Felipe Ortín

Escribidor


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Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

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Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

bolas de billar

En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

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Alcorques y Bolardos

Ánimo queridos y queridas lectores del blosss que ya va quedando menos para las vacaciones y, de paso, no tener que soportar leerme cada tres semana. Pero mientras llegan tan calurosas y anheladas, que no heladas, fechas, les traigo una nueva anécdota, de esas que aprendemos y aprehendemos con Idus de Julio, mi maravillosa novela, candidata al premio Nobel de LiteraBurra o al premio Planeta… de los Simios.

El premio Planeta

Esperando que me lleguen ambos premios y pueda vivir algún día del Cuento, es decir, de los Cuentos que yo vaya escribiendo, les voy haciendo llegar estas anécdotas para que se me vayan culturizando y cultivando como hombres, hombros u hombras o, si lo prefieren, para no ser políticamente incorrecto, como mujeres, mujeros o mujeras. Elijan ustedes…, o ustedos y ustedas.

Pues bien, hoy vamos a hablar del amplio bagaje de vocabulario con el que cuenta el castellano y de dos palabras que en la versión inicial de Idus de Julio colé para parecer un tío “curto i herudito”, pero que luego saqué de allí porque no me rimaban ni con cola. Y esas dos palabras son: bolardo y alcorque.

Sí, ¿eh? A que suenan a insulto, ¿verdad? Podríamos componer una frase que sonase así: “¡menudo bolardo!”, u otra que dijera: “Ñosssss, mano, ¡chiquito alcorque!”. Con ambas expresiones parecería que estamos insultando a alguien, sin embargo, no es así. (Nota aclaratoria para los NO chicharreros: “Ñosss” es una típica expresión de Tenerife que denota sorpresa o admiración; “mano”, significa hermano o colega; y “chiquito” no significa pequeño sino, más bien, lo contrario, “menudo pedazo de”).

Pues bien, un bolardo no es sino uno de esos postes metálicos que se colocan en las calles para que no aparquemos sobre la acera o para que los coches no entren en una calle. Por su parte, el alcorque es el hueco que se hace en la acera para colocar los árboles y recoger así el agua de lluvia (y muchas veces las caquitas de los perritos). En definitiva, ambos son elementos de arquitectura urbana que a veces tienen su peligro, pues, ¿quién no se ha dejado una espinilla contra algún bolardo? ¿o, jugando borracho a pasarlos por encima, dejarse las partes? ¿o ha rayado la puerta del coche? ¿o se ha hecho un esguince de tobillo al no ver el alcorque?…, pues conozco gente para los cuatro casos. Entonces sí que dan ganas de sacar el diccionario de la Real Academia de la Lengua y hacer buen uso de la cantidad de palabrotas mal sonantes que tenemos para cagarnos en las muelas del que puso el bolardo o el alcorque en medio de la acera.

Aunque para palabras malsonantes, éstas no hace falta que sean tacos, el castellano tiene de sobra. Pueden ser palabras de uso corriente, como por ejemplo, almorrana. No me digan que no suena mal. Pero es que incluso su sinónimo culto aún suena peor: hemorrrrrrroide. ¡Chacho! Ni hecho adrede. Lo cierto es que, aunque le cambiásemos el nombre y usáramos otra palabra para definir ese tipo de varices, la verdad es que nos seguirían dando por culo igualmente…, y literalmente.

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Otra palabra malsonante, y que no es un insulto, es forúnculo o furúnculo, que ya de por sí da mal rollo, aunque su sinónimo culto, divieso o bubón, tampoco mejora la cosa y no deja de ser más que un tumor purulento o con pus, y donde la palabra purulento también da grima sólo de pronunciarla.

Por no hablar de sobaco, que mira que suena fatal y por mucho que utilices axila en su lugar tampoco lo arreglas mucho y si encima tienes unas lianas bajo el brazo tipo la selva de Tarzán, el repelús aumenta cosa bárbara.

Gargajo tampoco mejora el sonido del castellano y más si encima carraspeas para obtenerlo. Y el pobre gorgojo, que no tiene nada que ver con el gargajo, no es que tenga un nombre bonito aunque, realmente, el bicho es feo de cojones.

Escroto no es que suene muy bien, la verdad, igual que sus vecinos esfínteres. Lo cierto es que parece que los médicos para definir las partes de la anatomía humana cojan las fichas del Scrable las tiren al azar y lo peor que salga es el nombre que le ponen a esa zona de la geografía humana. Por no decir, el nombre de las enfermedades, porque relacionado con lo anterior, no me digan que no suena como el culo la palabra gonorrrrea. ¡Chosssss! Llegas al médico y te espeta: “Caballero, tiene usted gonorrrrrea”…, con sólo oír esa palabra fijo que se te cae la minga a cachos, aunque no sepas lo que signifique ni cuáles son sus síntomas.

O por ejemplo, seborrea. Ya sólo de escucharla se te llena el cuerpo de escamas. Y hablando de sebo, mira que también es fea la pobre palabra.

Pero no sólo son los médicos quienes inventan palabritas retorcidas. Los biólogos son unos hachas poniendo nombrecitos. Por ejemplo, no había otro nombre que ponerle a ese pobre pez llamado japuta. ¡Coño! Que estás en el chiringuito de la playa comiendo pescado y se te ocurre decir: “¡Que buena está la japuta!” y tu mujer inmediatamente levanta la cabeza para ver a qué chati le estás echando el ojo para recriminarte que siempre estás pensando en lo mismo.

Y menos mal que los mandriles no saben que les llamamos así. Yo si fuera un mandril iba a la Protectora de Animales a presentar una hoja de reclamaciones para que me cambiaran el nombre y presentaba cargos por injurias contra el biólogo que me llamó de esa manera.

