Felipe Ortín

Escribidor


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El Principio de Incertidumbre

Como hoy voy a hablarles de incertidumbres, déjenme que dude entre saludarlos o no y entrar directamente en materia porque hoy vengo a contarles otra de esas anécdotas que colé en Idus de Julio, así como quién no quiere la cosa, para que no se me quedara en un ridículo panfleto de 15 páginas, en lugar de las 300 que, para su suerte o desgracia, tiene la novela.

Pues sí, porque en uno de los párrafos de la novela, como buen ingeniero que soy, nombré el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, tan famoso en el mundo de la física como posiblemente desconocido en los vestuarios de los campos de fútbol de primera división. Vamos, que quiero decir que mucha gente tendrá un poster de Messi o Cristiano Ronaldo colgado de las paredes de sus cuartos pero dudo que haya posters de Heisenberg u otros científicos esperando a ser admirados por jóvenes chavales (salvo que te llames Sheldon Cooper o el típico poster de Einstein sonriente, con los pelos locos despeinados y sacando la lengua). En fin, que tal vez otro gallo nos cantaría si en lugar de coleccionar los cromos de la liga, los chavales coleccionaran álbumes de científicos y científicas famosos. Sería emocionante ver a los críos cantando aquello de: “sile, sile, sile, sile, nole… te cambio a Rosalind Franklin por Hipatia”. ¡Joer, lloraría de verlo!

EINSTIENPues bien, para su conocimiento, el Principio de Incertidumbre viene a explicar, con un mogollón que te cagas de fórmulas incomprensibles, que se puede determinar la posición de una partícula pero no su velocidad y a la inversa, podemos saber su velocidad pero no su posición. Para poner un ejemplo sencillo, imaginemos que tenemos una mosca cojonera, de esas que zumban molestamente, dando vueltas en círculos alrededor de nuestra cabeza a tal velocidad que no podemos verla y queremos saber dónde está. Para ello, tendremos que utilizar algún tipo de método que nos permita localizarla como, por ejemplo, poner una sustancia que pueda ser afectada por su paso de manera que podamos determinar su posición.

Pero, al hacer esto, posiblemente ralentizaremos la velocidad de la mosca, con lo cual, sabremos dónde está pero no a la velocidad a la que iba. Es decir, Heisenberg viene a decir, a grosso modo, que cuando se llevan a cabo mediciones, el observador altera el entorno y por tanto, las medidas. Por ejemplo, cuando nos tomamos la temperatura, el propio termómetro tiene una temperatura diferente a la de nuestro cuerpo, con lo cual, en cuanto ambas superficies entran en contacto, alteramos la temperatura de nuestro cuerpo antes de tomar la temperatura del mismo con lo cual nunca sabremos, exactamente, a qué temperatura estábamos. Suena a trabalenguas y a Perogrullo pero parece ser que es cierto. Eso sí, independientemente de lo anterior, si van al médico y les quiere tomar la temperatura, solicítenle siempre que se la tome en la zona axilar, evitando ano y lengua por razones obvias relacionadas con el Principio de Incertidumbre…, la Incertidumbre de saber dónde se ha metido el anterior paciente el termómetro y qué rancio sabor puede llegar a tener el termómetro.

Por otra parte, aunque no está documentado históricamente, el nombre de la teoría parece ser que se le ocurrió a Heissenberg un buen día en que su señora parienta le hizo la siguiente pregunta, como buena alemana de cerrado acento teutón: “Carrriñennn, ¿vamos a las rrrebajen del Ikea?”. Al parecer a Heissenberg le empezaron a hervir los átomos de su cuerpo, empezó a tener sudores fríos de pura física cuántica y los electrones que circulaban por sus neuronas entraron en la Incertidumbre de, o cortarse las venas o de saltar por el balcón, ya que, al parecer aquello atentaba contra sus Principios. Aunque también se ve que Heissenberg le replicó algo así como que él quería ver el fútbol y su señora también tuvo la Incertidumbre de, o arrancarle la cabeza o mandarlo a dormir al sofá. Lo dicho, que la cosa no está documentada históricamente pero es posible que por ahí fueran los tiros.

principio incertidumbre

Independientemente de lo anterior, yo no termino de creerme que podamos saber la posición de una cosa pero no su velocidad o, viceversa, que podamos saber su velocidad pero no su posición. Porque creo que hay casos en que se puede saber perfectamente la velocidad y la posición de las cosas, si no, que le pregunten a Fernando Alonso y verás como manda al cuerno a Heissenberg pues, últimamente, su velocidad es cero y su posición está en el box de Mc Laren, quieto-parao. Es decir, sabemos dónde está y a qué velocidad va.

Aunque también es cierto que Heissenberg atina en otros aspectos. Por ejemplo, cuando vas a realizar trámites a la Administración Pública pueden ocurrir dos cosas:

Si sabes la posición del funcionario (después que éste haya salido a desayunar) y logras hablar con él (después de haberte recorrido una docena de ventanillas), nunca sabrás a qué velocidad se resolverán tus trámites. Igual se aparece la Virgen y resuelves tus problemas en un santiamén o pueden pasar años hasta que lo soluciones.

Si no sabes la posición del funcionario (por más ventanillas que recorras), ya puedes saber a ciencia cierta que tus trámites se resolverán a una velocidad tan extremadamente lenta que se aproximará a un valor de cero.

Vamos, un genio este Heissenberg. En física cuántica no sé, pero, en este aspecto, la clavó.

Aunque, realmente, para genios, genios. No hay nadie como Murphy. Sí, sí. Ese sí que es un científico empírico con sus famosas leyes. Seguramente Heissenberg probaría en sus propias carnes las leyes de Murphy, como, por ejemplo, la Ley de Trabajo en el Laboratorio, esa que dice: “el vidrio caliente tiene la misma apariencia que el vidrio frio”. Por cierto, ley perfectamente aplicable a la puta cafetera metálica con la que me quemo los dedos por las mañanas.

De Murphy hay que decir, que tienes verdaderas Leyes, Axiomas y Corolarios que son irrefutables y para muestra unos botones:

LEY DE WELLINGTON SOBRE LA AUTORIDAD: La crema sube a la superficie. La mierda, también. (No hace falta ni demostrar esta ley)

LEY DE LA MENTIRA: No importa la frecuencia con la que se demuestre que una mentira es falsa. Siempre habrá cierto porcentaje de gente que crea que es verdad. (Como este artículo, seguro que hay gente que se lo cree)

LEY DE NEVERS SOBRE EL DEBATE: Dos monólogos no constituyen un diálogo. (¿Han visto alguna vez el Debate del Estado de la Nación?)

