Felipe Ortín

Escribidor


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Más vacas..

Buenas y buenos a todos y todas, como ya llega el veranito, con estas cálidas temperaturas (por no decir bochorno espatarrante), escribo esta última entrada de la temporada hasta septiembre porque, seamos sinceros, ahora en julio y en agosto, ni ustedes están para leer (bañándose en la playita) ni yo estoy para escribir (perjudicado por las cañitas veraniegas que me lengua la traban y me hacen escribir cualquier cosaslsdlidaldflañifdkafdddddgleeblebleblé).

Así que tan sólo quiero despedirme de ustedes hasta que empiece nuevamente el curso escolar y, como los niños pequeños, vuelva a hacer los deberes y vengan a visitar mi blosss.

Eso sí, aprovechando que llega el verano, recuerden que no hay nada mejor que pasar un verano divertido y, para eso, les propongo que se lean mi novela, IDUS DE JULIO, o, si ya se la han leído, que se la recomienden a sus amigos, familiares, enemigos, suegras y otras gentes de mal vivir ya que, como todos saben, quiero vivir del cuento y aún no me llega, a pesar de haber sacado ya la segunda edición de IDUS DE JULIO, como reconocido escritor que soy.

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Sí, aunque no se lo crean, soy ya soy un reconocido escritor pero no porque mi obra, IDUS DE JULIO, haya alcanzados cotas de reconocimiento mundial sino porque ya, cuando voy por la calle vestido de casco, traje y bermudas, la gente ya me reconoce y dicen: “mira, el escritor del casco”…, sin tener puñetera idea de cómo me llamo o qué he escrito pero bueno, algo es algo. También hay que decirlo, aparte de reconocerme como el “escritor del casco”, la gente también me lanza otros piropos tales como: “el pirado ese”,  “chiquito colgado” o, el que más me gusta, “el tonto´lhaba de las bermudas”. En fin, que poco a poco, como he dicho, me estoy convirtiendo en un escritor reconocido. Aunque yo siempre digo que soy escribidor, que no tengo galones pa´ más.

Aunque, ciertamente, más que escritor reconocido, más bien, soy un escritor reputeado, no confundir con reputado, parecido no es lo mismo. Sí, reputeado porque mi atuendo es una putada por partida doble ya que cuando voy por ahí de feria en feria o de firma en firma, con mi pinta, en invierno se me congelan los bajos (los pelos de las patas como escarpias y los dedos de los pies como cubitos de hielo) y en verano se me guisa el cerebro como si fuera un huevo duro, por si este no estuviera ya suficientemente tarado de serie.

Disfraz

En fin, como dijo aquella profesora de la serie Fama: “la fama cuesta y habéis venido a sudarla”…, pues si fuera por los litros de sudor yo ya debería ser poco menos que el Messi de la literatura mundial (bueno, malabarismos con las bolas sí que hago, sobre todo ahora que viene el verano y me voy a tocar los ojones a dos manos).

Qué mal pensados son

En fin, lo dicho, que esto no es una despedida definitiva (para desgracia de ustedes) sino tan sólo un simple hasta luego para volver a darles la tabarra en septiembre. Espero que tengan un FELIPIz verano y disfruten de la vida, que solo tenemos una.

Zafarrancho de besos y abrazos a discreción para todos y todas. Les espero a la vuelta.


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EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

ikea

Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

estantería

Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

estanteria 2

Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.


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El faisbu

Bueeeeeeeeeeenas, saludes a todes (que así me ahorro el “saludos y saludas a todos y todas”); hoy en el blosss del ORTINorrinco les explicaré cómo y por qué vendí mis más básicos principios y pasé de ser un ser que se oponía a ser un ser usuario del Facebook y del Whatsapp, a convertirme en un activo y dinámico semi-adicto de ambos.

Sí, yo, como buen ORTINorrinco, era un fiel activista anti-faisbuk y anti-guasap hasta que al panoli de Felipe Ortín le dio por publicar Idus de Julio, su novela, y debía venderla de alguna manera. Obviamente, había varias posibilidades como: instalarse en las ferias junto a los mercadillos de hippies, alquilar una furgoneta con un megáfono y anunciarla a rebuzno pelado como si fueran sardinas frescas o, bien, alongarse al mundo digital y tratar de hacer publicidad de la novela a través de las redes sociales.

Megáfono

Megáfono que me compré para rebuznar a los cuatro vientos la existencia de Idus de Julio

En definitiva, dones y doñas, ñoras y ñores, que sí, sucumbí al Facebook y me tragué mis palabras, aquellas que juré, por la cuquita del niño Jesús, que nunca traicionaría y que defendería a capa y a espada: “Jamás entraré en esa chorrada del Facebook”…, pues ni a capa, ni a espada, vamos, con papitas arrugadas y mojo picón que me las comí. En definitiva, que se cumplió el famoso refrán que dice: “nunca digas: de este agua no beberé, este cura no es mi padre y esta polla no me cabe”. (Sí, lo sé, es soez, pero yo no tengo la culpa de que así sea el refranero español).

Sí, traicioné mis principios para conseguir otros finales. ¿Y por qué me traicioné a mí mismo? Sinceramente, por el dólar, por el euro. Sí, porque, ¿quién no esputa al oír hablar de dinero?… perdón, reformulo la pregunta: ¿quién no es puta al oír hablar de dinero? (cómo cambia el significado de la pregunta por un simple espacio en blanco, ¿eh?). Pues sí. Soy un vendido. Vendí mis principios para que Felipe Ortín pueda vender su librito de marras, es decir, Idus de Julio, y a ver si así podemos vivir honradamente del Cuento y nos retiramos. Vamos que prostituí mis creencias para vender un producto y mi coherencia conmigo mismo quedó dilapidada, aunque, como tengo doble personalidad, puedo elegir la del ORTINorrinco o la de Felipe Ortín para evitar sentir remordimientos.

Así que, finalmente, di el paso e introduje mis datos en Facebook por primera vez. Y me sentí como el mono de la película de “2001 Odisea del Espacio”, cuando lanzaba al aire la tibia de un dinosaurio y esta giraba etérea mientras sonaba la famosa canción: chan, chan, chanchan, chanchan, chaaaaaaaaan, chaaaaaaaaan, chanchaaaaaaan!!!! De repente, al escribir los datos en el “Registrar” de Facebook, de ser el ORTINorrinco Cromagnon piloso que era, me convertí, súbitamente, en un ORTINorrinco Sapiens Sapiens bello y sin vello. Vamos, como si me hubiera dado la depilación láser con una fregona por todo el cuerpo. Instantáneamente, de ser un troglodita, me convertí en un avanzado ser del siglo diecinueveinteyuno. El cavernícola y anarquista digital que era salió de la gruta para entrar en las Redes Sociales. Y el fémur que había lanzado al aire, y que aún seguía girando, caía sobre mi cabeza con la banda sonora de 2001 de fondo: “Tantantantantantantatantan”. Y vi la luz… y las estrellas, por el efecto del porrazo del hueso.

Odisea 2001

Yo cuando era un ORTINorrinco Cromagnon piloso horroroso.

Una vez introducidos mis datos en Facebook, tuve que recurrir a la ayuda de mi santa y paciente esposa para que me explicara cómo funcionaba el rollo, como si yo fuera un niño de dos años (de los antiguos, porque los de hoy en día usan los pulgares a una velocidad asombrosa para jugar en cualquier dispositivo digital que ni Billy el Niño con sus pistolas).

