Felipe Ortín

Escribidor


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Entrevista de un fannnss.

Amigas y amigos del ORTINorrinco y de Felipe Ortín, hoy estoy en plan vago que te cagas y no tengo ganas de escribir así que, como hacen los del Gobierno, he hecho que curren otros. Sí, hoy se ha encargado de escribir otra persona, Francisco González Sánchez, lector de Idus de Julio y, desde entonces, fan, admirador y amigo mío. Todo un caballero al que hice reír con mi novela y que para agradecerme las sonrisas, me hizo la siguiente entrevista con la que les dejo hoy. Espero que la paladeen más como ambrosía sabrosa que como mazapán enyugante.

UN CAFÉ CON FELIPE ORTÍN GONZÁLEZ, AUTOR DE “IDUS DE JULIO”

Conocí a Felipe Ortín, en  la librería-café Libro en Blanco de Santa Cruz de Tenerife, y decidí comprarle su “Novela”, porque me gusta ayudar y animar a los que empiezan, pero con la intención de ponerla en mi “lista de espera”, como otra muchas novelas, que tal vez nunca llegue a leer, porque  “la vida no me da para más”. Después de leer la dedicatoria que me hizo, “…con cariño de un escribidor novato para que se divierta un rato y saber que había sido alumno del Colegio de Primaria Fernando III el Santo (donde fui profesor unos años, aunque Felipe tuvo la suerte de que yo no le diera clase)  y del Instituto San Hermenegildo, ambos de la Cuesta, alumnos que les recuerdo con muchísimo cariño, le eché un vistazo y le vi una persona sería, humilde y con una sonrisa acogedora. Entonces me dije, “Este tipo lo que tiene de tonto le queda bien”, por lo que decidí darle una primera pasada a su libro, y después una segunda lectura a fondo, como si estuviera corrigiendo un examen, pero lo que conseguí, fue reír, reír y reír…, hasta llegar a la carcajada. Hay que ser muy inteligente y serio para hacer reír. Hoy, “más difícil todavía”, como en el circo.

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Aún no queda muy claro si este tipo es tonto de capirote o realmente inteli…,cualo? Eso sí, los geranios los tiene monísimos de la muerte.

El señor Ortín, me hizo recordar a mis autores más releídos, con lo que guarda un cierto paralelismo: Wenceslao Fernández Flores, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura, a pesar del paso del tiempo. Por todo esto y por mucho más he decidido invitarle a un café para charlar.

– 01. ¿Tienes algún antecedente literario en la familia y de pequeño tenías muchos libros en casa?

Que yo sepa, ninguno, aunque a mi padre le gustaba escribir poemas y pequeñas historias. También llegó a colaborar en algún periódico y hasta hizo una pequeña edición de un libro donde recogía sus escritos al que tituló: “Escritos en voz baja”. También en casa siempre contamos con estanterías repletas de libros, tanto enciclopedias como colecciones de novelas. Aunque lo que realmente devoraba yo eran los Mortadelos y Filemón que podía arramblar de cualquier kiosko o colega…, así me quedé, medio pirado pero, eso sí, con sentido del humor.

– 02.  ¿Tus padres eran lectores? De qué manera influyeron en tu afición a la lectura y escritura

Como buen hijo de mi época, mis padres se pegaban unas palizas a currar para sacarnos adelante y darnos la mejor educación posible, así que no tenían mucho tiempo para leer. Aún así, en los ratos en los que no les montábamos el cirio padre entre mis hermanos y yo, cuando podían leían. A fecha de hoy, ahora que ya los hemos dejado tranquilos, ellos leen bastante. Supongo que de alguna manera, mi afición a la lectura proviene de las tongas de libros que tuvimos siempre por casa. Lo de la escritura debió ser ciencia infusa porque hasta hace poco nunca me dio por molestar a nadie con mis escritos…, hasta que llegó Idus de Julio, para suerte o desgracia de la Humanidad.

– 03.  De tu época en el Complejo Escolar Militar de La Cuesta, algún profesor influyó en tu afición a la Literatura, porque a pesar de tus años se nota que has leído “algo”.

Pues creo que no porque siempre fui un poco Sheldon (como el de la Big Bang Theory) y se me daban las matemáticas y la física, aparte de recibir mi ración correspondiente de collejas en el cole por empollón. Pero sí que recuerdo con cariño a mi profesora de Literatura de 2º de BUP, Montse. Un pedazo de pan. Nunca hacía los deberes y siempre me ponía sobresaliente. Siempre le tuve cariño a aquella profesora pero no creo que influyera en mi amor por la literatura…, aunque lo mío es más bien LiteraBurra.

– 04. ¿Tus autores o libros  favoritos de niño y joven? ¿Alguno te ha marcado de manera singular?

De niño leí mucho a Stephen King y a Enid Blyton y sus “Cinco” (los devoraba). Pero si hubo uno que me encantó especialmente fue Enrique Jardiel Poncela. Me reía con él y aún conservo un ejemplar de “La Tournée de Dios”, cosa fina, oiga. Aunque como le he dicho antes, quién realmente me ha marcado literariamente ha sido Francisco Ibáñez con su incomparable Mortadelo…, eso sí es literatura de la “güena”.

– 05. Ingeniero de Telecomunicaciones -“comunicación”- carrera nada fácil, ¡Por qué ingeniero! Apartado de la literatura, o ¿la hiciste compatible con ella, como hobby o algo así? -Conozco otro ingeniero de esta especialidad, excelente comunicador, periodista y escritor, Luis del Pino, aunque le falta la “chispa” que a ti te sobra-

Pues como he dicho antes, se me daban las mates y la física así que supongo que hice Telecos porque me atraían esas cosas. También, por supuesto, me atraían las mujeres pero eso sí que se me daba fatal…, ¡planté un soberano huerto de calabazas! Y lo de escribir vino muchos años después cuando ya estaba trabajando. No conozco a Luis del Pino pero si usted dice que le falta “chispa” es que debe ser que yo he trabajado de Ingeniero Industrial más que de Telecos y a base de llevarme calambrazos al meterme en los cuadros eléctricos creo que me sobra electricidad estática…, y me falta algo de cordura.

– 06. ¿Cuándo, cómo y por qué? Decides lanzarte, a esta valiente aventura de escribir una novela  

Disculpe que sea soez pero el motivo básico fue porque se me hincharon los cojones. Sí, me harté de una vida rutinaria y quería realizarme. Años buscando algo que me llenara hasta que un buen día escribí una historieta en que contaba mis desgracias a unos colegas. Se descojonaron de la risa. Así que repetí y se volvieron a tronchar. Escribí varias más con idéntico resultado, así que decidí que me gustaba escribir y podía alegrarle la vida a otros. Y me lancé con Idus de Julio y creo que he conseguido el objetivo: realizarme y hacer FELIPIces a otros. Porque, como decía Cantinflas: “El primer deber de todo ser humanos es ser feliz; el segundo, hacer felices a los demás.”.

– 07.  Como primera novela,  “Idus de Julio” cuánto tiene de la biografía  de “Felipe Ortín” o tal vez de un amigo u otra persona conocida.

Aunque es una historia ficticia por supuesto que tiene partes autobiográficas. Especialmente la sensación de ir por la vida sobre raíles sin ilusiones en la vida, cosa que le ocurre al personaje…, y a muchas personas en la actualidad. Hasta cierto punto me da pena cómo nuestras ilusiones de niños se diluyen con la “adultez”. Creo que si no perdiéramos a nuestro niño interior, el mundo iría mejor… (Felipito, estate quieto, no ves que estoy hablando con este señor…, y deja de sacarte petróleo de la nariz)

– 08. A pesar de que tratas de explicarlo de manera mágico-surrealista, a mi modo de ver,  ¿Cómo se te ocurrió el título?

Pues los escritores siempre le echamos la culpa de estas cosas a un personaje ficticio al que llamamos Musa. Pues que sepa que ese personaje existe de verdad. A mí se me apareció durmiendo y el título me vino soñando. Esto es tan cierto como que me llamo Felipe…, creo.

MAJA

La Musa…, ah! no! que es la Maja…, desnuda además… en qué estaría pensando…

-09. ¿Cómo titularás la próxima?, porque pienso que te dedicarás de lleno a escribir, o ¿sólo los fines de semana y a ratos libres?

Pues el título de la próxima ya lo tengo pero es tosssp-secressst. Esto es como santo Tomas, hasta que no lo vea no lo creo. Es decir, cuando finalmente la tenga acabada, la bautizaré pero por ahora está algo verde. Y en cuanto a escribir, estoy empeñado en vivir del Cuento (es decir, honradamente de mis cuentos no como otros que viven de nuestras cuentas…). Y la intención es poder vivir de esto pero la competencia, el mercado y la crisis lo dificultan mucho. Por ahora intentaré compaginar mi actividad con el trabajo diario porque tengo fe en mí mismo ya que el día que pierda la Fe en mi mismo, dejaré de llamarme Felipe y pasaré a ser, simplemente, un Lipe cualquiera.

– 10.  Últimamente qué autores o libros han influido o influyen más en ti.

La verdad es que pocos pero porque leo poco. Cuando te dedicas a escribir no puedes leer más que lo que te interesa para documentarte y no te deja mucho tiempo para más. Además, soy más de ensayo que de novela, con lo que mis referencias literarias actuales están bastante desfasadas. Sí, lo reconozco, soy un as…, un asno quiero decir.

– 11.  Con quien te quedarías, ¿Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverter, Vargas Llosa o Javier Marías? o ¿Tal vez,  una escritora?

Me encantó La Sombra del Viento de Zafón; de Pérez Reverte he leído alguna historia de Alatriste, aunque el libro que más me gustó de él fue “Territorio Comanche”. De Vargas Llosa no he leído nada (disculpe usted mi burrez) y de Javier Marías leo a veces su columna en la revista de El País. Me parece un tipo formidable con una forma de pensar con la que coincido bastante. En cuanto a escritoras, la gran Agatha Crhistie o Enid Blyton, que me hechizaba con sus Cinco.

– 12. ¿Qué opinión te merece el “mundo” que nos ha tocado vivir y que tu parodias con esa fina  y simpática ironía que te caracteriza?

