el tracto digestivo, aportaba líquido al bolo alimenticio, particularmente, vodka con limón. Tras la cena y seis o siete lingotazos, mis hematíes transportaban más moléculas de alcohol que de oxígeno, con lo que mi organismo empezaba a emitir síntomas de desincronización entre sus diferentes partes móviles: la lengua hablaba sin que los labios se abrieran, los pies andaban mientras el tronco y la cabeza se empeñaban en mantenerse quietos y las manos se convirtieron en armas de destrucción masiva, pues la capacidad prensil se había reducido notoriamente y cualquier cosa que trataba de asir se destrozaba contra el suelo.

En este estado orgánico, se nos hizo de noche y decidimos partir hacia la plaza del pueblo para asistir al concierto de la orquesta “Merengue Sabrosón”. Para poder soportar chiquita tortura, decidí eliminar mi capacidad auditiva pegándole un chupetón directamente a la botella de vodka. Con lo que no contaba es que no sólo desconecté mi capacidad auditiva sino, también, todo el núcleo del control cerebral.

Así que tan pronto llegamos a la plaza, mientras mis amigos se introducían en el tumulto de la fiesta, yo comencé a sentirme ligeramente indispuesto. Decidí sentarme en un parterre de césped. Allí apalancado, traté de respirar hondo al tiempo que comenzaban a aparecer los primeros remordimientos de arrepentimiento, ya que me sentía como si estuviera dentro de una lavadora en pleno centrifugado. Pasados unos minutos todas mis extremidades fueron desconectándose poco a poco: las piernas ya no las sentía, al rato el brazo derecho desfalleció, el izquierdo padeció muerte súbita y, finalmente, el tronco perdió su capacidad de sustentación y, más que tumbarme, me desplomé sobre la hierba. Se me fundieron todos los fusibles del cerebro y los únicos sistemas autónomos que quedaron en funcionamiento fueron el cardiovascular y el respiratorio, básicamente para mantener mis constantes vitales. Los humanos son estúpidos pero la Naturaleza es sabia (cosa también aplicable para los ORTINorrincos)

Yací tumbado un tiempo indeterminado, solo y sin conexión con mi grupo de amigos. El musgo comenzaba a crecer sobre algunas partes de mi cuerpo, cuando un alma caritativa del lugar debió verme desparramado sin sentido sobre la verde alfombra natural y decidió tantearme a ver si yo seguía perteneciendo al mundo de los vivos. Me dio un par de bofetones en mi cara para despertarme y me interpeló para averiguar mi estado. Volví en mí. Incapaz de mover un músculo, desperté tumbado en aquella plaza llena de gente bailando al son sabrosón son de la música. Conseguí ubicarme y recordar dónde me hallaba pero mi cuerpo no respondía ninguna orden de mi cerebro, debido a que mis redes neuronales supuraban alcohol hasta por las mitocondrias. Intenté transmitir a mi rescatador que llamaran por megafonía a mi amigo, cuyo nombre no podía ser más complicado: Santiago Rodríguez Reyes. En mi estado, ese nombre era impronunciable. La lengua se me pegaba al paladar y derrapaba contra mis incisivos, con lo que por más que yo insistía en que llamasen a “Ssshaniiagoohhoiguezzzzzguelleessssshh” no había narices que me entendiera. Obvio.

El buen hombre hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar, así que decidió llamar a la ambulancia de la Cruz Roja que se encontraba de guardia en la plaza. Al instante aparecieron dos enfermeros que me levantaron en peso y me pusieron de pie. Se colocaron uno a cada lado de mí, pasé los brazos por encima de sus hombros y me llevaron hasta la ambulancia. Yo era consciente de mi situación e intentaba caminar, sin embargo, las órdenes que envié a mis piernas para que anduvieran nunca llegaron a su destino. Iba colgando de aquellos dos chavales, con las rodillas flexionadas y la punta de los pies rozando contra el pavimento. Cuando finalizamos el trayecto, me asomaban los dedos gordos por la punta de los zapatos, que se habían fundido por la fricción contra el asfalto, mientras los calcetines humeaban producto de las altas temperaturas alcanzadas.