Y continuando en el campo de la biología, cómo nos vamos a olvidar de sus ayudantes y, en particular, de los mamporreros. ¡Acabáramos! Llegas a un bar, te sientas, le echas un ojo a una chica, le entras con aquello de “¿estudias o trabajas?”, y cuando ya estás entrando en confianza va ella y te pregunta: “¿Y tú qué haces?”… “yo soy mamporrero”. Bueno, ya sólo con oír esa palabra tan chunga, aunque la chica no tenga ni idea de qué va tu faena, sale por patas y al carajo el ligue. Pero es que si, por casualidad, la tía sabe lo que significa, cagada total. Vamos, no deja que la toques ni en pintura. Y es que el trabajo de mamporrero está íntimamente relacionado con otra fea palabra, el cipote, en particular el del caballo, pues digamos que un mamporrero es como el chófer del “Follow me” de los aviones pero en lugar de meter los aviones en el hangar pues…, pues…, eso, mira, ¡qué casualidad!, en este caso el “follow me” pronunciado literalmente en castellano resume lo que ayuda a hacer el mamporrero al caballo.

Y ya que hemos salido con el inglés, revisemos esta manía que nos ha cogido de meter anglicanismos por todas partes. Yo, cuando era joven, me iba de pateo, de acampada, a montar en bici, a correr, o jorobar la pavana a los vecinos jugando a fútbol en la calle a la hora de la siesta…, pues no. Eso ya no se hace y además está muy feo. Hoy, para ser culín…, perdón, quiero decir Cool&In, tienes que hacer trekking, camping, biking, running, o neighbour fucking football at siesta time. Si no, te miran fatal. Y es que no es lo  mismo pegar pelotazos contra una pared como un palurdo español que como un british polite.

Por no decir que en el curro los compañeros se pueden chotear de ti si dices reunión, lluvia de ideas, objetivo o reunión informativa en lugar de meeting, brainstorming, target o briefing. Y no sólo eso, de vez en cuando, alguien de la oficina te puede reenviar un correo informativo con la abreviatura “fyi” (for your information) que, en este caso vale, porque abreviar: “paque usted tenga información” queda como “puti” y claro, liada la tenemos, porque te pueden acusar de acoso sexual o de moving.

Y el jefe, en la empresa, ahora ya no es el jefe, sino el CEO (Chief Executive Officer); Recursos Humanos se dice Human Resources y su mandamás es un Headhunter (literalmente, caza-cabezas, como los jíbaros); la secre del jefe ya no es “la Loli”, sino su Personal Assistant; y al contable de toda la vida, ahora se le dice Account Manager.

La Loli

Eso sí, sin embargo, cuando las cosas se tuercen y te quieres acordar de las muelas de alguno de ellos, uno deja de ser “polite” y utiliza el castellano castizo para utilizar sinónimos como “el cabrón de mi jefe”, “la machanga aquella”, “el gilipuertas del administrador”, “el bobomierda de Paco”, o el “hijo puta ese” porque, indiscutiblemente, los tacos en castellano son mucho más potentes y sonoros que en cualquier otro idioma, porque un buen “¡joder!”, de esos que rascan la garganta cuando lo pronuncias, es mucho más sonoro e impactante que un “¡fuck!”. Vamos, es que ni punto de comparación.

Pero, sobre todo, lo que no tiene ni punto de comparación es Idus de Julio, la comedia más hilarante que he escrito jamás y que no debes perderte…,

Sí, vale, sólo he escrito una novela, así que es la más hilarante que he escrito jamás, pero igualmente, no debes perdértela.

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Los sistemas métricos

Saaaaaaaaaaaaaaludos nuevamente a todos los telelectores, telelectoras y demás teleles del blosss del ORTINorrinco. Hoy, para no variar, volvemos con esas pequeñas anécdotas ocultas en Idus de Julio, esa novela única e irrepetible de Felipe Ortín (única porque por ahora no tiene otra publicada e irrepetible porque a ver si tiene las narices de volver a escribirla).

Nuevamente explicaremos otra anécdota introducida en Idus de Julio y que esta vez tiene que ver con el sistema métrico decimal, el sistema de medición anglosajón, los problemas de incompatibilidades que puede haber entre éstos y las catástrofes que pueden ocurrir por no ponerse de acuerdo la Humanidad en cómo medir las distancias.

Y es que, en pleno siglo equis-equis-palito, aún no comprendo por qué no se han uniformizado universalmente los métodos de medición y más cuando el sistema métrico decimal es tan sencillo como multiplicar o dividir por diez para cambiar de escala y santas pascuas. Porque mira que es complicado, como hacen los anglosajones, establecer las medidas como se hacía milenios atrás, basándose en medidas antropomórficas, tales como pulgadas (ancho de la primera falange del pulgar), pies, yardas (la mitad de la longitud de los brazos extendidos), codos (distancia entre el codo y el final de la mano abierta), palmos o brazas (longitud de un par de brazos extendidos).

Vale que, en aquel entonces, no había un patrón estándar de medición y se tenía que usar algún método para calcular las distancias y cada rey o gobernante establecía dichas medidas en función de las dimensiones de su propio cuerpo: su pie, su palma de la mano, su brazo, su pulgar, su codo, etc. El problema surgía porque cada uno tenía su anatomía y las unidades métricas variaban considerablemente de un reino a otro ya que, para establecer la longitud de un pie, no era lo mismo, a lo mejor, las lanchas que calzase Olaf, el rey de Noruega, que los zuecos que pudiera utilizar Catalina la Grande…, vamos, digo yo.

si-el-name-peludo-de-felipe-el-hermosoMenos mal que por esa época no les dio por tomar como patrones medidas extrañas, yo que sé, por ejemplo, igual a algún rey tarado le podía haber dado por haberse medido la minga y, hoy en día, en lugar de pedir “cuatro metros de cable de antena”, podríamos tener conversaciones del tipo:

  • Hola, me da cuatro pollas de cable de antena
  • ¿Erectas o flácidas?

Y aquí aparecería el primer conflicto en cuanto a las medidas. Por no decir que el dependiente también podría afinar un poco más y tratar de aclararse con un: “¿formato estándar o formato negro del guasap?”.

Incluso, también, a alguna reina se le podía haber ocurrido pesarse el pecho en una balanza y establecer una nueva medida patrón de peso: la teta. Con lo cual, actualmente, en lugar de un par de kilos de azúcar podríamos pedir un par de tetas de azúcar. Y, nuevamente, podría surgir la discordia: “¿teta Nefertiti o teta Sabrina?”