Lo fácil sería decir que el mundo actual es una mierda y está loco pero eso lo viene diciendo la Humanidad desde el origen de los tiempos. Ya un anónimo Caldeo por allá en los tiempos de Matusalem decía: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los hijos no escuchan ya los consejos de los mayores. El fin de los tiempos está próximo.” Sinceramente, la tele y los medios nos venden cientos de miles de desgracias diarias pero porque el ser humanos es miedica por naturaleza. El miedo es una gran herramienta de control de masas y asustar a la peña permite controlarla. Sí, es cierto, el mundo está loco pero debemos recordar que, aunque no se vea, hay más locura de la buena que de la mala… De hecho, yo estoy pirado y aún no sé cómo he conseguido engañarle para que me entreviste…

– 13. (Mi número favorito) ¿Tus hobbies favoritos, fuera de la lectura, la escritura y la ingeniería? Para terminar:  ¿un libro? -no vale “Idus de julio”, ¿una canción?, y ¿una película?

Mi hobby principal durante muchos años fue ser portero de fútbol. ¡Me encantaba! Podía ser el héroe del equipo o el villano al mismo tiempo. Podía volar como Superman para intentar atrapar una pelota o podía retorcerme de dolor si atinaban a darme en los “minibabybel”. Ahora ya, con la edad y renqueante del lumbago, pues me gusta la natación y cocinar. En cuanto a un libro, me quedo con “Sin noticias de Gurp” de Eduardo Mendoza y con “La Tournée de Dios” de Jardiel Poncela porque con ambos me desternillé. De películas destacaría “La vida es bella” o “Intocable” porque no dejan de ser tragedias pero enfocadas con un punto optimista y mucho humor porque, como decía Eduardo Galeano: “el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena”. Finalmente, como canción, elegiría “Thunderstruck” de AC/DC, que no tiene la más puñetera gracia pero cada vez que la escucho, me desmeleno.

Muchísimas gracias, Felipe, por tu amabilidad y por esta maravillosa tarde que me has hecho pasar.

De nada. Que sepa que ha sido un placer y sobre todo a uno le llena el poder hacer feliz a otra persona y creo que con Idus de Julio lo he conseguido con usted. Creo que tenemos que usar más el buen humor en nuestra vida diaria para que este mundo no chirríe tanto. Encantado de haberle conocido y de que se haya reído tanto con mi novela.

Francisco

Un nuevo fan y amigo en mi vida: Francisco González Sánchez

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El faisbu

Bueeeeeeeeeeenas, saludes a todes (que así me ahorro el “saludos y saludas a todos y todas”); hoy en el blosss del ORTINorrinco les explicaré cómo y por qué vendí mis más básicos principios y pasé de ser un ser que se oponía a ser un ser usuario del Facebook y del Whatsapp, a convertirme en un activo y dinámico semi-adicto de ambos.

Sí, yo, como buen ORTINorrinco, era un fiel activista anti-faisbuk y anti-guasap hasta que al panoli de Felipe Ortín le dio por publicar Idus de Julio, su novela, y debía venderla de alguna manera. Obviamente, había varias posibilidades como: instalarse en las ferias junto a los mercadillos de hippies, alquilar una furgoneta con un megáfono y anunciarla a rebuzno pelado como si fueran sardinas frescas o, bien, alongarse al mundo digital y tratar de hacer publicidad de la novela a través de las redes sociales.

Megáfono

Megáfono que me compré para rebuznar a los cuatro vientos la existencia de Idus de Julio

En definitiva, dones y doñas, ñoras y ñores, que sí, sucumbí al Facebook y me tragué mis palabras, aquellas que juré, por la cuquita del niño Jesús, que nunca traicionaría y que defendería a capa y a espada: “Jamás entraré en esa chorrada del Facebook”…, pues ni a capa, ni a espada, vamos, con papitas arrugadas y mojo picón que me las comí. En definitiva, que se cumplió el famoso refrán que dice: “nunca digas: de este agua no beberé, este cura no es mi padre y esta polla no me cabe”. (Sí, lo sé, es soez, pero yo no tengo la culpa de que así sea el refranero español).

Sí, traicioné mis principios para conseguir otros finales. ¿Y por qué me traicioné a mí mismo? Sinceramente, por el dólar, por el euro. Sí, porque, ¿quién no esputa al oír hablar de dinero?… perdón, reformulo la pregunta: ¿quién no es puta al oír hablar de dinero? (cómo cambia el significado de la pregunta por un simple espacio en blanco, ¿eh?). Pues sí. Soy un vendido. Vendí mis principios para que Felipe Ortín pueda vender su librito de marras, es decir, Idus de Julio, y a ver si así podemos vivir honradamente del Cuento y nos retiramos. Vamos que prostituí mis creencias para vender un producto y mi coherencia conmigo mismo quedó dilapidada, aunque, como tengo doble personalidad, puedo elegir la del ORTINorrinco o la de Felipe Ortín para evitar sentir remordimientos.

Así que, finalmente, di el paso e introduje mis datos en Facebook por primera vez. Y me sentí como el mono de la película de “2001 Odisea del Espacio”, cuando lanzaba al aire la tibia de un dinosaurio y esta giraba etérea mientras sonaba la famosa canción: chan, chan, chanchan, chanchan, chaaaaaaaaan, chaaaaaaaaan, chanchaaaaaaan!!!! De repente, al escribir los datos en el “Registrar” de Facebook, de ser el ORTINorrinco Cromagnon piloso que era, me convertí, súbitamente, en un ORTINorrinco Sapiens Sapiens bello y sin vello. Vamos, como si me hubiera dado la depilación láser con una fregona por todo el cuerpo. Instantáneamente, de ser un troglodita, me convertí en un avanzado ser del siglo diecinueveinteyuno. El cavernícola y anarquista digital que era salió de la gruta para entrar en las Redes Sociales. Y el fémur que había lanzado al aire, y que aún seguía girando, caía sobre mi cabeza con la banda sonora de 2001 de fondo: “Tantantantantantantatantan”. Y vi la luz… y las estrellas, por el efecto del porrazo del hueso.

Odisea 2001

Yo cuando era un ORTINorrinco Cromagnon piloso horroroso.

Una vez introducidos mis datos en Facebook, tuve que recurrir a la ayuda de mi santa y paciente esposa para que me explicara cómo funcionaba el rollo, como si yo fuera un niño de dos años (de los antiguos, porque los de hoy en día usan los pulgares a una velocidad asombrosa para jugar en cualquier dispositivo digital que ni Billy el Niño con sus pistolas).

Total, que si esto es tu Biografía, que si aquí puedes Comentar, Compartir y Megustar cada cosa que aparece. Que si esto es tu Muro. ¿Cuál? ¿El de Berlín? ¿El de las Lamentaciones? Pues no, durante algunos momentos se convirtió en el Muro de las Imprecaciones, ya que se me escaparon unos cuantos juramentos porque me hice la picha un lío y no sabía cómo puñetas funcionaba ese rollo (y mira que es bien sencillo). Bueno, aprovechando la mala baba que me entró, y la saliva que salpicó el monitor, aproveché para pasarle un pañito y quitarle el polvo a la pantalla, que estaba llena de mierda.

En definitiva, tras una retahíla de instrucciones y collejas por parte de mi parienta, conseguí comprender que el Muro no deja de ser como el corcho que teníamos colgado de jóvenes en nuestras habitaciones donde pinchábamos con chinchetas nuestras fotos de pedos, borracheras, novias/os o ídolos/las, con la diferencia que, entonces, sólo las veíamos nosotros y ahora, las ve todiós. También me recuerda el Muro a los imanes de la nevera bajo los cuales colgamos el calendario del cole con la foto de nuestros hijos, la lista de la compra o todo aquello que no se nos puede olvidar y, al final, siempre descuidamos. Sin embargo, la diferencia fundamental que veo con el Facebook es que es como los post-its. La gente va pegando uno encima del otro y llega un momento que el tamaño del taco de hojitas amarillas alcanza una altura considerable y, al final, ya no sabes qué estás viendo o no ves lo que otros han ido pegando en la tonga de post-its.

Otra cosa curiosa del Facebook, aparte de que como te descuides engancha más que la metadona, es que haces amigos con una facilidad pasmosa. Me he pegado toda mi vida para conseguir hacer cuatro tristes amigos y, de repente, en menos de dos días conseguí hacer más de cien. Presionante, Im, Presionante. En las escuelas deberían dar tablets para que los niños se relacionaran ya directamente con Facebook. Yo, de joven, me hubiera ahorrado aquello de Cabezón y Cuatro Ojos con tan solo colgar en mi perfil una foto de Robert Reford de jovencito y, hoy en día, no sería un adulto traumatizado con personalidad disociada y capaz de escribir estas historias para poder socializarme y tener amiguitos…

Pero no sólo no traicioné esos principios sino que también derribé otros muros que aún quedaban en pié. Me instalé el Whatsapp. Desde entonces, por fin, soy un ser intercomunicado con todo el mundo y puedo relacionarme con otros ORTINorrincos mediante frases cortas que no dicen nada, caritas sonrientes o enojadas, emoticonos, y largas conversaciones vía chat que se acortarían y nos harían estar más cercanos si usásemos el teléfono para lo que se inventó…¡Para hablar con el otro!!!! Porque que ya casi nadie recuerda para qué sirve para eso del TELES+FONOS (Lejos+sonido) y se usa para casi todo menos para hablar. De hecho, estoy buscando alguna aplicación en el móvil que me permita hacer unos huevos fritos sin tener que usar la arcaica y cutre sartén de toda la vida.