Total, que si esto es tu Biografía, que si aquí puedes Comentar, Compartir y Megustar cada cosa que aparece. Que si esto es tu Muro. ¿Cuál? ¿El de Berlín? ¿El de las Lamentaciones? Pues no, durante algunos momentos se convirtió en el Muro de las Imprecaciones, ya que se me escaparon unos cuantos juramentos porque me hice la picha un lío y no sabía cómo puñetas funcionaba ese rollo (y mira que es bien sencillo). Bueno, aprovechando la mala baba que me entró, y la saliva que salpicó el monitor, aproveché para pasarle un pañito y quitarle el polvo a la pantalla, que estaba llena de mierda.

En definitiva, tras una retahíla de instrucciones y collejas por parte de mi parienta, conseguí comprender que el Muro no deja de ser como el corcho que teníamos colgado de jóvenes en nuestras habitaciones donde pinchábamos con chinchetas nuestras fotos de pedos, borracheras, novias/os o ídolos/las, con la diferencia que, entonces, sólo las veíamos nosotros y ahora, las ve todiós. También me recuerda el Muro a los imanes de la nevera bajo los cuales colgamos el calendario del cole con la foto de nuestros hijos, la lista de la compra o todo aquello que no se nos puede olvidar y, al final, siempre descuidamos. Sin embargo, la diferencia fundamental que veo con el Facebook es que es como los post-its. La gente va pegando uno encima del otro y llega un momento que el tamaño del taco de hojitas amarillas alcanza una altura considerable y, al final, ya no sabes qué estás viendo o no ves lo que otros han ido pegando en la tonga de post-its.

Otra cosa curiosa del Facebook, aparte de que como te descuides engancha más que la metadona, es que haces amigos con una facilidad pasmosa. Me he pegado toda mi vida para conseguir hacer cuatro tristes amigos y, de repente, en menos de dos días conseguí hacer más de cien. Presionante, Im, Presionante. En las escuelas deberían dar tablets para que los niños se relacionaran ya directamente con Facebook. Yo, de joven, me hubiera ahorrado aquello de Cabezón y Cuatro Ojos con tan solo colgar en mi perfil una foto de Robert Reford de jovencito y, hoy en día, no sería un adulto traumatizado con personalidad disociada y capaz de escribir estas historias para poder socializarme y tener amiguitos…

Pero no sólo no traicioné esos principios sino que también derribé otros muros que aún quedaban en pié. Me instalé el Whatsapp. Desde entonces, por fin, soy un ser intercomunicado con todo el mundo y puedo relacionarme con otros ORTINorrincos mediante frases cortas que no dicen nada, caritas sonrientes o enojadas, emoticonos, y largas conversaciones vía chat que se acortarían y nos harían estar más cercanos si usásemos el teléfono para lo que se inventó…¡Para hablar con el otro!!!! Porque que ya casi nadie recuerda para qué sirve para eso del TELES+FONOS (Lejos+sonido) y se usa para casi todo menos para hablar. De hecho, estoy buscando alguna aplicación en el móvil que me permita hacer unos huevos fritos sin tener que usar la arcaica y cutre sartén de toda la vida.

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Llegará el día en que el móvil sea capaz de hacerme estos huevos fritos

En fin, si cuando me instalé el faisbuc me sentí cómo el Homo Antecessor descubriendo el fuego, cuando un colega mío me descargó e instaló el guasap en el teléfono (sí, mucho Ingeniero de Telecomunicaciones que soy, pero puta idea para descargarme la aplicación), me sentí como Arquímedes cuando descubrió su principio… Sí, me dieron ganas de salir en pelota picada a la calle, con el badajillo pendulando de lado a lado, y gritar: “Eureka, lo encontré, lo  encontré: todo cuerpo que se sumerge en guasap experimenta un empuje hacia el móvil proporcional al número de teléfonos que guarda en su agenda”

Pues sí, aquel fue un paso más en mi evolución como mamífero. Así, en breve, siguiendo la teoría de la evolución, se me comenzarán a estirar los pulgares y éstos se moverán sobre el teclado del móvil como las pinzas de un cangrejo devorando su pitanza. Por ahora, voy de tecla en tecla, pulsando cuatro a la vez con las morcillas que tengo por dedos.

En fin, lo curioso es que, ahora, aquellos amigos que tanto daban por saco insistiendo en que me pusiera el guasap de una puñetera vez, hoy en día se arrepienten de haberme dado tal consejo pues me dedico a crear listas de difusión y bombardearlos para que se compren Idus de Julio o que se lo vendan a sus amistades. ¡Vida cruel! Crearon un monstruo.

Eso por no decir que cada vez que publico en el Facebook, entro cada cinco minutos, como un panoli, para comprobar cuántos Megustar tengo mientras pienso: “Venga, cabrones, denle al Me gusta, que sólo llevo dos, josdeputa”…, curiosamente, lo mismo que pienso cuando hago mis entradas en el blosss y nadie hace ningún comentario… Y no miro a nadie…, querido lector…

 

 


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La Escalera

Como ya saben, mis leales y lealas lectores y lectoras, el ORTINorrinco es un animal que fue creado por la Naturaleza un día que Dios estaba guasón, y tal vez algo beodo, y, así como la mujer fue creada del hombre a través de la costilla de Adán (al menos eso dice la Biblia), el ORTINorrinco fue hecho a cachos por el Supremo Hacedor el día que le faltaban piezas y cogió el pico de un pato, las patas de una nutria, la cola de un castor y las juntó todas en un solo bicho. Y, por si fuera poco, se hizo la picha un lío y mezcló mamíferos con ovíparos para que nos reprodujéramos. En definitiva, una auténtica chapuza celestial. Vamos, como cuando un niño de tres años coge trozos de pastilina de distintos colores y los une sin ton ni son a base de escacharlos.

Y por si fuera poca desgracia estar montado a cachos, conmigo, particularmente, la Hija de la Madre Naturaleza fue aún más vengativa.

Y es que al poco de salir del cascarón, con tan sólo seis añitos de edad, mis padres descubrieron que, además de tener sangre de ORTINorrinco, había heredado algo de la genética de los topos y que no veía ni tres montado en un burro debido a una miopía de caballo que hacía que me fuera dando topetazos con las paredes de la casa al igual que uno de esos aspiradores automáticos que van rebotando por toda la casa mientras aspiran solos. Es decir, yo sólo cambiaba de sentido de la marcha o de dirección cuando topaba con algún muro de nuestro hogar y, así, mientras yo no notara el impacto, seguía fielmente la primera Ley de Newton y “mi cuerpo mantenía su movimiento y velocidad uniformes” y no me detenía hasta que una fuerza externa era aplicada sobre mi…, básicamente el morrazo contra algún obstáculo.

En definitiva, que mis padres se estaban arruinando a base de aplicarme lociones antiinflamatorias para evitar que los chichones en medio de la frente hicieran que el resto de la fauna animal me confundiera con un unicornio. Por tanto, tras la visita al oftalmólogo u oculista (que siempre pensé que era el médico del culo) me impusieron sobre las narices unas preciosas gafas de pasta con unos cristales de cinco milímetros de espesor…, lo que en el lenguaje técnico y específico de la oftalmología  se denomina como: “culos de botella”.

