Felipe Ortín

Escribidor


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El lenguaje

Saludos nuevamente a todos y a todas, queridos y queridas… (lo de queridas va sin segundas, ¡bastante tengo con manejar la “Central” como para abrir “Sucursales”!). Hoy vamos a hablar del lenguaje y…, la primera en la frente. Acabo de decir queridos y queridas. Mientras que la palabra queridos suena bien, es curiosa la connotación sexual que tiene la segunda y que ya no suena tan bien, ¿cierto?

Pues sí, vamos a hablar del Lenguaje, aprovechando nuevamente anécdotas de Idus de Julio, en concreto una frase que colé acerca del lenguaje político, definido por ser de verbo fácil, de rapidez de réplica, mínimo sentido del ridículo y sin creerse demasiado lo que él mismo político dice (aunque lo de verbo fácil a veces no es del todo cierto si recordamos algunas frases épicas: “es el alcalde el que quiere los que sean los vecinos el alcalde” o “somos sentimientos y tenemos seres humanos”…, eso sí, pronunciadas sin el más mínimo sentido del ridículo).

Pues lo dicho, que vamos a hablar de los diferentes tipos de lenguaje. Esta información la saqué de un libro titulado: “El arte de no complicarse la vida”, del Dr. Alfonso López Caballero (les recomiendo que se lo lean…, aparte de leerse Idus de Julio, claro está). Pues bien, el Dr. Alfonso López Caballero, describe tres tipos de lenguaje: el político, el clerical y el burocrático. Yo, además, añadiría el militar y el deportista. Vayamos por partes.

El lenguaje político consiste, básicamente, en hablar durante horas sin transmitir idea alguna constructiva, para ello, López Caballero lo demuestra con la siguiente tabla para construir un discurso político. Se empieza por la casilla en amarillo y luego se pasa, aleatoriamente, a una casilla de la segunda columna, luego a la tercera y luego a la cuarta para volver a escoger cualquier casilla de la primera columna. Pruébenlo y tendrán más de 10.000 combinaciones para lograr emular a Fidel Castro y pegarse 8 horas seguidas hablando sin parar sin decir nada:

Discurso

Tabla de obligatorio conocimiento para las oposiciones a político…, ¡ah, no! Que para ser político no hace falta tener estudios, basta con ser un patán cualquiera.

Lo dicho, tras haber hecho unos entrenamientos de logopedia, lectura rápida, cuatro clases de teatro para vencer el pánico escénico y entrenamiento mental para que todo les importe un bledo y se lo pasen por el forro, ustedes estarán perfectamente capacitados para representar a cualquier partido político…, total, peor no nos iba a ir. Se lo aseguro.

En cuanto al lenguaje clerical, López Caballero lo plantea como diplomacia barata macerada en agua bendita y muy útil para no expresar lo que uno realmente piensa. Se basa en tópicos y frases hechas que recurren al espíritu evangélico o al ánimo sereno. La norma principal es jamás decir lo que realmente se piensa sino lo que hay que decir, con un tono ecuánime y bondadoso. Por supuesto, los gestos deben ser suaves y las manos deben moverse sin que la trayectoria de las mismas salga del perímetro del estómago. Y, sobre todo, las ideas expuestas son indiscutibles y están por encima del Bien y del Mal ya que uno representa la Verdad Absoluta. Y en caso de preguntas incómodas, siempre se puede recurrir a frases vacuas y evasivas para no responder, del tipo: “Los caminos del Señor son inescrutables”, con lo cual, uno se queda más ancho que Pancho y tan Santa Pascuas, nunca mejor dicho.

El lenguaje burocrático administrativo, por su parte, mantiene las distancias con el interlocutor y está a la permanente defensiva. La respuesta siempre debe ser por escrito para poder escoger los términos adecuados y no pillarse los dedos, utilizando vocablos cultos  para que el burócrata se coloque siempre por encima del demandante y que éste sea incapaz de comprender los términos en el que le interpelan (¿han tratado alguna vez de leerse la letra pequeña de cualquier contrato? Y si lo han hecho, ¿han logrado entender algo?). Los tecnicismos deben emplearse con carácter retórico, arcaico y jurídico; con frases extremadamente largas con una construcción gramatical que no respete las concordancias de manera que el demandante sea incapaz de poder entender lo que lee y, lo peor de todo, recurrir en caso de incumplimiento por parte de la Administración. En definitiva, que si ustedes van a realizar cualquier trámite burocrático les recomiendo lo siguiente:

  1. Procuren no ir a ninguna oficina de la Administración Pública entre las 8.00 de la mañana y las 14.00 horas…, sí ya sé que ese es el horario oficial pero resulta que coincide con el margen horario en el cual los funcionarios se van a desayunar y siempre habrá menos personal para atenderlos. De hecho, les recomiendo, directamente, por su salud, que jamás vayan a ninguna oficina de la Administración Pública.
  2. En caso de no tener más remedio que ir, tómense una tila antes de ir. Comprueben que llevan un buen libro para matar el aburrimiento de la cola (a poder ser Idus de Julio). La lupa en el bolsillo para leer la letra pequeña.
  3. Absténganse de llevar objetos punzantes, guantes de boxeo o cualquier otro elemento que pueda ser utilizado para desahogar su frustración con el funcionario de turno.
  4. Procure que las oficinas estén en una planta baja. Así evitarán la tentación de tirarse por el balcón.

En definitiva, para luchar contra la Administración, empresas de Telefonía, Aseguradoras y grandes compañías, ¡jártense de paciencia!

Hasta aquí las ideas de López Caballero. Como he dicho antes, yo añadiría dos tipos de lenguaje más: el militar y el deportista.

El militar, creo que consiste, básicamente, en berrear a grito pelado, a poder ser lo más cerca de nuestro interlocutor para que le llegue bien nuestro aliento a ajo y reventarle los tímpanos. La intención parece ser que es la de humillar, modelar y quitarle las ganas a nuestro interlocutor de que haga cualquier cosa que no le ordenemos y que nos obedezca sin rechistar, llegando a creer que nuestros deseos son órdenes. Aunque yo, particularmente, no tengo ni datos ni he hecho ningún estudio, mi experiencia más cercana tuvo lugar en el Palacio de Buckingham, cuando le pregunté a una de esos soldados-estatua que van vestidas de rojo con el gorro ese en plan tupé hacia arriba que dónde estaba la entrada del palacio. El tipo me respondió con tremendo y enérgico vozarrón. Por la fuerza de sus palabras, y antes de que mi mente las tradujera del inglés al castellano, mi primer impulso fue el de tirarme al suelo para ponerme a hacer cientos de flexiones sobre un charco de barro y contestarle: “¡Yes, sir, yes!”. Menos mal que mi cerebro fue rápido y tradujo rápidamente sus palabras: “torrecto parriba y  y luego dos pala derecha, mister”.