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Llegará el día en que el móvil sea capaz de hacerme estos huevos fritos

En fin, si cuando me instalé el faisbuc me sentí cómo el Homo Antecessor descubriendo el fuego, cuando un colega mío me descargó e instaló el guasap en el teléfono (sí, mucho Ingeniero de Telecomunicaciones que soy, pero puta idea para descargarme la aplicación), me sentí como Arquímedes cuando descubrió su principio… Sí, me dieron ganas de salir en pelota picada a la calle, con el badajillo pendulando de lado a lado, y gritar: “Eureka, lo encontré, lo  encontré: todo cuerpo que se sumerge en guasap experimenta un empuje hacia el móvil proporcional al número de teléfonos que guarda en su agenda”

Pues sí, aquel fue un paso más en mi evolución como mamífero. Así, en breve, siguiendo la teoría de la evolución, se me comenzarán a estirar los pulgares y éstos se moverán sobre el teclado del móvil como las pinzas de un cangrejo devorando su pitanza. Por ahora, voy de tecla en tecla, pulsando cuatro a la vez con las morcillas que tengo por dedos.

En fin, lo curioso es que, ahora, aquellos amigos que tanto daban por saco insistiendo en que me pusiera el guasap de una puñetera vez, hoy en día se arrepienten de haberme dado tal consejo pues me dedico a crear listas de difusión y bombardearlos para que se compren Idus de Julio o que se lo vendan a sus amistades. ¡Vida cruel! Crearon un monstruo.

Eso por no decir que cada vez que publico en el Facebook, entro cada cinco minutos, como un panoli, para comprobar cuántos Megustar tengo mientras pienso: “Venga, cabrones, denle al Me gusta, que sólo llevo dos, josdeputa”…, curiosamente, lo mismo que pienso cuando hago mis entradas en el blosss y nadie hace ningún comentario… Y no miro a nadie…, querido lector…

 

 


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La Escalera

Como ya saben, mis leales y lealas lectores y lectoras, el ORTINorrinco es un animal que fue creado por la Naturaleza un día que Dios estaba guasón, y tal vez algo beodo, y, así como la mujer fue creada del hombre a través de la costilla de Adán (al menos eso dice la Biblia), el ORTINorrinco fue hecho a cachos por el Supremo Hacedor el día que le faltaban piezas y cogió el pico de un pato, las patas de una nutria, la cola de un castor y las juntó todas en un solo bicho. Y, por si fuera poco, se hizo la picha un lío y mezcló mamíferos con ovíparos para que nos reprodujéramos. En definitiva, una auténtica chapuza celestial. Vamos, como cuando un niño de tres años coge trozos de pastilina de distintos colores y los une sin ton ni son a base de escacharlos.

Y por si fuera poca desgracia estar montado a cachos, conmigo, particularmente, la Hija de la Madre Naturaleza fue aún más vengativa.

Y es que al poco de salir del cascarón, con tan sólo seis añitos de edad, mis padres descubrieron que, además de tener sangre de ORTINorrinco, había heredado algo de la genética de los topos y que no veía ni tres montado en un burro debido a una miopía de caballo que hacía que me fuera dando topetazos con las paredes de la casa al igual que uno de esos aspiradores automáticos que van rebotando por toda la casa mientras aspiran solos. Es decir, yo sólo cambiaba de sentido de la marcha o de dirección cuando topaba con algún muro de nuestro hogar y, así, mientras yo no notara el impacto, seguía fielmente la primera Ley de Newton y “mi cuerpo mantenía su movimiento y velocidad uniformes” y no me detenía hasta que una fuerza externa era aplicada sobre mi…, básicamente el morrazo contra algún obstáculo.

En definitiva, que mis padres se estaban arruinando a base de aplicarme lociones antiinflamatorias para evitar que los chichones en medio de la frente hicieran que el resto de la fauna animal me confundiera con un unicornio. Por tanto, tras la visita al oftalmólogo u oculista (que siempre pensé que era el médico del culo) me impusieron sobre las narices unas preciosas gafas de pasta con unos cristales de cinco milímetros de espesor…, lo que en el lenguaje técnico y específico de la oftalmología  se denomina como: “culos de botella”.

Esa fue la primera chapucilla adicional que la Naturaleza hizo conmigo pero, para desgracia mía, éste no fue el único accesorio adicional que me colocaron durante mi infancia. Por esa época mis padres estaban empeñados en visitar a todos los médicos de la plantilla de la Seguridad Social y, así, con siete añitos, el pediatra detectó que yo tenía los pies planos, por lo que me calzaron con unas maravillosas botas ortopédicas para que se me intensificara el “puente” de las plantas de mis extremidades inferiores. Esto implicaba que, más que caminar, yo desfilaba haciendo el Paso de la Oca. Y para rematar, con ocho años, el dentista indicó a mis padres que mi paladar era un pelín estrecho y que si no lo corregían a tiempo, en vez de dentadura, yo dispondría de una mazorca de dientes en el interior de mi boca. Por tanto, para enmendar la plana, me colocaron un conjunto de hierros y plásticos en el interior de mi hocico para “mejorar mi sonrisa”.

la-escalera-1Menos mal que a los nueve años, mis progenitores, finalmente, dejaron de ir a los especialistas sanitarios pues arreglar a su niño les estaba costando un huevo de la cara, ya que cada vez que iban de visita a una de estas consultas era un gadget nuevo que añadirme. Así que, gracias a que mis padres tenían una economía ajustada, dejé de ver más médicos porque, si no, fijo que me hubieran puesto un armazón metálico para ajustar alguna supuesta escoliosis o algún médico capullo me hubiera detectado una fimosis bífida que hubiera requerido amputación extra de la punta de mi minga.

En definitiva, a los nueve años yo era un niño completamente “tuneado” con gafas de cegatón, botas ortopédicas y un fantástico aparato de dientes que hacía que mi pronunciación derrapara cuando llegaba a la letra “s”, haciendo que mi boca funcionara como un aspersor, en mi caso, de babas. Todo lo anterior, unido a que la Naturaleza me dotó de un prodigioso cabezón sobre mis hombros, me induce, aún hoy en día, a pensar que mis padres no estaban muy concentrados en la labor de la procreación en el momento de mi concepción y he llegado a pensar que, en caso de haber nacido dentro de una tribu Sioux, yo hubiera podido tener nombres totémicos del tipo “Gomita Picada”, “Látex Traidor”, “Durex flácido” o “Fuera DEL Control”. En definitiva, de aquellos polvos, estos lodos (nunca mejor dicho).

De esa guisa no sé cómo aún tenía valor para ir al colegio. ¡Porque había que tener valor! Por aquel entonces los compañeros del cole me conocían por apelativos tan cariñosos como: Cuatro Ojos, Cabezón, Cabeza Buque, Frankenstein, Aspersor y muchos más, a cada cual más entrañable.

Menos mal que la Teoría de la Evolución funciona y desarrollé otros mecanismos de defensa, con lo que yo era capaz de mimetizarme perfectamente, como un camaleón, con el fondo del escenario en el que me encontrase en cada momento para pasar inadvertido, a la vez que mi tono de voz se hizo cada vez más tenue. De esta manera conseguía evitar alguna colleja que pudiera escapársele sin control a cualquier chaval más grande que yo.

Curiosamente, yo tenía el set completo de elementos de tuning diagnosticados por las diferentes áreas de la medicina pero, a diferencia de los coches, dónde el tuning sirve para embellecer o darle más velocidad a los vehículos, en mi ser, estos dispositivos me convertían en un perfecto patito feo, además de dificultar mi sprint de huída de los abusadores de la clase. Sobre todo las botas ortopédicas, que impedían el juego completo de las articulaciones de mis tobillos, lo que hacía que pareciera el Jovencito Frankestein a la hora de correr.

Y gracias a aquellas botas ortopédicas puedo decir, con casi absoluta seguridad, que hoy en día tengo la personalidad disociada entre el ORTINorrinco y Felipe Ortín.

Ocurrió un buen día de cole.

Era el día del Maestro y por aquella época aún se les respetaba, se les hacía caso y, dependiendo de qué profesor, hasta se les tenía pavor o cariño. Era costumbre que en esa fecha se les llevara algún presente como muestra de aprecio o consideración. Yo no recuerdo qué había construido exactamente para regalarle a mi maestra, “Doña Esperanza” (porque en aquel entonces todas las profesoras eran “doñas” aunque tuviesen veinte años de edad), pero sí que, aparte de la mochila cargada de libros a la espalda, yo iba con una mano sujetando el dichoso trabajo manual y en la otra una pelota de fútbol.

Vivíamos en un primer piso y la escalera contaba con veinte peldaños para salvar los cuatro metros de desnivel entre la puerta de mi casa y la de la calle. Como cada mañana, salí al rellano para bajar a esperar la guagua (autobús, para los peninsulares y peninsularas) del colegio. Antes de empezar a descender, mi madre realizó el protocolo habitual de despedida, que consistía en:

  • Meterme los faldones de la camisa por dentro del pantalón. Una vez bien puesta, tiraba de mis pantalones hacia arriba hasta que la cruz del mismo hacía tope con los “minibabybeles”, momento en el que yo me quejaba por el dolor escrotal y mi madre dejaba de torturarme. Tras esto, me ajustaba el cinturón.
  • Darme un beso y, como toda madre que se precie, terminar de peinarme mojándose los dedos con dos salivazos, de esos que cuando eres niño tanto asco te dan pero que después uno repite con sus propios hijos cuando uno se hace adulto.

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Finalizado el procedimiento, y recibido el cariñoso ósculo materno, me giré dispuesto a bajar hacia la calle.

Cargado con la mochila en la espalda, el trabajo manual bajo un brazo, el balón de reglamento bajo el otro, añadido a que mi centro de gravedad estaba en la cabeza, debido al prodigioso tamaño de la misma y lo escuchimizado de mi cuerpo, con el agravante de la trampa mortal que suponía aquel calzado ortopédico; el desenlace era de esperar.

Di un paso hacia los escalones pero, en ese momento, mi traidora bota resbaló y mi pie cayó sobre la primera huella de la escalera. Con esta brusca maniobra mi cuerpo se inclinó rápidamente hacia atrás debido al peso de la mochila. La reacción instintiva de mi cerebro fue dar la orden de mover todo mi organismo hacia adelante para compensar, tratar de equilibrarme y evitar la caída de espaldas.

Sin embargo, lo que no calcularon mis jóvenes e inexpertas neuronas era que mi cráneo disponía de más masa que el resto de mi ser con lo que el centro de gravedad, ubicado en lo alto de mi cocorota, se desplazó violentamente hacia adelante y ya no hubo posibilidad de enmendar el trastazo.

