Felipe Ortín

Escribidor


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Mi primera vez.

Hola otra vez a mis calenturientos lectores que, hoy, visitarán mi blosss con la libidinosa idea de averiguar cómo fue “mi primera vez”. Pero no, lamento defraudarles, no se trata de una historia de sexo, queridos salidillos míos, se trata de “mi primera vez” como bailarín sobre un escenario.

Ya les digo yo, como ORTINorrinco, que la vida sexual de mis congéneres no tiene nada que ver con la de ustedes, los Homos Sapiens, ya que nosotros, los ORTINorrincos, nos reproducimos por huevos, por no decir que por cojones o porque nos da la gana, como cualquier otra especie de mamíferos del planeta. Aunque, por si aún sienten curiosidad, mi primera vez podría resumirse en dos frases: “Ya tá”, y la consecuente respuesta: “¿Cómo que ya tá?” (pronunciada con incredulidad, sorpresa, cejas arqueadas y cara de “en esta casa el plato no se deja a medias y te lo vas a terminar de comer todo”…)

Pero no. Esta es una historia de baile. Como recordarán en una entrada anterior de este mismo blosss, “Una cadera sin ritmo”, ya les expliqué cómo mi mujer logró arrastrar mis ochenta y cuatro kilos de carne y docenas de reproches  hasta la escuela Bailongu de Barcelona y liarme para aprender, nada más y nada menos, que el grácil y femenino Bollywood.

Aún sigo increíblemente anonadado de cómo llegué hasta aquel punto. ¡En la vida imaginé que un jamelgo como yo pudiera llegar a bailar Bollywood!

Pues bien, tras varios meses de ensayos; durante los cuales transcurrieron bastantes: aperitivos, tapitas, cañas de cerveza y, básicamente, quince clases y algún que otro ataque de lumbago; se suponía que había una actuación en público para enseñar al mundo lo mucho que habíamos aprendido.

Pues bien, de suposición se pasó a confirmación. Tendríamos actuación en un teatro, con público, escenario, bambalinas y todo eso. Esto implicaba que mis amigos podrían venir a verme bailar Bollywood y reírse de… mi/me/conmigo… según eligieran el pronominal.

Llegado el día, mi mujer y yo empezamos ese sábado preparándonos para estar presentables para la representación. Para comenzar; mientras ella se duchaba, secaba, planchaba el pelo, peinaba y todos los “abas” más que cualquier ORTINorrinca realiza en el lavabo con esa cantidad ingente de potes de lociones y colores diferentes, de los cuales ningún ORTINorrinco se atrevería a identificar alguno y en cuyo caso sólo identificaríamos, a duras penas, el que pone “jabón”; yo me dedicaba a realizar una poda exhaustiva del vello de mi cuerpo (no confundir con el bello de mi cuerpo)

Sí, ¿qué pasa? Resulta que mi atuendo se componía de pantalón bombacho y chaleco (monísimo) y tenía que bailar a “pecho descubierto” y descalzo. Dado que los hindúes son lampiños, para dar el pego y de paso no quedar como un guarro, tenía que podar un poco la mata de pelo de las siguientes partes de mi anatomía ORTINorrinquil. Véase: el empeine de los pies, los dedos de los pies, rebajar un poco los pelos de la barriga, pecho y el mato-grosso de los sobacos…, desagradable ¿verdad? Pues díganselo al lavabo que no vean cómo quedó. Un asquito, oiga. Bueno, si estaban comiendo o tenían ganas de ello, se les acaban de quitar. Eso sin contar una depilación concienzuda de cejas para evitar la famosa ceja Macario o Unicej y el afeitado apurado que te deja la Gillete.

Total, toda la mañana entretenidos entre poda, duchas, preparar ropas y algo de nervios. Para comer, lo que había en la nevera, algo ligerito: un potaje adelgazante con propiedades diuréticas que tomaba mi señora ORTINorrinca (que tendría efectos posteriores) y un trozo de pescado a la plancha. ¡Hala! Siesta y para el teatro a ensayar antes de la representación.

A la entrada nos esperaban los organizadores y, para tener acceso libre y no confundirnos con nadie, nos dieron una tarjetita para colgar en el cuello que ponía: “ARTISTA”. ¡Coño! ¡Qué ilusión! Me habían llamado muchas cosas en mi vida pero, ¿artista? ¡Sólo faltaba que me dieran el Oscar nada más llegar! Total, andandito para los camerinos. Antes, primera parada técnica en el baño de “CABALLEROS” para la primera meada de la tarde… ¡jo, con el potaje diurético! Entre eso y los nervios, ¡qué tarde de micciones!