Guardia real

Yo ya me veía en plan oficial y caballero, haciendo flexiones, mascando barro y mascullando: “Susordenes misargento… ep, aró, ep, aró, ep, aró”

Del lenguaje deportista, tenemos multitud de ejemplos. Suele ser frases entrecortadas por los jadeos, porque las declaraciones siempre se hacen al finalizar los partidos sudando a chorros y sin sangre en la cabeza por lo que el sujeto interpelado no usa ni sujeto ni predicado, abunda en adjetivos, como “mucho”, “mejores”, “difícil”, tratando de remarcar siempre que el partido ha sido complicado aunque al rival le hayamos metido quince, de manera que quedemos cómo héroes a sabiendas que el contrario era un matado. Por supuesto, las frases y declaraciones siempre se repiten partido a partido y puede tirarse de hemeroteca para repetir las mismas declaraciones que hicimos la semana pasada (tampoco hace falta retroceder mucho en el tiempo). De esta manera, las publicaciones deportivas podrán salir a rotativa diariamente de manera que el público masculino tenga su propia “prensa rosa”, al igual que el femenino puede gozar del “Hola” o el “Pronto”.

En definitiva, que el lenguaje nos hizo evolucionar como especie desde que los primeros monos se bajaron de los árboles y utilizaron las palabras “Uuuuff” y “Uggg” para definir “orinar” y “defecar”, respectivamente. Y, hoy en día, hemos desarrollado de tal manera esa forma de comunicarnos y expresarnos que, incluso, hay especímenes que llegan a publicar ciertas novelas, como, por ejemplo, Idus de Julio. Un ejercicio de prosa y glosa del lenguaje castellano. No se la pierdan.

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La amoto

Buenas y tal, ya no me enrollo más en saludar…, ¡chacho!, qué cansino repetir lo mismo cada tres semanas.

En fin, vuelvo hoy con una nueva historieta del ORTINorrinco, ese ser que no es un ser y que no puede ser pero que, desgraciadamente, es. Y esta vez, relataremos una historia de su adolescencia. Sí, porque como buen, ORTINorrinco que soy, antes de madurar (como higo que cae de la higuera antes de espachurrarse contra el suelo) uno fue adolescente. Y como buen adolescente, uno tenía las tonterías propias de la edad. Tonterías  desde el punto de vista de un adulto, por supuesto, pero que, en aquel entonces eran cosas de importancia vital.

Y para mí, con 14/15 años, lo más vital era conseguir novia a toda costa. Misión casi imposible por aquella época pues uno no era más que un saco de huesos provisto de un enorme cabezón, gafas de culo de botella, aparato buco-dental y una horrorosa pelusa a modo de bigote capaz de espantar a la más pintada (o sin pintar, el maquillaje me daba igual con tal de conseguir pillar cacho y dar un beso…, aunque la pelusa de mis morros causara cosquillas y, sobre todo, repelús).

El Hombre del Saco

Por si uno no tenía bastante con NO comerse un rosco, encima me empeñaba en empeorar la cosa para ligar

En fin, dado que mis virtudes anatómicas no tenían precisamente la belleza de un pavo real, tenía que espabilarme con otro tipo de virtudes. Como ya les relaté en un episodio anterior, a mí lo de tocar la guitarra con ojos apergaminados y voz melódica para embaucar a las chatis se me daba tan bien como a un cachalote montar en bicicleta, así que traté de pescar con otras redes y pensé en que tener una moto podría ser un buen imán para atraer a alguna a pesar de que mi aspecto la repeliese…, como todo imán que tiene dos polos, uno para atraer y otro para repeler.

En definitiva, que le insistí a mi padre ORTINorrinco en que me enseñara a montar en moto. Mi padre, conociendo mis virtudes para cualquier cosa manual y, sobre todo, consciente de mi proverbial torpeza se negó rotundamente a que pudiera tener entre mis piernas un arma de destrucción masiva…, ejem, perdón, para evitar dobles sentidos… para evitar tener entre mis manos un arma de destrucción masiva.

Dada la negativa paterna, como buen hijo, decidí intentarlo por otros medios y recurrí al amor materno-filial. Sí, al amor de madre. A ese amor de madre que hace que una buena mujer le lleve un vaso de agua a un gandul de 30 años a la cama para que no se levante por las noches; a ese amor de madre que hace que una buena mujer le pele una naranja a su chiquitín de 40 años; a ese amor de madre que obliga a su hijo de 60 años a taparse la boca con la bufanda cuando sale a la calle para que no se resfríe. Sí, a ese amor de madre que es independiente de la edad porque, para una madre, sus “niños y niñas” siempre serán sus “niños y niñas” independientemente de que éstos tengan 4, 20, 40 u 80 años.

En definitiva, que convencí a mi madre de que obligara mi padre a que me enseñara a montar en moto. Mi padre quiso evitar la catástrofe y argumentó que su honra estaba en juego y que de casa no se movía. Sin embargo, como las esas tiran más que dos carretas, al cabo de unas horas mi padre se había movido de su casa unos cuantos kilómetros a pesar de haberse jugado la honra.

En fin, un buen día de agosto, a pleno sol de las cinco de la tarde, por las huertas murcianas, allí iban un joven ORTINorrinco y su padre para realizar unas clandestinas prácticas de moto. Para ello contábamos con la Vespa 125 del año 1967 de un tío mío. Para mí aquello era un bicharraco que pesaba un quintal. Por si no lo recuerdan, la Vespa tenía el pedal del freno trasero sobre la base que servía de reposapiés, mientras que el freno delantero estaba en la mano derecha y con la izquierda se apretaba el embrague y girando el pomo del manillar hacia delante o hacia atrás se reducía o incrementaba de marchas.

Yo, como mucho, toda mi vida había montado en bicicleta así que el equilibrio para ir a dos ruedas lo tenía pero montar en moto es bastante diferente. La moto pesa más. En la bici aceleras a base de darle a las piernas, en la moto a base de girar muy, pero que muy, pero que muy, ligeramente el pomo de la maneta porque si lo giras bruscamente puedes verte de pronto boca arriba planchado en el suelo con la moto encima de ti y la cabeza abierta como un melón. Además, lo de las marchas, para mí, era un engorro. Mi padre me explicó concienzudamente lo de embragar…, aunque, personalmente, yo quería aprender a ir en moto para todo lo contrario, es decir, para ver si desembragaba algo, como todo buen adolescente descerebrado y salido.