Mi cuerpo giró completamente sobre sí mismo, utilizando la mollera como eje, cual tentetieso, haciendo que mis piernas salieran disparadas hacia arriba. El siguiente impacto con los peldaños no fue con un pie, como normalmente ocurre cuando se baja una escalera, sino con todo el cabezón. No sé cuantas volteretas sobre mí  mismo realicé pero debió ser un triple salto mortal y doble tirabuzón con infarto de miocardio materno, que contemplaba la escena desde arriba.

La mayor parte de mis gadgets abandonaron cobardemente mis dependencias. Las gafas saltaron en el primer impacto, el aparato bucal se quedó a mitad de camino y, como suele ocurrir en todos los accidentes, perdí uno de los traicioneros zapatos ortopédicos. El trabajo manual quedó desparramado por todas partes y, mientras yo acababa despanzurrado en el zaguán, la pelota terminaba de rebotar, guasona, al lado de mi oreja derecha.

Resumiendo, un talegazo de trending tópic.

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Milagrosamente, no me pasó absolutamente nada. Eso sí, a mi madre, al verme rebotar de escalón en escalón, se le dilataron las pupilas al máximo, sus pulmones olvidaron de recolectar oxígeno, el corazón se le detuvo, su sangre dejó de circular por sus venas y su cuerpo desapareció camuflado con el blanco de las paredes.

Supongo que una vez recuperada del susto, aquella buena mujer batió el record mundial de salto de longitud al bajar hasta la puerta de la calle con un único y prodigioso brinco para comprobar el estado de su primogénito.

En definitiva, que yo creo que debido a aquel trastazo mi personalidad de ORTINorrinco se disoció y apareció el listo de Felipe Ortín; aunque tan sólo es una suposición, no puedo afirmarlo rotundamente.

Lo que sí puedo afirmar es que aquel día me escaqueé de ir a clase y me colmaron de helados. También, desde entonces, cada vez que bajo una escalera me aferro desquiciadamente al pasamanos a pesar de que mi centro de gravedad ya se ha desplazado desde lo alto de mi cabezón a mi bien regada barriguita cervecera.

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El Libro en Blanco vs El ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Buenas y buenos días y díos a todas y todos. Otra vez más…, sí, otra más, para desgracia suya, sean bien recibidos a esta sección de entrevistas a personajes y entidades relacionadas con la cultura en general (o en comandante, los galones dan igual). Hoy, por tanto (y por tonto, pues no tenía nadie mejor a quién entrevistar), nos encontramos en la librería El Libro en Blanco de Santa Cruz de Tenerife, cuyos dueños Miguel Aldai y Carol Campos nos reciben con los brazos abiertos.

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MIGUEL ALDAI: Oiga, un respetito, que si no tenía a nadie mejor que entrevistar, la culpa es suya no nuestra. Encima que le sacamos las castañas del fuego…

ORTINORRINCO: ¡Oh, disculpe, disculpe! Pensé que tenía el micro tapado y no me estaban escuchando. Ejem…, bueno…, vayamos por faena. ¿Qué es exactamente El Libro en Blanco? ¿Cómo surge la idiota?

CAROL CAMPOS: ¡Oiga, sin faltar! ¿Cómo que idiota?

OR: Sí, la idiota. ¿No? ¿Una idiota no es una idea grande? Porque para mí El Libro en Blanco es una gran idea.

CC: Ideota, se dice ideota…

OR: Disculpe usted mi falta de ignorancia…, en fin, ¿me va a responder a la pregunta alguno de los dos?

MA: Pues bueno, El Libro en Blanco es, para resumírselo, una librería-café que está situada en la calle Juan Pablo II, número 35 de Santa Cruz de Tenerife. Pero más que librería-café, podríamos decir que es un pequeño centro cultural. Aquí, aparte de vender libros y servir desayunos o meriendas, concentramos actividades culturales de todo tipo. Por ejemplo, en la planta superior tenemos dos espacios para realizar exposiciones, principalmente de pintura y de fotografía donde los artistas locales pueden exponer y vender sus obras.

CC: Sí, y no sólo eso, lo más importante es nuestra agenda de actividades. Todos los meses tenemos presentaciones de libros, con escritores tan importantes como Miguel de León, reuniones de clubes de lectura, recitales de poesía, talleres de relato corto, escritura creativa o interesantes charlas impartidas por gente relacionada con la cultura o diferentes ámbitos del saber. Si desean conocer nuestra agenda, pueden visitar nuestro facebook, El Libro en Blanco, o nuestro blog: http://www.libroenblancotenerife.blogspot.com.es, donde podrán conocer todas nuestras actividades.

libro-en-blanco-2OR: En definitiva, que ustedes no son una librería cualquiera.

MA: Bueno, no somos una librería convencional. Siempre quisimos dedicarnos de alguna manera al mundo del libro y en ese deseo está el origen de El Libro en Blanco. Aspiramos a crear un lugar muy dinámico, con constantes cambios y propuestas para nuestros clientes.

CC: Sí, una de las cosas que más satisfacción nos produce es la de poner en contacto entre sí a personas, a lectores con escritores, a escritores con escritores, a artistas con artistas, de manera que puedan surgir entre ellas posibles colaboraciones o, por qué no, incluso amistades.

OR: ¡Ajá! Tengo entendido que aquí dejan entrar a cualquiera y que incluso el cenutrio de Felipe Ortín ha presentado aquí su novela y que hasta ha trabado cierta relación con algún buen escritor, como ese tal Yauci Fernández.

MA: Efectivamente, Felipe Ortín presentó aquí Idus de Julio en exclusiva mundial, aunque, sin embargo, no tuvo mucho éxito de convocatoria. Apenas asistieron cinco o seis personas.

OR: ¡Ya! Creo que las balas de paja rodaban de lado a lado del local… Es que el Felipe Ortín ese es un chapuzas…, si llego a organizarle yo la presentación, meto aquí hasta a la Virgen de Candelaria. En fin, ¿cuáles serían sus aspiraciones a futuro para El Libro en Blanco?

CC: Lo que nos gustaría es que El Libro en Blanco fuese un lugar de encuentro en el que las personas tengan un espacio en el que se sientan cómodos y desconectados de la rutina, donde puedan asistir a una charla, taller o adquirir los libros que más les apasionan.

OR: Bueno, supongo que tal vez poco a poco. Por ahora, creo que han cumplido ustedes recientemente un añito.

MA: ¡Eso ha sido un gran hito!

OR: Bueno, más que un granito, ha sido un hermoso espino que me salió en la frente y no vea la marca que me ha dejado después de explotármelo.

MA: Que digo que cumplir un año ha sido un GRAN… HITO, ¡UN GRAN… HITO!

OR: ¡Ah, ah! Sí, sí, claro…, claro…, como no… ¡Felicidades!

CC: Está siendo una gran experiencia. Cada día supone un reto para nosotros, estamos aprendiendo mucho en todos los aspectos, como libreros, camareros, relaciones públicas y organizadores de eventos y lo que deseamos es estar a la altura de las expectativas de nuestros clientes.

OR: ¿Y cómo se organizan? ¿En plan Enrique y Ana (yo mando y tú obedeces), en plan Pimpinela (a bronca diaria) o en plan Isabel y Fernando (tanto monta, monta tanto)?

MA: Más bien en plan Isabel y Fernando, pues cada uno de nosotros pinchamos y cortamos por igual…

OR: Joer, menuda suerte…, a mí en mi casa me llaman “el cuchara”…, porque ni pincho ni corto. La ORTINorrinca…, ¡que tiene un rejo…!

CC: Aunque a veces también tenemos nuestros momentos Pimpinela, pero esos los dejamos para cuando acabamos el curro. Que los trapos sucios se lavan en casa…

OR: Ni se lo imagina. A mí me hacen lavarlos aún de rodillas, con jabón de Lagarto y frotando en la pila de lavar… En fin, sigan, sigan, ¿cómo es un día cualquiera?

MA: La verdad es que cada día es diferente y estresante. Tenemos que planificar los pedidos de libros, los de la cafetería, organizar las actividades, etcétera. La librería, por ejemplo, la tenemos dividida en cuatro partes: novedades, autores locales, librería infantil y libros de segunda mano y soy yo quién la organizo y la ordeno.

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Unas salita de lectura, una acogedora terraza, un rincón para los libros de segunda mano y la zona infantil, para dejar aparcados a esos alucinantes seres llamados niños, forman parte de El Libro en Blanco

OR: Interesante. Entiendo que en Autores Locales tendrán Idus de Julio del memo de Felipe Ortín. ¿Y cómo es eso de los libros de segunda mano?

MA: Sí, por supuesto, Idus de Julio está disponible en nuestra sección de autores locales…, un gran libro, se lo recomiendo si quiere disfrutar de una buena comedia que le hará reír un rato. Y en cuanto a los libros de segunda mano, cualquiera puede traer libros que no quiera tener en casa (que sean novelas) y nosotros los tasamos y los vendemos. Luego, pagamos a su dueño y liquidamos el 50% de su precio de venta a la persona que los ha traído.

OR: ¡Ah, interesante! Igual me gano unas perrillas trayéndole algo que tengo por casa…., porque de escribir en este blosss no se vive…

CC: Y en cuanto a la cafetería, soy yo quien la organiza y la tiene punto en blanco, con las tazas, las copas de vino y toda la loza bien colocadita y ordenada. Aunque, a la hora de trabajar, Miguel está más tiempo detrás de la barra y yo suelo servir las mesas.

OR: Y díganme, aparte de cobrar, ¿cuál es el momento que más satisfacción les produce?

CC: Pues sinceramente, que la gente venga aquí a pasar un rato tranquilo, tomando algo en nuestra terraza o en nuestra sala y, sobre todo, el hecho de poner en contacto entre sí a diferentes tipos de artistas y personas.

MA: Y no sólo eso. También es reconfortante que los lectores y clientes confíen en nosotros. Que entren aquí y podamos ser capaces de recomendarles buenos libros para que disfruten del placer de la lectura. Para ello, por supuesto, tenemos que leer mucho, especialmente Carol que es la que más lee.

