Felipe Ortín

Escribidor


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La Escalera

Como ya saben, mis leales y lealas lectores y lectoras, el ORTINorrinco es un animal que fue creado por la Naturaleza un día que Dios estaba guasón, y tal vez algo beodo, y, así como la mujer fue creada del hombre a través de la costilla de Adán (al menos eso dice la Biblia), el ORTINorrinco fue hecho a cachos por el Supremo Hacedor el día que le faltaban piezas y cogió el pico de un pato, las patas de una nutria, la cola de un castor y las juntó todas en un solo bicho. Y, por si fuera poco, se hizo la picha un lío y mezcló mamíferos con ovíparos para que nos reprodujéramos. En definitiva, una auténtica chapuza celestial. Vamos, como cuando un niño de tres años coge trozos de pastilina de distintos colores y los une sin ton ni son a base de escacharlos.

Y por si fuera poca desgracia estar montado a cachos, conmigo, particularmente, la Hija de la Madre Naturaleza fue aún más vengativa.

Y es que al poco de salir del cascarón, con tan sólo seis añitos de edad, mis padres descubrieron que, además de tener sangre de ORTINorrinco, había heredado algo de la genética de los topos y que no veía ni tres montado en un burro debido a una miopía de caballo que hacía que me fuera dando topetazos con las paredes de la casa al igual que uno de esos aspiradores automáticos que van rebotando por toda la casa mientras aspiran solos. Es decir, yo sólo cambiaba de sentido de la marcha o de dirección cuando topaba con algún muro de nuestro hogar y, así, mientras yo no notara el impacto, seguía fielmente la primera Ley de Newton y “mi cuerpo mantenía su movimiento y velocidad uniformes” y no me detenía hasta que una fuerza externa era aplicada sobre mi…, básicamente el morrazo contra algún obstáculo.

En definitiva, que mis padres se estaban arruinando a base de aplicarme lociones antiinflamatorias para evitar que los chichones en medio de la frente hicieran que el resto de la fauna animal me confundiera con un unicornio. Por tanto, tras la visita al oftalmólogo u oculista (que siempre pensé que era el médico del culo) me impusieron sobre las narices unas preciosas gafas de pasta con unos cristales de cinco milímetros de espesor…, lo que en el lenguaje técnico y específico de la oftalmología  se denomina como: “culos de botella”.

Esa fue la primera chapucilla adicional que la Naturaleza hizo conmigo pero, para desgracia mía, éste no fue el único accesorio adicional que me colocaron durante mi infancia. Por esa época mis padres estaban empeñados en visitar a todos los médicos de la plantilla de la Seguridad Social y, así, con siete añitos, el pediatra detectó que yo tenía los pies planos, por lo que me calzaron con unas maravillosas botas ortopédicas para que se me intensificara el “puente” de las plantas de mis extremidades inferiores. Esto implicaba que, más que caminar, yo desfilaba haciendo el Paso de la Oca. Y para rematar, con ocho años, el dentista indicó a mis padres que mi paladar era un pelín estrecho y que si no lo corregían a tiempo, en vez de dentadura, yo dispondría de una mazorca de dientes en el interior de mi boca. Por tanto, para enmendar la plana, me colocaron un conjunto de hierros y plásticos en el interior de mi hocico para “mejorar mi sonrisa”.

la-escalera-1Menos mal que a los nueve años, mis progenitores, finalmente, dejaron de ir a los especialistas sanitarios pues arreglar a su niño les estaba costando un huevo de la cara, ya que cada vez que iban de visita a una de estas consultas era un gadget nuevo que añadirme. Así que, gracias a que mis padres tenían una economía ajustada, dejé de ver más médicos porque, si no, fijo que me hubieran puesto un armazón metálico para ajustar alguna supuesta escoliosis o algún médico capullo me hubiera detectado una fimosis bífida que hubiera requerido amputación extra de la punta de mi minga.

En definitiva, a los nueve años yo era un niño completamente “tuneado” con gafas de cegatón, botas ortopédicas y un fantástico aparato de dientes que hacía que mi pronunciación derrapara cuando llegaba a la letra “s”, haciendo que mi boca funcionara como un aspersor, en mi caso, de babas. Todo lo anterior, unido a que la Naturaleza me dotó de un prodigioso cabezón sobre mis hombros, me induce, aún hoy en día, a pensar que mis padres no estaban muy concentrados en la labor de la procreación en el momento de mi concepción y he llegado a pensar que, en caso de haber nacido dentro de una tribu Sioux, yo hubiera podido tener nombres totémicos del tipo “Gomita Picada”, “Látex Traidor”, “Durex flácido” o “Fuera DEL Control”. En definitiva, de aquellos polvos, estos lodos (nunca mejor dicho).