Al llegar a la ambulancia me preguntaron si prefería ir al hospital o a mi casa. Borracho pero con tino, acerté a decirles que me llevaran a mi “kasha”; pues no era cuestión de que también reanimaran a mi madre, víctima de un infarto si le notificaban que yo estaba ingresado en un hospital. Los amables chicos del Sorteo del Oro me depositaron sin miramientos sobre la camilla dentro de la caja de la ambulancia y, cogiendo mi DNI, averiguaron la dirección de casa de mis padres. Allá que fuimos.

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Apocalíptico retrato, extraído de la memoria de un colega, en el cual se observa mi ingreso, en penoso estado ebrio, en el interior de la ambulancia…, ¡desgarrador!

El trayecto hasta mi hogar familiar transcurría por una carretera de montaña de cerradas curvas que, a la velocidad que iba la ambulancia, hicieron que en una de ellas yo rodara sobre mí mismo en la camilla y realizara un doble salto mortal con tirabuzón completamente involuntario, con lo que aterricé con soberano morrazo contra el suelo de la furgoneta. Los camilleros ni se inmutaron, no sé si porque no oyeron el golpe de mi caída por el ruido de las sirenas o, simplemente, porque consideraron que más bajo no podía caer, ni como persona ni como fardo. Supongo que, como no emití gemido alguno, intuyeron que el leñazo que me había dado no me había dejado en peor estado del que me encontraba. Permanecí tumbado, ausente, boqueando como un pez para conseguir obtener algo de oxígeno del aire, a la vez que los dedos gordos de los pies asomaban por la punta de los zapatos, palpitando, colorados por el roce sufrido.

Llegados a mi casa, los dos fornidos muchachos me desembarcaron, cogieron las llaves de mi bolsillo y abrieron el portal. Mientras subíamos los peldaños, yo iba profiriendo gruñidos y generando sonidos con mis arcadas.

Mi madre y mi padre dormían tranquilamente pero tales debieron ser los ruidos que yo emitía que desperté a mi progenitora. Ésta le dijo a mi padre: “cariño, creo que hay un borracho en la escalera, ves a ver…”. Efectivamente, había un borracho en la escalera: ¡Yo! Mi padre se levantó de la cama y fue a indagar qué ocurría. Justo cuando abrió la puerta para ver qué pasaba, los camilleros y yo llegamos allí. Caí sobre mi padre a plomo.

Mi ORTINorrinca madre, que iba parapetada detrás de su marido, al ver a su buen y amado hijo, “el empolloncito”, en tal lamentable estado, comenzó a llorar porque para ella no era posible que su primogénito pudiera alcanzar tamañas cotas de ebriedad. Mi padre no daba crédito y mi hermano pequeño, de trece años, comenzó a partirse de risa mientras me señalaba y decía acusatoriamente: “está borracho”. A partir de ese instante sólo tengo recuerdos aislados, imágenes que aparecen en mi mente como en un álbum fotográfico y cuya secuencia sería la siguiente:

– Foto 1: tumbado en el sofá de mi casa boca abajo, mis padres se esfuerzan por desnudarme. El único flash que recuerdo es cuando me descalzan el zapato derecho con cierta dificultad, debido a que mi inflamado y palpitante dedo gordo del pie sobresale por la otra punta, está encallado y hace tope. Mi hermano sigue descojonado de la risa.

– Foto 2: aparezco sentado en el fondo de la bañera, en bolas, mientras un chorro de agua helada cae del cielo. La piel se me eriza. Se masca la preocupación parental y se oye decir “…¿qué van a pensar los vecinos?…”

– Foto 3: vuelvo a presentarme sentado, pero esta vez sobre la tapa del inodoro, sigo sin ropa alguna y aparece una cafetera de litro repleta del negro mejunje amargo. Informo a mis padres que si su intención es que devuelva lo ingerido, esto ya lo he realizado repetidas veces antes de llegar a casa y que lo único que queda en mi interior es bilis, así que ruego solemnemente que no me hagan tomar el pelotazo de cafeína.

– Foto 4: tumbado decúbito lateral sobre mi cama y, por supuesto, en pelota picada, emito una lastimosa invocación a mi señor padre: “papá pipí”. El afanado ORTINorrinco Senior coloca el cubo de la fregona al costado de mi lecho, tratando de cazar al vuelo mi chorrito de líquida evacuación de emergencia.

