Felipe Ortín

Escribidor


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FELIPIz Navidad

Estimados leedores y leedoras, en estas fechas tan señaladas, es un motivo de gorda satisfacción…, sí, sí, gorda satisfacción, no honda satisfacción, porque es que ya me supuran los polvorones hasta por las orejas y he tenido que hacerle tres agujeros más al cinturón debido al empacho de la cena de Navidad, a las burbujas de la sidra El Gaitero de la comida de Navidad y a la indigestión que me produjo la cena de empresa por el exceso de radicales libres alcohólicos (y con esto no me refiero a encapuchados tirándoles cócteles Molotov a la policía sino a los radicales químicos que se escaparon de las copas bien cargaditas de licor que me mamé después de dicho evento).

En fin, que en estas fechas tan señaladas, sería todo un desperdicio tirar mi calidad literaria matándome a escribir una entrada para este blosss cuando todiós va a estar de fiesta, jarana y vacaciones persiguiendo a los Reyes Magos dentro de los centros comerciales…, aunque yo siempre pensé que los Reyes Magos venían de Oriente, no que los muy mamones se escondiesen en el puñetero Carrefour o en el Corte Inglés. Porque mi verdadero trauma infantil no fue descubrir que los Reyes Magos fuesen los padres sino que los Reyes Magos se escondían en estos infernales lugares…, eso sí que fue traumático, sobre todo para mis ahorros.

Pero bueno, como iba diciendo, es un motivo de gorda satisfacción haberles tenido de fieles y fielas lectores y lectoras hasta la fecha y, aprovechando la coyuntura de la situación, permítanme que hoy tan sólo escriba cuatro líneas para FELIPIcitarles las fiestas…, aunque…, bueno…, esto no es más que una burda excusa para esconder que no tenía nada preparado para la entrada de esta semana.

Aún así, aprovechando este pequeño detalle sin importancia, de parte mía y del ORTINorrinco, tan solo desearles a todos y todas que pasen estos días con la gente a la que quieren, y que les quiere, y que el año que viene sigan teniendo sueños e ilusiones con las que disfrutar cada momento de sus vidas porque sólo tenemos una y debemos aprovecharla al máximo. Disfruten de los buenos momentos y cuando lleguen los malos tragos tómenselos con el mejor humor posible porque, como decía Eduardo Galeano, el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena. 

Por tanto, ahí estoy, intentando que la vida valga la pena dejándoles algo de humor de vez en cuando porque a mí, particularmente, sacarles unas sonrisas me hace muy FELIPIz.

Gracias por sus risas y por estar ahí.

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6 comentarios

Las pelis americanas

Bienvenidos mis queridos y queridas masoquistas nuevamente al blosss del ORTINorrinco, y digo lo de masoquistas porque aún sigo sin comprender cómo quincenalmente ustedes son capaces de visitar fielmente este blosss. Yo porque lo escribo pero si tuviera que leerlo cada dos semanas, me arrancaba los ojos. De hecho, no me extrañaría que algún servicio secreto utilice mis escritos como método de tortura para sonsacar información a los espías del bando contrario. ¡Chiquito sufrimiento! De todas formas, agradezco de corazón su lealtad por venir a leerme durante cinco minutitos.

Hoy, ooooooooooooooooooooooooooootra vez más, hablaremos de esas peculiares anécdotas que, como escribidor del tres al cuarto, conseguí colar en Idus de Julio; y es que, aunque parezca mentira, para poder redactar la novela yo creo que leí diez veces más de lo que escribí. Yo pensaba que esto de ser escribidor era darle a las teclas y ya está pero no, resulta que para ser escribidor tienes que ser antes un buen leedor.

En fin, pues esta vez, en la novela sólo pude colar media anécdota. El por qué los estadounidenses denominaban “Charlies” a los vietnamitas; sin embargo, dejé al lector de Idus de Julio con la intriga de saber el origen de la palabra “yankies”. Pues bien, aprovecho estas líneas para matar la curiosidad (…y evitar así que ésta mate al gato).