Aparte de nosotros, también actuaban otros diecisiete grupos de distintos bailes: Danza del Vientre, Bollywood, Cabaret y Stripdance… como su propio nombre indica, todas danzas típicas másculinas, ¿o no? Resumiendo, que yo era el único macho entre más de cien mujeres…, ¡en camerinos Unisex! Ni en mis sueños he tenido jamás semejante harén. Digamos que nunca había visto tanta lencería femenina junta al mismo tiempo, al menos, puesta en su “sitio”, y algún otro “sitio” que se escapó de alguna lencería…, aunque bueno, yo también tuve que enseñar mi culo peludo (aquí no hubo poda) para cambiarme de pantalones, así que: empate.

Como era el único chico entre tanta damisela, cuando me paseaba por el camerino me miraban con extrañeza, como si me hubiera perdido y aquél no fuera mi sitio; pero menos mal que llevaba mi tarjetita de “ARTISTA” que justificaba mi presencia masculina.

La actuación comenzaba a las ocho de la tarde pero para ir ensayando teníamos que estar a las cinco. Ya comenzaba el trajín de los distintos grupos. Todas las chicas se iban arreglando, sesión de maquillaje, vestidos, abalorios varios, y a mí también me tocó mi parte: raya en el ojo, no vean lo que molesta, y rimmel en mis preciosas pestañas para que destacaran bien mis miopes ojos… quedé un tanto bastante “femenina”, pero bueno, uno ya está curado de espanto porque siendo un ORTINorrinco oriundo de Tenerife, con los Carnavales ya estoy  acostumbrado a esto de disfrazarse.

Después, un par más de visitas al lavabo de “CABALLEROS”, debido a la incontinencia urinaria de los nervios y el potaje diurético. El lavabo de “CABALLEROS” ya no era tal pues, ya que yo era el único ORTINorrinco que actuaba, las señoritas se habían apropiado de él para maquillarse y ponerse guapas. Así que sólo sabía que estaba en el lavabo de “CABALLEROS” por la existencia de urinarios, elemento que no se haya disponible en el de “DAMAS”. En fin, que a veces no sabía en qué baño hacerlo o si tenía que hacerlo de pie o sentado.

Grupo por grupo fuimos ensayando. Nos tocaba. Primer susto: resulta que el escenario era inclinado para que se vean bien a los bailarines de atrás. ¿Pa´ qué quieren que se me vea más? ¡¡Si les saco una cabeza a todas!! ¡Mierda! Acostumbrado a bailar en plano, aquella inclinación ya me dio mal rollito. Además, pisar las tablas del escenario impone y pone nervioso. ¡Cuánta gente me iba a mirar! Dado que era el único ORTINorrinco macho que iba actuar estaba claro que el público pondría mucha atención en mi estampa. Total, sólo de los nervios del ensayo delante de las demás “ARTISTAS” tuve que volver a lavabo de “CABALLEROS/DAMAS”.

Bolly

El inicio se acercaba así como aumentaban el ambientazo entre bambalinas, la tensión, los ensayos por los pasillos de los pasos más difíciles y mis visitas al lavabo, que ya incluían saludos a las chicas: “qué guapa estás”, “qué bien te queda esto”, “tú también”, “gracias”, “¿qué tal todo?…”  “por aquí me ando meando”. En definitiva, estar detrás de un escenario es una sensación que hay que vivirla.

Por fin, la hora del espectáculo. Entra el público. La mayoría son amigos de los que actúan con lo cual el lanzamiento de tomates a los actuantes queda descartado, ¡uf! Aquello se va llenando, así a ojo de buen cubero, unos 5.000 espectadores. Según la guardia urbana 20 espectadores y según el partido político que opine, entre 10 y 50.000 espectadores. Pero yo creo que habría unas 200 personas, entre individuos y seres humanos.

Suena el primer aviso. Cinco minutos. Segundo aviso. Dos minutos y las luces se atenúan. Tercer aviso. Se apagan las luces.

Primera actuación. Fantástica. Segunda actuación. Impresionante. Tercera actuación. Qué bien bailan las de la danza del vientre… y qué buenas están algunas… todo hay que decirlo. Cuarta actuación. ¡Coño! ¿Y esta sensación? Tengo acidez en el estómago, cosquilleos en los pies y se me están poniendo rígidos los brazos… ¡AAAAAH! ¡¡¡¡Estoy NERVIOSO!!!!! Por supuesto, tengo que ir al baño urgentemente, ya no miro cual es el mío.