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– Página 5: Fundido a negro. Me desconecto completamente de este mundo hasta pasadas quince horas de pertinaz resaca.

Para mí la historia terminó en ese instante de fusión cerebral pero no fue así para mis amigos, en particular, para el dueño de la casa donde se suponía que yo tenía que haber dormido; ya que éste, al llegar de amanecida al lugar de descanso, se dedicó a pasar revista de los individuos durmientes, localizando un saco de dormir vacío. El mío.

Aunque afectado por el alcohol, la fiesta y el cansancio, mi amigo fue presa de los remordimientos dado que me habían perdido, ¡A ver cómo se lo explicaban a mis padres! Rebuscó por todos los rincones de la casa, recorrió las cunetas de los caminos y los arcenes de las carreteras, volvió a la plaza del pueblo, tanteó a otros alcohólicos anónimos que también quedaron desparramados por el espacio público y bancos, y, finalmente, sin que se le ocurriera otra cosa mejor, se dirigió a una cabina telefónica (que por aquel tiempo aún existían) y llamó a casa de mis padres para, sutilmente, tratar de averiguar si yo estaba allí.

Contestó mi madre. Él, preocupado, se presentó y dijo quién era. Mi madre no tuvo esperar a ninguna pregunta de mi amigo pues en cuanto ella lo identificó dijo: “sí, está aquí”. Mi amigo soltó un juramento y contuvo algunas palabras pues su intención fue nominarme como “Hijo de la Gran… Meretriz” pero, claro, hablando con mi madre no era la denominación de origen más apropiada con la que catalogarme. Desahogado con el improperio y tranquilizado por mi localización, se volvió a su casa para descansar y practicar también su propia resaca.

Desde aquel día, varias cosas cambiaron en mi vida: yo no volví a probar el vodka, uso zapatos de punta reforzada y mi madre descubrió que no es oro todo lo que reluce.

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El Libro en Blanco vs El ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Buenas y buenos días y díos a todas y todos. Otra vez más…, sí, otra más, para desgracia suya, sean bien recibidos a esta sección de entrevistas a personajes y entidades relacionadas con la cultura en general (o en comandante, los galones dan igual). Hoy, por tanto (y por tonto, pues no tenía nadie mejor a quién entrevistar), nos encontramos en la librería El Libro en Blanco de Santa Cruz de Tenerife, cuyos dueños Miguel Aldai y Carol Campos nos reciben con los brazos abiertos.

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MIGUEL ALDAI: Oiga, un respetito, que si no tenía a nadie mejor que entrevistar, la culpa es suya no nuestra. Encima que le sacamos las castañas del fuego…

ORTINORRINCO: ¡Oh, disculpe, disculpe! Pensé que tenía el micro tapado y no me estaban escuchando. Ejem…, bueno…, vayamos por faena. ¿Qué es exactamente El Libro en Blanco? ¿Cómo surge la idiota?

CAROL CAMPOS: ¡Oiga, sin faltar! ¿Cómo que idiota?

OR: Sí, la idiota. ¿No? ¿Una idiota no es una idea grande? Porque para mí El Libro en Blanco es una gran idea.

CC: Ideota, se dice ideota…

OR: Disculpe usted mi falta de ignorancia…, en fin, ¿me va a responder a la pregunta alguno de los dos?

MA: Pues bueno, El Libro en Blanco es, para resumírselo, una librería-café que está situada en la calle Juan Pablo II, número 35 de Santa Cruz de Tenerife. Pero más que librería-café, podríamos decir que es un pequeño centro cultural. Aquí, aparte de vender libros y servir desayunos o meriendas, concentramos actividades culturales de todo tipo. Por ejemplo, en la planta superior tenemos dos espacios para realizar exposiciones, principalmente de pintura y de fotografía donde los artistas locales pueden exponer y vender sus obras.