Esa fue la primera chapucilla adicional que la Naturaleza hizo conmigo pero, para desgracia mía, éste no fue el único accesorio adicional que me colocaron durante mi infancia. Por esa época mis padres estaban empeñados en visitar a todos los médicos de la plantilla de la Seguridad Social y, así, con siete añitos, el pediatra detectó que yo tenía los pies planos, por lo que me calzaron con unas maravillosas botas ortopédicas para que se me intensificara el “puente” de las plantas de mis extremidades inferiores. Esto implicaba que, más que caminar, yo desfilaba haciendo el Paso de la Oca. Y para rematar, con ocho años, el dentista indicó a mis padres que mi paladar era un pelín estrecho y que si no lo corregían a tiempo, en vez de dentadura, yo dispondría de una mazorca de dientes en el interior de mi boca. Por tanto, para enmendar la plana, me colocaron un conjunto de hierros y plásticos en el interior de mi hocico para “mejorar mi sonrisa”.

la-escalera-1Menos mal que a los nueve años, mis progenitores, finalmente, dejaron de ir a los especialistas sanitarios pues arreglar a su niño les estaba costando un huevo de la cara, ya que cada vez que iban de visita a una de estas consultas era un gadget nuevo que añadirme. Así que, gracias a que mis padres tenían una economía ajustada, dejé de ver más médicos porque, si no, fijo que me hubieran puesto un armazón metálico para ajustar alguna supuesta escoliosis o algún médico capullo me hubiera detectado una fimosis bífida que hubiera requerido amputación extra de la punta de mi minga.

En definitiva, a los nueve años yo era un niño completamente “tuneado” con gafas de cegatón, botas ortopédicas y un fantástico aparato de dientes que hacía que mi pronunciación derrapara cuando llegaba a la letra “s”, haciendo que mi boca funcionara como un aspersor, en mi caso, de babas. Todo lo anterior, unido a que la Naturaleza me dotó de un prodigioso cabezón sobre mis hombros, me induce, aún hoy en día, a pensar que mis padres no estaban muy concentrados en la labor de la procreación en el momento de mi concepción y he llegado a pensar que, en caso de haber nacido dentro de una tribu Sioux, yo hubiera podido tener nombres totémicos del tipo “Gomita Picada”, “Látex Traidor”, “Durex flácido” o “Fuera DEL Control”. En definitiva, de aquellos polvos, estos lodos (nunca mejor dicho).

De esa guisa no sé cómo aún tenía valor para ir al colegio. ¡Porque había que tener valor! Por aquel entonces los compañeros del cole me conocían por apelativos tan cariñosos como: Cuatro Ojos, Cabezón, Cabeza Buque, Frankenstein, Aspersor y muchos más, a cada cual más entrañable.

Menos mal que la Teoría de la Evolución funciona y desarrollé otros mecanismos de defensa, con lo que yo era capaz de mimetizarme perfectamente, como un camaleón, con el fondo del escenario en el que me encontrase en cada momento para pasar inadvertido, a la vez que mi tono de voz se hizo cada vez más tenue. De esta manera conseguía evitar alguna colleja que pudiera escapársele sin control a cualquier chaval más grande que yo.

Curiosamente, yo tenía el set completo de elementos de tuning diagnosticados por las diferentes áreas de la medicina pero, a diferencia de los coches, dónde el tuning sirve para embellecer o darle más velocidad a los vehículos, en mi ser, estos dispositivos me convertían en un perfecto patito feo, además de dificultar mi sprint de huída de los abusadores de la clase. Sobre todo las botas ortopédicas, que impedían el juego completo de las articulaciones de mis tobillos, lo que hacía que pareciera el Jovencito Frankestein a la hora de correr.

Y gracias a aquellas botas ortopédicas puedo decir, con casi absoluta seguridad, que hoy en día tengo la personalidad disociada entre el ORTINorrinco y Felipe Ortín.

Ocurrió un buen día de cole.

Era el día del Maestro y por aquella época aún se les respetaba, se les hacía caso y, dependiendo de qué profesor, hasta se les tenía pavor o cariño. Era costumbre que en esa fecha se les llevara algún presente como muestra de aprecio o consideración. Yo no recuerdo qué había construido exactamente para regalarle a mi maestra, “Doña Esperanza” (porque en aquel entonces todas las profesoras eran “doñas” aunque tuviesen veinte años de edad), pero sí que, aparte de la mochila cargada de libros a la espalda, yo iba con una mano sujetando el dichoso trabajo manual y en la otra una pelota de fútbol.

Vivíamos en un primer piso y la escalera contaba con veinte peldaños para salvar los cuatro metros de desnivel entre la puerta de mi casa y la de la calle. Como cada mañana, salí al rellano para bajar a esperar la guagua (autobús, para los peninsulares y peninsularas) del colegio. Antes de empezar a descender, mi madre realizó el protocolo habitual de despedida, que consistía en:

  • Meterme los faldones de la camisa por dentro del pantalón. Una vez bien puesta, tiraba de mis pantalones hacia arriba hasta que la cruz del mismo hacía tope con los “minibabybeles”, momento en el que yo me quejaba por el dolor escrotal y mi madre dejaba de torturarme. Tras esto, me ajustaba el cinturón.
  • Darme un beso y, como toda madre que se precie, terminar de peinarme mojándose los dedos con dos salivazos, de esos que cuando eres niño tanto asco te dan pero que después uno repite con sus propios hijos cuando uno se hace adulto.

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Finalizado el procedimiento, y recibido el cariñoso ósculo materno, me giré dispuesto a bajar hacia la calle.

Cargado con la mochila en la espalda, el trabajo manual bajo un brazo, el balón de reglamento bajo el otro, añadido a que mi centro de gravedad estaba en la cabeza, debido al prodigioso tamaño de la misma y lo escuchimizado de mi cuerpo, con el agravante de la trampa mortal que suponía aquel calzado ortopédico; el desenlace era de esperar.

Di un paso hacia los escalones pero, en ese momento, mi traidora bota resbaló y mi pie cayó sobre la primera huella de la escalera. Con esta brusca maniobra mi cuerpo se inclinó rápidamente hacia atrás debido al peso de la mochila. La reacción instintiva de mi cerebro fue dar la orden de mover todo mi organismo hacia adelante para compensar, tratar de equilibrarme y evitar la caída de espaldas.

Sin embargo, lo que no calcularon mis jóvenes e inexpertas neuronas era que mi cráneo disponía de más masa que el resto de mi ser con lo que el centro de gravedad, ubicado en lo alto de mi cocorota, se desplazó violentamente hacia adelante y ya no hubo posibilidad de enmendar el trastazo.

Mi cuerpo giró completamente sobre sí mismo, utilizando la mollera como eje, cual tentetieso, haciendo que mis piernas salieran disparadas hacia arriba. El siguiente impacto con los peldaños no fue con un pie, como normalmente ocurre cuando se baja una escalera, sino con todo el cabezón. No sé cuantas volteretas sobre mí  mismo realicé pero debió ser un triple salto mortal y doble tirabuzón con infarto de miocardio materno, que contemplaba la escena desde arriba.

La mayor parte de mis gadgets abandonaron cobardemente mis dependencias. Las gafas saltaron en el primer impacto, el aparato bucal se quedó a mitad de camino y, como suele ocurrir en todos los accidentes, perdí uno de los traicioneros zapatos ortopédicos. El trabajo manual quedó desparramado por todas partes y, mientras yo acababa despanzurrado en el zaguán, la pelota terminaba de rebotar, guasona, al lado de mi oreja derecha.

Resumiendo, un talegazo de trending tópic.

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Milagrosamente, no me pasó absolutamente nada. Eso sí, a mi madre, al verme rebotar de escalón en escalón, se le dilataron las pupilas al máximo, sus pulmones olvidaron de recolectar oxígeno, el corazón se le detuvo, su sangre dejó de circular por sus venas y su cuerpo desapareció camuflado con el blanco de las paredes.