Sin cascos ni nada, porque por aquella época lo de ponerse el casco estaba feo y todo el mundo quería ser visto con su moto para chulear, empezamos a practicar en un camino con escaso tráfico al margen del cual pasaba la acequia que regaba las huertas. Dos chavalines, jugaban tranquilamente a las canicas al margen del mismo. Yo iba sentado delante, conduciendo, y mi padre detrás, de paquete, dándome instrucciones pero, sobre todo, santiguándose, rezando y encomendándose a santos y vírgenes. Hice varios trayectos de ida y vuelta, con calma y sin prisa, sin pasar de segunda y tratando de hacerme con eso de las marchas. Pero poco a poco, me animé a darle pelín más de gas al tema e, incluso, llegué a meter la tercera. Los chavalines, que veían mi poco arte para manejar el trasto, cada vez que me acercaba, se apartaban, por si las moscas pero, viendo que mejoraba, me iban animando y diciendo que lo estaba haciendo cada vez mejor.

Sin embargo, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Y así fue…, casi, casi. En una de estas, yo ya lanzado a una vertiginosa velocidad de 40kms/h y a punto de meter la cuarta marcha, vi que, a lo lejos, venía un coche de frente. Mi padre me dijo que redujera. Yo, a pesar de calzar unas lanchas del 45, fui incapaz de encontrar el pedal del freno y miré hacia abajo a ver dónde puñetas se había metido el pedal. Un nada cariñoso: “¡FREEENAAAAAAAAAA!” de mi padre hizo que mirara hacia delante y dejara de buscar el freno. ¡El coche venía de frente! Los chiquillos estaban en el margen del camino. Intenté frenar con el freno delantero (es decir, con la maneta derecha), sin embargo, en lugar de frenar, apreté la maneta izquierda, o sea, el embrague, con lo cual la moto quedó libre y a escape y aún tomó más velocidad. Se acercaba el coche. Se acercaba la curva. Se acercaban los chavales (bueno, ellos estaban quietos, pero se acercaban igualmente).

Total, que no sé cómo lo hice pero conseguí pasar entre el coche y los chavales (que dejaron las canicas y se apartaron a tiempo de que me los llevara por delante). Eso sí, lo que no conseguí evitar fue la curva. Vamos, me la comí por la mitad. Digamos que si la curva hubiera sido un arco, yo fui la flecha. Y tanto que lo fui. Salí despedido por la curva.

Sin embargo, al parecer tengo algunas amistades entre los seres celestiales y la providencia quiso que el día anterior, en pleno mes de Agooooosto, hubiera caído la tormenta del siglo, con lo cual, la acequia que estaba al otro lado de la curva, en lugar de estar vacía, estaba a rebosar de agua.

En fin, recuerdo el coche pasar. Los chiquillos apartarse y, de repente, la moto se quedó sin base. Habíamos despegado del suelo. Me sentí como esa imagen de ET, en la que se ve la luna de fondo y al niño pedaleando en el aire mientras ET iba en la cesta. Salvo que, a mí, la Gravedad no me perdonó el intentar volar con una moto y mi padre no tenía los poderes de ET ni de lejos para mantenernos flotando. Recuerdo a mi padre gritar algo, no sé si de terror, mentando a mi padre (que era él mismo) o rezando un Padrenuestro. También recuerdo el ruido del motor que, al quedarse la rueda libre en el aire, sonaba “eeeeeennnnnnguenguenguenguennguén”. Finalmente, recuerdo el aterrizaje contra el agua de la acequia. Gracias a Dios, mucho más blandita que el suelo de hormigón sobre el que nos hubiéramos abierto la cabeza si no hubiera llovido el día anterior.

et

Por breves instantes, así me sentí ET…, quiero decir, ETéreo, ingrávido hasta que la gravedad casi hizo que me dejara los piños, la cabeza y el juicio

Ahí acabaron mis esperanzas de poder ligar con una moto para toda mi vida. Sacar la moto de la acequia nos costó hacer algo de submarinismo y pesas. Aunque lo más jodido, fue volver a casa a pata, empujando la moto y empapados como dos atunes recién sacados del agua. Mi padre, a pesar de que el talegazo fue de trending topic, se preocupó más por mi estado de salud que por el estado de la moto y se tomó con bastante paciencia tener que soportar oooootra más de mis variadas ineptitudes para realizar tareas manuales básicas, aunque supongo que a mi madre le diría esas tres palabras mágicas que pueden tocar más el orgullo que cualquier otras: “Te lo dije…, el niño nos salió torpe”.

En fin, que menos mal que uno, con el tiempo, fue desarrollando otro tipo de habilidades para conseguir encontrar novia y, finalmente, hasta me casé y todo.


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El Principio de Incertidumbre

Como hoy voy a hablarles de incertidumbres, déjenme que dude entre saludarlos o no y entrar directamente en materia porque hoy vengo a contarles otra de esas anécdotas que colé en Idus de Julio, así como quién no quiere la cosa, para que no se me quedara en un ridículo panfleto de 15 páginas, en lugar de las 300 que, para su suerte o desgracia, tiene la novela.

Pues sí, porque en uno de los párrafos de la novela, como buen ingeniero que soy, nombré el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, tan famoso en el mundo de la física como posiblemente desconocido en los vestuarios de los campos de fútbol de primera división. Vamos, que quiero decir que mucha gente tendrá un poster de Messi o Cristiano Ronaldo colgado de las paredes de sus cuartos pero dudo que haya posters de Heisenberg u otros científicos esperando a ser admirados por jóvenes chavales (salvo que te llames Sheldon Cooper o el típico poster de Einstein sonriente, con los pelos locos despeinados y sacando la lengua). En fin, que tal vez otro gallo nos cantaría si en lugar de coleccionar los cromos de la liga, los chavales coleccionaran álbumes de científicos y científicas famosos. Sería emocionante ver a los críos cantando aquello de: “sile, sile, sile, sile, nole… te cambio a Rosalind Franklin por Hipatia”. ¡Joer, lloraría de verlo!

EINSTIENPues bien, para su conocimiento, el Principio de Incertidumbre viene a explicar, con un mogollón que te cagas de fórmulas incomprensibles, que se puede determinar la posición de una partícula pero no su velocidad y a la inversa, podemos saber su velocidad pero no su posición. Para poner un ejemplo sencillo, imaginemos que tenemos una mosca cojonera, de esas que zumban molestamente, dando vueltas en círculos alrededor de nuestra cabeza a tal velocidad que no podemos verla y queremos saber dónde está. Para ello, tendremos que utilizar algún tipo de método que nos permita localizarla como, por ejemplo, poner una sustancia que pueda ser afectada por su paso de manera que podamos determinar su posición.