En definitiva, y volviendo al tema, que con las medidas anglosajonas no hay dios que se aclare (bueno, tal vez el dios de los protestantes) porque no tienen relación directa entre ellas y pasar de una a otra es algo más complicado que multiplicar o dividir por diez; por ejemplo, una milla son cinco mil doscientos ochenta pies…, vamos, todo el rato con la calculadora científica en la mano.

Menos mal que para establecer y dar un orden a la cosa, allá por la revolución francesa, en 1791, Pierre Francois Méchain y Jean Baptiste Delambre fueron contratados por su gobierno para establecer un patrón universal de medida estándar, básicamente para evitar lo anteriormente comentado, es decir, que cada vez que se cambiaba o guillotinara a un rey, las distancias se acortaran o alargaran misteriosamente según la alpargata que llevara puesta el nuevo monarca. Para ello, los tipos se fueron a Barcelona y desde allí consiguieron medir, más o menos a ojo de buen cubero, la distancia del meridiano Dunkerque-Barcelona (de hecho la Meridiana se llama así debido a que por ahí pasa dicho meridiano) y establecieron el metro como la “diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano terrestre”. Y, a partir de ahí, nació el sistema métrico decimal.

Después de ellos llegaron algunos tipos, aún más repelentes que el Sheldon de la Big-Bang Theory, y en 1960 establecieron el metro como: “1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86”. Una definición que, aparte de entenderla su padre, seguramente la hizo el tipo que más collejas se llevaba en su instituto por empollón, gafotas y sabiondo. Y por si la anterior definición nos fuera fácil de entender a los cenutrios que no estudiamos física nuclear, unos tipos aún más frikis, en 1983, terminaron de redondear la cosa para establecer al metro como: “la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo”.

Pero bueno, volviendo al tema de las anécdotas de Idus de Julio, la que colé en la novela hacía referencia a la Mars Orbiter Climate, una sonda espacial destinada a “explorar en Marte” aunque, más bien, fue destinada a “explotar en Marte”…, sí sólo es un cambio de consonante, una “r” por “t”, pero este pequeño error tipográfico es similar a lo que ocurrió. ¿Y por qué?

Pues nada, muy sencillo, los amigos de la NASA (aquellos de “Jiuston güi jaf a problem” con el Apolo XIII) tuvieron un pequeño error de coordinación. El laboratorio de Propulsión utilizó el sistema métrico decimal y el laboratorio de Navegación, el sistema métrico anglosajón; es decir, los mamelucos que construyeron el aparato lo programaron para moverse en metros y kilómetros mientras que los centollos encargados de darles las órdenes de maniobra se las metían en pieses, pulgadas y millas. Total, que la sonda, que tenía que pasar a unos 150 kilómetros de altura sobre la atmósfera de Marte, pasó a tan solo 57 kilómetros y se achicharró.  En definitiva, que los de la NASA le pegaron fuego a unos 125 millones de dólares por no hablar en el mismo idioma (que, manda narices, se supone que es el inglés)

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Todo esto no hubiera sucedido si, por ejemplo, tuviéramos un solo patrón universal de medida como es el sencillo sistema métrico decimal. O también, si algún rey con cojones hubiera logrado establecer el patrón pinga y, por sus santos bemoles, hubiera convencido a toda la humanidad de utilizar sus regios atributos como medida estándar universal. Y así, hoy en día, en las Olimpiadas, el Usain Bolt en lugar de correr los cien metros lisos estaría corriendo las 666 pingas lisas (utilizando un patrón “pene morcillón” de 15 centímetros para la conversión de metros a pingas)

Eso sí, tal vez no haya nunca una unanimidad en cuanto a criterios para establecer las distancias y que la Humanidad jamás acuerde un único modo de medir las cosas; sin embargo, en lo que sí que hay unanimidad absoluta es que Idus de Julio es la pera limonera. No debes perdértela…, Idus de Julio quiero decir, la pera limonera está buena, pero mejor unos buenos Idus…

Sean FELIPIces.

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Las pelis americanas

Bienvenidos mis queridos y queridas masoquistas nuevamente al blosss del ORTINorrinco, y digo lo de masoquistas porque aún sigo sin comprender cómo quincenalmente ustedes son capaces de visitar fielmente este blosss. Yo porque lo escribo pero si tuviera que leerlo cada dos semanas, me arrancaba los ojos. De hecho, no me extrañaría que algún servicio secreto utilice mis escritos como método de tortura para sonsacar información a los espías del bando contrario. ¡Chiquito sufrimiento! De todas formas, agradezco de corazón su lealtad por venir a leerme durante cinco minutitos.

Hoy, ooooooooooooooooooooooooooootra vez más, hablaremos de esas peculiares anécdotas que, como escribidor del tres al cuarto, conseguí colar en Idus de Julio; y es que, aunque parezca mentira, para poder redactar la novela yo creo que leí diez veces más de lo que escribí. Yo pensaba que esto de ser escribidor era darle a las teclas y ya está pero no, resulta que para ser escribidor tienes que ser antes un buen leedor.

En fin, pues esta vez, en la novela sólo pude colar media anécdota. El por qué los estadounidenses denominaban “Charlies” a los vietnamitas; sin embargo, dejé al lector de Idus de Julio con la intriga de saber el origen de la palabra “yankies”. Pues bien, aprovecho estas líneas para matar la curiosidad (…y evitar así que ésta mate al gato).

Lo dicho, la verdad es que, como la mayoría de los de mi generación, desde bien pequeños hemos visto a los yankies pegándose de tortas con medio mundo en las películas que hemos ido mamando desde nuestra tierna infancia.

Por ejemplo, cuando yo tenía cuatro o cinco añitos, los sábados al mediodía, en casa siempre veíamos las películas de indios y vaqueros (con el omnipresente John Wayne) y donde los primeros siempre llamaban a los segundos “rostro pálido”; con bastante razón, pues hay que reconocer que los anglosajones y gentes del norte suelen ser un tanto translúcidos de piel. Tanta película de indios y vaqueros también producía en mí ciertos efectos secundarios. Para empezar, pensaba que los habitantes de los Estados Unidos se denominaban “rostros pálidos” en lugar de estadounidenses. Para seguir, cada vez que veía a un turista inglés o alemán de transparente piel y azules venas, yo pasaba mi pulgar de lado a lado de mi cuello y lo saludaba con un alegre “¡Jao, rostro pálido, yo cortar cabellera!”; con la consecuente sonrisa de circunstancias por parte de mi madre que, avergonzada, me agarraba del brazo y huía apresuradamente mientras me recriminaba mi bocaza de niño que, a esa temprana edad, soltaba verdades como puños aunque fueran políticamente incorrectas.