Supongo que una vez recuperada del susto, aquella buena mujer batió el record mundial de salto de longitud al bajar hasta la puerta de la calle con un único y prodigioso brinco para comprobar el estado de su primogénito.

En definitiva, que yo creo que debido a aquel trastazo mi personalidad de ORTINorrinco se disoció y apareció el listo de Felipe Ortín; aunque tan sólo es una suposición, no puedo afirmarlo rotundamente.

Lo que sí puedo afirmar es que aquel día me escaqueé de ir a clase y me colmaron de helados. También, desde entonces, cada vez que bajo una escalera me aferro desquiciadamente al pasamanos a pesar de que mi centro de gravedad ya se ha desplazado desde lo alto de mi cabezón a mi bien regada barriguita cervecera.

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FELIPIz Navidad

Estimados leedores y leedoras, en estas fechas tan señaladas, es un motivo de gorda satisfacción…, sí, sí, gorda satisfacción, no honda satisfacción, porque es que ya me supuran los polvorones hasta por las orejas y he tenido que hacerle tres agujeros más al cinturón debido al empacho de la cena de Navidad, a las burbujas de la sidra El Gaitero de la comida de Navidad y a la indigestión que me produjo la cena de empresa por el exceso de radicales libres alcohólicos (y con esto no me refiero a encapuchados tirándoles cócteles Molotov a la policía sino a los radicales químicos que se escaparon de las copas bien cargaditas de licor que me mamé después de dicho evento).

En fin, que en estas fechas tan señaladas, sería todo un desperdicio tirar mi calidad literaria matándome a escribir una entrada para este blosss cuando todiós va a estar de fiesta, jarana y vacaciones persiguiendo a los Reyes Magos dentro de los centros comerciales…, aunque yo siempre pensé que los Reyes Magos venían de Oriente, no que los muy mamones se escondiesen en el puñetero Carrefour o en el Corte Inglés. Porque mi verdadero trauma infantil no fue descubrir que los Reyes Magos fuesen los padres sino que los Reyes Magos se escondían en estos infernales lugares…, eso sí que fue traumático, sobre todo para mis ahorros.

Pero bueno, como iba diciendo, es un motivo de gorda satisfacción haberles tenido de fieles y fielas lectores y lectoras hasta la fecha y, aprovechando la coyuntura de la situación, permítanme que hoy tan sólo escriba cuatro líneas para FELIPIcitarles las fiestas…, aunque…, bueno…, esto no es más que una burda excusa para esconder que no tenía nada preparado para la entrada de esta semana.

Aún así, aprovechando este pequeño detalle sin importancia, de parte mía y del ORTINorrinco, tan solo desearles a todos y todas que pasen estos días con la gente a la que quieren, y que les quiere, y que el año que viene sigan teniendo sueños e ilusiones con las que disfrutar cada momento de sus vidas porque sólo tenemos una y debemos aprovecharla al máximo. Disfruten de los buenos momentos y cuando lleguen los malos tragos tómenselos con el mejor humor posible porque, como decía Eduardo Galeano, el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena. 

Por tanto, ahí estoy, intentando que la vida valga la pena dejándoles algo de humor de vez en cuando porque a mí, particularmente, sacarles unas sonrisas me hace muy FELIPIz.

Gracias por sus risas y por estar ahí.

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La Esperanza es…, donde uno se pierde.

Estimados leones y leonas (por aquello de que leen mucho), animales todos, humanos la mayoría; hoy vengo a recordar una vieja anécdota de cuando yo era un joven ORTINorrinco casi recién salido del cascarón.

Ocurrió hace veinte años, cuando contaba con la mitad de edad que en la actualidad y aún era un joven universitario que, aunque ya había logrado despojarse de sus botas ortopédicas y su aparato dental de la niñez, mantenía a capa y espada sus lentes de seis milímetros de espesor con montura de pasta, modelo Azafata del “Un, Dos, Tres”; lo que me permitía seguir teniendo un aura de empollón vintage.

Alargado por el paso del tiempo y el crecimiento, adelgazado por el paso continuo por la taza del inodoro, atontado por el paso de las ecuaciones diferenciales por mi cerebro y hormonado por el paso de feromonas femeninas a través de mi pituitaria, continuaba con la morfología y esencia de aquel pequeño ORTINorrinco tuneado y cabezón que fui.

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A pesar de un carácter un tanto tímido y retraído, no le faltaban amistades a aquel escuchimizado joven que yo era. Tenía un buen grupo de colegas con los que realizar actividades tan variadas como salir al monte de acampada, ir a pegarle patadas a una pelota en el primer descampado que encontrásemos, tratar de ligar con lindas pibitas o salir de marcha; actividades con las que conseguíamos, respectivamente, resultados tales como una buena ducha gracias a una fenomenal tormenta de verano, un 4-0 en contra y costrones en las rodillas, multitud de desplantes femeninos y muchos “…eres muy simpático, pero….”, o bien, alguna cogorza monumental que contar a nuestros nietos. En este caso, el resultado final fue una melopea de campeonato.

Estábamos de vacaciones de verano, las clases se habían terminado en la Facultad y “triste y llorosa quedaba la Universidad y los libros empeñados en el monte de piedad” mientras que nosotros, los estudiantes, estábamos completamente alborozados por el final del año lectivo. Como en cualquier agosto que se precie, comenzaban todas las fiestas de los diferentes pueblos de la geografía española y, en concreto, de Tenerife. En particular, comenzaban las fiestas de La Esperanza. Un pueblo de tradición agrícola, a 900 metros sobre el nivel del mar, al comienzo del cinturón forestal del interior de la isla.

En dicho pueblo, el padre de uno de nuestros colegas era propietario de una casa de campo. Aprovechando que los padres de éste no iban a estar en ella, decidimos conquistarla para pasar el fin de semana de las fiestas allí, previa petición oficial a dichos progenitores. Les informamos que íbamos a quedarnos a dormir, que cenaríamos, que tomaríamos unas copas y que después nos bajaríamos a las celebraciones en la plaza mayor. Que un grupo de veinte veinteañeros digan a unos padres que no van a beber hubiera sido sospechoso, así que para evitar suspicacias mostramos a los parientes de nuestro amigo tres o cuatro botellas de alcohol. En realidad, ocultábamos más de veinte botellas de diferentes licores y graduaciones. ¡Había hasta una botella de mezcal, con su lagarto y todo conservado dentro!

El día comenzó con la recepción de los diferentes amigotes al lugar de concentración. A la llegada de cada uno de ellos se realizaba el correspondiente reparto de abrazos y saludos, y la entrega oficial de la primera lata de cerveza para ir calentando motores. Mientras, los que ya se encontraban presentes preparaban la suculenta paella que nos íbamos a meter entre pecho y espalda para rebajar los efectos de la ingesta etílica. El compadre que hacía de “amo del fuego” se encargaba de hacer la comida, manteniéndose permanentemente pegado a dos cosas: a la parrilla y a un vaso de vino. Organizaba, ordenaba, mandaba y dirigía para que siempre hubiera madera para mantener la llama viva, la brasa activa y la comida lista. Los demás se dedicaban a ayudarlo, darle conversación durante un rato y obtener algún trozo de carne caliente según salía asada del fuego.

Los licores iban remojando los gaznates del personal, iban creándose y deshaciéndose corrillos de diferentes individuos y se generaban conversaciones para tratar temas básicos y transcendentales de cualquier reunión de hombres adolescentes, tales como:

Hablar de mujeres y comentar lo buenorra que estaba esta o aquella de más allá, magnificando los escasos éxitos o negando los repetidos fracasos que se tenían con las mismas.