Pero, al hacer esto, posiblemente ralentizaremos la velocidad de la mosca, con lo cual, sabremos dónde está pero no a la velocidad a la que iba. Es decir, Heisenberg viene a decir, a grosso modo, que cuando se llevan a cabo mediciones, el observador altera el entorno y por tanto, las medidas. Por ejemplo, cuando nos tomamos la temperatura, el propio termómetro tiene una temperatura diferente a la de nuestro cuerpo, con lo cual, en cuanto ambas superficies entran en contacto, alteramos la temperatura de nuestro cuerpo antes de tomar la temperatura del mismo con lo cual nunca sabremos, exactamente, a qué temperatura estábamos. Suena a trabalenguas y a Perogrullo pero parece ser que es cierto. Eso sí, independientemente de lo anterior, si van al médico y les quiere tomar la temperatura, solicítenle siempre que se la tome en la zona axilar, evitando ano y lengua por razones obvias relacionadas con el Principio de Incertidumbre…, la Incertidumbre de saber dónde se ha metido el anterior paciente el termómetro y qué rancio sabor puede llegar a tener el termómetro.

Por otra parte, aunque no está documentado históricamente, el nombre de la teoría parece ser que se le ocurrió a Heissenberg un buen día en que su señora parienta le hizo la siguiente pregunta, como buena alemana de cerrado acento teutón: “Carrriñennn, ¿vamos a las rrrebajen del Ikea?”. Al parecer a Heissenberg le empezaron a hervir los átomos de su cuerpo, empezó a tener sudores fríos de pura física cuántica y los electrones que circulaban por sus neuronas entraron en la Incertidumbre de, o cortarse las venas o de saltar por el balcón, ya que, al parecer aquello atentaba contra sus Principios. Aunque también se ve que Heissenberg le replicó algo así como que él quería ver el fútbol y su señora también tuvo la Incertidumbre de, o arrancarle la cabeza o mandarlo a dormir al sofá. Lo dicho, que la cosa no está documentada históricamente pero es posible que por ahí fueran los tiros.

principio incertidumbre

Independientemente de lo anterior, yo no termino de creerme que podamos saber la posición de una cosa pero no su velocidad o, viceversa, que podamos saber su velocidad pero no su posición. Porque creo que hay casos en que se puede saber perfectamente la velocidad y la posición de las cosas, si no, que le pregunten a Fernando Alonso y verás como manda al cuerno a Heissenberg pues, últimamente, su velocidad es cero y su posición está en el box de Mc Laren, quieto-parao. Es decir, sabemos dónde está y a qué velocidad va.

Aunque también es cierto que Heissenberg atina en otros aspectos. Por ejemplo, cuando vas a realizar trámites a la Administración Pública pueden ocurrir dos cosas:

Si sabes la posición del funcionario (después que éste haya salido a desayunar) y logras hablar con él (después de haberte recorrido una docena de ventanillas), nunca sabrás a qué velocidad se resolverán tus trámites. Igual se aparece la Virgen y resuelves tus problemas en un santiamén o pueden pasar años hasta que lo soluciones.

Si no sabes la posición del funcionario (por más ventanillas que recorras), ya puedes saber a ciencia cierta que tus trámites se resolverán a una velocidad tan extremadamente lenta que se aproximará a un valor de cero.

Vamos, un genio este Heissenberg. En física cuántica no sé, pero, en este aspecto, la clavó.

Aunque, realmente, para genios, genios. No hay nadie como Murphy. Sí, sí. Ese sí que es un científico empírico con sus famosas leyes. Seguramente Heissenberg probaría en sus propias carnes las leyes de Murphy, como, por ejemplo, la Ley de Trabajo en el Laboratorio, esa que dice: “el vidrio caliente tiene la misma apariencia que el vidrio frio”. Por cierto, ley perfectamente aplicable a la puta cafetera metálica con la que me quemo los dedos por las mañanas.

De Murphy hay que decir, que tienes verdaderas Leyes, Axiomas y Corolarios que son irrefutables y para muestra unos botones:

LEY DE WELLINGTON SOBRE LA AUTORIDAD: La crema sube a la superficie. La mierda, también. (No hace falta ni demostrar esta ley)

LEY DE LA MENTIRA: No importa la frecuencia con la que se demuestre que una mentira es falsa. Siempre habrá cierto porcentaje de gente que crea que es verdad. (Como este artículo, seguro que hay gente que se lo cree)

LEY DE NEVERS SOBRE EL DEBATE: Dos monólogos no constituyen un diálogo. (¿Han visto alguna vez el Debate del Estado de la Nación?)

LEY DE LIEBERMAN: Todo el mundo miente pero no importa porque nadie escucha. (Ni lee, de hecho…, ¿siguen ahí?)

LEY DE KLIPSTEIN: Cualquier cable cortado a la medida exacta, será demasiado corto. (Esta ley ha conseguido hacerme hervir la sangre más de una vez)

LEY DE YOUNG: Cualquier objeto inanimado puede moverse lo suficiente como para estorbar. (Y ésta me ha generado moratones inesperados)

LEY DE KEOPS: No hay nada que no se salga del presupuesto y que se termine en los plazos previstos (y Kefren y Micerinos no aprendieron y repitieron la cagada, de hecho se murieron de esperar a que les acabaran sus propias pirámides)

COROLARIO DE JOHN: Para conseguir un crédito, lo primero que hay que demostrar es que no lo necesita. (Ustedes lo saben perfectamente, ¿verdad?)

LEY DE LA CONSTRUCCIÓN: Córtelo grande. Encájelo a patadas. (Este es una de mis leyes preferidas)

LEY DE PAUL: Es imposible caerse del suelo. (No termino de creérmela. A veces me he caído incluso del suelo)

AXIOMA DE CAHN: Cuando todo falle, lea las instrucciones. (Si las resumieran y las escribieran con letras más grandes, igual alguien se leía primero las instrucciones)

REGLA DE SUTIN: De todas las cosas que se pueden hacer con un ordenador, las más inútiles, son las más divertidas. (Cierto)

Tabla de excusas

LEY DE FULTON SOBRE LA GRAVEDAD: El esfuerzo para coger al vuelo algo que se pueda romper producirá un desastre mayor que dejarlo caer. (Yo he conseguido generar el apocalipsis por evitar que una copa de vino cayera sobre una mesa repleta de comensales)

AXIOMA DE COLE: La cantidad total de inteligencia en el planeta Tierra permanece constante. La población, sin embargo, sigue aumentando. (¡Mamones!, ¿dónde está mi parte?)