En fin, que yo siempre he tenido algo así como un espíritu de animar a los perdedores, con lo cual iba en contra de los rostros pálidos y esperaba, inocentemente, que alguna vez los indios ganaran en la película pero no había manera, eran derrotados irremisiblemente…, estaba claro quién redactaba los guiones…

De hecho, creo que fue por aquella época cuando me hice culé ya que en los 80 el Real Madrid arrasaba y el Barça era capaz de realizar la increíble proeza de ser derrotado 1-4 en su propia casa por el Valladolid. Al igual que con la selección española de fútbol, a la cual veía perder cada cuatro años en el correspondiente mundial de fútbol para mi desesperación. Gracias a Dios que la cosa ha cambiado algo y el Barça encadena títulos mientras que, por fin, España ha ganado un mundial.

En fin, que después, con el paso del tiempo, se cansaron de poner pelis de indios y vaqueros y nos atiborraron con pelis de la segunda guerra mundial en las que, esta vez, los yanquis se las tenían con los alemanes y también ganaban por goleada. Y, posteriormente, fueron los rusos las víctimas, a los que incluso Rocky Balboa noqueaba subido en un ring.

Y de ahí, Sylvester Stallone pasó, de boxear y darle guantazos a un soviético, a matar “charlies” en Vietnam con aquella frase tan célebre de “¡no siento las piernas!” que, por cierto, JAMÁS dijo en la saga de Rambo…, lo que dijo exactamente fue: “¡No consigo encontrar sus piernas! No encuentro sus piernas”. Sí, sí, esto es cierto al igual que Afrodita A nunca dijo lo de “¡Pechos fuera!”, sino: “¡Fuego de pecho!”…, ya le hubiera gustado a más de un calenturiento de mente eso de pechos fuera…, pero en fin, volvamos al tema de las pelis del Vietnam.

(Breve inciso: en estos momentos, más de un leedor o leedora de este blosss fijo que estará buscando a Afrodita A o a Rambo en gugle para verificar lo que acaban de leer, je, je…, por cierto, que Mazinger Z, en japonés, se pronuncia algo así como: “me chinga el seto”…)

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Pues bueno, cuando crecí, y dejé de ver westerns, empecé a ver películas del Vietnam, cambiando de equipo para aliarme con los vietnamitas. En éstas, en lugar de indios y vaqueros, se peleaban los “charlies” y los “yanquis”. Tras tragarme unas cuantas docenas de largometrajes sobre este tema, conseguí averiguar por qué los americanos llamaban “charlies” a los vietnamitas. El motivo es que denominaban al Viet Cong con las siglas VC, que en código de radio se transmite como Victor Charlie. Así que empezaron a llamar a los soldados aborígenes como “charlies”. Pero, a pesar de tanto atracón de películas de tiros, amputaciones y combatientes trastornados, nunca supe por qué llamaban “yanquis” a los habitantes del americano país.

Así que investigué un poco y conseguí averiguar el origen de dicha palabra. Una de las posibles, y más extendida, acepciones de la procedencia de dicho vocablo surge de la idea de que en Nueva Inglaterra, en el siglo XVII, había mucha población holandesa y gran parte de ellos se llamaban Jan (Juan), fonéticamente “ian”. El apodo “ianke” significaba pequeño Jan, es decir, pequeño Juan o Juanito. Durante la Guerra de Secesión, los soldados sudistas denominaban, despectivamente, “ianke” a todo soldado del norte y, por extensión, con yanquis se quedaron… (que queda más glamuroso que Juanito)

Eso sí, lo que no ha cambiado con el paso del tiempo en las películas americanas es que todo ocurre allí. Que vienen los extraterrestres a invadirnos, el Presidente de los EEUU es el libertador del planeta. Que ocurre un cacho catástrofe y el mundo se va a tomar por saco, llegan los americanos y resuelven el entuerto. Que vienen unos robots extraterrestres que se transforman en camiones, ¡puñetas!, ¡qué puntería!, aterrizan en el centro de Kansas. Incluso yo, cuando me cabreo, me cago en la Utah.

Entiendo que, al ser tan pequeños y por las leyes de probabilidades, no ocurran estas cosas en… San Marino, Tuvalu o Liechtenstein pero, por ejemplo, Rusia, China, Canadá o Brasil, por su extensión, podrían tener los mismos derechos a ser invadidos por marcianos, a irse al carajo debido a un cataclismo, o a que cuando yo me cabree me acuerde de todos los hijos de Putin…, vamos, digo yo, ¿no?

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Eso por no decir la cara de pena e indignación que se nos pone cuando el poli bueno de la peli, tras haber destrozado la mitad de los vehículos que circulan por la ciudad persiguiendo al malo con un camión de quince toneladas, es requerido por su Sargento para suspenderle de empleo y sueldo, solicitándole la placa y el arma. Te dan ganas de levantarte de la butaca del cine y darle de sopapos al Sargento por obtuso y lerdo. “¿Qué no ves que tiene razón?”…, dan ganas de decirle, y continuar argumentando: “¡Que si no cogía el camión del butano el malo se escapaba…!”

Pero lo que más me sorprende de las pelis de EEUU es que parece ser que la única asignatura que se imparte en los centros docentes es Literatura. Si se fijan en la mayoría de pelis de institutos americanos, la clase que siempre sale es la de Literatura.

Ni Matemáticas, ni Física, ni Químicas. De Plástica ni hablar y el Inglés ya se lo saben, que para eso son angloparlantes. Latín y Griego son lenguas muertas así que pa´qué. Total, que da por suponer que en USA solo dan Literatura y que se saben las obras de William Shakespeare de memoria, siendo Macbeth, Hamlet y Otelo el Moro coleguitas de toda la vida de los estudiantes de allí y que el “tubí ornot tubí” lo recitan cosa bárbara. También de estas pelis se deduce que el peor insulto que se le puede proferir a un yanqui es el de “gallina”. Puedes mentar a su madre y a su familia pero basta cloquear y aletear con los brazos para conseguir que las vacas vuelen. Y, finalmente, aprendes que se saben la Biblia al dedillo, pudiendo llegar a hacer verdaderas conversaciones con todos sus versículos. La verdad es que sería un sueño ir a la sucursal de tu banco a pedir una hipoteca y que el Director, para reclamar el pago de tu mensualidad, te dijera:

“Mi estimado cliente, escrito está: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. San Marcos 12,17”.