De esa guisa no sé cómo aún tenía valor para ir al colegio. ¡Porque había que tener valor! Por aquel entonces los compañeros del cole me conocían por apelativos tan cariñosos como: Cuatro Ojos, Cabezón, Cabeza Buque, Frankenstein, Aspersor y muchos más, a cada cual más entrañable.

Menos mal que la Teoría de la Evolución funciona y desarrollé otros mecanismos de defensa, con lo que yo era capaz de mimetizarme perfectamente, como un camaleón, con el fondo del escenario en el que me encontrase en cada momento para pasar inadvertido, a la vez que mi tono de voz se hizo cada vez más tenue. De esta manera conseguía evitar alguna colleja que pudiera escapársele sin control a cualquier chaval más grande que yo.

Curiosamente, yo tenía el set completo de elementos de tuning diagnosticados por las diferentes áreas de la medicina pero, a diferencia de los coches, dónde el tuning sirve para embellecer o darle más velocidad a los vehículos, en mi ser, estos dispositivos me convertían en un perfecto patito feo, además de dificultar mi sprint de huída de los abusadores de la clase. Sobre todo las botas ortopédicas, que impedían el juego completo de las articulaciones de mis tobillos, lo que hacía que pareciera el Jovencito Frankestein a la hora de correr.

Y gracias a aquellas botas ortopédicas puedo decir, con casi absoluta seguridad, que hoy en día tengo la personalidad disociada entre el ORTINorrinco y Felipe Ortín.

Ocurrió un buen día de cole.

Era el día del Maestro y por aquella época aún se les respetaba, se les hacía caso y, dependiendo de qué profesor, hasta se les tenía pavor o cariño. Era costumbre que en esa fecha se les llevara algún presente como muestra de aprecio o consideración. Yo no recuerdo qué había construido exactamente para regalarle a mi maestra, “Doña Esperanza” (porque en aquel entonces todas las profesoras eran “doñas” aunque tuviesen veinte años de edad), pero sí que, aparte de la mochila cargada de libros a la espalda, yo iba con una mano sujetando el dichoso trabajo manual y en la otra una pelota de fútbol.

Vivíamos en un primer piso y la escalera contaba con veinte peldaños para salvar los cuatro metros de desnivel entre la puerta de mi casa y la de la calle. Como cada mañana, salí al rellano para bajar a esperar la guagua (autobús, para los peninsulares y peninsularas) del colegio. Antes de empezar a descender, mi madre realizó el protocolo habitual de despedida, que consistía en:

  • Meterme los faldones de la camisa por dentro del pantalón. Una vez bien puesta, tiraba de mis pantalones hacia arriba hasta que la cruz del mismo hacía tope con los “minibabybeles”, momento en el que yo me quejaba por el dolor escrotal y mi madre dejaba de torturarme. Tras esto, me ajustaba el cinturón.
  • Darme un beso y, como toda madre que se precie, terminar de peinarme mojándose los dedos con dos salivazos, de esos que cuando eres niño tanto asco te dan pero que después uno repite con sus propios hijos cuando uno se hace adulto.

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Finalizado el procedimiento, y recibido el cariñoso ósculo materno, me giré dispuesto a bajar hacia la calle.

Cargado con la mochila en la espalda, el trabajo manual bajo un brazo, el balón de reglamento bajo el otro, añadido a que mi centro de gravedad estaba en la cabeza, debido al prodigioso tamaño de la misma y lo escuchimizado de mi cuerpo, con el agravante de la trampa mortal que suponía aquel calzado ortopédico; el desenlace era de esperar.

Di un paso hacia los escalones pero, en ese momento, mi traidora bota resbaló y mi pie cayó sobre la primera huella de la escalera. Con esta brusca maniobra mi cuerpo se inclinó rápidamente hacia atrás debido al peso de la mochila. La reacción instintiva de mi cerebro fue dar la orden de mover todo mi organismo hacia adelante para compensar, tratar de equilibrarme y evitar la caída de espaldas.