LEY DE LIEBERMAN: Todo el mundo miente pero no importa porque nadie escucha. (Ni lee, de hecho…, ¿siguen ahí?)

LEY DE KLIPSTEIN: Cualquier cable cortado a la medida exacta, será demasiado corto. (Esta ley ha conseguido hacerme hervir la sangre más de una vez)

LEY DE YOUNG: Cualquier objeto inanimado puede moverse lo suficiente como para estorbar. (Y ésta me ha generado moratones inesperados)

LEY DE KEOPS: No hay nada que no se salga del presupuesto y que se termine en los plazos previstos (y Kefren y Micerinos no aprendieron y repitieron la cagada, de hecho se murieron de esperar a que les acabaran sus propias pirámides)

COROLARIO DE JOHN: Para conseguir un crédito, lo primero que hay que demostrar es que no lo necesita. (Ustedes lo saben perfectamente, ¿verdad?)

LEY DE LA CONSTRUCCIÓN: Córtelo grande. Encájelo a patadas. (Este es una de mis leyes preferidas)

LEY DE PAUL: Es imposible caerse del suelo. (No termino de creérmela. A veces me he caído incluso del suelo)

AXIOMA DE CAHN: Cuando todo falle, lea las instrucciones. (Si las resumieran y las escribieran con letras más grandes, igual alguien se leía primero las instrucciones)

REGLA DE SUTIN: De todas las cosas que se pueden hacer con un ordenador, las más inútiles, son las más divertidas. (Cierto)

Tabla de excusas

LEY DE FULTON SOBRE LA GRAVEDAD: El esfuerzo para coger al vuelo algo que se pueda romper producirá un desastre mayor que dejarlo caer. (Yo he conseguido generar el apocalipsis por evitar que una copa de vino cayera sobre una mesa repleta de comensales)

AXIOMA DE COLE: La cantidad total de inteligencia en el planeta Tierra permanece constante. La población, sin embargo, sigue aumentando. (¡Mamones!, ¿dónde está mi parte?)

LEY DE WITZLING SOBRE LOS HIJOS: Su hijo/a tímido e introvertido escogerá un lugar público y lleno de gente para probar, a grito pelado, su nuevo vocabulario: coño, joder, puta, etc… (conseguí ruborizar a mi madre varias veces)

REGLA DE MARX SOBRE LA POLÍTICA: En cuanto se hacen ricos, se vuelven conservadores. (¡Mierda! Entonces sigo siendo un jodido y pobretón liberal)

REGLA DE LA POLÍTICA: La verdad, varía. (Siempre hay más de un punto de vista o suficiente Alzheimer para olvidar lo que dijiste una vez, como bien reza el refrán: Donde dije digo, digo Diego)

En fin, después de leer todas estas leyes, no me dirán ustedes que el Murphy ese no era un genio y más divertido, sobre todo, que Heisenberg y su Principio de Incertidumbre. Eso sí, jamás tengan ustedes la Incertidumbre de escoger entre Idus de Julio u otra novela, ya les doy yo la certidumbre de que, Idus de Julio, es cojonuda.

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El excusado

Saludos a todos y todas nuevamente, después de estas vacaciones en la que espero que hayan disfrutado mucho. Sin embargo, con la vuelta al curro y al cole, supongo que muchos estarán con la depresión postvacacional y pensando que el curro es una mierda. Pues bien, hoy la cosa, más o menos va de eso, de mierda.

Sí, porque oooooootra vez más, para su desesperación y pérdida de nervios, continuamos aquí, en nuestro blosss del ORTINorrinco dándoles la tabarra con las anécdotas que intenté colar en Idus de Julio y que, por prudencia, decidí retirar para evitar que al lector de la misma le entrasen tendencias pirómanas y optara por quemar la novela a las primeras letras de cambio.

En particular, ésta que vengo a contarles decidí no incluirla porque: a) no encajaba ni a patadones y b) porque los temas escatológicos pueden llevar al lector a establecer puentes psicológicos que le hagan relacionar mi novela con la mierda cosa que, obviamente, no tienen nada que ver.

En definitiva, que a mí, para escribir, me pasa lo mismo que le ocurría a un poeta del siglo XVI, Sir John Harrington, es decir, que la musa y la inspiración es más fácil que nos lleguen después de aliviarnos fisiológicamente. Pues bien, resulta que Sir John, aparte de poeta, era inventor y no se le ocurrió otra cosa que, dado que en aquella época hacer las necesidades era bastante incómodo, idear el W.C. para poder escribir los poemas bien relajado.

Sí, es curioso que fuera un poeta quién inventara el W.C. Posiblemente, mucho antes de que José Zorrilla escribiera Don Juan Tenorio, fuera a Harrington a quien se le ocurrieron los siguientes versos mientras trataba de ligarse a la maciza de turno:

No es verdad ángel de amor,

que en esta apartada orilla

se ha cagado una chiquilla

y hasta aquí llega el olor

Y efectivamente, después de horrorizarse, perder el ligue y tener que salir corriendo de la apartada orilla tras inspirar aquel fétido olor, debió inspirarse y crear el W.C. Total, que en 1596 diseñó el primer Water Closet o excusado de válvula, al que denominó Ajax. Fue instalado en los aposentos de su madrina y protectora, la Reina Isabel I. Posiblemente, pocos en su época hubieran sido capaces de mandar a cagar a la Reina de Inglaterra tan sutilmente como lo insinuó el susodicho poeta. Ya le hubiera gustado a Felipe II poder haber hecho eso, que le envió cortésmente a la Armada Invencible para conquistarle Inglaterra y lo que le devolvió, la muy desagradecida, fue la Flotilla de Chalupas de Chanquete.

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Isabel I pálida de aguantar la respiración tras dejar suculento recuerdo en el primer WC del mundo. Tras utilizarlo, declararía pudorosamente: “What a shit!” que, como todos ustedes saben, significa: “¡Córcholis, eso no pudo salir de mí! Soy una princesa, o sea…”

Sin embargo, el Ajax no llegó a funcionar del todo bien, dado que todavía no existían redes de saneamiento y los mondongos de la reina se quedaban empozados en el fondo del retrete, con lo cual, al parecer, no tuvo demasiado éxito el invento.

Por esa época, lo habitual en las grandes ciudades de la época era que los desechos humanos acabaran en la vía pública al grito de “agua va”, momento en que había que apartarse lo más rápido posible para no quedar pringado. De hecho, hasta Erasmo de Rotterdam escribió, en uno de los primeros libros de etiqueta, normas de conducta para el cuarto de baño y funciones corporales. Advertía Erasmo que “es descortés saludar a alguien mientras está orinando o defecando”, ya que la gente hacía sus necesidades en plena calle. ¡Hombre!, yo creo que más que descortesía saludar a alguien mientras está en plena faena es más bien un tema de repelús, ¿no? A ver a quién le vas a dar la mano después de haber hecho el qué…, ¡brrrrrr! ¡Qué escalofríos!

