Felipe Ortín

Escribidor

Los sistemas métricos

2 comentarios

Saaaaaaaaaaaaaaludos nuevamente a todos los telelectores, telelectoras y demás teleles del blosss del ORTINorrinco. Hoy, para no variar, volvemos con esas pequeñas anécdotas ocultas en Idus de Julio, esa novela única e irrepetible de Felipe Ortín (única porque por ahora no tiene otra publicada e irrepetible porque a ver si tiene las narices de volver a escribirla).

Nuevamente explicaremos otra anécdota introducida en Idus de Julio y que esta vez tiene que ver con el sistema métrico decimal, el sistema de medición anglosajón, los problemas de incompatibilidades que puede haber entre éstos y las catástrofes que pueden ocurrir por no ponerse de acuerdo la Humanidad en cómo medir las distancias.

Y es que, en pleno siglo equis-equis-palito, aún no comprendo por qué no se han uniformizado universalmente los métodos de medición y más cuando el sistema métrico decimal es tan sencillo como multiplicar o dividir por diez para cambiar de escala y santas pascuas. Porque mira que es complicado, como hacen los anglosajones, establecer las medidas como se hacía milenios atrás, basándose en medidas antropomórficas, tales como pulgadas (ancho de la primera falange del pulgar), pies, yardas (la mitad de la longitud de los brazos extendidos), codos (distancia entre el codo y el final de la mano abierta), palmos o brazas (longitud de un par de brazos extendidos).

Vale que, en aquel entonces, no había un patrón estándar de medición y se tenía que usar algún método para calcular las distancias y cada rey o gobernante establecía dichas medidas en función de las dimensiones de su propio cuerpo: su pie, su palma de la mano, su brazo, su pulgar, su codo, etc. El problema surgía porque cada uno tenía su anatomía y las unidades métricas variaban considerablemente de un reino a otro ya que, para establecer la longitud de un pie, no era lo mismo, a lo mejor, las lanchas que calzase Olaf, el rey de Noruega, que los zuecos que pudiera utilizar Catalina la Grande…, vamos, digo yo.

si-el-name-peludo-de-felipe-el-hermosoMenos mal que por esa época no les dio por tomar como patrones medidas extrañas, yo que sé, por ejemplo, igual a algún rey tarado le podía haber dado por haberse medido la minga y, hoy en día, en lugar de pedir “cuatro metros de cable de antena”, podríamos tener conversaciones del tipo:

  • Hola, me da cuatro pollas de cable de antena
  • ¿Erectas o flácidas?

Y aquí aparecería el primer conflicto en cuanto a las medidas. Por no decir que el dependiente también podría afinar un poco más y tratar de aclararse con un: “¿formato estándar o formato negro del guasap?”.

Incluso, también, a alguna reina se le podía haber ocurrido pesarse el pecho en una balanza y establecer una nueva medida patrón de peso: la teta. Con lo cual, actualmente, en lugar de un par de kilos de azúcar podríamos pedir un par de tetas de azúcar. Y, nuevamente, podría surgir la discordia: “¿teta Nefertiti o teta Sabrina?”

En definitiva, y volviendo al tema, que con las medidas anglosajonas no hay dios que se aclare (bueno, tal vez el dios de los protestantes) porque no tienen relación directa entre ellas y pasar de una a otra es algo más complicado que multiplicar o dividir por diez; por ejemplo, una milla son cinco mil doscientos ochenta pies…, vamos, todo el rato con la calculadora científica en la mano.

Menos mal que para establecer y dar un orden a la cosa, allá por la revolución francesa, en 1791, Pierre Francois Méchain y Jean Baptiste Delambre fueron contratados por su gobierno para establecer un patrón universal de medida estándar, básicamente para evitar lo anteriormente comentado, es decir, que cada vez que se cambiaba o guillotinara a un rey, las distancias se acortaran o alargaran misteriosamente según la alpargata que llevara puesta el nuevo monarca. Para ello, los tipos se fueron a Barcelona y desde allí consiguieron medir, más o menos a ojo de buen cubero, la distancia del meridiano Dunkerque-Barcelona (de hecho la Meridiana se llama así debido a que por ahí pasa dicho meridiano) y establecieron el metro como la “diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano terrestre”. Y, a partir de ahí, nació el sistema métrico decimal.

Después de ellos llegaron algunos tipos, aún más repelentes que el Sheldon de la Big-Bang Theory, y en 1960 establecieron el metro como: “1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86”. Una definición que, aparte de entenderla su padre, seguramente la hizo el tipo que más collejas se llevaba en su instituto por empollón, gafotas y sabiondo. Y por si la anterior definición nos fuera fácil de entender a los cenutrios que no estudiamos física nuclear, unos tipos aún más frikis, en 1983, terminaron de redondear la cosa para establecer al metro como: “la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo”.

Pero bueno, volviendo al tema de las anécdotas de Idus de Julio, la que colé en la novela hacía referencia a la Mars Orbiter Climate, una sonda espacial destinada a “explorar en Marte” aunque, más bien, fue destinada a “explotar en Marte”…, sí sólo es un cambio de consonante, una “r” por “t”, pero este pequeño error tipográfico es similar a lo que ocurrió. ¿Y por qué?

Pues nada, muy sencillo, los amigos de la NASA (aquellos de “Jiuston güi jaf a problem” con el Apolo XIII) tuvieron un pequeño error de coordinación. El laboratorio de Propulsión utilizó el sistema métrico decimal y el laboratorio de Navegación, el sistema métrico anglosajón; es decir, los mamelucos que construyeron el aparato lo programaron para moverse en metros y kilómetros mientras que los centollos encargados de darles las órdenes de maniobra se las metían en pieses, pulgadas y millas. Total, que la sonda, que tenía que pasar a unos 150 kilómetros de altura sobre la atmósfera de Marte, pasó a tan solo 57 kilómetros y se achicharró.  En definitiva, que los de la NASA le pegaron fuego a unos 125 millones de dólares por no hablar en el mismo idioma (que, manda narices, se supone que es el inglés)

Nave espacial2.jpg

Todo esto no hubiera sucedido si, por ejemplo, tuviéramos un solo patrón universal de medida como es el sencillo sistema métrico decimal. O también, si algún rey con cojones hubiera logrado establecer el patrón pinga y, por sus santos bemoles, hubiera convencido a toda la humanidad de utilizar sus regios atributos como medida estándar universal. Y así, hoy en día, en las Olimpiadas, el Usain Bolt en lugar de correr los cien metros lisos estaría corriendo las 666 pingas lisas (utilizando un patrón “pene morcillón” de 15 centímetros para la conversión de metros a pingas)

Eso sí, tal vez no haya nunca una unanimidad en cuanto a criterios para establecer las distancias y que la Humanidad jamás acuerde un único modo de medir las cosas; sin embargo, en lo que sí que hay unanimidad absoluta es que Idus de Julio es la pera limonera. No debes perdértela…, Idus de Julio quiero decir, la pera limonera está buena, pero mejor unos buenos Idus…

Sean FELIPIces.

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2 pensamientos en “Los sistemas métricos

  1. Ja,ja,ja….que pasada Felipe!!!!
    Tu y tu novela si que sois la pera limonera!!!!
    No hay medida que pueda medir las risas y entretenimiento que provoca!!!!! muy recomendable!!!!! Totalmente!!!!!
    Y tus artículos son geniales de veras; midas como los midas ( con tetas,pingas,cinta métrica o pies varios….) son lo máximo!!!!!

    Felicidades guapetón!!!!!

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  2. Por supuesto que somos la pera limonera…, dulce y agria a la vez, je, je…

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