LEY DE WITZLING SOBRE LOS HIJOS: Su hijo/a tímido e introvertido escogerá un lugar público y lleno de gente para probar, a grito pelado, su nuevo vocabulario: coño, joder, puta, etc… (conseguí ruborizar a mi madre varias veces)

REGLA DE MARX SOBRE LA POLÍTICA: En cuanto se hacen ricos, se vuelven conservadores. (¡Mierda! Entonces sigo siendo un jodido y pobretón liberal)

REGLA DE LA POLÍTICA: La verdad, varía. (Siempre hay más de un punto de vista o suficiente Alzheimer para olvidar lo que dijiste una vez, como bien reza el refrán: Donde dije digo, digo Diego)

En fin, después de leer todas estas leyes, no me dirán ustedes que el Murphy ese no era un genio y más divertido, sobre todo, que Heisenberg y su Principio de Incertidumbre. Eso sí, jamás tengan ustedes la Incertidumbre de escoger entre Idus de Julio u otra novela, ya les doy yo la certidumbre de que, Idus de Julio, es cojonuda.

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Mi primera vez.

Hola otra vez a mis calenturientos lectores que, hoy, visitarán mi blosss con la libidinosa idea de averiguar cómo fue “mi primera vez”. Pero no, lamento defraudarles, no se trata de una historia de sexo, queridos salidillos míos, se trata de “mi primera vez” como bailarín sobre un escenario.

Ya les digo yo, como ORTINorrinco, que la vida sexual de mis congéneres no tiene nada que ver con la de ustedes, los Homos Sapiens, ya que nosotros, los ORTINorrincos, nos reproducimos por huevos, por no decir que por cojones o porque nos da la gana, como cualquier otra especie de mamíferos del planeta. Aunque, por si aún sienten curiosidad, mi primera vez podría resumirse en dos frases: “Ya tá”, y la consecuente respuesta: “¿Cómo que ya tá?” (pronunciada con incredulidad, sorpresa, cejas arqueadas y cara de “en esta casa el plato no se deja a medias y te lo vas a terminar de comer todo”…)

Pero no. Esta es una historia de baile. Como recordarán en una entrada anterior de este mismo blosss, “Una cadera sin ritmo”, ya les expliqué cómo mi mujer logró arrastrar mis ochenta y cuatro kilos de carne y docenas de reproches  hasta la escuela Bailongu de Barcelona y liarme para aprender, nada más y nada menos, que el grácil y femenino Bollywood.

Aún sigo increíblemente anonadado de cómo llegué hasta aquel punto. ¡En la vida imaginé que un jamelgo como yo pudiera llegar a bailar Bollywood!

Pues bien, tras varios meses de ensayos; durante los cuales transcurrieron bastantes: aperitivos, tapitas, cañas de cerveza y, básicamente, quince clases y algún que otro ataque de lumbago; se suponía que había una actuación en público para enseñar al mundo lo mucho que habíamos aprendido.

Pues bien, de suposición se pasó a confirmación. Tendríamos actuación en un teatro, con público, escenario, bambalinas y todo eso. Esto implicaba que mis amigos podrían venir a verme bailar Bollywood y reírse de… mi/me/conmigo… según eligieran el pronominal.

Llegado el día, mi mujer y yo empezamos ese sábado preparándonos para estar presentables para la representación. Para comenzar; mientras ella se duchaba, secaba, planchaba el pelo, peinaba y todos los “abas” más que cualquier ORTINorrinca realiza en el lavabo con esa cantidad ingente de potes de lociones y colores diferentes, de los cuales ningún ORTINorrinco se atrevería a identificar alguno y en cuyo caso sólo identificaríamos, a duras penas, el que pone “jabón”; yo me dedicaba a realizar una poda exhaustiva del vello de mi cuerpo (no confundir con el bello de mi cuerpo)

Sí, ¿qué pasa? Resulta que mi atuendo se componía de pantalón bombacho y chaleco (monísimo) y tenía que bailar a “pecho descubierto” y descalzo. Dado que los hindúes son lampiños, para dar el pego y de paso no quedar como un guarro, tenía que podar un poco la mata de pelo de las siguientes partes de mi anatomía ORTINorrinquil. Véase: el empeine de los pies, los dedos de los pies, rebajar un poco los pelos de la barriga, pecho y el mato-grosso de los sobacos…, desagradable ¿verdad? Pues díganselo al lavabo que no vean cómo quedó. Un asquito, oiga. Bueno, si estaban comiendo o tenían ganas de ello, se les acaban de quitar. Eso sin contar una depilación concienzuda de cejas para evitar la famosa ceja Macario o Unicej y el afeitado apurado que te deja la Gillete.

Total, toda la mañana entretenidos entre poda, duchas, preparar ropas y algo de nervios. Para comer, lo que había en la nevera, algo ligerito: un potaje adelgazante con propiedades diuréticas que tomaba mi señora ORTINorrinca (que tendría efectos posteriores) y un trozo de pescado a la plancha. ¡Hala! Siesta y para el teatro a ensayar antes de la representación.

A la entrada nos esperaban los organizadores y, para tener acceso libre y no confundirnos con nadie, nos dieron una tarjetita para colgar en el cuello que ponía: “ARTISTA”. ¡Coño! ¡Qué ilusión! Me habían llamado muchas cosas en mi vida pero, ¿artista? ¡Sólo faltaba que me dieran el Oscar nada más llegar! Total, andandito para los camerinos. Antes, primera parada técnica en el baño de “CABALLEROS” para la primera meada de la tarde… ¡jo, con el potaje diurético! Entre eso y los nervios, ¡qué tarde de micciones!

Aparte de nosotros, también actuaban otros diecisiete grupos de distintos bailes: Danza del Vientre, Bollywood, Cabaret y Stripdance… como su propio nombre indica, todas danzas típicas másculinas, ¿o no? Resumiendo, que yo era el único macho entre más de cien mujeres…, ¡en camerinos Unisex! Ni en mis sueños he tenido jamás semejante harén. Digamos que nunca había visto tanta lencería femenina junta al mismo tiempo, al menos, puesta en su “sitio”, y algún otro “sitio” que se escapó de alguna lencería…, aunque bueno, yo también tuve que enseñar mi culo peludo (aquí no hubo poda) para cambiarme de pantalones, así que: empate.

Como era el único chico entre tanta damisela, cuando me paseaba por el camerino me miraban con extrañeza, como si me hubiera perdido y aquél no fuera mi sitio; pero menos mal que llevaba mi tarjetita de “ARTISTA” que justificaba mi presencia masculina.