También Erasmo aconsejaba “disimular con una tos el estruendo explosivo, siguiéndose la ley de sustituir pedos por toses”. Cosa que, hoy en día, me hace sospechar cada vez que oigo a alguien toser y suelo retroceder un par de pasos por si las moscas y, sobretodo, por si me atufa. 

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El gran pensador Erasmo de Rotterdam pillado en pleno momento de relajación filosófica: “Por más que tosa, este huele fijo…, mejor lo dejo aquí y me voy”

Pero bueno, el tiempo pasó y hacia 1775, un relojero llamado Alexander Cummings patentaba su propia versión del retrete, añadiéndole una pieza revolucionaria: el sifón. Con esto se evitaba que el olor volviera del desagüe hacia atrás, con lo que se dejaron de utilizar nombres vulgares para el invento, tales como cagadero, para comenzar a denominarlo más fisnamente y llamarlo inodoro, es decir, sin olor.

Aún así, el invento no terminaba de extenderse, hasta que en 1830 un brote de cólera diezmó la población londinense. Tras este desastre humano se dictó el Acta de Salud Pública inglesa, en virtud de la cual se obligó a todas las casas a construir un servicio y mejorar la red de alcantarillado. Al principio fueron instalados en lugares públicos, como en el Crystal Palace de Hyde Park de Londres, a donde los ciudadanos iban, impresionados, a utilizar el prodigioso invento, al tiempo que les esperaban funcionarios vestidos de blanco para recibirlos y cobrarles un penique por su uso. De esta manera, en Inglaterra se extendió la expresión “to pay a penny”, como eufemismo de la fea palabra “mear”, y que se sigue utilizando en la actualidad por la británica peña.

Posteriormente, alrededor de 1880, Thomas Crapper; cuyo apellido significa, literalmente, “cagador”; empezó a fabricar inodoros baratos y de gran calidad, con un diseño muy similar al actual. Así pues, hacia 1890 ya era un elemento bastante difundido por Gran Bretaña y parte de Europa.

También, asociado al WC, otra invención que mejoró la vida de la nuestra especie fue el papel higiénico. Al principio el ser humano no tenía otra cosa más que lo que pillaba a su alrededor, así que la operación de limpieza se realizaba con elementos tan variados como piedras, conchas de mejillón, arcilla, musgo, lechugas, nieve y otras aportaciones básicas de la Naturaleza que debían dejar las nalgas tan irritadas que luego debías sentarte de canto. Con el paso del tiempo las técnicas se fueron perfeccionando y, por ejemplo, los romanos ricos usaban lana  empapada en agua de rosas, mientras que la plebe utilizaba la hoja de cáñamo. ¡Curioso cómo ha cambiado el uso del cáñamo! Después de saber esto, a ver quién se fuma un porro…

Los chinos, por el siglo II A.C., parece ser que ya empleaban un papel destinado al aseo íntimo, pero no es hasta 1857 cuando un tal Joseph Gayetty distribuye por primera vez un artículo destinado a tal fin, “el papel medicinal Gayetty”; que consistía en láminas humedecidas con aloe. En 1880, los hermanos Edward y Clarence Scott fundan la Scott Paper Company que, entre otros productos, ofrecía rollos absorbentes para uso médico y que se vendía en farmacias. Por aquella fecha aún no debía ser muy suave, pues no es hasta 1935 cuando se comercializa una gran mejora bajo el reclamo de “papel libre de astillas” ¡Da escalofríos pensar cómo era hasta entonces! ¡Debía ser como pasarse papel de lija!

Con lo cual, gracias a todos estos próceres inventores, hoy en día podemos disfrutar de poder leernos el periódico cómodamente sentados mientras esperamos a que la Madre Naturaleza realice sus funciones básicas, en lugar de tener que usar aquellas incómodas bacinillas o escupideras que se colocaban debajo la cama para realizar dichas funciones.

En definitiva, que menos mal que la ciencia y el progreso nos han dado todos estos inventos que nos pueden permitir leer Idus de Julio sentaditos cómodamente mientras esperamos a que llegue tan ansiado momento. Eso sí, procuren tener papel higiénico a mano, que las páginas de Idus de Julio son para echarse unas risas, no para cubrir emergencias…

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Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

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Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

bolas de billar

En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

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Alcorques y Bolardos

Ánimo queridos y queridas lectores del blosss que ya va quedando menos para las vacaciones y, de paso, no tener que soportar leerme cada tres semana. Pero mientras llegan tan calurosas y anheladas, que no heladas, fechas, les traigo una nueva anécdota, de esas que aprendemos y aprehendemos con Idus de Julio, mi maravillosa novela, candidata al premio Nobel de LiteraBurra o al premio Planeta… de los Simios.

El premio Planeta

Esperando que me lleguen ambos premios y pueda vivir algún día del Cuento, es decir, de los Cuentos que yo vaya escribiendo, les voy haciendo llegar estas anécdotas para que se me vayan culturizando y cultivando como hombres, hombros u hombras o, si lo prefieren, para no ser políticamente incorrecto, como mujeres, mujeros o mujeras. Elijan ustedes…, o ustedos y ustedas.

Pues bien, hoy vamos a hablar del amplio bagaje de vocabulario con el que cuenta el castellano y de dos palabras que en la versión inicial de Idus de Julio colé para parecer un tío “curto i herudito”, pero que luego saqué de allí porque no me rimaban ni con cola. Y esas dos palabras son: bolardo y alcorque.

Sí, ¿eh? A que suenan a insulto, ¿verdad? Podríamos componer una frase que sonase así: “¡menudo bolardo!”, u otra que dijera: “Ñosssss, mano, ¡chiquito alcorque!”. Con ambas expresiones parecería que estamos insultando a alguien, sin embargo, no es así. (Nota aclaratoria para los NO chicharreros: “Ñosss” es una típica expresión de Tenerife que denota sorpresa o admiración; “mano”, significa hermano o colega; y “chiquito” no significa pequeño sino, más bien, lo contrario, “menudo pedazo de”).