Sin embargo, lo que no calcularon mis jóvenes e inexpertas neuronas era que mi cráneo disponía de más masa que el resto de mi ser con lo que el centro de gravedad, ubicado en lo alto de mi cocorota, se desplazó violentamente hacia adelante y ya no hubo posibilidad de enmendar el trastazo.

Mi cuerpo giró completamente sobre sí mismo, utilizando la mollera como eje, cual tentetieso, haciendo que mis piernas salieran disparadas hacia arriba. El siguiente impacto con los peldaños no fue con un pie, como normalmente ocurre cuando se baja una escalera, sino con todo el cabezón. No sé cuantas volteretas sobre mí  mismo realicé pero debió ser un triple salto mortal y doble tirabuzón con infarto de miocardio materno, que contemplaba la escena desde arriba.

La mayor parte de mis gadgets abandonaron cobardemente mis dependencias. Las gafas saltaron en el primer impacto, el aparato bucal se quedó a mitad de camino y, como suele ocurrir en todos los accidentes, perdí uno de los traicioneros zapatos ortopédicos. El trabajo manual quedó desparramado por todas partes y, mientras yo acababa despanzurrado en el zaguán, la pelota terminaba de rebotar, guasona, al lado de mi oreja derecha.

Resumiendo, un talegazo de trending tópic.

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Milagrosamente, no me pasó absolutamente nada. Eso sí, a mi madre, al verme rebotar de escalón en escalón, se le dilataron las pupilas al máximo, sus pulmones olvidaron de recolectar oxígeno, el corazón se le detuvo, su sangre dejó de circular por sus venas y su cuerpo desapareció camuflado con el blanco de las paredes.

Supongo que una vez recuperada del susto, aquella buena mujer batió el record mundial de salto de longitud al bajar hasta la puerta de la calle con un único y prodigioso brinco para comprobar el estado de su primogénito.

En definitiva, que yo creo que debido a aquel trastazo mi personalidad de ORTINorrinco se disoció y apareció el listo de Felipe Ortín; aunque tan sólo es una suposición, no puedo afirmarlo rotundamente.

Lo que sí puedo afirmar es que aquel día me escaqueé de ir a clase y me colmaron de helados. También, desde entonces, cada vez que bajo una escalera me aferro desquiciadamente al pasamanos a pesar de que mi centro de gravedad ya se ha desplazado desde lo alto de mi cabezón a mi bien regada barriguita cervecera.

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Glòria Bastardes Vs El ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Saludos y saludas nuevamente a los fantásticos y fantásticas fanáticos y fanáticas de este blosss del ORTINorrinco. Hoy volvemos nuevamente a nuestra sección habitual del ORTINorrinco-Escultura para educarlos en los sabios caminos de la curtura y el harte, de forma que ustedes se conviertan en personas formadas e instruidas que no cometan faltas de orticultura. Hoy nos encontramos con una persona a la que siempre meten prisas: Glòria Vas Tarde.

GLÒRIA BASTARDES: Disculpe caballero, es Bastardes…, todo junto y con B.

OR: ¡Ah! ¡Oh! Perdón, perdón…, tenía mal mis notas. Creí que…, bueno, ejem…, vayamos al grano. Nos encontramos hoy con Glòria Bastardes, fundadora y directora de la escuela de baile Bailongu de Barcelona. Bueno, para empezar, dígame, ¿de dónde surge el nombre de Bailongu?

img_20160912_115713El ORTINorrinco junto a Glòria Bastardes… un documento gráfico para la posteridad…, es decir, para hacerlo un poster.

GB: Bueno, en catalán una persona bailonga es alguien a quien le gusta mucho bailar, así que de ahí tomé el nombre. ¿A usted le gusta bailar?

OR: No mucho, aunque de pequeño sí que movía mucho el culete pero con los años dejé de hacerlo.

GB: ¿Y eso?

OR: Ejem…, desaparecieron las lombrices…, ¿sabe usted?

GB: Podría haberse ahorrado el comentario.

OR: Y dígame, ¿cómo comenzó usted? ¿Cómo creó este emporio del baile y de la danza llamado Bailongu?

GB: Bueno, yo de pequeña siempre quise hacer ballet pero mis padres no me dejaban. Mi madre decía que servía para bailarina cómica. Cuando fui mayor empecé a bailar en un Esbart de Gràcia y también a aprender danzas populares y bailes de salón con Mariona Cortes. Y mimo y expresión corporal en el Timbal. Estudié magisterio y me dediqué a la docencia hasta que nacieron mis hijos y lo dejé. Sin embargo seguí trabajando con niños dando clases de danza y expresión corporal. 

