Felipe Ortín

Escribidor

La amoto

2 comentarios

Buenas y tal, ya no me enrollo más en saludar…, ¡chacho!, qué cansino repetir lo mismo cada tres semanas.

En fin, vuelvo hoy con una nueva historieta del ORTINorrinco, ese ser que no es un ser y que no puede ser pero que, desgraciadamente, es. Y esta vez, relataremos una historia de su adolescencia. Sí, porque como buen, ORTINorrinco que soy, antes de madurar (como higo que cae de la higuera antes de espachurrarse contra el suelo) uno fue adolescente. Y como buen adolescente, uno tenía las tonterías propias de la edad. Tonterías  desde el punto de vista de un adulto, por supuesto, pero que, en aquel entonces eran cosas de importancia vital.

Y para mí, con 14/15 años, lo más vital era conseguir novia a toda costa. Misión casi imposible por aquella época pues uno no era más que un saco de huesos provisto de un enorme cabezón, gafas de culo de botella, aparato buco-dental y una horrorosa pelusa a modo de bigote capaz de espantar a la más pintada (o sin pintar, el maquillaje me daba igual con tal de conseguir pillar cacho y dar un beso…, aunque la pelusa de mis morros causara cosquillas y, sobre todo, repelús).

El Hombre del Saco

Por si uno no tenía bastante con NO comerse un rosco, encima me empeñaba en empeorar la cosa para ligar

En fin, dado que mis virtudes anatómicas no tenían precisamente la belleza de un pavo real, tenía que espabilarme con otro tipo de virtudes. Como ya les relaté en un episodio anterior, a mí lo de tocar la guitarra con ojos apergaminados y voz melódica para embaucar a las chatis se me daba tan bien como a un cachalote montar en bicicleta, así que traté de pescar con otras redes y pensé en que tener una moto podría ser un buen imán para atraer a alguna a pesar de que mi aspecto la repeliese…, como todo imán que tiene dos polos, uno para atraer y otro para repeler.

En definitiva, que le insistí a mi padre ORTINorrinco en que me enseñara a montar en moto. Mi padre, conociendo mis virtudes para cualquier cosa manual y, sobre todo, consciente de mi proverbial torpeza se negó rotundamente a que pudiera tener entre mis piernas un arma de destrucción masiva…, ejem, perdón, para evitar dobles sentidos… para evitar tener entre mis manos un arma de destrucción masiva.

Dada la negativa paterna, como buen hijo, decidí intentarlo por otros medios y recurrí al amor materno-filial. Sí, al amor de madre. A ese amor de madre que hace que una buena mujer le lleve un vaso de agua a un gandul de 30 años a la cama para que no se levante por las noches; a ese amor de madre que hace que una buena mujer le pele una naranja a su chiquitín de 40 años; a ese amor de madre que obliga a su hijo de 60 años a taparse la boca con la bufanda cuando sale a la calle para que no se resfríe. Sí, a ese amor de madre que es independiente de la edad porque, para una madre, sus “niños y niñas” siempre serán sus “niños y niñas” independientemente de que éstos tengan 4, 20, 40 u 80 años.

En definitiva, que convencí a mi madre de que obligara mi padre a que me enseñara a montar en moto. Mi padre quiso evitar la catástrofe y argumentó que su honra estaba en juego y que de casa no se movía. Sin embargo, como las esas tiran más que dos carretas, al cabo de unas horas mi padre se había movido de su casa unos cuantos kilómetros a pesar de haberse jugado la honra.

En fin, un buen día de agosto, a pleno sol de las cinco de la tarde, por las huertas murcianas, allí iban un joven ORTINorrinco y su padre para realizar unas clandestinas prácticas de moto. Para ello contábamos con la Vespa 125 del año 1967 de un tío mío. Para mí aquello era un bicharraco que pesaba un quintal. Por si no lo recuerdan, la Vespa tenía el pedal del freno trasero sobre la base que servía de reposapiés, mientras que el freno delantero estaba en la mano derecha y con la izquierda se apretaba el embrague y girando el pomo del manillar hacia delante o hacia atrás se reducía o incrementaba de marchas.

Yo, como mucho, toda mi vida había montado en bicicleta así que el equilibrio para ir a dos ruedas lo tenía pero montar en moto es bastante diferente. La moto pesa más. En la bici aceleras a base de darle a las piernas, en la moto a base de girar muy, pero que muy, pero que muy, ligeramente el pomo de la maneta porque si lo giras bruscamente puedes verte de pronto boca arriba planchado en el suelo con la moto encima de ti y la cabeza abierta como un melón. Además, lo de las marchas, para mí, era un engorro. Mi padre me explicó concienzudamente lo de embragar…, aunque, personalmente, yo quería aprender a ir en moto para todo lo contrario, es decir, para ver si desembragaba algo, como todo buen adolescente descerebrado y salido.