Pues bien, un bolardo no es sino uno de esos postes metálicos que se colocan en las calles para que no aparquemos sobre la acera o para que los coches no entren en una calle. Por su parte, el alcorque es el hueco que se hace en la acera para colocar los árboles y recoger así el agua de lluvia (y muchas veces las caquitas de los perritos). En definitiva, ambos son elementos de arquitectura urbana que a veces tienen su peligro, pues, ¿quién no se ha dejado una espinilla contra algún bolardo? ¿o, jugando borracho a pasarlos por encima, dejarse las partes? ¿o ha rayado la puerta del coche? ¿o se ha hecho un esguince de tobillo al no ver el alcorque?…, pues conozco gente para los cuatro casos. Entonces sí que dan ganas de sacar el diccionario de la Real Academia de la Lengua y hacer buen uso de la cantidad de palabrotas mal sonantes que tenemos para cagarnos en las muelas del que puso el bolardo o el alcorque en medio de la acera.

Aunque para palabras malsonantes, éstas no hace falta que sean tacos, el castellano tiene de sobra. Pueden ser palabras de uso corriente, como por ejemplo, almorrana. No me digan que no suena mal. Pero es que incluso su sinónimo culto aún suena peor: hemorrrrrrroide. ¡Chacho! Ni hecho adrede. Lo cierto es que, aunque le cambiásemos el nombre y usáramos otra palabra para definir ese tipo de varices, la verdad es que nos seguirían dando por culo igualmente…, y literalmente.

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Otra palabra malsonante, y que no es un insulto, es forúnculo o furúnculo, que ya de por sí da mal rollo, aunque su sinónimo culto, divieso o bubón, tampoco mejora la cosa y no deja de ser más que un tumor purulento o con pus, y donde la palabra purulento también da grima sólo de pronunciarla.

Por no hablar de sobaco, que mira que suena fatal y por mucho que utilices axila en su lugar tampoco lo arreglas mucho y si encima tienes unas lianas bajo el brazo tipo la selva de Tarzán, el repelús aumenta cosa bárbara.

Gargajo tampoco mejora el sonido del castellano y más si encima carraspeas para obtenerlo. Y el pobre gorgojo, que no tiene nada que ver con el gargajo, no es que tenga un nombre bonito aunque, realmente, el bicho es feo de cojones.

Escroto no es que suene muy bien, la verdad, igual que sus vecinos esfínteres. Lo cierto es que parece que los médicos para definir las partes de la anatomía humana cojan las fichas del Scrable las tiren al azar y lo peor que salga es el nombre que le ponen a esa zona de la geografía humana. Por no decir, el nombre de las enfermedades, porque relacionado con lo anterior, no me digan que no suena como el culo la palabra gonorrrrea. ¡Chosssss! Llegas al médico y te espeta: “Caballero, tiene usted gonorrrrrea”…, con sólo oír esa palabra fijo que se te cae la minga a cachos, aunque no sepas lo que signifique ni cuáles son sus síntomas.

O por ejemplo, seborrea. Ya sólo de escucharla se te llena el cuerpo de escamas. Y hablando de sebo, mira que también es fea la pobre palabra.

Pero no sólo son los médicos quienes inventan palabritas retorcidas. Los biólogos son unos hachas poniendo nombrecitos. Por ejemplo, no había otro nombre que ponerle a ese pobre pez llamado japuta. ¡Coño! Que estás en el chiringuito de la playa comiendo pescado y se te ocurre decir: “¡Que buena está la japuta!” y tu mujer inmediatamente levanta la cabeza para ver a qué chati le estás echando el ojo para recriminarte que siempre estás pensando en lo mismo.

Y menos mal que los mandriles no saben que les llamamos así. Yo si fuera un mandril iba a la Protectora de Animales a presentar una hoja de reclamaciones para que me cambiaran el nombre y presentaba cargos por injurias contra el biólogo que me llamó de esa manera.

Y continuando en el campo de la biología, cómo nos vamos a olvidar de sus ayudantes y, en particular, de los mamporreros. ¡Acabáramos! Llegas a un bar, te sientas, le echas un ojo a una chica, le entras con aquello de “¿estudias o trabajas?”, y cuando ya estás entrando en confianza va ella y te pregunta: “¿Y tú qué haces?”… “yo soy mamporrero”. Bueno, ya sólo con oír esa palabra tan chunga, aunque la chica no tenga ni idea de qué va tu faena, sale por patas y al carajo el ligue. Pero es que si, por casualidad, la tía sabe lo que significa, cagada total. Vamos, no deja que la toques ni en pintura. Y es que el trabajo de mamporrero está íntimamente relacionado con otra fea palabra, el cipote, en particular el del caballo, pues digamos que un mamporrero es como el chófer del “Follow me” de los aviones pero en lugar de meter los aviones en el hangar pues…, pues…, eso, mira, ¡qué casualidad!, en este caso el “follow me” pronunciado literalmente en castellano resume lo que ayuda a hacer el mamporrero al caballo.

Y ya que hemos salido con el inglés, revisemos esta manía que nos ha cogido de meter anglicanismos por todas partes. Yo, cuando era joven, me iba de pateo, de acampada, a montar en bici, a correr, o jorobar la pavana a los vecinos jugando a fútbol en la calle a la hora de la siesta…, pues no. Eso ya no se hace y además está muy feo. Hoy, para ser culín…, perdón, quiero decir Cool&In, tienes que hacer trekking, camping, biking, running, o neighbour fucking football at siesta time. Si no, te miran fatal. Y es que no es lo  mismo pegar pelotazos contra una pared como un palurdo español que como un british polite.

Por no decir que en el curro los compañeros se pueden chotear de ti si dices reunión, lluvia de ideas, objetivo o reunión informativa en lugar de meeting, brainstorming, target o briefing. Y no sólo eso, de vez en cuando, alguien de la oficina te puede reenviar un correo informativo con la abreviatura “fyi” (for your information) que, en este caso vale, porque abreviar: “paque usted tenga información” queda como “puti” y claro, liada la tenemos, porque te pueden acusar de acoso sexual o de moving.

Y el jefe, en la empresa, ahora ya no es el jefe, sino el CEO (Chief Executive Officer); Recursos Humanos se dice Human Resources y su mandamás es un Headhunter (literalmente, caza-cabezas, como los jíbaros); la secre del jefe ya no es “la Loli”, sino su Personal Assistant; y al contable de toda la vida, ahora se le dice Account Manager.

La Loli

Eso sí, sin embargo, cuando las cosas se tuercen y te quieres acordar de las muelas de alguno de ellos, uno deja de ser “polite” y utiliza el castellano castizo para utilizar sinónimos como “el cabrón de mi jefe”, “la machanga aquella”, “el gilipuertas del administrador”, “el bobomierda de Paco”, o el “hijo puta ese” porque, indiscutiblemente, los tacos en castellano son mucho más potentes y sonoros que en cualquier otro idioma, porque un buen “¡joder!”, de esos que rascan la garganta cuando lo pronuncias, es mucho más sonoro e impactante que un “¡fuck!”. Vamos, es que ni punto de comparación.