OR: ¡Ohhh, qué suerte! Así que Carol es una fiera… Toda una leona…

MA y CC: ¡Oiga! ¿Pero cómo se atreve? ¿Qué insinúa?… ¡Brase visto!

OR: Disculpen, no se lo tomen a mal. No me malinterpreten, quiero decir que Carol es una leona…, que lee mucho, quiero decir… ¡Vamos, una fiera leyendo! No me miren así…

CC (mirándome de reojo desconfiado): Pues sí. Leo mucho, de manera que puedo tener una idea de los libros que vendemos y, así, poder recomendárselos a nuestros clientes. Los orientamos según sus gustos, novela negra, humor, histórica, etc, en función de lo que estén buscando en cada momento.

OR: También tengo entendido que están especializándose en vinos.

MA: Sí, aparte de nuestra cafetería, nuestros bocadillos especiales (como el de queso de Benijo con mermelada de tomate), nuestros yogures con frutas y otras pequeñas delicatesen, esa es una de las líneas de negocio que estamos tratando de potenciar. Estamos contactando con bodegas locales y de la península para ofrecer a nuestros clientes la posibilidad de tomarse una buena copa de vino, con caldos que habitualmente no se encuentran en supermercados o tiendas, de manera que podamos ofrecerles unos vinos que los sorprendan, vinos especiales. Nos gustaría en el futuro poder hacer catas para nuestros clientes.

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Muchas tipos y tipas de omnívoros y omnívoras acuden a El Libro en Blanco a degustar sus manjares y manjaras, como sus yogures, tartas o vinos.

OR: Interesante. Avísenme cuando hagan una de esas catas…, pero a mí nada de ñoñerías de un sorbito de cada botella, yo un copón por cada… Por cierto, podría probar alguno de los que tiene por aquí.

MA: Por supuesto, mire a ver qué le parece este…

OR: ¡Glu, glu, glú…! ¡Tllllak…, mmmm! No sé qué decirle…, tiene un punto rasposo y vaporoso…

MA: ¿Rasposo y vaporoso? ¿Rasposo y vaporoso?… ¡Usted sí que es rasposo y vaporoso! ¡Venga! ¡Hala! ¡Fuera de aquí! ¡Largo! ¿Cómo se atreve? Aquí sólo servimos productos de calidad… ¡Hasta aquí hemos llegado!

OR: Pero, oiga…, ¿qué hace? ¡Suélteme, so besugo! Aaaaaaaaahhhhhhrrrrr!!!

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El barraquito y otros

Güelcam otra vez a este blosss del ORTINorrinco, en el que hoy volvemos a recuperar las anécdotas que el cafre de Felipe Ortín consiguió insertar en su fabulosa novela, Idus de Julio, de manera que el lector de la misma no se diera ni cuenta de que le estaba añadiendo más paja y páginas a la historia para que ésta fuera un tochito de trescientos folios y que pareciera una novela seria y todo.

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En fin, hoy hablaremos de ese brebaje mágico llamado café. Esa bebida que todo el mundo toma con la excusa de espabilarse pero que, en realidad, la mayoría utiliza para ir al excusado…, a soltar lastre; porque no hay mejor laxante que un buen café, a poder ser de esos que puedes conseguir en las máquinas expendedoras que las empresas suelen colocar en los offices de sus oficinas. Uno de esos y mano de santo para el estreñimiento; a los dos minutos te encuentras apretando el paso (y las nalgas) en dirección al WC. Yo he llegado a sospechar que esas máquinas las instalan en las empresas los jefes de los Departamentos de Recursos Humanos. Sí, porque no hay nada que ponga de más mal humor que tener retortijones y no poder aliviarte. Así que para mejorar el ambiente laboral en la oficina, nada mejor que tener al empleado bien cagado (a veces en todos los sentidos)

En fin, que en este país el café es casi una religión y un motivo como otro cualquiera para poder quedar con un buen amigo para pasar un rato agradable. Y no sólo eso, sino que, además, posiblemente España sea uno de los lugares donde mejor se prepara el café, tras Italia o Brasil, porque lo que es en el resto de Europa o América, el café no deja de ser más que agua sospechosamente tiznada de negro (que yo sepa). Por ejemplo, el peor café que he probado en mi vida lo tomé en Alemania, una pócima oscura y maloliente (no quiero decir con esto que todos los cafés de Alemania sepan igual, pero aquel fue terrible). En Estados Unidos, por lo que se ve en las pelis de polis, se jartan a tomar quintales cúbicos de café en vasos de plástico Big Size de Coca-cola…, si eso realmente fuera café café, del speed que les daría resolverían los casos en cinco minutos y rodarían cortometrajes en lugar de largometrajes.

Y una vez fui a Francia y pedí un café olé, pensando que lo de olé era porque sería bueno de cojones. Sin embargo, lo que pasa es que los gabachos no saben ni leer en su propio idioma pues, olé sus huevos, realmente es un “café au lait”, que no es más que un café con leche…, que, por cierto, me lo pedí para desayunar en un bar y tuve que ir a la panadería para comprarme un croassant porque allí el café se vende en los bares y los dulces en la panadería…, no se les ha ocurrido mezclarlo como hemos hecho aquí.

Eso sí, nosotros aquí nos hemos empeñado en complicarnos la vida para pedir el café. Un buen camarero de cualquier restaurante es capaz de anotar las comandas de los comensales, servir las mesas con diligencia y ser amable con los clientes…, hasta que llega el turno de los cafés, instante en el cual los nervios, la memoria y la amabilidad del camarero se pueden ir al garete en cuestión de segundos.

Porque no debe haber momento más estresante que cuando un grupo de treinta personas, después de haberse puesto como ceporros comiendo y haber jalado más alpiste de la cuenta, se pone a pedir los cafés. Porque lo dicho, aquí no se pide un café y punto. O un cortado y tan panchos. No, no. Aquí, aparte de ser camarero, hay que tener estudios y un máster superior en la Universidad Juan Valdez de Cafetera y Tueste porque, de esas treinta personas, ninguno pedirá lo mismo.

Que si un café solo, solo corto de café, expreso, café americano, café largo, bien cargado, uno manchado (nunca he sabido manchado de qué), con hielo, descafeinado de máquina, descafeinado de sobre, con sacarina (esto se lo suele pedir el troglodita que se acaba de comer medio cochino asado, curiosamente, ¡para no engordar…!), con estevia (pal friki ecologista).

Pero es que aquí no acaba la cosa porque, para complicarlo aún más, faltan los cortados, los cuales pueden ser: corto de leche, largo de leche, café con leche, con la leche fría, con la leche hirviendo (práctica que particularmente odio pues hasta en verano los camareros vaporizan la leche del cortado para que te quemes la lengua…, esto fijo que lo hacen por venganza). En Canarias, particularmente, para complicar un poco más el cortado, tenemos: cortado de leche y leche (leche normal y leche condensada), cortado de leche natural (sólo leche normal) o barraquitos. Obviamente, los cortados también pueden usarse con la opción de descafeinado, de sobre o de máquina. Por si fuera poco, y para tocarle aún más los ojones a los camareros, ahora ya podemos elegir el tipo de leche: desnatada, sin lactosa, semidesnatada, de soja, de arroz, de avena, de almendra, de vaca, de burra, de foca, de Bob Esponja…, al final, la leche que te ponen es…, la mala leche que le entra al camarero o, con mala suerte, te pega una leche como Ruiz Mateos al Boyer.

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Y parece que la cosa acaba aquí, pero no.

Aún falta poder mezclar el café con licor y aquí empezamos con los carajillos de anís, de cognac, de whisky, de ron o cualquier otra cosa que lleve alcohol, así hasta llegar al de 95 grados. También los trifásicos, que son cortados a los que se les añade el licor correspondiente, como el trifásico de Baileys (que, irónicamente, tiene crema de leche). Obviamente, estos últimos también pueden complicarse pidiéndolos descafeinados de sobre o de máquina, con hielo o sin hielo, con azúcar o sacarina y, por supuesto, con el tipo de leche que te salga de los cojones…, ejem, quiero decir…, de avena, de soja, de chufa, etecé, etecé…

En definitiva, que ese momento debe ser el más estresante para un camarero. Yo una vez casi vi fenecer a uno en vivo y en directo cuando el listo de turno se le ocurrió pedirle un: “cortadito de leche y leche, corto de café descafeinado de máquina, con la leche condensada de almendras ecológicas, la leche natural desnatada sin lactosa y la sacarina sin gluten”. Al camarero se le subió la ceja izquierda, dobló la lengua p´atrás, apretándola entre los dientes, y casi pude leer en sus ojos sus pensamientos algo así como: “Ñññññññññññ, ¡Mira…, mi niño! Lo que te voy a dar es una nata con tan mala leche que te voy a descafeinar hasta los sesos…”. La verdad es que el camarero tenía razón porque para pedir un café que no es café, mezclado con leche que no es leche y un edulcorante sospechoso yo, en el lugar del camarero, hubiera mandado al cliente a la mierda pero que no es la mierda.

Pero bueno, volviendo al tema que nos traía, que eran las anécdotas que uno puede aprender de Idus de Julio, hoy quería contarles el origen de la palabra “carajillo”. Al parecer hay dos teorías sobre el origen de la misma, por lo que pude averiguar en su momento.

La primera es la que explica que en la Guerra de la Independencia Cubana, los españoles mezclaban el café con licor para tener más “corajillo” e ir a luchar en las batallas. Y de ahí, la palabra derivó en carajillo. Está claro que si esto fue así, a vista de los resultados de hoy en día, aquellos carajillos debían ir más cargados de la cuenta y nuestras tropas debieron ir medio beodas al campo de batalla pues perdimos la guerra, Cuba y ya, de paso, Las Filipinas.