Revisar la última moto adquirida por uno alguno de los presentes y discutir sobre la potencia y características de la misma o, en su defecto, deliberar sobre las virtudes de los últimos modelos de coches.

Mantener un ardoroso coloquio entre merengues y culés, acusando siempre al contrario de ganar gracias a los árbitros

Realizar competiciones de aerofagias variadas, como soltar el eructo de más decibelios o lanzar al medio ambiente el pedazo más aromático.

ilusiones

En definitiva, los cuatro temas básicos que tiene en mente un ser tan simple como una ameba o el joven macho humano: mujeres, motores, fútbol y escatología. (Sí, ya sé que soy un ORTINorrinco pero me camuflo bien entre los humanos)

Durante el transcurso de estas actividades, el joven yo de aquel entonces se dedicaba a zampar como un tragaldabas kilos de paella y chuletas a la brasa, a la vez que, para facilitar el tracto digestivo, aportaba líquido al bolo alimenticio, particularmente, vodka con limón. Tras la cena y seis o siete lingotazos, mis hematíes transportaban más moléculas de alcohol que de oxígeno, con lo que mi organismo empezaba a emitir síntomas de desincronización entre sus diferentes partes móviles: la lengua hablaba sin que los labios se abrieran, los pies andaban mientras el tronco y la cabeza se empeñaban en mantenerse quietos y las manos se convirtieron en armas de destrucción masiva, pues la capacidad prensil se había reducido notoriamente y cualquier cosa que trataba de asir se destrozaba contra el suelo.

En este estado orgánico, se nos hizo de noche y decidimos partir hacia la plaza del pueblo para asistir al concierto de la orquesta “Merengue Sabrosón”. Para poder soportar chiquita tortura, decidí eliminar mi capacidad auditiva pegándole un chupetón directamente a la botella de vodka. Con lo que no contaba es que no sólo desconecté mi capacidad auditiva sino, también, todo el núcleo del control cerebral.

Así que tan pronto llegamos a la plaza, mientras mis amigos se introducían en el tumulto de la fiesta, yo comencé a sentirme ligeramente indispuesto. Decidí sentarme en un parterre de césped. Allí apalancado, traté de respirar hondo al tiempo que comenzaban a aparecer los primeros remordimientos de arrepentimiento, ya que me sentía como si estuviera dentro de una lavadora en pleno centrifugado. Pasados unos minutos todas mis extremidades fueron desconectándose poco a poco: las piernas ya no las sentía, al rato el brazo derecho desfalleció, el izquierdo padeció muerte súbita y, finalmente, el tronco perdió su capacidad de sustentación y, más que tumbarme, me desplomé sobre la hierba. Se me fundieron todos los fusibles del cerebro y los únicos sistemas autónomos que quedaron en funcionamiento fueron el cardiovascular y el respiratorio, básicamente para mantener mis constantes vitales. Los humanos son estúpidos pero la Naturaleza es sabia (cosa también aplicable para los ORTINorrincos)

Yací tumbado un tiempo indeterminado, solo y sin conexión con mi grupo de amigos. El musgo comenzaba a crecer sobre algunas partes de mi cuerpo, cuando un alma caritativa del lugar debió verme desparramado sin sentido sobre la verde alfombra natural y decidió tantearme a ver si yo seguía perteneciendo al mundo de los vivos. Me dio un par de bofetones en mi cara para despertarme y me interpeló para averiguar mi estado. Volví en mí. Incapaz de mover un músculo, desperté tumbado en aquella plaza llena de gente bailando al son sabrosón son de la música. Conseguí ubicarme y recordar dónde me hallaba pero mi cuerpo no respondía ninguna orden de mi cerebro, debido a que mis redes neuronales supuraban alcohol hasta por las mitocondrias. Intenté transmitir a mi rescatador que llamaran por megafonía a mi amigo, cuyo nombre no podía ser más complicado: Santiago Rodríguez Reyes. En mi estado, ese nombre era impronunciable. La lengua se me pegaba al paladar y derrapaba contra mis incisivos, con lo que por más que yo insistía en que llamasen a “Ssshaniiagoohhoiguezzzzzguelleessssshh” no había narices que me entendiera. Obvio.

El buen hombre hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar, así que decidió llamar a la ambulancia de la Cruz Roja que se encontraba de guardia en la plaza. Al instante aparecieron dos enfermeros que me levantaron en peso y me pusieron de pie. Se colocaron uno a cada lado de mí, pasé los brazos por encima de sus hombros y me llevaron hasta la ambulancia. Yo era consciente de mi situación e intentaba caminar, sin embargo, las órdenes que envié a mis piernas para que anduvieran nunca llegaron a su destino. Iba colgando de aquellos dos chavales, con las rodillas flexionadas y la punta de los pies rozando contra el pavimento. Cuando finalizamos el trayecto, me asomaban los dedos gordos por la punta de los zapatos, que se habían fundido por la fricción contra el asfalto, mientras los calcetines humeaban producto de las altas temperaturas alcanzadas.

Al llegar a la ambulancia me preguntaron si prefería ir al hospital o a mi casa. Borracho pero con tino, acerté a decirles que me llevaran a mi “kasha”; pues no era cuestión de que también reanimaran a mi madre, víctima de un infarto si le notificaban que yo estaba ingresado en un hospital. Los amables chicos del Sorteo del Oro me depositaron sin miramientos sobre la camilla dentro de la caja de la ambulancia y, cogiendo mi DNI, averiguaron la dirección de casa de mis padres. Allá que fuimos.

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Apocalíptico retrato, extraído de la memoria de un colega, en el cual se observa mi ingreso, en penoso estado ebrio, en el interior de la ambulancia…, ¡desgarrador!

El trayecto hasta mi hogar familiar transcurría por una carretera de montaña de cerradas curvas que, a la velocidad que iba la ambulancia, hicieron que en una de ellas yo rodara sobre mí mismo en la camilla y realizara un doble salto mortal con tirabuzón completamente involuntario, con lo que aterricé con soberano morrazo contra el suelo de la furgoneta. Los camilleros ni se inmutaron, no sé si porque no oyeron el golpe de mi caída por el ruido de las sirenas o, simplemente, porque consideraron que más bajo no podía caer, ni como persona ni como fardo. Supongo que, como no emití gemido alguno, intuyeron que el leñazo que me había dado no me había dejado en peor estado del que me encontraba. Permanecí tumbado, ausente, boqueando como un pez para conseguir obtener algo de oxígeno del aire, a la vez que los dedos gordos de los pies asomaban por la punta de los zapatos, palpitando, colorados por el roce sufrido.

Llegados a mi casa, los dos fornidos muchachos me desembarcaron, cogieron las llaves de mi bolsillo y abrieron el portal. Mientras subíamos los peldaños, yo iba profiriendo gruñidos y generando sonidos con mis arcadas.

Mi madre y mi padre dormían tranquilamente pero tales debieron ser los ruidos que yo emitía que desperté a mi progenitora. Ésta le dijo a mi padre: “cariño, creo que hay un borracho en la escalera, ves a ver…”. Efectivamente, había un borracho en la escalera: ¡Yo! Mi padre se levantó de la cama y fue a indagar qué ocurría. Justo cuando abrió la puerta para ver qué pasaba, los camilleros y yo llegamos allí. Caí sobre mi padre a plomo.