La actuación comenzaba a las ocho de la tarde pero para ir ensayando teníamos que estar a las cinco. Ya comenzaba el trajín de los distintos grupos. Todas las chicas se iban arreglando, sesión de maquillaje, vestidos, abalorios varios, y a mí también me tocó mi parte: raya en el ojo, no vean lo que molesta, y rimmel en mis preciosas pestañas para que destacaran bien mis miopes ojos… quedé un tanto bastante “femenina”, pero bueno, uno ya está curado de espanto porque siendo un ORTINorrinco oriundo de Tenerife, con los Carnavales ya estoy  acostumbrado a esto de disfrazarse.

Después, un par más de visitas al lavabo de “CABALLEROS”, debido a la incontinencia urinaria de los nervios y el potaje diurético. El lavabo de “CABALLEROS” ya no era tal pues, ya que yo era el único ORTINorrinco que actuaba, las señoritas se habían apropiado de él para maquillarse y ponerse guapas. Así que sólo sabía que estaba en el lavabo de “CABALLEROS” por la existencia de urinarios, elemento que no se haya disponible en el de “DAMAS”. En fin, que a veces no sabía en qué baño hacerlo o si tenía que hacerlo de pie o sentado.

Grupo por grupo fuimos ensayando. Nos tocaba. Primer susto: resulta que el escenario era inclinado para que se vean bien a los bailarines de atrás. ¿Pa´ qué quieren que se me vea más? ¡¡Si les saco una cabeza a todas!! ¡Mierda! Acostumbrado a bailar en plano, aquella inclinación ya me dio mal rollito. Además, pisar las tablas del escenario impone y pone nervioso. ¡Cuánta gente me iba a mirar! Dado que era el único ORTINorrinco macho que iba actuar estaba claro que el público pondría mucha atención en mi estampa. Total, sólo de los nervios del ensayo delante de las demás “ARTISTAS” tuve que volver a lavabo de “CABALLEROS/DAMAS”.

Bolly

El inicio se acercaba así como aumentaban el ambientazo entre bambalinas, la tensión, los ensayos por los pasillos de los pasos más difíciles y mis visitas al lavabo, que ya incluían saludos a las chicas: “qué guapa estás”, “qué bien te queda esto”, “tú también”, “gracias”, “¿qué tal todo?…”  “por aquí me ando meando”. En definitiva, estar detrás de un escenario es una sensación que hay que vivirla.

Por fin, la hora del espectáculo. Entra el público. La mayoría son amigos de los que actúan con lo cual el lanzamiento de tomates a los actuantes queda descartado, ¡uf! Aquello se va llenando, así a ojo de buen cubero, unos 5.000 espectadores. Según la guardia urbana 20 espectadores y según el partido político que opine, entre 10 y 50.000 espectadores. Pero yo creo que habría unas 200 personas, entre individuos y seres humanos.

Suena el primer aviso. Cinco minutos. Segundo aviso. Dos minutos y las luces se atenúan. Tercer aviso. Se apagan las luces.

Primera actuación. Fantástica. Segunda actuación. Impresionante. Tercera actuación. Qué bien bailan las de la danza del vientre… y qué buenas están algunas… todo hay que decirlo. Cuarta actuación. ¡Coño! ¿Y esta sensación? Tengo acidez en el estómago, cosquilleos en los pies y se me están poniendo rígidos los brazos… ¡AAAAAH! ¡¡¡¡Estoy NERVIOSO!!!!! Por supuesto, tengo que ir al baño urgentemente, ya no miro cual es el mío.

Somos los séptimos. ¡Hay que relajarse! Sale el sexto grupo. “Nosotras” nos ponemos en posición en los laterales del escenario, preparadas para salir. Movimientos de relajación. Respiración profunda. Control mental de los esfínteres, delantero y trasero, ¡uf!,¡ uf!, respira hondo. Nos toca. Allá vamos, no hay vuelta atrás.

Salimos de manera que el público queda a nuestra derecha. Vamos con las manos juntas delante del pecho, como si lleváramos pétalos de flores (ya he dicho que le baile es muy femenino). Comienza la música. Tres pasos p’alante. Ahora giramos y nos ponemos de frente al público. La música sigue sonando, na, nana, na, na, nana… al girar ves UN MONTÓN DE CABEZA QUE TE MIRAN… ¡joder qué nervios! Sonríe, pienso. Tarareo la música para seguir los pasos y relajarme. Ahora nos arrodillamos, tiramos las “flores ficticias” que llevamos en las manos hacia el cielo. Giro grácil y femenino de muñecas, nos abrimos de patas, rodilla derecha hacia delante y pie izquierdo hacia atrás. Sigo la música y sigo sonriendo de oreja a oreja. Por ahora todo bien.

Hacemos varios pasos sentados que consisten en recoger las flores con el brazo derecho, levantarlo, recoger más flores con la mano izquierda y levantarlo con el otro. Después caen abiertos con los dedos de las manos en posición extraña. Giramos. Un par de pasos más, gráciles, coquetones y muy femeninos… lo bordo. Nos volvemos a poner de rodillas y toca desmayarse dos veces, en plan soponcio, para cada lado. Esta parte me sale muy bien… y muy, muy,… muy poco masculina, por decir algo.

Una serie de pasos más en suelo, en los que se pinta un círculo en el suelo, te tapas un ojo, te lo pintas y te pones una traba de pelo. Después, siguiendo el ritmo de la música (por fin parece que lo he encontrado) nos vamos levantando uno a uno. Es un momento crítico, porque nada más levantarse hay que cruzar los pies, levantar un brazo y dejar el otro abajo, mientras nos miramos los pies. ¡Tachán! Me toca. Lo hago. ¡Bien!, pensé que no me saldría. Hay que mantener la pose cuatro tiempos y después hacer lo mismo cruzando los pies hacia el otro lado.

Momento de pánico. Hasta aquí iba bien, pero al cambiar de pose, el puñetero suelo inclinado (ya dije que me daba mal rollito) me traiciona y casi me caigo. La sonrisa ya no es sonrisa, se convierte en un apretar de dientes que hace que mis orejas casi se junte a través del esfuerzo que estoy haciendo con la boca, es un gesto de fuerza por mantener la pose cuatro tiempos, ññññññññññññ, “aguanta coño que como te caigas, chiquita vergüenza”. La sonrisa sigue forzada, mis músculos de los pies están en tensión, las nalgas apretadas, y las uñas de los dedos de los pies se aferran al suelo como las garras del águila de Félix Rodríguez de la Fuente a aquella infortunada cabra montesa.