Lo dicho, la verdad es que, como la mayoría de los de mi generación, desde bien pequeños hemos visto a los yankies pegándose de tortas con medio mundo en las películas que hemos ido mamando desde nuestra tierna infancia.

Por ejemplo, cuando yo tenía cuatro o cinco añitos, los sábados al mediodía, en casa siempre veíamos las películas de indios y vaqueros (con el omnipresente John Wayne) y donde los primeros siempre llamaban a los segundos “rostro pálido”; con bastante razón, pues hay que reconocer que los anglosajones y gentes del norte suelen ser un tanto translúcidos de piel. Tanta película de indios y vaqueros también producía en mí ciertos efectos secundarios. Para empezar, pensaba que los habitantes de los Estados Unidos se denominaban “rostros pálidos” en lugar de estadounidenses. Para seguir, cada vez que veía a un turista inglés o alemán de transparente piel y azules venas, yo pasaba mi pulgar de lado a lado de mi cuello y lo saludaba con un alegre “¡Jao, rostro pálido, yo cortar cabellera!”; con la consecuente sonrisa de circunstancias por parte de mi madre que, avergonzada, me agarraba del brazo y huía apresuradamente mientras me recriminaba mi bocaza de niño que, a esa temprana edad, soltaba verdades como puños aunque fueran políticamente incorrectas.

En fin, que yo siempre he tenido algo así como un espíritu de animar a los perdedores, con lo cual iba en contra de los rostros pálidos y esperaba, inocentemente, que alguna vez los indios ganaran en la película pero no había manera, eran derrotados irremisiblemente…, estaba claro quién redactaba los guiones…

De hecho, creo que fue por aquella época cuando me hice culé ya que en los 80 el Real Madrid arrasaba y el Barça era capaz de realizar la increíble proeza de ser derrotado 1-4 en su propia casa por el Valladolid. Al igual que con la selección española de fútbol, a la cual veía perder cada cuatro años en el correspondiente mundial de fútbol para mi desesperación. Gracias a Dios que la cosa ha cambiado algo y el Barça encadena títulos mientras que, por fin, España ha ganado un mundial.

En fin, que después, con el paso del tiempo, se cansaron de poner pelis de indios y vaqueros y nos atiborraron con pelis de la segunda guerra mundial en las que, esta vez, los yanquis se las tenían con los alemanes y también ganaban por goleada. Y, posteriormente, fueron los rusos las víctimas, a los que incluso Rocky Balboa noqueaba subido en un ring.

Y de ahí, Sylvester Stallone pasó, de boxear y darle guantazos a un soviético, a matar “charlies” en Vietnam con aquella frase tan célebre de “¡no siento las piernas!” que, por cierto, JAMÁS dijo en la saga de Rambo…, lo que dijo exactamente fue: “¡No consigo encontrar sus piernas! No encuentro sus piernas”. Sí, sí, esto es cierto al igual que Afrodita A nunca dijo lo de “¡Pechos fuera!”, sino: “¡Fuego de pecho!”…, ya le hubiera gustado a más de un calenturiento de mente eso de pechos fuera…, pero en fin, volvamos al tema de las pelis del Vietnam.

(Breve inciso: en estos momentos, más de un leedor o leedora de este blosss fijo que estará buscando a Afrodita A o a Rambo en gugle para verificar lo que acaban de leer, je, je…, por cierto, que Mazinger Z, en japonés, se pronuncia algo así como: “me chinga el seto”…)

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Pues bueno, cuando crecí, y dejé de ver westerns, empecé a ver películas del Vietnam, cambiando de equipo para aliarme con los vietnamitas. En éstas, en lugar de indios y vaqueros, se peleaban los “charlies” y los “yanquis”. Tras tragarme unas cuantas docenas de largometrajes sobre este tema, conseguí averiguar por qué los americanos llamaban “charlies” a los vietnamitas. El motivo es que denominaban al Viet Cong con las siglas VC, que en código de radio se transmite como Victor Charlie. Así que empezaron a llamar a los soldados aborígenes como “charlies”. Pero, a pesar de tanto atracón de películas de tiros, amputaciones y combatientes trastornados, nunca supe por qué llamaban “yanquis” a los habitantes del americano país.