OR: ¡Oh! Yo también hice mimo de pequeño.

GB: ¡Ah! ¿Sí?

OR: Sí, ¡durante muchos años!… Yo mimé a mi mamá y mi mamá me mimó a mí… Vamos, lo escribí cienes y cienes de veces.

GB: ¡La madre del cordero…! ¿Va durar mucho esta entrevista?

OR: Bueno, lo justo y necesario. Pero continúe, continúe. ¿Cómo siguió la cosa?

GB: Seguí dando clases de bailes de salón y de danzas populares. Iba con el “loro” a institutos, centros cívicos y a donde me lo pedían. Durante un tiempo estuve asociada con Mariona Cortes y Vicenç Torremadé para dirigir una escuela en la calle Llibertat. Pero continué mi camino sola. Intentos de montar mi propia escuela que no funcionaron, experiencias… Y en 1989 nació la marca Bailongu. Empecé organizando bailes con orquesta en la Sala Verdi durante un tiempo y dando clases en distintos locales. Mucho trabajo y mucho esfuerzo. Al final abrí la escuela en la calle Torrent de les Flors, en un antigua fábrica.

OR: ¿Y cómo los recibía? ¿Cómo en la serie Fama? Como la profe aquella con el palo que decía lo de: “Tenéis muchos sueños, queréis la fama pero la fama cuesta…, pues aquí es donde vais a empezar a pagar… ¡con sudor!”…, y luego daba dos golpes con el palo en el suelo y se quedaba tan pancha mirando a los alumnos con cara de “os vais a cagar, chavales”.

debie-allenEstudiada pose de profe de baile, que tanto sirve para amaestrar a los alumnos como para sacar a las cabras a pastar al monte, con frases completamente útiles en ambos casos como: “¡Yep, yep, saaalta pallí, brinca pacá Copito de Nieve!”

GB: No, no. Nada de eso. Bailongu siempre ha sido un lugar donde acogemos a todo el que quiera pasar un rato divertido aprendiendo a bailar. Aquí la gente viene por diversión. Mucha gente se apunta a un gimnasio y luego no va porque se aburren. Aquí es más bien al revés, la gente que se matricula asiste a las clases porque vienen a pasar un rato agradable y a desconectarse del día a día.

OR: Pero ustedes tienen diferentes niveles de aprendizaje. Seguro que algún alumno tronco-col habrá tenido.

GB: Pues aparte de usted, que aún no sabemos cómo consiguió bailar Bollywood, sí, efectivamente, he tenido alumnos difíciles. Recuerdo a uno de ellos al que hice repetir cada nivel tres veces, pensando que jamás aprendería, pero el hombre se esforzó y al final aprendió.

OR: Y luego, ¿qué ocurrió? ¿Cómo terminaron en el Passatge d´Utset, 11?

GB: Pues la antigua fábrica de Torrent de les Flors se remodelaba para hacer pisos y tuvimos que buscar un nuevo local. De todas formas, aquello se nos estaba quedando pequeño. Ya tuve que contratar profesores para cubrir todas las horas y poder atender a todos los grupos de gente que nos solicitaban aprender a bailar.

OR: Sí, tengo entendido que casi tienen mil seiscientos alumnos…, vamos si yo tuviera semejante cantidad de lectores en el blosss me retiraba a las Bahamas a rascarme el ombligo y a vivir de las rentas.

GB: La verdad es que, como le he dicho antes, este es un lugar donde la gente viene, principalmente, a divertirse y la gente suele repetir, con lo que tendemos a crecer. También nos ayuda el tener una gran diversidad de tipos de bailes que enseñar: Bollywood, Danza Oriental, Ritmos Latinos, Tango, Bachata, Comedia Musical, Salsa, Rock, Kizomba, Bailes de Salón, Hip Hop, etcétera.

OR: O sí. Yo probé el Bollywood y me quedé enganchado. Disfruté como todo un ORTINorrinco.

GB: Sí…, lo recuerdo. Algo irrepetible…

OR: Sí, ¡qué tiempos aquellos!

GB: Quiero decir irrepetible… ¡que no repita por Dios! Aún tengo a Lali Ribalta, su profesora, traumatizada por aquello.

OR: ¿Qué insinúa?

GB: Nada, nada. Continúe con sus preguntas…, a ver si acabamos prontito.

OR: ¿Pero usted sigue dando clases o ya se ha arrepochado en la poltrona?