CC: Sí, y no sólo eso, lo más importante es nuestra agenda de actividades. Todos los meses tenemos presentaciones de libros, con escritores tan importantes como Miguel de León, reuniones de clubes de lectura, recitales de poesía, talleres de relato corto, escritura creativa o interesantes charlas impartidas por gente relacionada con la cultura o diferentes ámbitos del saber. Si desean conocer nuestra agenda, pueden visitar nuestro facebook, El Libro en Blanco, o nuestro blog: http://www.libroenblancotenerife.blogspot.com.es, donde podrán conocer todas nuestras actividades.

libro-en-blanco-2OR: En definitiva, que ustedes no son una librería cualquiera.

MA: Bueno, no somos una librería convencional. Siempre quisimos dedicarnos de alguna manera al mundo del libro y en ese deseo está el origen de El Libro en Blanco. Aspiramos a crear un lugar muy dinámico, con constantes cambios y propuestas para nuestros clientes.

CC: Sí, una de las cosas que más satisfacción nos produce es la de poner en contacto entre sí a personas, a lectores con escritores, a escritores con escritores, a artistas con artistas, de manera que puedan surgir entre ellas posibles colaboraciones o, por qué no, incluso amistades.

OR: ¡Ajá! Tengo entendido que aquí dejan entrar a cualquiera y que incluso el cenutrio de Felipe Ortín ha presentado aquí su novela y que hasta ha trabado cierta relación con algún buen escritor, como ese tal Yauci Fernández.

MA: Efectivamente, Felipe Ortín presentó aquí Idus de Julio en exclusiva mundial, aunque, sin embargo, no tuvo mucho éxito de convocatoria. Apenas asistieron cinco o seis personas.

OR: ¡Ya! Creo que las balas de paja rodaban de lado a lado del local… Es que el Felipe Ortín ese es un chapuzas…, si llego a organizarle yo la presentación, meto aquí hasta a la Virgen de Candelaria. En fin, ¿cuáles serían sus aspiraciones a futuro para El Libro en Blanco?

CC: Lo que nos gustaría es que El Libro en Blanco fuese un lugar de encuentro en el que las personas tengan un espacio en el que se sientan cómodos y desconectados de la rutina, donde puedan asistir a una charla, taller o adquirir los libros que más les apasionan.

OR: Bueno, supongo que tal vez poco a poco. Por ahora, creo que han cumplido ustedes recientemente un añito.

MA: ¡Eso ha sido un gran hito!

OR: Bueno, más que un granito, ha sido un hermoso espino que me salió en la frente y no vea la marca que me ha dejado después de explotármelo.

MA: Que digo que cumplir un año ha sido un GRAN… HITO, ¡UN GRAN… HITO!

OR: ¡Ah, ah! Sí, sí, claro…, claro…, como no… ¡Felicidades!

CC: Está siendo una gran experiencia. Cada día supone un reto para nosotros, estamos aprendiendo mucho en todos los aspectos, como libreros, camareros, relaciones públicas y organizadores de eventos y lo que deseamos es estar a la altura de las expectativas de nuestros clientes.

OR: ¿Y cómo se organizan? ¿En plan Enrique y Ana (yo mando y tú obedeces), en plan Pimpinela (a bronca diaria) o en plan Isabel y Fernando (tanto monta, monta tanto)?

MA: Más bien en plan Isabel y Fernando, pues cada uno de nosotros pinchamos y cortamos por igual…

OR: Joer, menuda suerte…, a mí en mi casa me llaman “el cuchara”…, porque ni pincho ni corto. La ORTINorrinca…, ¡que tiene un rejo…!

CC: Aunque a veces también tenemos nuestros momentos Pimpinela, pero esos los dejamos para cuando acabamos el curro. Que los trapos sucios se lavan en casa…

OR: Ni se lo imagina. A mí me hacen lavarlos aún de rodillas, con jabón de Lagarto y frotando en la pila de lavar… En fin, sigan, sigan, ¿cómo es un día cualquiera?

MA: La verdad es que cada día es diferente y estresante. Tenemos que planificar los pedidos de libros, los de la cafetería, organizar las actividades, etcétera. La librería, por ejemplo, la tenemos dividida en cuatro partes: novedades, autores locales, librería infantil y libros de segunda mano y soy yo quién la organizo y la ordeno.