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Los cuatro tiempos me parecen eternos y he perdido el hilo de la música. Entonces veo que las “compis” empiezan a girar. ¡Puñetas! Que llego tarde al paso…, y empiezo a girar yo también. ¡Ufffff! He salvado la situación. Me recompongo y conseguimos finalizar la actuación sin que nadie se entere del sufrimiento padecido… Al final se apagan las luces yyyyy… sorpresa… suenan aplausos… ¡Jo! Nos están aplaudiendo, ¡yupi, yupi!, ya sé lo que sienten las focas de los acuarios cuando les aplauden… ¡qué ganas de volver a salir a repetir la actuación! (aunque no hace falta que me den una sardina)…

Salimos “todas” a la vez, nerviosas y contentas, a la parte trasera del escenario. La profe nos dice que se ha emocionado y que ella lo ha visto muy bien.

¡Qué alegría! ¡Que divertido! ¡Qué ilusión! ¡Qué nervios! ¡Qué ganas de mear!… otra vez… ¡maldito potaje!

Acabó.

Cuatro meses de ensayos, y en dos minutos, pin-pan, listo. Cuánto esfuerzo para tan poco rato, pero vale la pena. Una vez que acabas no te crees que hayas actuado. Es como si fuera un sueño.

Ya después de esto, terminamos de ver al resto de grupos que lo hacen increíblemente bien, y disfrutamos del espectáculo. Ya nos hemos relajado.

Se acabaron los nervios, la próxima vez que vuelva al servicio de “CABALLEROS” no será ni por el potaje diurético ni por los nervios, sino por unas cuantas birras que nos metemos entre pecho y espalda para celebrarlo. 

En fin, para que se hagan una idea de lo que les he contado…, les dejo el video de mi primera vez…, mal pensaditos míos.

 


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El excusado

Saludos a todos y todas nuevamente, después de estas vacaciones en la que espero que hayan disfrutado mucho. Sin embargo, con la vuelta al curro y al cole, supongo que muchos estarán con la depresión postvacacional y pensando que el curro es una mierda. Pues bien, hoy la cosa, más o menos va de eso, de mierda.

Sí, porque oooooootra vez más, para su desesperación y pérdida de nervios, continuamos aquí, en nuestro blosss del ORTINorrinco dándoles la tabarra con las anécdotas que intenté colar en Idus de Julio y que, por prudencia, decidí retirar para evitar que al lector de la misma le entrasen tendencias pirómanas y optara por quemar la novela a las primeras letras de cambio.

En particular, ésta que vengo a contarles decidí no incluirla porque: a) no encajaba ni a patadones y b) porque los temas escatológicos pueden llevar al lector a establecer puentes psicológicos que le hagan relacionar mi novela con la mierda cosa que, obviamente, no tienen nada que ver.

En definitiva, que a mí, para escribir, me pasa lo mismo que le ocurría a un poeta del siglo XVI, Sir John Harrington, es decir, que la musa y la inspiración es más fácil que nos lleguen después de aliviarnos fisiológicamente. Pues bien, resulta que Sir John, aparte de poeta, era inventor y no se le ocurrió otra cosa que, dado que en aquella época hacer las necesidades era bastante incómodo, idear el W.C. para poder escribir los poemas bien relajado.

Sí, es curioso que fuera un poeta quién inventara el W.C. Posiblemente, mucho antes de que José Zorrilla escribiera Don Juan Tenorio, fuera a Harrington a quien se le ocurrieron los siguientes versos mientras trataba de ligarse a la maciza de turno:

No es verdad ángel de amor,

que en esta apartada orilla

se ha cagado una chiquilla

y hasta aquí llega el olor

Y efectivamente, después de horrorizarse, perder el ligue y tener que salir corriendo de la apartada orilla tras inspirar aquel fétido olor, debió inspirarse y crear el W.C. Total, que en 1596 diseñó el primer Water Closet o excusado de válvula, al que denominó Ajax. Fue instalado en los aposentos de su madrina y protectora, la Reina Isabel I. Posiblemente, pocos en su época hubieran sido capaces de mandar a cagar a la Reina de Inglaterra tan sutilmente como lo insinuó el susodicho poeta. Ya le hubiera gustado a Felipe II poder haber hecho eso, que le envió cortésmente a la Armada Invencible para conquistarle Inglaterra y lo que le devolvió, la muy desagradecida, fue la Flotilla de Chalupas de Chanquete.

Isabel I-2

Isabel I pálida de aguantar la respiración tras dejar suculento recuerdo en el primer WC del mundo. Tras utilizarlo, declararía pudorosamente: “What a shit!” que, como todos ustedes saben, significa: “¡Córcholis, eso no pudo salir de mí! Soy una princesa, o sea…”

Sin embargo, el Ajax no llegó a funcionar del todo bien, dado que todavía no existían redes de saneamiento y los mondongos de la reina se quedaban empozados en el fondo del retrete, con lo cual, al parecer, no tuvo demasiado éxito el invento.

Por esa época, lo habitual en las grandes ciudades de la época era que los desechos humanos acabaran en la vía pública al grito de “agua va”, momento en que había que apartarse lo más rápido posible para no quedar pringado. De hecho, hasta Erasmo de Rotterdam escribió, en uno de los primeros libros de etiqueta, normas de conducta para el cuarto de baño y funciones corporales. Advertía Erasmo que “es descortés saludar a alguien mientras está orinando o defecando”, ya que la gente hacía sus necesidades en plena calle. ¡Hombre!, yo creo que más que descortesía saludar a alguien mientras está en plena faena es más bien un tema de repelús, ¿no? A ver a quién le vas a dar la mano después de haber hecho el qué…, ¡brrrrrr! ¡Qué escalofríos!

También Erasmo aconsejaba “disimular con una tos el estruendo explosivo, siguiéndose la ley de sustituir pedos por toses”. Cosa que, hoy en día, me hace sospechar cada vez que oigo a alguien toser y suelo retroceder un par de pasos por si las moscas y, sobretodo, por si me atufa. 

Erasmo

El gran pensador Erasmo de Rotterdam pillado en pleno momento de relajación filosófica: “Por más que tosa, este huele fijo…, mejor lo dejo aquí y me voy”

Pero bueno, el tiempo pasó y hacia 1775, un relojero llamado Alexander Cummings patentaba su propia versión del retrete, añadiéndole una pieza revolucionaria: el sifón. Con esto se evitaba que el olor volviera del desagüe hacia atrás, con lo que se dejaron de utilizar nombres vulgares para el invento, tales como cagadero, para comenzar a denominarlo más fisnamente y llamarlo inodoro, es decir, sin olor.