La segunda versión sobre el origen de la palabra “carajillo” dice que es una derivación de una expresión típica de los arrieros catalanes que esperaban su turno de carga en la Estación de Francia de Barcelona y que, cuando tenían prisa por salir, mezclaban el café con el licor y se excusaban con un: “que ara guillo”, que quiere decir: “ahora tengo que irme con prisas”

Independientemente cual de las dos versiones sea la correcta, yo, particularmente, me decanto por un café especialmente sabroso inventado en Tenerife, el popular Barraquito, ideado, parece ser según se cuenta, por un cliente del Kiosko Imperial de Santa Cruz de Tenerife al cual apodaban Barraco y que un buen día le dio por mezclar café, leche condensada, leche, canela, una corteza de limón y licor 43.

Curiosamente, el barraquito, cuya receta es la que acabo de describir, no hay narices que, hoy en día, te lo sirvan correctamente si lo pides como tal, ya que cuando pides uno, en todos los sitios te ponen un simple cortado largo de leche y leche sin licor ni ná…,

A ver, estimados camareros, si el barraquito original tiene licor, por qué, hoy en día, si quieres que te lo sirvan como Dios manda, tienes que decir “barraquito especial”. Queridos camareros, ya sé que odian a los clientes por pedir el café de mil maneras diferentes pero un barraquito lleva su licor, su corteza de limón y su canela…, no debería hacer falta especificar “especial”, ya que lo que ustedes sirven normalmente es un barraquito…, ¡que no es un barraquito!

Recuerden, el barraquito lleva: leche condensada, café, leche, canela, corteza de limón y licor 43. Y punto. Nada de “barraquito especial”.

Porque no hay nada mejor que poder saborear un buen barraquito con una buena lectura como puede ser, por ejemplo y sin ir más lejos, el Best Seller de Felipe Ortín, Idus de Julio (que es su Best Seller porque no tiene otra novela que vender…)

Sean FELIPIces.

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La Travesía

Estimados y estimadas leedoras y leedoros de este blosss, nuevamente, como ORTINorrinco, vengo con mis paridas, aunque, realmente, los ORTINorrincos no parimos sino que ponemos huevos para reproducirnos así que, más bien, una vez más, vengo con mis huevadas.

Como ORTINorrinco hecho y derecho, uno está diseñado para desplazarse sobre la tierra tropezando con todo pero perfectamente adaptado al agua y listo para nadar, así que un buen día, me apunté a una Travesía.

Por si no lo saben, una Travesía es un Triatlón descafeinado. Es decir, en el Triatlón nadas mil quinientos metros; pedaleas empalado sobre una bicicleta de carreras con el sillín encajado entre las nalgas durante cuarenta kilómetros y; por si no eras suficientemente masoquista; te pegas diez kilómetros más corriendo. Eso en la versión olímpica, hay salvajadas mayores. En definitiva, que si para hacer un Triatlón hay que tener un par de huevos, para una Travesía no hacen falta, pues uno te lo dejas encima de la bici y el otro te lo desgatas corriendo con el roce de los calzoncillos. Por tanto, así, sin dos cojones, decidí apuntarme a una Travesía a nado en una distancia de dos mil metros.

Dado que siempre he nadado en la tranquilidad y la paz que otorga una piscina, donde la máxima turbulencia que te puedes encontrar es la que generan las viejillas del Aquagym dando saltos (y no son muy altos que digamos), no estoy acostumbrado a las olas en mar abierto por lo que comencé a entrenarme en la playa.

Durante varias semanas estuve nadando 4.000 mts, siempre con mi neopreno para evitar enfriarme, el cual se ajusta perfectamente a mis redondos bíceps, mis pectorales y, sobre todo, a la puñetera barriga cervecera que no hay manera de rebajar. Sin embargo, las normas de la prueba de 2.000 mts a la que me había apuntado indicaban que no estaría permitido el uso de neoprenos. Por tanto, un buen día, probé a nadar sin neopreno. Así, a pecho descubierto. Y me pasó algo que jamás me había pasado.

Me lijé los sobacos.

Literal. Debe ser que entre que el agua del mar es salada y a que gasto unas lianas axilares por las cuales Tarzán podría pasar de hombro a hombro, el caso es que me despellejé vivo con el roce de mis propios brazos contra las axilas al nadar.

En la piscina siempre había nadado sólo con el bañador, sin neoprenos, y durante una hora diaria. Sin embargo, nunca me pasó eso de desollarme. Supongo que el agua de las piscinas, al ser dulce, debe ser menos erosiva. O tal vez el cloro. O, posiblemente, porque el ácido úrico generado por las damas Tena Lady que hacen Aquagym y los bebés sin Pampers Superabsorventes que chapotean a mi lado debe ser un buen lubricante.

El caso es que estuve dos días caminando como John Wayne a punto de desenfundar las pistolas, con las muñecas y los codos separados de mis caderas casi cincuenta centímetros. Ante la curiosidad generada por este suceso, pero sobre todo por el ardor, investigué en internet y averigüé qué es lo que utilizan los profesionales para evitar rozaduras. Fácil: ¡vaselina!

Total, recuperado tres días después del salvaje frotamiento, lo primero que hice fue…, ¡ponerme desodorante!…, antes de que mis semejantes me trataran de zafio y patán y se apartaran de mí varias decenas de metros.

Y así, bien acicalado y recuperado, me dirigí a la farmacia a comprar la vaselina y algunos productos de primera necesidad. Inocentemente, le solicité a la boticaria pasta de dientes y ésta, gentil y amable, me la preparó. A continuación pregunté por la vaselina con la excusa del roce de los sobacos y me dio incluso a elegir entre varias opciones, más o menos lubricantes. Sin embargo, a continuación, cometí el grave error de pedir unos preservativos (que se nos habían acabado en casa). La miradita de la farmacéutica fue de: “¡Ya claro! ¡La vaselina es pa nadar, sí!”. Y terminé de rematarlo debido a que uno es un ORTINorrinco macho pichote y le pedí los condones talla XL…. Ni se imaginan la cara de la farmacéutica. Debió pensar “sí, sí, a nadar los cojones…, XL y vaselina…, ¿me cuentas un cuento?”. En fin, que al ver la cara de la boticaria fue cuando me di cuenta de mi error y salí de allí con las orejas calientes de la vergüenza. Por tanto, como consejo personal, jamás pidan en una farmacia vaselina y preservativos al alimón. Ni preservativos al limón tampoco…, escuecen y amargan…, supongo, vamos digo yo…, eso me han dicho… ejem…, vamos a dejarlo…

travesia-4Pues bueno, ya cogiendo el truquillo a eso de entrenarme en el mar y poniéndome en forma para afrontar la prueba, a falta de una semana para la competición, mi mujer y yo nos fuimos a pasar un día de playa. A una playa abierta, de olas potentes y resaca poderosa. Mientras mi señora se tostaba a la parrilla, de lado y lado, yo, hastiado y sofocado, me dediqué a coger olas para matar el aburrimiento. Pillé un par de ellas que me deslizaron hasta la orilla, hasta que vi venir una de las guapas, de esas grandes que piensas: “¡fuaaa, esta no me la puedo perder!”

Y efectivamente, no me la perdí. Lo que casi pierdo fueron los bañadores del revolcón que me dio. Se me partió la ola cuando estaba en lo alto de la cresta y, de repente, me convertí en una muñeca/muñeco hinchable. Mis extremidades se agitaban sin control, un brazo pa Cuenca y una pierna pa Sebastopol, la minga suelta y despendolada a falta de bañador, mientras la ola me centrifugaba como la colada a 1.000 rpm. Cuando, por fin, logré tocar la arena del fondo con una mano, mis sensores de posición lograron averiguar dónde estaba el arriba y dónde estaba el abajo y, con un pequeño empujón, logré salir a la superficie para respirar abriendo la boca como un cachalote. Sin embargo, al salir del agua tras recuperar el bañador, por supuesto bajando la cabeza humillado para evitar las miradas de aquellos que me hubieran visto revolcarme como el cemento en una hormigonera, noté que tenía cierto dolor en el hombro izquierdo.

Dolor que, con los días, fue yendo a más. Dependiendo del movimiento del hombro, éste se me encallaba y no se soltaba hasta que oía un ligero crepitar y una lagrimilla me saltaba del lagrimal. Y en lugar de ir al médico, que hubiera sido lógico, pensé: “Yuuuuuuuuuuna mieeeerrrrrrda, dos meses entrenando para perderme ahora la competición. Yo voy a hacer la Travesía como ORTINorrinco que soy”. Y fui.

Al cabo de una semana, el hombro no se me había recuperado ni p´atrás…, ni p´alante, ni p´aloslaos. Seguía crujiendo igual. Pero allí que fui y me presenté a la mesa de inscripciones a recoger mi gorro de natación (verde fluorescente) y mi chip de cronometraje (una tira de velcro para colocarme en el tobillo). Mi querida señora me acompañó para animarme y ser testículo ocular, cámara en ristre, de mi hazaña, tan orgullosa de mí como preocupada por mi lesión y que pudiera ser capaz de finalizar la prueba pero, sobre todo, con el siguiente pensamiento en su cabeza: “¡Como te ahogues, te mato! ¡Cabezón!, ¡que eres un cabezón y nunca me haces caso!”, pues, obviamente, su razonable propuesta de haber ido a un médico fue tercamente desoída por mis oídos.

Para empezar, los de la organización casi no me dejan participar en la prueba. Allí todos los nadadores, macizos, con buenos pectorales, atléticos brazos y cincelados cuerpos, iban provistos de bañadores del tipo “marcapaquetes”, es decir, ajustados para penetrar mejor en el agua y deslizar más. Vamos, que metes esos bañadores en la lavadora y al primer centrifugado te los escupe a la cara. Sin embargo, yo, para no perder mi tradicional gusto por los bañadores horteras, iba provisto de unas bermudas que me llegaban hasta las rodillas, estampado en flores y, lo peor, naranja fosforito. Pues bien, los organizadores de la prueba estimaban que mi culo, naranja radioactivo, podía ser confundido con las boyas que marcaban el trazado. Tras una pequeña trifulca, les argumenté que como no me dejaran participar, lo que iba a confundirse con las boyas sería mi…, bueno…, algo que los niños no deben leer y que rima con boya.