Pero, sobre todo, lo que no tiene ni punto de comparación es Idus de Julio, la comedia más hilarante que he escrito jamás y que no debes perderte…,

Sí, vale, sólo he escrito una novela, así que es la más hilarante que he escrito jamás, pero igualmente, no debes perdértela.

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Los sistemas métricos

Saaaaaaaaaaaaaaludos nuevamente a todos los telelectores, telelectoras y demás teleles del blosss del ORTINorrinco. Hoy, para no variar, volvemos con esas pequeñas anécdotas ocultas en Idus de Julio, esa novela única e irrepetible de Felipe Ortín (única porque por ahora no tiene otra publicada e irrepetible porque a ver si tiene las narices de volver a escribirla).

Nuevamente explicaremos otra anécdota introducida en Idus de Julio y que esta vez tiene que ver con el sistema métrico decimal, el sistema de medición anglosajón, los problemas de incompatibilidades que puede haber entre éstos y las catástrofes que pueden ocurrir por no ponerse de acuerdo la Humanidad en cómo medir las distancias.

Y es que, en pleno siglo equis-equis-palito, aún no comprendo por qué no se han uniformizado universalmente los métodos de medición y más cuando el sistema métrico decimal es tan sencillo como multiplicar o dividir por diez para cambiar de escala y santas pascuas. Porque mira que es complicado, como hacen los anglosajones, establecer las medidas como se hacía milenios atrás, basándose en medidas antropomórficas, tales como pulgadas (ancho de la primera falange del pulgar), pies, yardas (la mitad de la longitud de los brazos extendidos), codos (distancia entre el codo y el final de la mano abierta), palmos o brazas (longitud de un par de brazos extendidos).

Vale que, en aquel entonces, no había un patrón estándar de medición y se tenía que usar algún método para calcular las distancias y cada rey o gobernante establecía dichas medidas en función de las dimensiones de su propio cuerpo: su pie, su palma de la mano, su brazo, su pulgar, su codo, etc. El problema surgía porque cada uno tenía su anatomía y las unidades métricas variaban considerablemente de un reino a otro ya que, para establecer la longitud de un pie, no era lo mismo, a lo mejor, las lanchas que calzase Olaf, el rey de Noruega, que los zuecos que pudiera utilizar Catalina la Grande…, vamos, digo yo.

si-el-name-peludo-de-felipe-el-hermosoMenos mal que por esa época no les dio por tomar como patrones medidas extrañas, yo que sé, por ejemplo, igual a algún rey tarado le podía haber dado por haberse medido la minga y, hoy en día, en lugar de pedir “cuatro metros de cable de antena”, podríamos tener conversaciones del tipo:

  • Hola, me da cuatro pollas de cable de antena
  • ¿Erectas o flácidas?

Y aquí aparecería el primer conflicto en cuanto a las medidas. Por no decir que el dependiente también podría afinar un poco más y tratar de aclararse con un: “¿formato estándar o formato negro del guasap?”.

Incluso, también, a alguna reina se le podía haber ocurrido pesarse el pecho en una balanza y establecer una nueva medida patrón de peso: la teta. Con lo cual, actualmente, en lugar de un par de kilos de azúcar podríamos pedir un par de tetas de azúcar. Y, nuevamente, podría surgir la discordia: “¿teta Nefertiti o teta Sabrina?”

En definitiva, y volviendo al tema, que con las medidas anglosajonas no hay dios que se aclare (bueno, tal vez el dios de los protestantes) porque no tienen relación directa entre ellas y pasar de una a otra es algo más complicado que multiplicar o dividir por diez; por ejemplo, una milla son cinco mil doscientos ochenta pies…, vamos, todo el rato con la calculadora científica en la mano.

Menos mal que para establecer y dar un orden a la cosa, allá por la revolución francesa, en 1791, Pierre Francois Méchain y Jean Baptiste Delambre fueron contratados por su gobierno para establecer un patrón universal de medida estándar, básicamente para evitar lo anteriormente comentado, es decir, que cada vez que se cambiaba o guillotinara a un rey, las distancias se acortaran o alargaran misteriosamente según la alpargata que llevara puesta el nuevo monarca. Para ello, los tipos se fueron a Barcelona y desde allí consiguieron medir, más o menos a ojo de buen cubero, la distancia del meridiano Dunkerque-Barcelona (de hecho la Meridiana se llama así debido a que por ahí pasa dicho meridiano) y establecieron el metro como la “diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano terrestre”. Y, a partir de ahí, nació el sistema métrico decimal.

Después de ellos llegaron algunos tipos, aún más repelentes que el Sheldon de la Big-Bang Theory, y en 1960 establecieron el metro como: “1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86”. Una definición que, aparte de entenderla su padre, seguramente la hizo el tipo que más collejas se llevaba en su instituto por empollón, gafotas y sabiondo. Y por si la anterior definición nos fuera fácil de entender a los cenutrios que no estudiamos física nuclear, unos tipos aún más frikis, en 1983, terminaron de redondear la cosa para establecer al metro como: “la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo”.

Pero bueno, volviendo al tema de las anécdotas de Idus de Julio, la que colé en la novela hacía referencia a la Mars Orbiter Climate, una sonda espacial destinada a “explorar en Marte” aunque, más bien, fue destinada a “explotar en Marte”…, sí sólo es un cambio de consonante, una “r” por “t”, pero este pequeño error tipográfico es similar a lo que ocurrió. ¿Y por qué?

Pues nada, muy sencillo, los amigos de la NASA (aquellos de “Jiuston güi jaf a problem” con el Apolo XIII) tuvieron un pequeño error de coordinación. El laboratorio de Propulsión utilizó el sistema métrico decimal y el laboratorio de Navegación, el sistema métrico anglosajón; es decir, los mamelucos que construyeron el aparato lo programaron para moverse en metros y kilómetros mientras que los centollos encargados de darles las órdenes de maniobra se las metían en pieses, pulgadas y millas. Total, que la sonda, que tenía que pasar a unos 150 kilómetros de altura sobre la atmósfera de Marte, pasó a tan solo 57 kilómetros y se achicharró.  En definitiva, que los de la NASA le pegaron fuego a unos 125 millones de dólares por no hablar en el mismo idioma (que, manda narices, se supone que es el inglés)

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Todo esto no hubiera sucedido si, por ejemplo, tuviéramos un solo patrón universal de medida como es el sencillo sistema métrico decimal. O también, si algún rey con cojones hubiera logrado establecer el patrón pinga y, por sus santos bemoles, hubiera convencido a toda la humanidad de utilizar sus regios atributos como medida estándar universal. Y así, hoy en día, en las Olimpiadas, el Usain Bolt en lugar de correr los cien metros lisos estaría corriendo las 666 pingas lisas (utilizando un patrón “pene morcillón” de 15 centímetros para la conversión de metros a pingas)

Eso sí, tal vez no haya nunca una unanimidad en cuanto a criterios para establecer las distancias y que la Humanidad jamás acuerde un único modo de medir las cosas; sin embargo, en lo que sí que hay unanimidad absoluta es que Idus de Julio es la pera limonera. No debes perdértela…, Idus de Julio quiero decir, la pera limonera está buena, pero mejor unos buenos Idus…

Sean FELIPIces.