Somos los séptimos. ¡Hay que relajarse! Sale el sexto grupo. “Nosotras” nos ponemos en posición en los laterales del escenario, preparadas para salir. Movimientos de relajación. Respiración profunda. Control mental de los esfínteres, delantero y trasero, ¡uf!,¡ uf!, respira hondo. Nos toca. Allá vamos, no hay vuelta atrás.

Salimos de manera que el público queda a nuestra derecha. Vamos con las manos juntas delante del pecho, como si lleváramos pétalos de flores (ya he dicho que le baile es muy femenino). Comienza la música. Tres pasos p’alante. Ahora giramos y nos ponemos de frente al público. La música sigue sonando, na, nana, na, na, nana… al girar ves UN MONTÓN DE CABEZA QUE TE MIRAN… ¡joder qué nervios! Sonríe, pienso. Tarareo la música para seguir los pasos y relajarme. Ahora nos arrodillamos, tiramos las “flores ficticias” que llevamos en las manos hacia el cielo. Giro grácil y femenino de muñecas, nos abrimos de patas, rodilla derecha hacia delante y pie izquierdo hacia atrás. Sigo la música y sigo sonriendo de oreja a oreja. Por ahora todo bien.

Hacemos varios pasos sentados que consisten en recoger las flores con el brazo derecho, levantarlo, recoger más flores con la mano izquierda y levantarlo con el otro. Después caen abiertos con los dedos de las manos en posición extraña. Giramos. Un par de pasos más, gráciles, coquetones y muy femeninos… lo bordo. Nos volvemos a poner de rodillas y toca desmayarse dos veces, en plan soponcio, para cada lado. Esta parte me sale muy bien… y muy, muy,… muy poco masculina, por decir algo.

Una serie de pasos más en suelo, en los que se pinta un círculo en el suelo, te tapas un ojo, te lo pintas y te pones una traba de pelo. Después, siguiendo el ritmo de la música (por fin parece que lo he encontrado) nos vamos levantando uno a uno. Es un momento crítico, porque nada más levantarse hay que cruzar los pies, levantar un brazo y dejar el otro abajo, mientras nos miramos los pies. ¡Tachán! Me toca. Lo hago. ¡Bien!, pensé que no me saldría. Hay que mantener la pose cuatro tiempos y después hacer lo mismo cruzando los pies hacia el otro lado.

Momento de pánico. Hasta aquí iba bien, pero al cambiar de pose, el puñetero suelo inclinado (ya dije que me daba mal rollito) me traiciona y casi me caigo. La sonrisa ya no es sonrisa, se convierte en un apretar de dientes que hace que mis orejas casi se junte a través del esfuerzo que estoy haciendo con la boca, es un gesto de fuerza por mantener la pose cuatro tiempos, ññññññññññññ, “aguanta coño que como te caigas, chiquita vergüenza”. La sonrisa sigue forzada, mis músculos de los pies están en tensión, las nalgas apretadas, y las uñas de los dedos de los pies se aferran al suelo como las garras del águila de Félix Rodríguez de la Fuente a aquella infortunada cabra montesa.

Bolly2

Los cuatro tiempos me parecen eternos y he perdido el hilo de la música. Entonces veo que las “compis” empiezan a girar. ¡Puñetas! Que llego tarde al paso…, y empiezo a girar yo también. ¡Ufffff! He salvado la situación. Me recompongo y conseguimos finalizar la actuación sin que nadie se entere del sufrimiento padecido… Al final se apagan las luces yyyyy… sorpresa… suenan aplausos… ¡Jo! Nos están aplaudiendo, ¡yupi, yupi!, ya sé lo que sienten las focas de los acuarios cuando les aplauden… ¡qué ganas de volver a salir a repetir la actuación! (aunque no hace falta que me den una sardina)…

Salimos “todas” a la vez, nerviosas y contentas, a la parte trasera del escenario. La profe nos dice que se ha emocionado y que ella lo ha visto muy bien.

¡Qué alegría! ¡Que divertido! ¡Qué ilusión! ¡Qué nervios! ¡Qué ganas de mear!… otra vez… ¡maldito potaje!

Acabó.