Sin cascos ni nada, porque por aquella época lo de ponerse el casco estaba feo y todo el mundo quería ser visto con su moto para chulear, empezamos a practicar en un camino con escaso tráfico al margen del cual pasaba la acequia que regaba las huertas. Dos chavalines, jugaban tranquilamente a las canicas al margen del mismo. Yo iba sentado delante, conduciendo, y mi padre detrás, de paquete, dándome instrucciones pero, sobre todo, santiguándose, rezando y encomendándose a santos y vírgenes. Hice varios trayectos de ida y vuelta, con calma y sin prisa, sin pasar de segunda y tratando de hacerme con eso de las marchas. Pero poco a poco, me animé a darle pelín más de gas al tema e, incluso, llegué a meter la tercera. Los chavalines, que veían mi poco arte para manejar el trasto, cada vez que me acercaba, se apartaban, por si las moscas pero, viendo que mejoraba, me iban animando y diciendo que lo estaba haciendo cada vez mejor.

Sin embargo, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Y así fue…, casi, casi. En una de estas, yo ya lanzado a una vertiginosa velocidad de 40kms/h y a punto de meter la cuarta marcha, vi que, a lo lejos, venía un coche de frente. Mi padre me dijo que redujera. Yo, a pesar de calzar unas lanchas del 45, fui incapaz de encontrar el pedal del freno y miré hacia abajo a ver dónde puñetas se había metido el pedal. Un nada cariñoso: “¡FREEENAAAAAAAAAA!” de mi padre hizo que mirara hacia delante y dejara de buscar el freno. ¡El coche venía de frente! Los chiquillos estaban en el margen del camino. Intenté frenar con el freno delantero (es decir, con la maneta derecha), sin embargo, en lugar de frenar, apreté la maneta izquierda, o sea, el embrague, con lo cual la moto quedó libre y a escape y aún tomó más velocidad. Se acercaba el coche. Se acercaba la curva. Se acercaban los chavales (bueno, ellos estaban quietos, pero se acercaban igualmente).

Total, que no sé cómo lo hice pero conseguí pasar entre el coche y los chavales (que dejaron las canicas y se apartaron a tiempo de que me los llevara por delante). Eso sí, lo que no conseguí evitar fue la curva. Vamos, me la comí por la mitad. Digamos que si la curva hubiera sido un arco, yo fui la flecha. Y tanto que lo fui. Salí despedido por la curva.

Sin embargo, al parecer tengo algunas amistades entre los seres celestiales y la providencia quiso que el día anterior, en pleno mes de Agooooosto, hubiera caído la tormenta del siglo, con lo cual, la acequia que estaba al otro lado de la curva, en lugar de estar vacía, estaba a rebosar de agua.

En fin, recuerdo el coche pasar. Los chiquillos apartarse y, de repente, la moto se quedó sin base. Habíamos despegado del suelo. Me sentí como esa imagen de ET, en la que se ve la luna de fondo y al niño pedaleando en el aire mientras ET iba en la cesta. Salvo que, a mí, la Gravedad no me perdonó el intentar volar con una moto y mi padre no tenía los poderes de ET ni de lejos para mantenernos flotando. Recuerdo a mi padre gritar algo, no sé si de terror, mentando a mi padre (que era él mismo) o rezando un Padrenuestro. También recuerdo el ruido del motor que, al quedarse la rueda libre en el aire, sonaba “eeeeeennnnnnguenguenguenguennguén”. Finalmente, recuerdo el aterrizaje contra el agua de la acequia. Gracias a Dios, mucho más blandita que el suelo de hormigón sobre el que nos hubiéramos abierto la cabeza si no hubiera llovido el día anterior.

et

Por breves instantes, así me sentí ET…, quiero decir, ETéreo, ingrávido hasta que la gravedad casi hizo que me dejara los piños, la cabeza y el juicio

Ahí acabaron mis esperanzas de poder ligar con una moto para toda mi vida. Sacar la moto de la acequia nos costó hacer algo de submarinismo y pesas. Aunque lo más jodido, fue volver a casa a pata, empujando la moto y empapados como dos atunes recién sacados del agua. Mi padre, a pesar de que el talegazo fue de trending topic, se preocupó más por mi estado de salud que por el estado de la moto y se tomó con bastante paciencia tener que soportar oooootra más de mis variadas ineptitudes para realizar tareas manuales básicas, aunque supongo que a mi madre le diría esas tres palabras mágicas que pueden tocar más el orgullo que cualquier otras: “Te lo dije…, el niño nos salió torpe”.

En fin, que menos mal que uno, con el tiempo, fue desarrollando otro tipo de habilidades para conseguir encontrar novia y, finalmente, hasta me casé y todo.

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2 pensamientos en “La amoto

  1. Buenísima la anécdota,madre mia…no conocía tus habilidades moteras!!!ja,ja,ja…
    Suerte como tu dices que todo acabó bien…que sino hoy no estarias escribiendo!!!!

    feicidades de nuevo, me ha encantado!!!

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  2. Sí, jamás he vuelto a llevar algo con sólo dos ruedas. Bastantes accidentes ya hay en el mundo como para ir tentando a la suerte, que para eso tengo todos los boletos, je,je

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