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Unas salita de lectura, una acogedora terraza, un rincón para los libros de segunda mano y la zona infantil, para dejar aparcados a esos alucinantes seres llamados niños, forman parte de El Libro en Blanco

OR: Interesante. Entiendo que en Autores Locales tendrán Idus de Julio del memo de Felipe Ortín. ¿Y cómo es eso de los libros de segunda mano?

MA: Sí, por supuesto, Idus de Julio está disponible en nuestra sección de autores locales…, un gran libro, se lo recomiendo si quiere disfrutar de una buena comedia que le hará reír un rato. Y en cuanto a los libros de segunda mano, cualquiera puede traer libros que no quiera tener en casa (que sean novelas) y nosotros los tasamos y los vendemos. Luego, pagamos a su dueño y liquidamos el 50% de su precio de venta a la persona que los ha traído.

OR: ¡Ah, interesante! Igual me gano unas perrillas trayéndole algo que tengo por casa…., porque de escribir en este blosss no se vive…

CC: Y en cuanto a la cafetería, soy yo quien la organiza y la tiene punto en blanco, con las tazas, las copas de vino y toda la loza bien colocadita y ordenada. Aunque, a la hora de trabajar, Miguel está más tiempo detrás de la barra y yo suelo servir las mesas.

OR: Y díganme, aparte de cobrar, ¿cuál es el momento que más satisfacción les produce?

CC: Pues sinceramente, que la gente venga aquí a pasar un rato tranquilo, tomando algo en nuestra terraza o en nuestra sala y, sobre todo, el hecho de poner en contacto entre sí a diferentes tipos de artistas y personas.

MA: Y no sólo eso. También es reconfortante que los lectores y clientes confíen en nosotros. Que entren aquí y podamos ser capaces de recomendarles buenos libros para que disfruten del placer de la lectura. Para ello, por supuesto, tenemos que leer mucho, especialmente Carol que es la que más lee.

OR: ¡Ohhh, qué suerte! Así que Carol es una fiera… Toda una leona…

MA y CC: ¡Oiga! ¿Pero cómo se atreve? ¿Qué insinúa?… ¡Brase visto!

OR: Disculpen, no se lo tomen a mal. No me malinterpreten, quiero decir que Carol es una leona…, que lee mucho, quiero decir… ¡Vamos, una fiera leyendo! No me miren así…

CC (mirándome de reojo desconfiado): Pues sí. Leo mucho, de manera que puedo tener una idea de los libros que vendemos y, así, poder recomendárselos a nuestros clientes. Los orientamos según sus gustos, novela negra, humor, histórica, etc, en función de lo que estén buscando en cada momento.

OR: También tengo entendido que están especializándose en vinos.

MA: Sí, aparte de nuestra cafetería, nuestros bocadillos especiales (como el de queso de Benijo con mermelada de tomate), nuestros yogures con frutas y otras pequeñas delicatesen, esa es una de las líneas de negocio que estamos tratando de potenciar. Estamos contactando con bodegas locales y de la península para ofrecer a nuestros clientes la posibilidad de tomarse una buena copa de vino, con caldos que habitualmente no se encuentran en supermercados o tiendas, de manera que podamos ofrecerles unos vinos que los sorprendan, vinos especiales. Nos gustaría en el futuro poder hacer catas para nuestros clientes.

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Muchas tipos y tipas de omnívoros y omnívoras acuden a El Libro en Blanco a degustar sus manjares y manjaras, como sus yogures, tartas o vinos.

OR: Interesante. Avísenme cuando hagan una de esas catas…, pero a mí nada de ñoñerías de un sorbito de cada botella, yo un copón por cada… Por cierto, podría probar alguno de los que tiene por aquí.

MA: Por supuesto, mire a ver qué le parece este…

OR: ¡Glu, glu, glú…! ¡Tllllak…, mmmm! No sé qué decirle…, tiene un punto rasposo y vaporoso…

MA: ¿Rasposo y vaporoso? ¿Rasposo y vaporoso?… ¡Usted sí que es rasposo y vaporoso! ¡Venga! ¡Hala! ¡Fuera de aquí! ¡Largo! ¿Cómo se atreve? Aquí sólo servimos productos de calidad… ¡Hasta aquí hemos llegado!

OR: Pero, oiga…, ¿qué hace? ¡Suélteme, so besugo! Aaaaaaaaahhhhhhrrrrr!!!

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