Mi ORTINorrinca madre, que iba parapetada detrás de su marido, al ver a su buen y amado hijo, “el empolloncito”, en tal lamentable estado, comenzó a llorar porque para ella no era posible que su primogénito pudiera alcanzar tamañas cotas de ebriedad. Mi padre no daba crédito y mi hermano pequeño, de trece años, comenzó a partirse de risa mientras me señalaba y decía acusatoriamente: “está borracho”. A partir de ese instante sólo tengo recuerdos aislados, imágenes que aparecen en mi mente como en un álbum fotográfico y cuya secuencia sería la siguiente:

– Foto 1: tumbado en el sofá de mi casa boca abajo, mis padres se esfuerzan por desnudarme. El único flash que recuerdo es cuando me descalzan el zapato derecho con cierta dificultad, debido a que mi inflamado y palpitante dedo gordo del pie sobresale por la otra punta, está encallado y hace tope. Mi hermano sigue descojonado de la risa.

– Foto 2: aparezco sentado en el fondo de la bañera, en bolas, mientras un chorro de agua helada cae del cielo. La piel se me eriza. Se masca la preocupación parental y se oye decir “…¿qué van a pensar los vecinos?…”

– Foto 3: vuelvo a presentarme sentado, pero esta vez sobre la tapa del inodoro, sigo sin ropa alguna y aparece una cafetera de litro repleta del negro mejunje amargo. Informo a mis padres que si su intención es que devuelva lo ingerido, esto ya lo he realizado repetidas veces antes de llegar a casa y que lo único que queda en mi interior es bilis, así que ruego solemnemente que no me hagan tomar el pelotazo de cafeína.

– Foto 4: tumbado decúbito lateral sobre mi cama y, por supuesto, en pelota picada, emito una lastimosa invocación a mi señor padre: “papá pipí”. El afanado ORTINorrinco Senior coloca el cubo de la fregona al costado de mi lecho, tratando de cazar al vuelo mi chorrito de líquida evacuación de emergencia.

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– Página 5: Fundido a negro. Me desconecto completamente de este mundo hasta pasadas quince horas de pertinaz resaca.

Para mí la historia terminó en ese instante de fusión cerebral pero no fue así para mis amigos, en particular, para el dueño de la casa donde se suponía que yo tenía que haber dormido; ya que éste, al llegar de amanecida al lugar de descanso, se dedicó a pasar revista de los individuos durmientes, localizando un saco de dormir vacío. El mío.

Aunque afectado por el alcohol, la fiesta y el cansancio, mi amigo fue presa de los remordimientos dado que me habían perdido, ¡A ver cómo se lo explicaban a mis padres! Rebuscó por todos los rincones de la casa, recorrió las cunetas de los caminos y los arcenes de las carreteras, volvió a la plaza del pueblo, tanteó a otros alcohólicos anónimos que también quedaron desparramados por el espacio público y bancos, y, finalmente, sin que se le ocurriera otra cosa mejor, se dirigió a una cabina telefónica (que por aquel tiempo aún existían) y llamó a casa de mis padres para, sutilmente, tratar de averiguar si yo estaba allí.

Contestó mi madre. Él, preocupado, se presentó y dijo quién era. Mi madre no tuvo esperar a ninguna pregunta de mi amigo pues en cuanto ella lo identificó dijo: “sí, está aquí”. Mi amigo soltó un juramento y contuvo algunas palabras pues su intención fue nominarme como “Hijo de la Gran… Meretriz” pero, claro, hablando con mi madre no era la denominación de origen más apropiada con la que catalogarme. Desahogado con el improperio y tranquilizado por mi localización, se volvió a su casa para descansar y practicar también su propia resaca.

Desde aquel día, varias cosas cambiaron en mi vida: yo no volví a probar el vodka, uso zapatos de punta reforzada y mi madre descubrió que no es oro todo lo que reluce.


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La Travesía

Estimados y estimadas leedoras y leedoros de este blosss, nuevamente, como ORTINorrinco, vengo con mis paridas, aunque, realmente, los ORTINorrincos no parimos sino que ponemos huevos para reproducirnos así que, más bien, una vez más, vengo con mis huevadas.

Como ORTINorrinco hecho y derecho, uno está diseñado para desplazarse sobre la tierra tropezando con todo pero perfectamente adaptado al agua y listo para nadar, así que un buen día, me apunté a una Travesía.

Por si no lo saben, una Travesía es un Triatlón descafeinado. Es decir, en el Triatlón nadas mil quinientos metros; pedaleas empalado sobre una bicicleta de carreras con el sillín encajado entre las nalgas durante cuarenta kilómetros y; por si no eras suficientemente masoquista; te pegas diez kilómetros más corriendo. Eso en la versión olímpica, hay salvajadas mayores. En definitiva, que si para hacer un Triatlón hay que tener un par de huevos, para una Travesía no hacen falta, pues uno te lo dejas encima de la bici y el otro te lo desgatas corriendo con el roce de los calzoncillos. Por tanto, así, sin dos cojones, decidí apuntarme a una Travesía a nado en una distancia de dos mil metros.

Dado que siempre he nadado en la tranquilidad y la paz que otorga una piscina, donde la máxima turbulencia que te puedes encontrar es la que generan las viejillas del Aquagym dando saltos (y no son muy altos que digamos), no estoy acostumbrado a las olas en mar abierto por lo que comencé a entrenarme en la playa.

Durante varias semanas estuve nadando 4.000 mts, siempre con mi neopreno para evitar enfriarme, el cual se ajusta perfectamente a mis redondos bíceps, mis pectorales y, sobre todo, a la puñetera barriga cervecera que no hay manera de rebajar. Sin embargo, las normas de la prueba de 2.000 mts a la que me había apuntado indicaban que no estaría permitido el uso de neoprenos. Por tanto, un buen día, probé a nadar sin neopreno. Así, a pecho descubierto. Y me pasó algo que jamás me había pasado.

Me lijé los sobacos.

Literal. Debe ser que entre que el agua del mar es salada y a que gasto unas lianas axilares por las cuales Tarzán podría pasar de hombro a hombro, el caso es que me despellejé vivo con el roce de mis propios brazos contra las axilas al nadar.

En la piscina siempre había nadado sólo con el bañador, sin neoprenos, y durante una hora diaria. Sin embargo, nunca me pasó eso de desollarme. Supongo que el agua de las piscinas, al ser dulce, debe ser menos erosiva. O tal vez el cloro. O, posiblemente, porque el ácido úrico generado por las damas Tena Lady que hacen Aquagym y los bebés sin Pampers Superabsorventes que chapotean a mi lado debe ser un buen lubricante.

El caso es que estuve dos días caminando como John Wayne a punto de desenfundar las pistolas, con las muñecas y los codos separados de mis caderas casi cincuenta centímetros. Ante la curiosidad generada por este suceso, pero sobre todo por el ardor, investigué en internet y averigüé qué es lo que utilizan los profesionales para evitar rozaduras. Fácil: ¡vaselina!

Total, recuperado tres días después del salvaje frotamiento, lo primero que hice fue…, ¡ponerme desodorante!…, antes de que mis semejantes me trataran de zafio y patán y se apartaran de mí varias decenas de metros.