Y tú podrías darte el gustazo y responder:

“Sí, pero también dicen las Sagradas Escrituras: Cada siete años ustedes perdonarán las deudas. Deuteronomio 15,1”; y chulescamente apostillarías: “¿Lo sabía…, Makeijan?”.

Lástima que la realidad y la ficción sean cosas tan diferentes. ¡Cachis!

Eso sí, lo que es una ficción que refleja muy bien la realidad es Idus de Julio, una novela hecha en este país con la intención de triunfar en el mundo mundial…, en plan yanqui… y tal.

Sean FELIPIces.

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El barraquito y otros

Güelcam otra vez a este blosss del ORTINorrinco, en el que hoy volvemos a recuperar las anécdotas que el cafre de Felipe Ortín consiguió insertar en su fabulosa novela, Idus de Julio, de manera que el lector de la misma no se diera ni cuenta de que le estaba añadiendo más paja y páginas a la historia para que ésta fuera un tochito de trescientos folios y que pareciera una novela seria y todo.

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En fin, hoy hablaremos de ese brebaje mágico llamado café. Esa bebida que todo el mundo toma con la excusa de espabilarse pero que, en realidad, la mayoría utiliza para ir al excusado…, a soltar lastre; porque no hay mejor laxante que un buen café, a poder ser de esos que puedes conseguir en las máquinas expendedoras que las empresas suelen colocar en los offices de sus oficinas. Uno de esos y mano de santo para el estreñimiento; a los dos minutos te encuentras apretando el paso (y las nalgas) en dirección al WC. Yo he llegado a sospechar que esas máquinas las instalan en las empresas los jefes de los Departamentos de Recursos Humanos. Sí, porque no hay nada que ponga de más mal humor que tener retortijones y no poder aliviarte. Así que para mejorar el ambiente laboral en la oficina, nada mejor que tener al empleado bien cagado (a veces en todos los sentidos)

En fin, que en este país el café es casi una religión y un motivo como otro cualquiera para poder quedar con un buen amigo para pasar un rato agradable. Y no sólo eso, sino que, además, posiblemente España sea uno de los lugares donde mejor se prepara el café, tras Italia o Brasil, porque lo que es en el resto de Europa o América, el café no deja de ser más que agua sospechosamente tiznada de negro (que yo sepa). Por ejemplo, el peor café que he probado en mi vida lo tomé en Alemania, una pócima oscura y maloliente (no quiero decir con esto que todos los cafés de Alemania sepan igual, pero aquel fue terrible). En Estados Unidos, por lo que se ve en las pelis de polis, se jartan a tomar quintales cúbicos de café en vasos de plástico Big Size de Coca-cola…, si eso realmente fuera café café, del speed que les daría resolverían los casos en cinco minutos y rodarían cortometrajes en lugar de largometrajes.

Y una vez fui a Francia y pedí un café olé, pensando que lo de olé era porque sería bueno de cojones. Sin embargo, lo que pasa es que los gabachos no saben ni leer en su propio idioma pues, olé sus huevos, realmente es un “café au lait”, que no es más que un café con leche…, que, por cierto, me lo pedí para desayunar en un bar y tuve que ir a la panadería para comprarme un croassant porque allí el café se vende en los bares y los dulces en la panadería…, no se les ha ocurrido mezclarlo como hemos hecho aquí.

Eso sí, nosotros aquí nos hemos empeñado en complicarnos la vida para pedir el café. Un buen camarero de cualquier restaurante es capaz de anotar las comandas de los comensales, servir las mesas con diligencia y ser amable con los clientes…, hasta que llega el turno de los cafés, instante en el cual los nervios, la memoria y la amabilidad del camarero se pueden ir al garete en cuestión de segundos.

Porque no debe haber momento más estresante que cuando un grupo de treinta personas, después de haberse puesto como ceporros comiendo y haber jalado más alpiste de la cuenta, se pone a pedir los cafés. Porque lo dicho, aquí no se pide un café y punto. O un cortado y tan panchos. No, no. Aquí, aparte de ser camarero, hay que tener estudios y un máster superior en la Universidad Juan Valdez de Cafetera y Tueste porque, de esas treinta personas, ninguno pedirá lo mismo.

Que si un café solo, solo corto de café, expreso, café americano, café largo, bien cargado, uno manchado (nunca he sabido manchado de qué), con hielo, descafeinado de máquina, descafeinado de sobre, con sacarina (esto se lo suele pedir el troglodita que se acaba de comer medio cochino asado, curiosamente, ¡para no engordar…!), con estevia (pal friki ecologista).

Pero es que aquí no acaba la cosa porque, para complicarlo aún más, faltan los cortados, los cuales pueden ser: corto de leche, largo de leche, café con leche, con la leche fría, con la leche hirviendo (práctica que particularmente odio pues hasta en verano los camareros vaporizan la leche del cortado para que te quemes la lengua…, esto fijo que lo hacen por venganza). En Canarias, particularmente, para complicar un poco más el cortado, tenemos: cortado de leche y leche (leche normal y leche condensada), cortado de leche natural (sólo leche normal) o barraquitos. Obviamente, los cortados también pueden usarse con la opción de descafeinado, de sobre o de máquina. Por si fuera poco, y para tocarle aún más los ojones a los camareros, ahora ya podemos elegir el tipo de leche: desnatada, sin lactosa, semidesnatada, de soja, de arroz, de avena, de almendra, de vaca, de burra, de foca, de Bob Esponja…, al final, la leche que te ponen es…, la mala leche que le entra al camarero o, con mala suerte, te pega una leche como Ruiz Mateos al Boyer.

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Y parece que la cosa acaba aquí, pero no.