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Las pelis americanas

Bienvenidos mis queridos y queridas masoquistas nuevamente al blosss del ORTINorrinco, y digo lo de masoquistas porque aún sigo sin comprender cómo quincenalmente ustedes son capaces de visitar fielmente este blosss. Yo porque lo escribo pero si tuviera que leerlo cada dos semanas, me arrancaba los ojos. De hecho, no me extrañaría que algún servicio secreto utilice mis escritos como método de tortura para sonsacar información a los espías del bando contrario. ¡Chiquito sufrimiento! De todas formas, agradezco de corazón su lealtad por venir a leerme durante cinco minutitos.

Hoy, ooooooooooooooooooooooooooootra vez más, hablaremos de esas peculiares anécdotas que, como escribidor del tres al cuarto, conseguí colar en Idus de Julio; y es que, aunque parezca mentira, para poder redactar la novela yo creo que leí diez veces más de lo que escribí. Yo pensaba que esto de ser escribidor era darle a las teclas y ya está pero no, resulta que para ser escribidor tienes que ser antes un buen leedor.

En fin, pues esta vez, en la novela sólo pude colar media anécdota. El por qué los estadounidenses denominaban “Charlies” a los vietnamitas; sin embargo, dejé al lector de Idus de Julio con la intriga de saber el origen de la palabra “yankies”. Pues bien, aprovecho estas líneas para matar la curiosidad (…y evitar así que ésta mate al gato).

Lo dicho, la verdad es que, como la mayoría de los de mi generación, desde bien pequeños hemos visto a los yankies pegándose de tortas con medio mundo en las películas que hemos ido mamando desde nuestra tierna infancia.

Por ejemplo, cuando yo tenía cuatro o cinco añitos, los sábados al mediodía, en casa siempre veíamos las películas de indios y vaqueros (con el omnipresente John Wayne) y donde los primeros siempre llamaban a los segundos “rostro pálido”; con bastante razón, pues hay que reconocer que los anglosajones y gentes del norte suelen ser un tanto translúcidos de piel. Tanta película de indios y vaqueros también producía en mí ciertos efectos secundarios. Para empezar, pensaba que los habitantes de los Estados Unidos se denominaban “rostros pálidos” en lugar de estadounidenses. Para seguir, cada vez que veía a un turista inglés o alemán de transparente piel y azules venas, yo pasaba mi pulgar de lado a lado de mi cuello y lo saludaba con un alegre “¡Jao, rostro pálido, yo cortar cabellera!”; con la consecuente sonrisa de circunstancias por parte de mi madre que, avergonzada, me agarraba del brazo y huía apresuradamente mientras me recriminaba mi bocaza de niño que, a esa temprana edad, soltaba verdades como puños aunque fueran políticamente incorrectas.

En fin, que yo siempre he tenido algo así como un espíritu de animar a los perdedores, con lo cual iba en contra de los rostros pálidos y esperaba, inocentemente, que alguna vez los indios ganaran en la película pero no había manera, eran derrotados irremisiblemente…, estaba claro quién redactaba los guiones…

De hecho, creo que fue por aquella época cuando me hice culé ya que en los 80 el Real Madrid arrasaba y el Barça era capaz de realizar la increíble proeza de ser derrotado 1-4 en su propia casa por el Valladolid. Al igual que con la selección española de fútbol, a la cual veía perder cada cuatro años en el correspondiente mundial de fútbol para mi desesperación. Gracias a Dios que la cosa ha cambiado algo y el Barça encadena títulos mientras que, por fin, España ha ganado un mundial.

En fin, que después, con el paso del tiempo, se cansaron de poner pelis de indios y vaqueros y nos atiborraron con pelis de la segunda guerra mundial en las que, esta vez, los yanquis se las tenían con los alemanes y también ganaban por goleada. Y, posteriormente, fueron los rusos las víctimas, a los que incluso Rocky Balboa noqueaba subido en un ring.

Y de ahí, Sylvester Stallone pasó, de boxear y darle guantazos a un soviético, a matar “charlies” en Vietnam con aquella frase tan célebre de “¡no siento las piernas!” que, por cierto, JAMÁS dijo en la saga de Rambo…, lo que dijo exactamente fue: “¡No consigo encontrar sus piernas! No encuentro sus piernas”. Sí, sí, esto es cierto al igual que Afrodita A nunca dijo lo de “¡Pechos fuera!”, sino: “¡Fuego de pecho!”…, ya le hubiera gustado a más de un calenturiento de mente eso de pechos fuera…, pero en fin, volvamos al tema de las pelis del Vietnam.

(Breve inciso: en estos momentos, más de un leedor o leedora de este blosss fijo que estará buscando a Afrodita A o a Rambo en gugle para verificar lo que acaban de leer, je, je…, por cierto, que Mazinger Z, en japonés, se pronuncia algo así como: “me chinga el seto”…)

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Pues bueno, cuando crecí, y dejé de ver westerns, empecé a ver películas del Vietnam, cambiando de equipo para aliarme con los vietnamitas. En éstas, en lugar de indios y vaqueros, se peleaban los “charlies” y los “yanquis”. Tras tragarme unas cuantas docenas de largometrajes sobre este tema, conseguí averiguar por qué los americanos llamaban “charlies” a los vietnamitas. El motivo es que denominaban al Viet Cong con las siglas VC, que en código de radio se transmite como Victor Charlie. Así que empezaron a llamar a los soldados aborígenes como “charlies”. Pero, a pesar de tanto atracón de películas de tiros, amputaciones y combatientes trastornados, nunca supe por qué llamaban “yanquis” a los habitantes del americano país.