Y así, bien acicalado y recuperado, me dirigí a la farmacia a comprar la vaselina y algunos productos de primera necesidad. Inocentemente, le solicité a la boticaria pasta de dientes y ésta, gentil y amable, me la preparó. A continuación pregunté por la vaselina con la excusa del roce de los sobacos y me dio incluso a elegir entre varias opciones, más o menos lubricantes. Sin embargo, a continuación, cometí el grave error de pedir unos preservativos (que se nos habían acabado en casa). La miradita de la farmacéutica fue de: “¡Ya claro! ¡La vaselina es pa nadar, sí!”. Y terminé de rematarlo debido a que uno es un ORTINorrinco macho pichote y le pedí los condones talla XL…. Ni se imaginan la cara de la farmacéutica. Debió pensar “sí, sí, a nadar los cojones…, XL y vaselina…, ¿me cuentas un cuento?”. En fin, que al ver la cara de la boticaria fue cuando me di cuenta de mi error y salí de allí con las orejas calientes de la vergüenza. Por tanto, como consejo personal, jamás pidan en una farmacia vaselina y preservativos al alimón. Ni preservativos al limón tampoco…, escuecen y amargan…, supongo, vamos digo yo…, eso me han dicho… ejem…, vamos a dejarlo…

travesia-4Pues bueno, ya cogiendo el truquillo a eso de entrenarme en el mar y poniéndome en forma para afrontar la prueba, a falta de una semana para la competición, mi mujer y yo nos fuimos a pasar un día de playa. A una playa abierta, de olas potentes y resaca poderosa. Mientras mi señora se tostaba a la parrilla, de lado y lado, yo, hastiado y sofocado, me dediqué a coger olas para matar el aburrimiento. Pillé un par de ellas que me deslizaron hasta la orilla, hasta que vi venir una de las guapas, de esas grandes que piensas: “¡fuaaa, esta no me la puedo perder!”

Y efectivamente, no me la perdí. Lo que casi pierdo fueron los bañadores del revolcón que me dio. Se me partió la ola cuando estaba en lo alto de la cresta y, de repente, me convertí en una muñeca/muñeco hinchable. Mis extremidades se agitaban sin control, un brazo pa Cuenca y una pierna pa Sebastopol, la minga suelta y despendolada a falta de bañador, mientras la ola me centrifugaba como la colada a 1.000 rpm. Cuando, por fin, logré tocar la arena del fondo con una mano, mis sensores de posición lograron averiguar dónde estaba el arriba y dónde estaba el abajo y, con un pequeño empujón, logré salir a la superficie para respirar abriendo la boca como un cachalote. Sin embargo, al salir del agua tras recuperar el bañador, por supuesto bajando la cabeza humillado para evitar las miradas de aquellos que me hubieran visto revolcarme como el cemento en una hormigonera, noté que tenía cierto dolor en el hombro izquierdo.

Dolor que, con los días, fue yendo a más. Dependiendo del movimiento del hombro, éste se me encallaba y no se soltaba hasta que oía un ligero crepitar y una lagrimilla me saltaba del lagrimal. Y en lugar de ir al médico, que hubiera sido lógico, pensé: “Yuuuuuuuuuuna mieeeerrrrrrda, dos meses entrenando para perderme ahora la competición. Yo voy a hacer la Travesía como ORTINorrinco que soy”. Y fui.

Al cabo de una semana, el hombro no se me había recuperado ni p´atrás…, ni p´alante, ni p´aloslaos. Seguía crujiendo igual. Pero allí que fui y me presenté a la mesa de inscripciones a recoger mi gorro de natación (verde fluorescente) y mi chip de cronometraje (una tira de velcro para colocarme en el tobillo). Mi querida señora me acompañó para animarme y ser testículo ocular, cámara en ristre, de mi hazaña, tan orgullosa de mí como preocupada por mi lesión y que pudiera ser capaz de finalizar la prueba pero, sobre todo, con el siguiente pensamiento en su cabeza: “¡Como te ahogues, te mato! ¡Cabezón!, ¡que eres un cabezón y nunca me haces caso!”, pues, obviamente, su razonable propuesta de haber ido a un médico fue tercamente desoída por mis oídos.

Para empezar, los de la organización casi no me dejan participar en la prueba. Allí todos los nadadores, macizos, con buenos pectorales, atléticos brazos y cincelados cuerpos, iban provistos de bañadores del tipo “marcapaquetes”, es decir, ajustados para penetrar mejor en el agua y deslizar más. Vamos, que metes esos bañadores en la lavadora y al primer centrifugado te los escupe a la cara. Sin embargo, yo, para no perder mi tradicional gusto por los bañadores horteras, iba provisto de unas bermudas que me llegaban hasta las rodillas, estampado en flores y, lo peor, naranja fosforito. Pues bien, los organizadores de la prueba estimaban que mi culo, naranja radioactivo, podía ser confundido con las boyas que marcaban el trazado. Tras una pequeña trifulca, les argumenté que como no me dejaran participar, lo que iba a confundirse con las boyas sería mi…, bueno…, algo que los niños no deben leer y que rima con boya.

Arreglado el entuerto, me dediqué a calentar y lo primero que hice fue ponerme dos plastas de vaselina bajo los sobacos para evitar nuevas desolladuras. Debí pasarme tres pueblos porque, a día de hoy, todavía me derrapa el roll-on del desodorante cada vez que me lo aplico y anteayer se me escapó y logré encestarlo, sin querer, en el inodoro, después de que rebotara en la cisterna y la tapa del váter como una pelota de basket temerosa de hacer canasta o una pelota de golf indecisa por entrar en el agujero. Gracias a Dios, no había icebergs en el fondo y pude rescatarlo fácilmente. Sin embargo, lo tiré a la basura, ante el repelús que me producía la sola idea de frotarme con aquello.

Una vez listos, se dio la salida. ¡Dios santo! ¡Me dieron una paliza! En un combate de boxeo hubiera recibido menos porrazos.

Yo siempre he sido deportista pero siempre evitando el contacto físico con otros jugadores. En futbol, jugaba de portero. Practiqué voleibol y bádminton, deportes en los cuales, el máximo contacto que tienes es con una pelota, jamás con otra persona.

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Esta decisión supongo que debió ser tomada debido a un trauma juvenil. Sí, dada mi proverbial capacidad de meter mis extremidades en el hueco más inverosímil sin ser consciente de ello, una vez, jugando a básket, tuve un pequeño altercado que me marcó para el futuro.

Mi padre, siguiendo la aplastante lógica de que yo por ser alto debía ser bueno jugando al baloncesto, se empeñó en apuntarme en un equipo, sin encomendarse a la Virgen y sin darse cuenta que, para mí, cuatro extremidades son muchas para coordinarlas todas al mismo tiempo. Pues bien, nos pusimos a jugar mi equipo contra otro en partido oficial. Los míos intentando no pasármela y los otros usándome de puerta de atrás para llegar hasta la cocina y encestar. En una de estas, yo estaba defendiendo, de espaldas a mi propia canasta en un lateral de la pista. El jugador que tenía enfrente de mí hizo un pase hacia el interior de la bombilla a un compañero suyo que entraba en carrera hacia la canasta para coger la pelota y dejarla en bandeja. Yo, para intentar interceptar el balón estiré mi brazo derecho.

Sin embargo, jamás supe cómo, el jugador que venía corriendo se tragó mis dedos. Bueno, más bien, mi dedo medio (largo y huesudo), se le introdujo en la boca, entre su cachete derecho y los molares de ese lado. Parecía como si un mero se hubiera tragado un anzuelo de diez centímetros de largo. Mi dedo le había llegado casi hasta la muela del juicio mientras su sonrisa se había estirado más de la cuenta. Aunque aquello no era una sonrisa. Era una mueca. De dolor, exactamente. Que rápidamente se convirtió en un gesto de rabia e ira babosa. Antes de que aquel energúmeno me mordiera, saqué el dedo de su boca y empezó una pequeña trifulca en la que los del equipo contrario querían sacudirme mientras los míos silbaban y disimulaban, mirando para otro lado, sabiendo que si me dejaban KO tendríamos alguna posibilidad de ganar. Aquello acabó conmigo en el banquillo, dos falanges de mi dedo lesionadas y aún no sé si aquel chiquillo hizo del doble del Joker en la película de Batman. Desde entonces, siempre evité el contacto físico en los deportes.