Aún falta poder mezclar el café con licor y aquí empezamos con los carajillos de anís, de cognac, de whisky, de ron o cualquier otra cosa que lleve alcohol, así hasta llegar al de 95 grados. También los trifásicos, que son cortados a los que se les añade el licor correspondiente, como el trifásico de Baileys (que, irónicamente, tiene crema de leche). Obviamente, estos últimos también pueden complicarse pidiéndolos descafeinados de sobre o de máquina, con hielo o sin hielo, con azúcar o sacarina y, por supuesto, con el tipo de leche que te salga de los cojones…, ejem, quiero decir…, de avena, de soja, de chufa, etecé, etecé…

En definitiva, que ese momento debe ser el más estresante para un camarero. Yo una vez casi vi fenecer a uno en vivo y en directo cuando el listo de turno se le ocurrió pedirle un: “cortadito de leche y leche, corto de café descafeinado de máquina, con la leche condensada de almendras ecológicas, la leche natural desnatada sin lactosa y la sacarina sin gluten”. Al camarero se le subió la ceja izquierda, dobló la lengua p´atrás, apretándola entre los dientes, y casi pude leer en sus ojos sus pensamientos algo así como: “Ñññññññññññ, ¡Mira…, mi niño! Lo que te voy a dar es una nata con tan mala leche que te voy a descafeinar hasta los sesos…”. La verdad es que el camarero tenía razón porque para pedir un café que no es café, mezclado con leche que no es leche y un edulcorante sospechoso yo, en el lugar del camarero, hubiera mandado al cliente a la mierda pero que no es la mierda.

Pero bueno, volviendo al tema que nos traía, que eran las anécdotas que uno puede aprender de Idus de Julio, hoy quería contarles el origen de la palabra “carajillo”. Al parecer hay dos teorías sobre el origen de la misma, por lo que pude averiguar en su momento.

La primera es la que explica que en la Guerra de la Independencia Cubana, los españoles mezclaban el café con licor para tener más “corajillo” e ir a luchar en las batallas. Y de ahí, la palabra derivó en carajillo. Está claro que si esto fue así, a vista de los resultados de hoy en día, aquellos carajillos debían ir más cargados de la cuenta y nuestras tropas debieron ir medio beodas al campo de batalla pues perdimos la guerra, Cuba y ya, de paso, Las Filipinas.

La segunda versión sobre el origen de la palabra “carajillo” dice que es una derivación de una expresión típica de los arrieros catalanes que esperaban su turno de carga en la Estación de Francia de Barcelona y que, cuando tenían prisa por salir, mezclaban el café con el licor y se excusaban con un: “que ara guillo”, que quiere decir: “ahora tengo que irme con prisas”

Independientemente cual de las dos versiones sea la correcta, yo, particularmente, me decanto por un café especialmente sabroso inventado en Tenerife, el popular Barraquito, ideado, parece ser según se cuenta, por un cliente del Kiosko Imperial de Santa Cruz de Tenerife al cual apodaban Barraco y que un buen día le dio por mezclar café, leche condensada, leche, canela, una corteza de limón y licor 43.

Curiosamente, el barraquito, cuya receta es la que acabo de describir, no hay narices que, hoy en día, te lo sirvan correctamente si lo pides como tal, ya que cuando pides uno, en todos los sitios te ponen un simple cortado largo de leche y leche sin licor ni ná…,

A ver, estimados camareros, si el barraquito original tiene licor, por qué, hoy en día, si quieres que te lo sirvan como Dios manda, tienes que decir “barraquito especial”. Queridos camareros, ya sé que odian a los clientes por pedir el café de mil maneras diferentes pero un barraquito lleva su licor, su corteza de limón y su canela…, no debería hacer falta especificar “especial”, ya que lo que ustedes sirven normalmente es un barraquito…, ¡que no es un barraquito!

Recuerden, el barraquito lleva: leche condensada, café, leche, canela, corteza de limón y licor 43. Y punto. Nada de “barraquito especial”.

Porque no hay nada mejor que poder saborear un buen barraquito con una buena lectura como puede ser, por ejemplo y sin ir más lejos, el Best Seller de Felipe Ortín, Idus de Julio (que es su Best Seller porque no tiene otra novela que vender…)

Sean FELIPIces.

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El Plan Cerdá

Una vez más, bienaventurados y bienaventuradas ustedes y ustedas, leedores y leedoras de este blosss, por tener la fe y la esperanza de que con mis letras puedan sonreír un rato; lo cual para mí, aparte de ser un motivo de HONDA SATISFACCIÓN, es un estrés de cojones, porque cada vez me tengo que estrujar más la sesera para conseguir sacar historias nuevas que les diviertan un rato.

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Pues bien, hoy volvemos a las anécdotas de IDUS DE JULIO para recordarles que la novela no sólo es una comedia, sino que también es una crítica general de muchas situaciones y entre ellas hay un momento en el cual me dedico a criticar a los políticos. Sí, esos políticos que piden a la población que se apriete el cinturón para pasar esta crisis galopante y que, por el contrario, parece que dicha crisis no vaya con ellos. Pero lo que pasa es que yo creo que no entendemos bien a nuestros políticos. Ellos también se saben apretar el cinturón aunque no lo parezca, lo que pasa que es una cuestión de semántica relacionada con el verbo apretar.

Efectivamente, la plebe como nosotros utilizamos el verbo apretar en modo gerundio y vamos apretando cada vez más el cinturón para llegar a final de mes, según vamos adelgazando. Sin embargo, los políticos lo utilizan en modo participio y llevan el cinturón apretado, bien apretado, pues cada vez están más gordos a base de inflarse con: chanchullos diversos, mamoneos varios y recalificaciones ilegales, todas, por supuesto, a costa de los honrados contribuyentes.

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Y lo peor es que todo esto no es nuevo, sino que ya viene de antiguo y más en este país de Dios (nunca mejor dicho). Para muestra un botón y, así pues, en IDUS DE JULIO logré colar una anécdota completamente cierta y real de cómo funcionan las cosas por aquí.

Y se trata del genial ingeniero Ildefons Cerdá, creador del Ensanche de Barcelona, un plan urbanístico visionario que, en 1860, estableció las bases para la ciudad moderna que, hoy en día, es Barcelona. Sin embargo, aquel proyecto le generó enemigos de todo tipo y acabar enfermo, divorciado y arruinado.