Así que investigué un poco y conseguí averiguar el origen de dicha palabra. Una de las posibles, y más extendida, acepciones de la procedencia de dicho vocablo surge de la idea de que en Nueva Inglaterra, en el siglo XVII, había mucha población holandesa y gran parte de ellos se llamaban Jan (Juan), fonéticamente “ian”. El apodo “ianke” significaba pequeño Jan, es decir, pequeño Juan o Juanito. Durante la Guerra de Secesión, los soldados sudistas denominaban, despectivamente, “ianke” a todo soldado del norte y, por extensión, con yanquis se quedaron… (que queda más glamuroso que Juanito)

Eso sí, lo que no ha cambiado con el paso del tiempo en las películas americanas es que todo ocurre allí. Que vienen los extraterrestres a invadirnos, el Presidente de los EEUU es el libertador del planeta. Que ocurre un cacho catástrofe y el mundo se va a tomar por saco, llegan los americanos y resuelven el entuerto. Que vienen unos robots extraterrestres que se transforman en camiones, ¡puñetas!, ¡qué puntería!, aterrizan en el centro de Kansas. Incluso yo, cuando me cabreo, me cago en la Utah.

Entiendo que, al ser tan pequeños y por las leyes de probabilidades, no ocurran estas cosas en… San Marino, Tuvalu o Liechtenstein pero, por ejemplo, Rusia, China, Canadá o Brasil, por su extensión, podrían tener los mismos derechos a ser invadidos por marcianos, a irse al carajo debido a un cataclismo, o a que cuando yo me cabree me acuerde de todos los hijos de Putin…, vamos, digo yo, ¿no?

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Eso por no decir la cara de pena e indignación que se nos pone cuando el poli bueno de la peli, tras haber destrozado la mitad de los vehículos que circulan por la ciudad persiguiendo al malo con un camión de quince toneladas, es requerido por su Sargento para suspenderle de empleo y sueldo, solicitándole la placa y el arma. Te dan ganas de levantarte de la butaca del cine y darle de sopapos al Sargento por obtuso y lerdo. “¿Qué no ves que tiene razón?”…, dan ganas de decirle, y continuar argumentando: “¡Que si no cogía el camión del butano el malo se escapaba…!”

Pero lo que más me sorprende de las pelis de EEUU es que parece ser que la única asignatura que se imparte en los centros docentes es Literatura. Si se fijan en la mayoría de pelis de institutos americanos, la clase que siempre sale es la de Literatura.

Ni Matemáticas, ni Física, ni Químicas. De Plástica ni hablar y el Inglés ya se lo saben, que para eso son angloparlantes. Latín y Griego son lenguas muertas así que pa´qué. Total, que da por suponer que en USA solo dan Literatura y que se saben las obras de William Shakespeare de memoria, siendo Macbeth, Hamlet y Otelo el Moro coleguitas de toda la vida de los estudiantes de allí y que el “tubí ornot tubí” lo recitan cosa bárbara. También de estas pelis se deduce que el peor insulto que se le puede proferir a un yanqui es el de “gallina”. Puedes mentar a su madre y a su familia pero basta cloquear y aletear con los brazos para conseguir que las vacas vuelen. Y, finalmente, aprendes que se saben la Biblia al dedillo, pudiendo llegar a hacer verdaderas conversaciones con todos sus versículos. La verdad es que sería un sueño ir a la sucursal de tu banco a pedir una hipoteca y que el Director, para reclamar el pago de tu mensualidad, te dijera:

“Mi estimado cliente, escrito está: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. San Marcos 12,17”.

Y tú podrías darte el gustazo y responder:

“Sí, pero también dicen las Sagradas Escrituras: Cada siete años ustedes perdonarán las deudas. Deuteronomio 15,1”; y chulescamente apostillarías: “¿Lo sabía…, Makeijan?”.

Lástima que la realidad y la ficción sean cosas tan diferentes. ¡Cachis!

Eso sí, lo que es una ficción que refleja muy bien la realidad es Idus de Julio, una novela hecha en este país con la intención de triunfar en el mundo mundial…, en plan yanqui… y tal.

Sean FELIPIces.

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El barraquito y otros

Güelcam otra vez a este blosss del ORTINorrinco, en el que hoy volvemos a recuperar las anécdotas que el cafre de Felipe Ortín consiguió insertar en su fabulosa novela, Idus de Julio, de manera que el lector de la misma no se diera ni cuenta de que le estaba añadiendo más paja y páginas a la historia para que ésta fuera un tochito de trescientos folios y que pareciera una novela seria y todo.

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En fin, hoy hablaremos de ese brebaje mágico llamado café. Esa bebida que todo el mundo toma con la excusa de espabilarse pero que, en realidad, la mayoría utiliza para ir al excusado…, a soltar lastre; porque no hay mejor laxante que un buen café, a poder ser de esos que puedes conseguir en las máquinas expendedoras que las empresas suelen colocar en los offices de sus oficinas. Uno de esos y mano de santo para el estreñimiento; a los dos minutos te encuentras apretando el paso (y las nalgas) en dirección al WC. Yo he llegado a sospechar que esas máquinas las instalan en las empresas los jefes de los Departamentos de Recursos Humanos. Sí, porque no hay nada que ponga de más mal humor que tener retortijones y no poder aliviarte. Así que para mejorar el ambiente laboral en la oficina, nada mejor que tener al empleado bien cagado (a veces en todos los sentidos)

En fin, que en este país el café es casi una religión y un motivo como otro cualquiera para poder quedar con un buen amigo para pasar un rato agradable. Y no sólo eso, sino que, además, posiblemente España sea uno de los lugares donde mejor se prepara el café, tras Italia o Brasil, porque lo que es en el resto de Europa o América, el café no deja de ser más que agua sospechosamente tiznada de negro (que yo sepa). Por ejemplo, el peor café que he probado en mi vida lo tomé en Alemania, una pócima oscura y maloliente (no quiero decir con esto que todos los cafés de Alemania sepan igual, pero aquel fue terrible). En Estados Unidos, por lo que se ve en las pelis de polis, se jartan a tomar quintales cúbicos de café en vasos de plástico Big Size de Coca-cola…, si eso realmente fuera café café, del speed que les daría resolverían los casos en cinco minutos y rodarían cortometrajes en lugar de largometrajes.

Y una vez fui a Francia y pedí un café olé, pensando que lo de olé era porque sería bueno de cojones. Sin embargo, lo que pasa es que los gabachos no saben ni leer en su propio idioma pues, olé sus huevos, realmente es un “café au lait”, que no es más que un café con leche…, que, por cierto, me lo pedí para desayunar en un bar y tuve que ir a la panadería para comprarme un croassant porque allí el café se vende en los bares y los dulces en la panadería…, no se les ha ocurrido mezclarlo como hemos hecho aquí.