Así que investigué un poco y conseguí averiguar el origen de dicha palabra. Una de las posibles, y más extendida, acepciones de la procedencia de dicho vocablo surge de la idea de que en Nueva Inglaterra, en el siglo XVII, había mucha población holandesa y gran parte de ellos se llamaban Jan (Juan), fonéticamente “ian”. El apodo “ianke” significaba pequeño Jan, es decir, pequeño Juan o Juanito. Durante la Guerra de Secesión, los soldados sudistas denominaban, despectivamente, “ianke” a todo soldado del norte y, por extensión, con yanquis se quedaron… (que queda más glamuroso que Juanito)

Eso sí, lo que no ha cambiado con el paso del tiempo en las películas americanas es que todo ocurre allí. Que vienen los extraterrestres a invadirnos, el Presidente de los EEUU es el libertador del planeta. Que ocurre un cacho catástrofe y el mundo se va a tomar por saco, llegan los americanos y resuelven el entuerto. Que vienen unos robots extraterrestres que se transforman en camiones, ¡puñetas!, ¡qué puntería!, aterrizan en el centro de Kansas. Incluso yo, cuando me cabreo, me cago en la Utah.

Entiendo que, al ser tan pequeños y por las leyes de probabilidades, no ocurran estas cosas en… San Marino, Tuvalu o Liechtenstein pero, por ejemplo, Rusia, China, Canadá o Brasil, por su extensión, podrían tener los mismos derechos a ser invadidos por marcianos, a irse al carajo debido a un cataclismo, o a que cuando yo me cabree me acuerde de todos los hijos de Putin…, vamos, digo yo, ¿no?

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Eso por no decir la cara de pena e indignación que se nos pone cuando el poli bueno de la peli, tras haber destrozado la mitad de los vehículos que circulan por la ciudad persiguiendo al malo con un camión de quince toneladas, es requerido por su Sargento para suspenderle de empleo y sueldo, solicitándole la placa y el arma. Te dan ganas de levantarte de la butaca del cine y darle de sopapos al Sargento por obtuso y lerdo. “¿Qué no ves que tiene razón?”…, dan ganas de decirle, y continuar argumentando: “¡Que si no cogía el camión del butano el malo se escapaba…!”

Pero lo que más me sorprende de las pelis de EEUU es que parece ser que la única asignatura que se imparte en los centros docentes es Literatura. Si se fijan en la mayoría de pelis de institutos americanos, la clase que siempre sale es la de Literatura.

Ni Matemáticas, ni Física, ni Químicas. De Plástica ni hablar y el Inglés ya se lo saben, que para eso son angloparlantes. Latín y Griego son lenguas muertas así que pa´qué. Total, que da por suponer que en USA solo dan Literatura y que se saben las obras de William Shakespeare de memoria, siendo Macbeth, Hamlet y Otelo el Moro coleguitas de toda la vida de los estudiantes de allí y que el “tubí ornot tubí” lo recitan cosa bárbara. También de estas pelis se deduce que el peor insulto que se le puede proferir a un yanqui es el de “gallina”. Puedes mentar a su madre y a su familia pero basta cloquear y aletear con los brazos para conseguir que las vacas vuelen. Y, finalmente, aprendes que se saben la Biblia al dedillo, pudiendo llegar a hacer verdaderas conversaciones con todos sus versículos. La verdad es que sería un sueño ir a la sucursal de tu banco a pedir una hipoteca y que el Director, para reclamar el pago de tu mensualidad, te dijera:

“Mi estimado cliente, escrito está: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. San Marcos 12,17”.

Y tú podrías darte el gustazo y responder:

“Sí, pero también dicen las Sagradas Escrituras: Cada siete años ustedes perdonarán las deudas. Deuteronomio 15,1”; y chulescamente apostillarías: “¿Lo sabía…, Makeijan?”.

Lástima que la realidad y la ficción sean cosas tan diferentes. ¡Cachis!

Eso sí, lo que es una ficción que refleja muy bien la realidad es Idus de Julio, una novela hecha en este país con la intención de triunfar en el mundo mundial…, en plan yanqui… y tal.

Sean FELIPIces.

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