Planificó una ciudad con grandes jardines, edificios de máximo tres plantas de altura (de forma que el sol pudiera incidir bien en las calzadas e iluminarlas), manzanas cuadradas de 113,3 metros de lado, con calles de 20 metros de ancho; lo que era una barbaridad para la época pues aún no había tráfico de automóviles pero él ya preveía que algún día cada ciudadano circularía con su propia “locomotora particular”. De hecho, las manzanas de edificios acaban en chaflán para permitir la visibilidad del tráfico en cada intersección. Vamos, que si por entonces hubieran existido los programas de tele-videntes, con televidentes suficientes, Cerdá se habría forrado echando las cartas sin necesidad de haberse liado la manta a la cabeza para organizar Barcelona, pues supo prever el futuro de una manera bárbara.

El proyecto también planteaba que cada manzana tuviera jardines interiores para el esparcimiento de niños y ancianos, sin que éstos tuvieran que desplazarse para ir a jugar (a la petanca, básicamente) o tener que hacerlo en las vías por donde iban los carruajes.

La ciudad de Cerdá no hacía distinción entre clases sociales, ya que todas las calles eran iguales, lo cual provocó que la burguesía se opusieran al plan (fuera a ser se rozasen con un plebeyo) y el Ayuntamiento rechazó el proyecto y se lo adjudicó al arquitecto Rovira y Trías. Sin embargo, el gobierno central de Madrid impuso por Real Decreto que se estableciera el plan Cerdá. (Curioso que, hoy en día, Madrid sea un verdadero caos urbanístico y circulatorio, mientras que Barcelona sea una ciudad perfectamente organizada…, ¡gracias a Madrid!)

En definitiva, que tanto jaleo político le valió a Cerdá ganarse enemigos por todas partes: los burgueses porque perdían su diferenciación clasista y elitista; los arquitectos porque no soportaban que un ingeniero impusiera su criterio urbanístico (la eterna e inacabable lucha entre arquitectos que quieren hacer las cosas bonitas, aunque sean inútiles; y los ingenieros que quieren hacer cosas prácticas y que funcionen); y, finalmente, se puso en su contra a los políticos catalanes que vieron la intervención de Madrid como una injerencia en sus asuntos propios.

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Total, que el pobre hombre murió el 21 de agosto de 1876; arruinado porque ni el Ayuntamiento ni el Estado le pagaron el proyecto. Para resumir la situación, el 23 de agosto de ese año, el diario La Imprenta publicó una nota necrológica con las siguientes palabras: “El señor Cerdá era liberal y tenía talento, dos circunstancias que, en España, perjudican y suelen crear muchos enemigos”…, tristemente, casi 150 años después, las cosas, por aquí, no han cambiado mucho…, y es que ya hasta un tal Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, dejó colar una frase a un personaje suyo que decía: “En España el mérito no se premia. Se premia robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo”.

Y a colación de esta última frase, vengo a recordarles que los edificios del Ensanche de Barcelona tienen más de tres plantas, la mayoría de las manzanas no tienen jardines en medio y, lo peor de todo, no tienen canchas de petanca para los jubilados. ¿Y por qué? Pues supongo que, porque premiando todo lo malo, alguien tuvo que forrarse con la especulación inmobiliaria que supuso levantar más plantas de lo planeado y construir más casas en lugar de más jardines; y es que, seguramente, lo de las comisiones ilegales ya viene de lejos.

Yo diría incluso que esto de la corrupción ya está insertado en los genes humanos desde la época bíblica; y si no, que se lo digan a los vecinos de Jericó, que cuando Josué llegó con las trompetas y las hizo sonar para derribar las murallas que protegían la ciudad, éstas se vinieron abajo como pura arena al primer soplido y los judíos la conquistaron sin mayores problemas. Según la Biblia, ésto se debió a una intervención divina que hizo que Dios derribara las murallas con el sonido de las trompetas y bla-bla-blá; pero yo estoy convencido de que lo que pasó realmente fue que el contratista que construyó la fortificación de Jericó era un chanchullero de cojones y los cananeos le adjudicaron la obra con una comisión del 10% y, para ahorrar en costes, en lugar de granito, cemento, mármoles de Cehegín y piedras de las gordas para erigir la muralla, usó serrín, argamasa y esputos como pegamento, con lo cual; mucho muro ostentoso, pero endeble.

Por no decir que, seguramente, por esa época, la mano de obra no estaba técnicamente cualificada pues debieron ser esclavos que trabajaron a base de latigazos y, obviamente, así no hay manera ni de concentrarse ni de motivarse para hacer bien tu trabajo, con lo cual, no es de extrañar que saliera un churro de construcción y Jericó pareciera inexpugnable aunque realmente fuera namierda de fortificación.

En definitiva, que ustedes estarán pensando que la Historia se repite y que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, para darles esperanzas, yo les digo que sí, que hay algo nuevo bajo el sol y se llama IDUS DE JULIOla novela que no va a arreglar el mundo pero sí lo va a hacer más divertido. No dejen de leerla…, bueno, vale, pueden dejar de leerla, pero no se lo recomiendo.

Ya saben, pueden encontrarla en formado digital en http://www.sb-ebooks.es/l/idus-de-julio/, o puede dirigirse a mí para que les envíe la novela en formato de papel.

Y recuerden, sobre todo, sean FELIPIces.

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El Principio de Arquímedes (…y el final)

Estimados, estimadas, timados, timadas, hados y hadas leedores y leedoras del blosss del ORTINorrinco; nuevamente volvemos a la red con una nueva anécdota de las que intenté colar en IDUS DE JULIO pero que los correctores de la novela consideraron que era mejor dejar fuera para evitar que el lector o lectora utilizara mi historia como brasa para una barbacoa o que, directamente, la usara para darle brío a la pira en la cual quemarme directamente a mí por atentar contra la buena Literatura.

La cosa se me ocurrió porque el protagonista de IDUS DE JULIO tiene que ir a la terminal del aeropuerto de Barcelona y esto lo enlacé mentalmente con el Principio de Arquímedes. Y ustedes se preguntarán que qué tiene que ver el tocino con la velocidad, o, en este caso, el ladrillo y el tocho con aquello de “¡Eureka!”.