Arreglado el entuerto, me dediqué a calentar y lo primero que hice fue ponerme dos plastas de vaselina bajo los sobacos para evitar nuevas desolladuras. Debí pasarme tres pueblos porque, a día de hoy, todavía me derrapa el roll-on del desodorante cada vez que me lo aplico y anteayer se me escapó y logré encestarlo, sin querer, en el inodoro, después de que rebotara en la cisterna y la tapa del váter como una pelota de basket temerosa de hacer canasta o una pelota de golf indecisa por entrar en el agujero. Gracias a Dios, no había icebergs en el fondo y pude rescatarlo fácilmente. Sin embargo, lo tiré a la basura, ante el repelús que me producía la sola idea de frotarme con aquello.

Una vez listos, se dio la salida. ¡Dios santo! ¡Me dieron una paliza! En un combate de boxeo hubiera recibido menos porrazos.

Yo siempre he sido deportista pero siempre evitando el contacto físico con otros jugadores. En futbol, jugaba de portero. Practiqué voleibol y bádminton, deportes en los cuales, el máximo contacto que tienes es con una pelota, jamás con otra persona.

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Esta decisión supongo que debió ser tomada debido a un trauma juvenil. Sí, dada mi proverbial capacidad de meter mis extremidades en el hueco más inverosímil sin ser consciente de ello, una vez, jugando a básket, tuve un pequeño altercado que me marcó para el futuro.

Mi padre, siguiendo la aplastante lógica de que yo por ser alto debía ser bueno jugando al baloncesto, se empeñó en apuntarme en un equipo, sin encomendarse a la Virgen y sin darse cuenta que, para mí, cuatro extremidades son muchas para coordinarlas todas al mismo tiempo. Pues bien, nos pusimos a jugar mi equipo contra otro en partido oficial. Los míos intentando no pasármela y los otros usándome de puerta de atrás para llegar hasta la cocina y encestar. En una de estas, yo estaba defendiendo, de espaldas a mi propia canasta en un lateral de la pista. El jugador que tenía enfrente de mí hizo un pase hacia el interior de la bombilla a un compañero suyo que entraba en carrera hacia la canasta para coger la pelota y dejarla en bandeja. Yo, para intentar interceptar el balón estiré mi brazo derecho.

Sin embargo, jamás supe cómo, el jugador que venía corriendo se tragó mis dedos. Bueno, más bien, mi dedo medio (largo y huesudo), se le introdujo en la boca, entre su cachete derecho y los molares de ese lado. Parecía como si un mero se hubiera tragado un anzuelo de diez centímetros de largo. Mi dedo le había llegado casi hasta la muela del juicio mientras su sonrisa se había estirado más de la cuenta. Aunque aquello no era una sonrisa. Era una mueca. De dolor, exactamente. Que rápidamente se convirtió en un gesto de rabia e ira babosa. Antes de que aquel energúmeno me mordiera, saqué el dedo de su boca y empezó una pequeña trifulca en la que los del equipo contrario querían sacudirme mientras los míos silbaban y disimulaban, mirando para otro lado, sabiendo que si me dejaban KO tendríamos alguna posibilidad de ganar. Aquello acabó conmigo en el banquillo, dos falanges de mi dedo lesionadas y aún no sé si aquel chiquillo hizo del doble del Joker en la película de Batman. Desde entonces, siempre evité el contacto físico en los deportes.

Por tanto, jamás imaginé que la natación pudiera ser tan peligrosa en ese aspecto. No obstante tiene sus riesgos pues, tras la estampida inicial para comenzar la carrera, me vi inmerso en medio de un pelotón de nadadores que se dedicaron, sin contemplaciones, a darme manotazos, patadas y navajazos. Y digo lo de los navajazos porque sí, muy cachas y esbeltos que son los nadadores pero hay cada ggggggediondo que no se corta las uñas de los pies que aquello no son mejillones, son verdaderas conchas de navajas, largas y afiladas, que como te trinquen bien te dejan marcado como Scarface.

travesia-1En definitiva, por momentos, me sentí como un pollo en una pelea de gallos recibiendo espolonazos de los contrarios.

A esta paliza física hay que sumarle el agobio de:

remar con tus propios brazos hacia delante, ya que no te puedes parar porque te atropellan y te dan más golpes

acordarte de sacar la cabeza para respirar…, si puedes…

procurar tragar la menor cantidad de agua posible, algo casi inevitable entre las olas, el chapoteo que originan tus rivales y, sobre todo, a que no puedes reprimirte y decir “josdeputa” e insultarlos a todos para acordarte de sus familias mientras te van cascando con los espolones.

En fin, al cabo de doscientos metros, había finalizado con mis reservas de glucosa y…, bueno…, también las de testosterona del cabreo chino que me había producido la somanta palos. Sólo me quedaban 1.800 mts para nadar y con un brazo menos.

Transcurridos aquellos agobiantes doscientos metros, el grupo se fue estirando y cada cual empezó a coger su ritmo y su posición, algo más separados. Sin embargo, en esos doscientos metros se acabó la paz en el mar. Sí, porque abandonamos la tranquilidad de las aguas detrás del espigón de la playa y salimos a mar abierto.

Decir que los hados y las hadas seguían en mi contra porque, después de una semana de calma chicha en el mar y cielos soleados y despejados, precisamente esa tarde el cielo se cubrió y nos pilló una fuerte marejada de olas de hasta dos metros de altura. Por tanto, salir a mar abierto fue como meterme en una montaña rusa.

De repente podía estar en lo alto de la cresta de la ola y ver, debajo de mí, al resto de mis compañeros que, provistos todos del gorro de natación, parecían pequeños espermatozoides de cabeza verde buscando el gran óvulo (en forma de boya naranja y gigante al fondo). Sin embargo, al cabo de un instante, me encontraba en un valle de olas, al fondo del mismo, sin posibilidad de ver nada salvo paredes de agua salada y sin referencias para saber hacia dónde dirigirme.

Porque lo malo de nadar en el mar es que, si no te vas orientando constantemente, las corrientes te pueden hacer ir…, ¡incluso en dirección contraria! Así que tienes que estar sacando la cabeza permanentemente y buscar las boyas para orientarte. También debes aprender a sincronizarte con la ola para tratar de sacar la cabeza cuando estás arriba en la cresta porque si estás abajo no ves un carajo (valga la rima). Además, como saques la cabeza cuando estás abajo te tragas la ola enterita y esquilmas el mar de peces como tengas la boca abierta, cosa que hice con relativa frecuencia, sin poder explicarle al océano que, a mí, el único líquido salado y amargo que me gusta es la cerveza.

Total, que renqueante con un brazo menos, subiendo y bajando de ola en ola, acuchillado y apaleado, y con el estómago lleno de agua, plancton y krill, cual ballena gris, conseguí llegar a la meta. Salí del agua, me incorporé y con el estómago efervescente de ácidos gástricos, generando gases a pleno rendimiento de tanta agua ingerida, lo primero que salió de mi fue un atronador y estrepitoso “¡Brrrroooooooouuuaaaarggggghhhhh!” que cruzó mi esófago y explotó en mi boca, rascando mi garganta y balanceando de lado a lado mi campanilla a tal frecuencia que conseguí crear un palo de algodón de azúcar con ella pero, en mi caso, de sal y que tuve que deshacer a base de ingerir Aquarius como un poseso durante casi una hora. Por no decir que la onda expansiva del soberano eructo despeinó ligeramente a la cronometradora y la gaseó con la fragancia al ajo del mojo picón de la comida.

travesia-2Mi eufórica esposa me esperaba a la llegada, feliz por mi hazaña y, sobre todo, por haber sobrevivido. Le di un beso salado y medio abrazo (porque me faltaba el otro brazo para que fuese completo) y le pregunté si sabía en qué posición había quedado. Me dijo que, más o menos, entre el 30 y el 40, a ojo de buen cubero. Mala cubera hubiera sido…, quedé el 61 de de 123…, pero es que mi mujer es de letras.

Mi tiempo fue de 34:59, y ustedes dirán, bueno, está muy bien para ir manco y medio nadar en círculos como un atún con una sola aleta. Lo jodido es que, desgraciadamente, ¡ese es el tiempo que hago en piscina cuando voy normal y con los dos brazos! O sea, ¡yendo manco hago el mismo tiempo que con los dos brazos!

Finalmente, ese tiempo me sirvió para quedar:

a) el 61º en la clasificación general de 123

b) el 16º de 22, en la clasificación de mayores de 40 y menores de 50 (puretas juniors)

c) el 8º de 20, en la clasificación de mayores de 50 y menores de 60 (puretas seniors)

d) el 2º de 4, en la clasificación de mayores de 60 (yayos)

e) y sobre todo, el 23º de 30 en la clasificación femenina, porque no sólo nadaba con hombres, verdaderos peces o pezones (como el animal que ganó con 23 minutos), sino que también competí con auténticas pezas y pezonas que me adelantaron una y otra vez, sin contemplaciones y sin hacer uso de la proverbial empatía de las mujeres para que les diera pena que yo fuera un pobre manquito lisiado.

Travesía 5.jpg

Pero al que no le dio nada de pena que yo fuera un manquito lisiado fue a mi fisioterapeuta. Más bien le dio gozo y rentabilidad, básicamente, 40 euracos de felicidad. Sí, porque al día siguiente tuve que ir a que me vieran el hombro y averiguar qué me había pasado. Me puso boca abajo, con la cabeza insertada en la ranura de la camilla de masajes y le expliqué mi inteligente decisión de nadar con un hombro averiado. Tras contárselo, con las orejas algo taponadas por la propia camilla, le entendí decir: “Pero qué ánimos”, sin embargo, aprovechando que me tenía a huevo me soltó dos cogotassssos (collejas o capones en la península) ante la barbaridad que había hecho y, entonces, comprendí que sus palabras habían sido: “¡Penco animal!”.

Total, tras la sesión y bronca de fisioterapia, el brazo ha mejorado bastante pero aún lo tengo dolorido, para desgracia de ustedes porque, como no puedo hacer nada, me aburro y como me aburro, escribo. Es lo que llaman el efecto mariposa: yo me jodo un brazo y mis lectores de medio mundo se acuerdan de mis muelas por darles la paliza con semejante historia. 