Eso sí, nosotros aquí nos hemos empeñado en complicarnos la vida para pedir el café. Un buen camarero de cualquier restaurante es capaz de anotar las comandas de los comensales, servir las mesas con diligencia y ser amable con los clientes…, hasta que llega el turno de los cafés, instante en el cual los nervios, la memoria y la amabilidad del camarero se pueden ir al garete en cuestión de segundos.

Porque no debe haber momento más estresante que cuando un grupo de treinta personas, después de haberse puesto como ceporros comiendo y haber jalado más alpiste de la cuenta, se pone a pedir los cafés. Porque lo dicho, aquí no se pide un café y punto. O un cortado y tan panchos. No, no. Aquí, aparte de ser camarero, hay que tener estudios y un máster superior en la Universidad Juan Valdez de Cafetera y Tueste porque, de esas treinta personas, ninguno pedirá lo mismo.

Que si un café solo, solo corto de café, expreso, café americano, café largo, bien cargado, uno manchado (nunca he sabido manchado de qué), con hielo, descafeinado de máquina, descafeinado de sobre, con sacarina (esto se lo suele pedir el troglodita que se acaba de comer medio cochino asado, curiosamente, ¡para no engordar…!), con estevia (pal friki ecologista).

Pero es que aquí no acaba la cosa porque, para complicarlo aún más, faltan los cortados, los cuales pueden ser: corto de leche, largo de leche, café con leche, con la leche fría, con la leche hirviendo (práctica que particularmente odio pues hasta en verano los camareros vaporizan la leche del cortado para que te quemes la lengua…, esto fijo que lo hacen por venganza). En Canarias, particularmente, para complicar un poco más el cortado, tenemos: cortado de leche y leche (leche normal y leche condensada), cortado de leche natural (sólo leche normal) o barraquitos. Obviamente, los cortados también pueden usarse con la opción de descafeinado, de sobre o de máquina. Por si fuera poco, y para tocarle aún más los ojones a los camareros, ahora ya podemos elegir el tipo de leche: desnatada, sin lactosa, semidesnatada, de soja, de arroz, de avena, de almendra, de vaca, de burra, de foca, de Bob Esponja…, al final, la leche que te ponen es…, la mala leche que le entra al camarero o, con mala suerte, te pega una leche como Ruiz Mateos al Boyer.

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Y parece que la cosa acaba aquí, pero no.

Aún falta poder mezclar el café con licor y aquí empezamos con los carajillos de anís, de cognac, de whisky, de ron o cualquier otra cosa que lleve alcohol, así hasta llegar al de 95 grados. También los trifásicos, que son cortados a los que se les añade el licor correspondiente, como el trifásico de Baileys (que, irónicamente, tiene crema de leche). Obviamente, estos últimos también pueden complicarse pidiéndolos descafeinados de sobre o de máquina, con hielo o sin hielo, con azúcar o sacarina y, por supuesto, con el tipo de leche que te salga de los cojones…, ejem, quiero decir…, de avena, de soja, de chufa, etecé, etecé…

En definitiva, que ese momento debe ser el más estresante para un camarero. Yo una vez casi vi fenecer a uno en vivo y en directo cuando el listo de turno se le ocurrió pedirle un: “cortadito de leche y leche, corto de café descafeinado de máquina, con la leche condensada de almendras ecológicas, la leche natural desnatada sin lactosa y la sacarina sin gluten”. Al camarero se le subió la ceja izquierda, dobló la lengua p´atrás, apretándola entre los dientes, y casi pude leer en sus ojos sus pensamientos algo así como: “Ñññññññññññ, ¡Mira…, mi niño! Lo que te voy a dar es una nata con tan mala leche que te voy a descafeinar hasta los sesos…”. La verdad es que el camarero tenía razón porque para pedir un café que no es café, mezclado con leche que no es leche y un edulcorante sospechoso yo, en el lugar del camarero, hubiera mandado al cliente a la mierda pero que no es la mierda.

Pero bueno, volviendo al tema que nos traía, que eran las anécdotas que uno puede aprender de Idus de Julio, hoy quería contarles el origen de la palabra “carajillo”. Al parecer hay dos teorías sobre el origen de la misma, por lo que pude averiguar en su momento.

La primera es la que explica que en la Guerra de la Independencia Cubana, los españoles mezclaban el café con licor para tener más “corajillo” e ir a luchar en las batallas. Y de ahí, la palabra derivó en carajillo. Está claro que si esto fue así, a vista de los resultados de hoy en día, aquellos carajillos debían ir más cargados de la cuenta y nuestras tropas debieron ir medio beodas al campo de batalla pues perdimos la guerra, Cuba y ya, de paso, Las Filipinas.

La segunda versión sobre el origen de la palabra “carajillo” dice que es una derivación de una expresión típica de los arrieros catalanes que esperaban su turno de carga en la Estación de Francia de Barcelona y que, cuando tenían prisa por salir, mezclaban el café con el licor y se excusaban con un: “que ara guillo”, que quiere decir: “ahora tengo que irme con prisas”

Independientemente cual de las dos versiones sea la correcta, yo, particularmente, me decanto por un café especialmente sabroso inventado en Tenerife, el popular Barraquito, ideado, parece ser según se cuenta, por un cliente del Kiosko Imperial de Santa Cruz de Tenerife al cual apodaban Barraco y que un buen día le dio por mezclar café, leche condensada, leche, canela, una corteza de limón y licor 43.

Curiosamente, el barraquito, cuya receta es la que acabo de describir, no hay narices que, hoy en día, te lo sirvan correctamente si lo pides como tal, ya que cuando pides uno, en todos los sitios te ponen un simple cortado largo de leche y leche sin licor ni ná…,

A ver, estimados camareros, si el barraquito original tiene licor, por qué, hoy en día, si quieres que te lo sirvan como Dios manda, tienes que decir “barraquito especial”. Queridos camareros, ya sé que odian a los clientes por pedir el café de mil maneras diferentes pero un barraquito lleva su licor, su corteza de limón y su canela…, no debería hacer falta especificar “especial”, ya que lo que ustedes sirven normalmente es un barraquito…, ¡que no es un barraquito!

Recuerden, el barraquito lleva: leche condensada, café, leche, canela, corteza de limón y licor 43. Y punto. Nada de “barraquito especial”.

Porque no hay nada mejor que poder saborear un buen barraquito con una buena lectura como puede ser, por ejemplo y sin ir más lejos, el Best Seller de Felipe Ortín, Idus de Julio (que es su Best Seller porque no tiene otra novela que vender…)

Sean FELIPIces.

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