Cuatro meses de ensayos, y en dos minutos, pin-pan, listo. Cuánto esfuerzo para tan poco rato, pero vale la pena. Una vez que acabas no te crees que hayas actuado. Es como si fuera un sueño.

Ya después de esto, terminamos de ver al resto de grupos que lo hacen increíblemente bien, y disfrutamos del espectáculo. Ya nos hemos relajado.

Se acabaron los nervios, la próxima vez que vuelva al servicio de “CABALLEROS” no será ni por el potaje diurético ni por los nervios, sino por unas cuantas birras que nos metemos entre pecho y espalda para celebrarlo. 

En fin, para que se hagan una idea de lo que les he contado…, les dejo el video de mi primera vez…, mal pensaditos míos.

 

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El excusado

Saludos a todos y todas nuevamente, después de estas vacaciones en la que espero que hayan disfrutado mucho. Sin embargo, con la vuelta al curro y al cole, supongo que muchos estarán con la depresión postvacacional y pensando que el curro es una mierda. Pues bien, hoy la cosa, más o menos va de eso, de mierda.

Sí, porque oooooootra vez más, para su desesperación y pérdida de nervios, continuamos aquí, en nuestro blosss del ORTINorrinco dándoles la tabarra con las anécdotas que intenté colar en Idus de Julio y que, por prudencia, decidí retirar para evitar que al lector de la misma le entrasen tendencias pirómanas y optara por quemar la novela a las primeras letras de cambio.

En particular, ésta que vengo a contarles decidí no incluirla porque: a) no encajaba ni a patadones y b) porque los temas escatológicos pueden llevar al lector a establecer puentes psicológicos que le hagan relacionar mi novela con la mierda cosa que, obviamente, no tienen nada que ver.

En definitiva, que a mí, para escribir, me pasa lo mismo que le ocurría a un poeta del siglo XVI, Sir John Harrington, es decir, que la musa y la inspiración es más fácil que nos lleguen después de aliviarnos fisiológicamente. Pues bien, resulta que Sir John, aparte de poeta, era inventor y no se le ocurrió otra cosa que, dado que en aquella época hacer las necesidades era bastante incómodo, idear el W.C. para poder escribir los poemas bien relajado.

Sí, es curioso que fuera un poeta quién inventara el W.C. Posiblemente, mucho antes de que José Zorrilla escribiera Don Juan Tenorio, fuera a Harrington a quien se le ocurrieron los siguientes versos mientras trataba de ligarse a la maciza de turno:

No es verdad ángel de amor,

que en esta apartada orilla

se ha cagado una chiquilla

y hasta aquí llega el olor

Y efectivamente, después de horrorizarse, perder el ligue y tener que salir corriendo de la apartada orilla tras inspirar aquel fétido olor, debió inspirarse y crear el W.C. Total, que en 1596 diseñó el primer Water Closet o excusado de válvula, al que denominó Ajax. Fue instalado en los aposentos de su madrina y protectora, la Reina Isabel I. Posiblemente, pocos en su época hubieran sido capaces de mandar a cagar a la Reina de Inglaterra tan sutilmente como lo insinuó el susodicho poeta. Ya le hubiera gustado a Felipe II poder haber hecho eso, que le envió cortésmente a la Armada Invencible para conquistarle Inglaterra y lo que le devolvió, la muy desagradecida, fue la Flotilla de Chalupas de Chanquete.

Isabel I-2

Isabel I pálida de aguantar la respiración tras dejar suculento recuerdo en el primer WC del mundo. Tras utilizarlo, declararía pudorosamente: “What a shit!” que, como todos ustedes saben, significa: “¡Córcholis, eso no pudo salir de mí! Soy una princesa, o sea…”

Sin embargo, el Ajax no llegó a funcionar del todo bien, dado que todavía no existían redes de saneamiento y los mondongos de la reina se quedaban empozados en el fondo del retrete, con lo cual, al parecer, no tuvo demasiado éxito el invento.

Por esa época, lo habitual en las grandes ciudades de la época era que los desechos humanos acabaran en la vía pública al grito de “agua va”, momento en que había que apartarse lo más rápido posible para no quedar pringado. De hecho, hasta Erasmo de Rotterdam escribió, en uno de los primeros libros de etiqueta, normas de conducta para el cuarto de baño y funciones corporales. Advertía Erasmo que “es descortés saludar a alguien mientras está orinando o defecando”, ya que la gente hacía sus necesidades en plena calle. ¡Hombre!, yo creo que más que descortesía saludar a alguien mientras está en plena faena es más bien un tema de repelús, ¿no? A ver a quién le vas a dar la mano después de haber hecho el qué…, ¡brrrrrr! ¡Qué escalofríos!