Aún así, el invento no terminaba de extenderse, hasta que en 1830 un brote de cólera diezmó la población londinense. Tras este desastre humano se dictó el Acta de Salud Pública inglesa, en virtud de la cual se obligó a todas las casas a construir un servicio y mejorar la red de alcantarillado. Al principio fueron instalados en lugares públicos, como en el Crystal Palace de Hyde Park de Londres, a donde los ciudadanos iban, impresionados, a utilizar el prodigioso invento, al tiempo que les esperaban funcionarios vestidos de blanco para recibirlos y cobrarles un penique por su uso. De esta manera, en Inglaterra se extendió la expresión “to pay a penny”, como eufemismo de la fea palabra “mear”, y que se sigue utilizando en la actualidad por la británica peña.

Posteriormente, alrededor de 1880, Thomas Crapper; cuyo apellido significa, literalmente, “cagador”; empezó a fabricar inodoros baratos y de gran calidad, con un diseño muy similar al actual. Así pues, hacia 1890 ya era un elemento bastante difundido por Gran Bretaña y parte de Europa.

También, asociado al WC, otra invención que mejoró la vida de la nuestra especie fue el papel higiénico. Al principio el ser humano no tenía otra cosa más que lo que pillaba a su alrededor, así que la operación de limpieza se realizaba con elementos tan variados como piedras, conchas de mejillón, arcilla, musgo, lechugas, nieve y otras aportaciones básicas de la Naturaleza que debían dejar las nalgas tan irritadas que luego debías sentarte de canto. Con el paso del tiempo las técnicas se fueron perfeccionando y, por ejemplo, los romanos ricos usaban lana  empapada en agua de rosas, mientras que la plebe utilizaba la hoja de cáñamo. ¡Curioso cómo ha cambiado el uso del cáñamo! Después de saber esto, a ver quién se fuma un porro…

Los chinos, por el siglo II A.C., parece ser que ya empleaban un papel destinado al aseo íntimo, pero no es hasta 1857 cuando un tal Joseph Gayetty distribuye por primera vez un artículo destinado a tal fin, “el papel medicinal Gayetty”; que consistía en láminas humedecidas con aloe. En 1880, los hermanos Edward y Clarence Scott fundan la Scott Paper Company que, entre otros productos, ofrecía rollos absorbentes para uso médico y que se vendía en farmacias. Por aquella fecha aún no debía ser muy suave, pues no es hasta 1935 cuando se comercializa una gran mejora bajo el reclamo de “papel libre de astillas” ¡Da escalofríos pensar cómo era hasta entonces! ¡Debía ser como pasarse papel de lija!

Con lo cual, gracias a todos estos próceres inventores, hoy en día podemos disfrutar de poder leernos el periódico cómodamente sentados mientras esperamos a que la Madre Naturaleza realice sus funciones básicas, en lugar de tener que usar aquellas incómodas bacinillas o escupideras que se colocaban debajo la cama para realizar dichas funciones.

En definitiva, que menos mal que la ciencia y el progreso nos han dado todos estos inventos que nos pueden permitir leer Idus de Julio sentaditos cómodamente mientras esperamos a que llegue tan ansiado momento. Eso sí, procuren tener papel higiénico a mano, que las páginas de Idus de Julio son para echarse unas risas, no para cubrir emergencias…

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Más vacas..

Buenas y buenos a todos y todas, como ya llega el veranito, con estas cálidas temperaturas (por no decir bochorno espatarrante), escribo esta última entrada de la temporada hasta septiembre porque, seamos sinceros, ahora en julio y en agosto, ni ustedes están para leer (bañándose en la playita) ni yo estoy para escribir (perjudicado por las cañitas veraniegas que me lengua la traban y me hacen escribir cualquier cosaslsdlidaldflañifdkafdddddgleeblebleblé).

Así que tan sólo quiero despedirme de ustedes hasta que empiece nuevamente el curso escolar y, como los niños pequeños, vuelva a hacer los deberes y vengan a visitar mi blosss.

Eso sí, aprovechando que llega el verano, recuerden que no hay nada mejor que pasar un verano divertido y, para eso, les propongo que se lean mi novela, IDUS DE JULIO, o, si ya se la han leído, que se la recomienden a sus amigos, familiares, enemigos, suegras y otras gentes de mal vivir ya que, como todos saben, quiero vivir del cuento y aún no me llega, a pesar de haber sacado ya la segunda edición de IDUS DE JULIO, como reconocido escritor que soy.

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Sí, aunque no se lo crean, soy ya soy un reconocido escritor pero no porque mi obra, IDUS DE JULIO, haya alcanzados cotas de reconocimiento mundial sino porque ya, cuando voy por la calle vestido de casco, traje y bermudas, la gente ya me reconoce y dicen: “mira, el escritor del casco”…, sin tener puñetera idea de cómo me llamo o qué he escrito pero bueno, algo es algo. También hay que decirlo, aparte de reconocerme como el “escritor del casco”, la gente también me lanza otros piropos tales como: “el pirado ese”,  “chiquito colgado” o, el que más me gusta, “el tonto´lhaba de las bermudas”. En fin, que poco a poco, como he dicho, me estoy convirtiendo en un escritor reconocido. Aunque yo siempre digo que soy escribidor, que no tengo galones pa´ más.

Aunque, ciertamente, más que escritor reconocido, más bien, soy un escritor reputeado, no confundir con reputado, parecido no es lo mismo. Sí, reputeado porque mi atuendo es una putada por partida doble ya que cuando voy por ahí de feria en feria o de firma en firma, con mi pinta, en invierno se me congelan los bajos (los pelos de las patas como escarpias y los dedos de los pies como cubitos de hielo) y en verano se me guisa el cerebro como si fuera un huevo duro, por si este no estuviera ya suficientemente tarado de serie.

Disfraz

En fin, como dijo aquella profesora de la serie Fama: “la fama cuesta y habéis venido a sudarla”…, pues si fuera por los litros de sudor yo ya debería ser poco menos que el Messi de la literatura mundial (bueno, malabarismos con las bolas sí que hago, sobre todo ahora que viene el verano y me voy a tocar los ojones a dos manos).

Qué mal pensados son

En fin, lo dicho, que esto no es una despedida definitiva (para desgracia de ustedes) sino tan sólo un simple hasta luego para volver a darles la tabarra en septiembre. Espero que tengan un FELIPIz verano y disfruten de la vida, que solo tenemos una.

Zafarrancho de besos y abrazos a discreción para todos y todas. Les espero a la vuelta.


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Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

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Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

bolas de billar

En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

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