Pues bien, se lo explico. Resulta que la nueva Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona es un mamotreto de 736 toneladas de hormigón armado, 85.000 metros cuadrados de vidrios y 525.000 de superficie construida…, sin contar con el aparcamiento (ubicado estratégicamente de manera que cualquiera que vaya en coche a recoger a un pasajero no tenga más remedio que entrar dentro, pringar y apoquinar una pasta por dejar allí el auto estacionado por unos escasos minutos).

Aunque bueno, lo de aeropuerto, aeropuerto…, podríamos decir que más bien es un gran centro comercial donde, si lo deseas, puedes coger un avión. Sí, porque dispone de 24.000 metros cuadrados destinados a 81 tiendas de souvenires, papelerías, moda y a 43 bares o restaurantes donde te atracan a cara descubierta por tomar un café y un donut (6 euros mínimo)…, que sumado a los 2 euracos por 10 minutos de parking es para empezar a plantearse si sale más barato que el avión pase por tu casa y te recoja, que ir al propio aeropuerto.

Pero la particularidad de este inmenso edificio es que “flota”. Está construido en el Delta del río Llobregat, bien arrimadito al Mare Nostrum, sobre una zona de antiguas marismas, en un terreno de sedimentos fluviales compuestos por arenas, gravas y limos. En este tipo de superficie, y al estar tan próximo al mar, al excavar para realizar los cimientos de un edificio enseguida se accede al nivel de aguas freáticas, con lo cual resulta imposible una soportación tradicional mediante pilares.

Para resolver este problema, y crear los fundamentos de la enorme terminal, los sesudos arquitectos que lo diseñaron decidieron utilizar una cimentación directa mediante losa, creando una gigantesca base para todo el edificio con una inmensa placa de hormigón de un metro y medio espesor que, prácticamente, “flota” sobre las tierras del nivel de aguas freáticas. Sobre esta gigantesca losa se realizaron los soportes de toda la estructura de la terminal. Pasaron meses y meses de camiones y hormigoneras rellenando el subsuelo de metros cúbicos de cemento y áridos para hacer una plataforma sobre la que edificar. Por tanto, la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona, realmente, no es un edificio, es un barco insertado en tierra.

Aeropuerto Bcn2Y aunque parezca que esta fantástica idea se la debemos a los arquitectos, no es así. Es gracias al señor Arquímedes y a su famoso Principio. Curiosamente, todos sabemos que el Principio de Arquímedes es… “Arqui”, y el final “medes”. Pero, ¿saben ustedes por qué llegó a esta conclusión?

Pues según cuenta la leyenda, el rey Hierón II de Siracusa quería saber si su corona era de oro puro o si le habían dado gato por libre y el orfebre le había añadido plata. Para averiguarlo, se lo consultó a Arquímedes. El tipo se rompió los cuernos tratando de dar con una solución, pues no podía fundir la corona para averiguar si el rey había comprado duros a cuatro pesetas (o dracmas). Se ve que de sudar la gota gorda cavilando para encontrar la solución, Arquímedes le entró un sofocón y decidió darse un baño para refrescarse. Entonces se dio cuenta que cuando él se sumergía en el agua, ésta se elevaba al introducirse en la bañera y se le encendió la bombilla para dar con la solución.

De todos es sabido que a Arquímedes le dio tal subidón de alegría que salió corriendo en bolas por medio de Siracusa gritando aquello de “¡Eureka, Eureka!”… para regocijo y asombro de las señoras y para envidia cochina de sus conciudadanos masculinos; ya que, aunque la historia no lo cuenta, desde aquel día le llamaron Arquímedes el Trípode… (al parecer entre las huellas de sus pies que dejó en su loca carrera, fue creando un surco…, aún no existía el negro del guasap, pero él ya dejó el pabellón griego muy alto).

Siracusa

Bueno y la solución no fue otra que introducir en el agua la corona y un lingote de oro del mismo peso que la corona. Si la corona era de oro puro, desplazaría el mismo volumen de agua que el lingote. Si la corona tenía algo de otro metal, como la plata, su densidad sería diferente a la del lingote y por tanto, el volumen de agua desplazado sería diferente. Al parecer al orfebre sí que le cortaron los “lingotes”, pues el muy listo había añadido plata a la corona y puñetera gracia que debió hacerle al rey Hieron II.

En fin, y de ahí, nuestro amigo Arquímedes, aparte de cruzar Siracusa con la minga despendolada, sacó aquella maldita frase que todos tuvimos que aprendernos en las clases de física y química y que decía aquello de:

“todocuerpoquesesumergeenunfluidoexperimentaunempujehaciaarribaigualalpesodelvolumenquedesaloja”

Pero Arquímedes no dejó sólo esta frase para la posteridad, sino que fue todo un Leonardo Da Vinci de su época, siendo físico, ingeniero, inventor, astrónomo y matemático. Inventó el tornillo de Arquímedes, estableció los principios de la hidrostática y sus estudios matemáticos llegaron hasta el Renacimiento.

Al final, como todos los genios, la ignorancia pudo con él. Pero no la ignorancia suya, sino la del soldado romano que se lo cargó cuando éstos conquistaron Siracusa. Al parecer el general romano Marco Claudio Marcelo había ordenado capturar a Arquímedes con vida. Sin embargo, cuando el soldado romano instó a Arquímedes a que se rindiera, el genial hombre estaba tratando de resolver un problema matemático y dijo aquello de: “No estropeéis mis círculos”… Al tarugo del soldado, que seguramente no debía ser un lumbreras en mates o le tenía manía a su profe, la respuesta de Arquímedes debió sonarle a: “No me toques los cojones”. Con lo cual, se lo cargó allí mismo.

Muerte de arquimedes3

No sabemos si al soldado, después de haber desobedecido las órdenes del general de respetar la vida de Arquímedes, se los tocaron; pero lo que sí es un hecho fehaciente y que no ha variado en siglos es que la ignorancia no sólo es atrevida, sino que, en muchas ocasiones, es peligrosa.

Así que, por tanto, no sean ustedes ignorantes y culturicense un poco. Para ello, nada mejor que leer… ¡¡¡IDUS DE JULIO!!! 

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