GB: Yo siempre me he considerado profesora, no empresaria, sin embargo, poder organizar y llevar la escuela me absorbe tanto tiempo que he dejado de dar clases. Ahora cuento con un equipo de 28 profesores que se encargan de atender y enseñar a los alumnos.

OR: ¿Y no lo echa de menos?

GB: ¡Por supuesto! Dar clases no es nada fácil, sin embargo, es muy gratificante ver la progresión de tus alumnos y ver cómo, poco a poco, de no saber ni dar un sencillo paso van soltándose y terminan bailando. Me produce una gran satisfacción ver la alegría de los alumnos cuando por fin se atreven a salir a la pista de baile sin miedo ni vergüenza. Y esto también se lo trato de inculcar a mis profesores. Un profesor que ama lo que hace y que le gusta bailar transmitirá a sus alumnos esa misma ilusión y emoción por el baile, con lo que los alumnos se divertirán y quedarán contentos al ver su propia progresión y aprendizaje.

OR: Y dígame, ¿aquí es fácil ligar? Lo digo por si la ORTINorrinca algún día se cansa de mí.

GB: Bueno, le diría que aquí pasa de todo. Es cierto que de aquí han salido muchas parejas pero…, también se han roto algunas.

OR: ¿Y eso?

GB: En el baile en pareja cada uno tiene su papel y hay que saberlo ejercer correctamente; en algunos momentos pueden generarse tensiones… El baile crea un ambiente íntimo y de relación social que puede poner a prueba la estabilidad de las parejas.

OR: Bueno, sepa que yo vine a probar el Tango con la ORTINorrinca y casi terminamos desmatrimoniados. Como en el baile manda el hombre, ella quería que yo empezara a moverla mientras yo aún estaba intentando encontrar el ritmo de la música, con lo cual, yo estaba como una estatua escuchando la música mientras ella quería arrancarse. Eso por no decir que cuando por fin me decidí a moverme aquello era como pisar uvas en un lagar…, le escaché todos los dedos de los pieses. Vamos, que aquella noche tuve que incubar yo los huevos de ORTINorrinco en el sofá de casa. ¡Chiquita bronca!

GB: Es que el Tango es una prueba de fuego para las parejas porque no tiene un ritmo fijo y el hombre puede ralentizar o acelerar los movimientos según él desee y tiene que estar muy atento a su pareja para llevarla.

OR: Pues está claro que con mis zancos palmípedos no estoy hecho para el Tango. Y bueno, a usted, ¿qué tipo de baile le gusta más?

GB: Me gusta todo el baile que tenga raíces, que se baile con el corazón y la música. Me gustan mucho los bailes tradicionales y los bailes de salón. También me gusta mucho ver cómo se baila en los países de origen. Hemos viajado, con profesores de la escuela, a Brasil, Cuba, Argentina y República Dominicana para ver cómo se baila allí. Intentamos que lo que enseñamos nosotros sea lo más auténtico. El movimiento y el ritmo que tienen en algunos países es difícil de traspasar. Supongo que lo llevan en la sangre.

OR: Pues yo debo tener horchata por mis venas porque lo de los ritmos latinos se me da fatal.

GB: Lo sé. La profesora de Bailes Latinos no lo echó de clase por pena.

OR: Sí, todo un detalle por su parte. En fin, leedores y leedoras del blosss, ya saben. Si se quieren pasar un rato divertido, les recomiendo que pasen por Bailongu y prueben alguna de sus clases. Yo, a pesar de que me dejé las uñas sobre el asfalto cuando mi mujer me trajo hasta aquí a rastras, descubrí lo divertido que puede ser bailar y me apunté a Bollywood. Parecía un pato mareado pero me lo pasé pipa. Así que ya saben dónde está Bailongu, en el Passatge d´Utset, número 11 de Barcelona y si quieren saber más pueden entrar en www.bailongu.com . Oiga, y si intento la danza clásica…

GB: Creo que usted no está hecho para eso…

OR: ¿No? ¿Qué le parece este Pas de Bourrée?

GB: No, no… ¡No, lo haga…!

OR: Arrrrrrrrrgggghhhh,… mis rodillas, mis gemelos…, ayvá Dios, ¡mis gemelas!…, ¡qué daño!

GB: ¡Se lo dije! Que yo le he visto bailar y no está usted hecho para esto.

OR: ¡Sorroco, aulixio! Una ambulancia…

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