Por tanto, jamás imaginé que la natación pudiera ser tan peligrosa en ese aspecto. No obstante tiene sus riesgos pues, tras la estampida inicial para comenzar la carrera, me vi inmerso en medio de un pelotón de nadadores que se dedicaron, sin contemplaciones, a darme manotazos, patadas y navajazos. Y digo lo de los navajazos porque sí, muy cachas y esbeltos que son los nadadores pero hay cada ggggggediondo que no se corta las uñas de los pies que aquello no son mejillones, son verdaderas conchas de navajas, largas y afiladas, que como te trinquen bien te dejan marcado como Scarface.

travesia-1En definitiva, por momentos, me sentí como un pollo en una pelea de gallos recibiendo espolonazos de los contrarios.

A esta paliza física hay que sumarle el agobio de:

remar con tus propios brazos hacia delante, ya que no te puedes parar porque te atropellan y te dan más golpes

acordarte de sacar la cabeza para respirar…, si puedes…

procurar tragar la menor cantidad de agua posible, algo casi inevitable entre las olas, el chapoteo que originan tus rivales y, sobre todo, a que no puedes reprimirte y decir “josdeputa” e insultarlos a todos para acordarte de sus familias mientras te van cascando con los espolones.

En fin, al cabo de doscientos metros, había finalizado con mis reservas de glucosa y…, bueno…, también las de testosterona del cabreo chino que me había producido la somanta palos. Sólo me quedaban 1.800 mts para nadar y con un brazo menos.

Transcurridos aquellos agobiantes doscientos metros, el grupo se fue estirando y cada cual empezó a coger su ritmo y su posición, algo más separados. Sin embargo, en esos doscientos metros se acabó la paz en el mar. Sí, porque abandonamos la tranquilidad de las aguas detrás del espigón de la playa y salimos a mar abierto.

Decir que los hados y las hadas seguían en mi contra porque, después de una semana de calma chicha en el mar y cielos soleados y despejados, precisamente esa tarde el cielo se cubrió y nos pilló una fuerte marejada de olas de hasta dos metros de altura. Por tanto, salir a mar abierto fue como meterme en una montaña rusa.

De repente podía estar en lo alto de la cresta de la ola y ver, debajo de mí, al resto de mis compañeros que, provistos todos del gorro de natación, parecían pequeños espermatozoides de cabeza verde buscando el gran óvulo (en forma de boya naranja y gigante al fondo). Sin embargo, al cabo de un instante, me encontraba en un valle de olas, al fondo del mismo, sin posibilidad de ver nada salvo paredes de agua salada y sin referencias para saber hacia dónde dirigirme.

Porque lo malo de nadar en el mar es que, si no te vas orientando constantemente, las corrientes te pueden hacer ir…, ¡incluso en dirección contraria! Así que tienes que estar sacando la cabeza permanentemente y buscar las boyas para orientarte. También debes aprender a sincronizarte con la ola para tratar de sacar la cabeza cuando estás arriba en la cresta porque si estás abajo no ves un carajo (valga la rima). Además, como saques la cabeza cuando estás abajo te tragas la ola enterita y esquilmas el mar de peces como tengas la boca abierta, cosa que hice con relativa frecuencia, sin poder explicarle al océano que, a mí, el único líquido salado y amargo que me gusta es la cerveza.

Total, que renqueante con un brazo menos, subiendo y bajando de ola en ola, acuchillado y apaleado, y con el estómago lleno de agua, plancton y krill, cual ballena gris, conseguí llegar a la meta. Salí del agua, me incorporé y con el estómago efervescente de ácidos gástricos, generando gases a pleno rendimiento de tanta agua ingerida, lo primero que salió de mi fue un atronador y estrepitoso “¡Brrrroooooooouuuaaaarggggghhhhh!” que cruzó mi esófago y explotó en mi boca, rascando mi garganta y balanceando de lado a lado mi campanilla a tal frecuencia que conseguí crear un palo de algodón de azúcar con ella pero, en mi caso, de sal y que tuve que deshacer a base de ingerir Aquarius como un poseso durante casi una hora. Por no decir que la onda expansiva del soberano eructo despeinó ligeramente a la cronometradora y la gaseó con la fragancia al ajo del mojo picón de la comida.

travesia-2Mi eufórica esposa me esperaba a la llegada, feliz por mi hazaña y, sobre todo, por haber sobrevivido. Le di un beso salado y medio abrazo (porque me faltaba el otro brazo para que fuese completo) y le pregunté si sabía en qué posición había quedado. Me dijo que, más o menos, entre el 30 y el 40, a ojo de buen cubero. Mala cubera hubiera sido…, quedé el 61 de de 123…, pero es que mi mujer es de letras.

Mi tiempo fue de 34:59, y ustedes dirán, bueno, está muy bien para ir manco y medio nadar en círculos como un atún con una sola aleta. Lo jodido es que, desgraciadamente, ¡ese es el tiempo que hago en piscina cuando voy normal y con los dos brazos! O sea, ¡yendo manco hago el mismo tiempo que con los dos brazos!

Finalmente, ese tiempo me sirvió para quedar:

a) el 61º en la clasificación general de 123

b) el 16º de 22, en la clasificación de mayores de 40 y menores de 50 (puretas juniors)

c) el 8º de 20, en la clasificación de mayores de 50 y menores de 60 (puretas seniors)

d) el 2º de 4, en la clasificación de mayores de 60 (yayos)

e) y sobre todo, el 23º de 30 en la clasificación femenina, porque no sólo nadaba con hombres, verdaderos peces o pezones (como el animal que ganó con 23 minutos), sino que también competí con auténticas pezas y pezonas que me adelantaron una y otra vez, sin contemplaciones y sin hacer uso de la proverbial empatía de las mujeres para que les diera pena que yo fuera un pobre manquito lisiado.

Travesía 5.jpg

Pero al que no le dio nada de pena que yo fuera un manquito lisiado fue a mi fisioterapeuta. Más bien le dio gozo y rentabilidad, básicamente, 40 euracos de felicidad. Sí, porque al día siguiente tuve que ir a que me vieran el hombro y averiguar qué me había pasado. Me puso boca abajo, con la cabeza insertada en la ranura de la camilla de masajes y le expliqué mi inteligente decisión de nadar con un hombro averiado. Tras contárselo, con las orejas algo taponadas por la propia camilla, le entendí decir: “Pero qué ánimos”, sin embargo, aprovechando que me tenía a huevo me soltó dos cogotassssos (collejas o capones en la península) ante la barbaridad que había hecho y, entonces, comprendí que sus palabras habían sido: “¡Penco animal!”.

Total, tras la sesión y bronca de fisioterapia, el brazo ha mejorado bastante pero aún lo tengo dolorido, para desgracia de ustedes porque, como no puedo hacer nada, me aburro y como me aburro, escribo. Es lo que llaman el efecto mariposa: yo me jodo un brazo y mis lectores de medio mundo se acuerdan de mis muelas por darles la paliza con semejante historia. 

Pero bueno, ya voy a dejarles de darles la tabarra, básicamente porque estoy escribiendo con la mano derecha y aporreando el teclado con la izquierda, con el brazo medio inerte y flácido, atinando a darle a las teclas de chiripa.

Hoy me despido dándoles el culo…, perdón…, dándoles ósculos. Nada de abrazos que me duele aún.