También Erasmo aconsejaba “disimular con una tos el estruendo explosivo, siguiéndose la ley de sustituir pedos por toses”. Cosa que, hoy en día, me hace sospechar cada vez que oigo a alguien toser y suelo retroceder un par de pasos por si las moscas y, sobretodo, por si me atufa. 

Erasmo

El gran pensador Erasmo de Rotterdam pillado en pleno momento de relajación filosófica: “Por más que tosa, este huele fijo…, mejor lo dejo aquí y me voy”

Pero bueno, el tiempo pasó y hacia 1775, un relojero llamado Alexander Cummings patentaba su propia versión del retrete, añadiéndole una pieza revolucionaria: el sifón. Con esto se evitaba que el olor volviera del desagüe hacia atrás, con lo que se dejaron de utilizar nombres vulgares para el invento, tales como cagadero, para comenzar a denominarlo más fisnamente y llamarlo inodoro, es decir, sin olor.

Aún así, el invento no terminaba de extenderse, hasta que en 1830 un brote de cólera diezmó la población londinense. Tras este desastre humano se dictó el Acta de Salud Pública inglesa, en virtud de la cual se obligó a todas las casas a construir un servicio y mejorar la red de alcantarillado. Al principio fueron instalados en lugares públicos, como en el Crystal Palace de Hyde Park de Londres, a donde los ciudadanos iban, impresionados, a utilizar el prodigioso invento, al tiempo que les esperaban funcionarios vestidos de blanco para recibirlos y cobrarles un penique por su uso. De esta manera, en Inglaterra se extendió la expresión “to pay a penny”, como eufemismo de la fea palabra “mear”, y que se sigue utilizando en la actualidad por la británica peña.

Posteriormente, alrededor de 1880, Thomas Crapper; cuyo apellido significa, literalmente, “cagador”; empezó a fabricar inodoros baratos y de gran calidad, con un diseño muy similar al actual. Así pues, hacia 1890 ya era un elemento bastante difundido por Gran Bretaña y parte de Europa.

También, asociado al WC, otra invención que mejoró la vida de la nuestra especie fue el papel higiénico. Al principio el ser humano no tenía otra cosa más que lo que pillaba a su alrededor, así que la operación de limpieza se realizaba con elementos tan variados como piedras, conchas de mejillón, arcilla, musgo, lechugas, nieve y otras aportaciones básicas de la Naturaleza que debían dejar las nalgas tan irritadas que luego debías sentarte de canto. Con el paso del tiempo las técnicas se fueron perfeccionando y, por ejemplo, los romanos ricos usaban lana  empapada en agua de rosas, mientras que la plebe utilizaba la hoja de cáñamo. ¡Curioso cómo ha cambiado el uso del cáñamo! Después de saber esto, a ver quién se fuma un porro…

Los chinos, por el siglo II A.C., parece ser que ya empleaban un papel destinado al aseo íntimo, pero no es hasta 1857 cuando un tal Joseph Gayetty distribuye por primera vez un artículo destinado a tal fin, “el papel medicinal Gayetty”; que consistía en láminas humedecidas con aloe. En 1880, los hermanos Edward y Clarence Scott fundan la Scott Paper Company que, entre otros productos, ofrecía rollos absorbentes para uso médico y que se vendía en farmacias. Por aquella fecha aún no debía ser muy suave, pues no es hasta 1935 cuando se comercializa una gran mejora bajo el reclamo de “papel libre de astillas” ¡Da escalofríos pensar cómo era hasta entonces! ¡Debía ser como pasarse papel de lija!

Con lo cual, gracias a todos estos próceres inventores, hoy en día podemos disfrutar de poder leernos el periódico cómodamente sentados mientras esperamos a que la Madre Naturaleza realice sus funciones básicas, en lugar de tener que usar aquellas incómodas bacinillas o escupideras que se colocaban debajo la cama para realizar dichas funciones.

En definitiva, que menos mal que la ciencia y el progreso nos han dado todos estos inventos que nos pueden permitir leer Idus de Julio sentaditos cómodamente mientras esperamos a que llegue tan ansiado momento. Eso sí, procuren tener papel higiénico a mano, que las páginas de Idus de Julio son para echarse unas risas, no para cubrir emergencias…

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