Pero bueno, ya voy a dejarles de darles la tabarra, básicamente porque estoy escribiendo con la mano derecha y aporreando el teclado con la izquierda, con el brazo medio inerte y flácido, atinando a darle a las teclas de chiripa.

Hoy me despido dándoles el culo…, perdón…, dándoles ósculos. Nada de abrazos que me duele aún.


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Yauci Fernández vs EL ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Hola habituales de este blosss. Hoy, en nuestra sección de entrevistas, nos encontramos con Yauci Manuel Fernández, un escritor chicharrero y, seguramente, un literato que dará mucho de qué hablar en el mundillo de las letras canarias…, como la Ños, la Choss o la Fosss.

YAUCI MANUEL: No se olvide de la Tain.

OR: ¡Oh, por supuesto! ¡La Tain!…, es el canarismo que más uso…, cada vez que me hostio digo: “¡Ños, Tain!”, y luego continúo con el castellano castizo: “cagonnnnn…suputamadre”. En fin, retomando el tema, volvamos a nuestro entrevistado.

yauci-y-yo-1YM: Disculpe, ¿me va a hacer la entrevista con ese casco de obra?

OR: ¡Oh¡ ¡Sí, claro! Yo siempre escribo con el casco puesto. Dentro está la musa, inspirándome. En fin, ¿podría explicarnos brevemente quién es Yauci Manuel Fernández?

YM: Pues, básicamente, un tipo sencillo y con barba que escribe.

OR: Joder, más resumido imposible. Aunque usted es muy joven, así que, ¿la barba es para parecer mayor o para que le tomen en serio?

YM: Bueno, para ambas cosas. Desde pequeño siempre quise tener barba pero ahora que me dedico a escribir, la barba me sirve para que los lectores me tomen en serio. Es difícil que alguien le compre una novela a un escritor tan joven, aunque me pongo a escribir sobre matrimonios rotos, pensamientos de un anciano y otras parafernalias. Como no parece tener mucho sentido, intento aparentar más años. Además, tengo la ventaja de que cuando yo quiera, me afeito y vuelvo a parecer un bebé. Es el secreto de la eterna juventud, ¿sabe usted?

OR: Pero, usted tiene una carita de niño bueno que causaría furor entre las abuelas, quiero decir, todas las abuelas del mundo querrían tener un nieto como usted…

YM: ¡Oh, no se crea! En el fondo soy un tipo rebelde. Ya en el colegio siempre sacaba buenas notas y los compañeros de clase me encasillaban en el grupo de los empollones, así que, para no recibir collejas, me volví un tanto indisciplinado. Y, por cierto, aunque no lo parezca, mi barba también causa furor entre las admiradoras más jóvenes… ¡Muajaja!

OR: Jolín, ¡qué suerte! Yo con mi casco las espanto y si se arrima alguna, mi señora ORTINorrinca las jusia a todas…, ¡así no hay manera! En fin, ¿y cómo es que le dio por escribir? ¿Fue en plan revelación como la Anunciación de María o en plan éxtasis como Santa Teresa…?

YM: No, no. ¡Nada de eso! Ya le he dicho que soy un rebelde, así que como se me daban bien las matemáticas y mi profesora me decía que no me dedicara a las letras, un buen día, por llevar la contraria, me empeñé en escribir un libro y, como soy un cabezota, no sólo lo escribí sino que también lo publiqué.

OR: ¿Y cómo se titulaba?

YM: El Resurgir de la Esperanza.

OR: Je, je… ¿Y luego qué vendría? ¿”El imperio con tres patas” y “El retorno del Jedi Hondo”? Perdone, pero suena a trilogía cutre de la Guerra de las Galaxias… ¡Bueno, vale…, vale…, era bromita…! No me mire así tan atravesado…, es el casco que mi inspira… No puedo evitarlo.

YM: En fin. Bueno, algo de razón lleva usted. La idea era hacer una tetralogía y de hecho se titula “Caballeros del Odio I”, pero, sinceramente, por varias razones decidí embarcarme en otros proyectos y terminé por dejarla un poco de lado. Pero esa primera novela sirvió para darme cuenta de que lo que yo quería hacer en mi vida era escribir.

OR: Vaya, lo mío no fue tan prosaico. A mí se me hincharon los cojones de currar y me tiré a las letras.

YM: No, desde luego que no tiene mucho glamour y, además, es grosero tirarse a las letras…, se dice: “hacer el amor”.

OR: Bueno, los ORTINorrincos más bien copulamos que esas cosas, pero nos estamos desviando del tema. Dígame, ¿cómo es un día normal para usted?

YM: Bueno, no es que tenga una rutina establecida. Básicamente me levanto tarde, miro las redes para hacer publicidad de mis libros y comprobar si alguien ha comprado alguno y luego depende de la fase en la que esté. Si estoy en fase de escritura, pues me dedico a ello, o si estoy en fase de promoción voy de librería en librería para hacer firmas de libros, o de feria en feria.

OR: ¿Alguna manía a la hora de escribir?

YM: Depende de cada libro. Normalmente escribo por las mañanas, que es cuando más rindo, y las manías varían. Por ejemplo, mientras escribía “La Biblioteca de Emma” lo hacía tomando chocolate en una cafetería o sentado en el suelo en mi casa. Con “Cada día cuenta” pues lo hacía en la cama con música. No sé, depende de lo que me apetezca cada vez.

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OR: ¿Y qué es lo que quiere transmitir en sus novelas a los lectores?

YM: Busco que la gente se emocione con mis historias, tocarles la fibra y que vivan vidas que nunca han vivido, que sueñen con ser otras personas y estar en otra situación. También intento transmitirles mi filosofía y que aprendan algo nuevo de la vida. Mis novelas siempre giran en torno al amor pero no las califico de románticas sino de sentimentales, aunque, curiosamente, cuando me siento deprimido me pongo romántico y es entonces cuando me surgen las ideas para escribir.

OR: ¡Vaya! A mí se me ocurren las ideas para escribir cuando estoy fumado.

YM: Sí, ¿y cómo es eso?

OR: Es que entonces se me ocurren los versos…, ¡AL porrillo!… ¿A que es pa´ troncharse?

YM: ¿Seguro que la musa está debajo de su casco? o…, acaso, ¿su cerebro?

OR: ¡Eh! De debajo de este casco nació Idus de Julio, la novela más divertida del año…, no lo menosprecie…

YM: Cierto, me reí mucho cuando me la leí.

OR: Bueno, pero sigamos con usted. Su primera novela ya con entidad es “La Biblioteca de Emma” , a partir de aquí comienza su escalada en el mundo de la literatura.

YM: “La Biblioteca de Emma” es una novela sencilla, rápida, con unos personajes que se enfrentan a los problemas de la vida con una sonrisa. Y bueno, más que escalada, escalada…, en el mundo de la literatura, uno va trepando más bien como una lagartija o como se pueda.

OR: Sí, pero eso le permitió conseguir que la Editorial Esdrújula se fijara en usted para publicarle “Cada día cuenta” .

YM: Sí, por supuesto. Fue un buen impulso conseguir publicar a nivel nacional.

OR: Por cierto, tengo que confesarle que usted me hizo una putada con el título de su novela

YM: ¿¿???????

OR: Sí, porque como ORTINorrinco de pura cepa, soy miope y al principio pensaba que el título de la novela era “Cada día, cuenta”…, y, ¡joder!, por la puta coma esa, yo todos los días contaba… y cuando llegué al 2.549.383 me di cuenta, valga la redundancia, de que la novela se titulaba “Cada día cuenta”…, sin coma…

YM: Oiga…, ¿a usted no le aprieta mucho ese casco en la cabeza?

OR: No, no. Ya le digo que con él puesto, Felipe Ortín escribió Idus de Julio. Pero, bueno, que sepa que yo al final me leí “Cada día cuenta” y consiguió usted tocarme la fibra. Es muy tierna y te hace reflexionar sobre lo que tenemos y que a veces no sabemos valorar. En definitiva, usted consiguió que derramara auténticas lágrimas de ORTINorrinco… Desde aquí se la recomiendo a cualquiera que nos esté leyendo, salvo a la policía antidisturbios…, que puede utilizarla como material lacrimógeno para disolver manifestaciones.

YM: Gracias por el halago. Sí, como le dije antes, me gusta que mis novelas toquen la fibra del lector y les sirvan para reflexionar. “Cada día cuenta” muestra cómo podemos convertirnos en espectadores de nuestra propia vida sin que hagamos nada por cambiarla. Esa es la idea que le quiero transmitir a los lectores. ¡Que pueden cambiarla!

OR: Y tengo entendido que tiene una nueva novela que saldrá próximamente. Dígame, ¿cómo se titula?

YM: Le digo, dos palabras para enamorarte.

OR: ¡Eh…, eh…, eh! Sin confianzas, ¿eh? Si usted pierde aceite es su problema, pero a mí no me tire los tejos. Que yo soy un ORTINorrinco muy macho y me gustan las ORTINorrincas jamonas y jugositas…, nada de tíos con barba como usted…, brrrrr!

YM: ¡QUE DIGO QUE LA NOVELA SE TITULA “DOS PALABRAS PARA ENAMORARTEEEEE”!

OR: ¡Ah…, ah! Usted disculpe…, pensaba que usted quería…, ya sabe…, hacer twiter-guarreridas y linkeding-sesuá conmigo…, en fin…, ¿para cuándo dice que sale publicada? ¿De qué irá?

YM: Para marzo está previsto que esté en el mercado y aún no puedo desvelar nada. Todo llegará.

OR: Misterio, misterioso…, el que tiene entre las piernas el oso. Y bueno, ¿tiene algún referente en el que se inspire o se vea reflejado?

YM: Pues mire usted, me gusta mucho Nicholas Sparks. Él escribe novelas sencillas, relacionadas con el amor y los sentimientos, pero suelen tener un final sorprendente y que emociona. En mi caso, creo que sigo su línea. Hay autores que escriben de manera enrevesada, sin embargo, yo escribo de forma sencilla. Soy directo y mi intención es emocionar al lector y sorprenderlo con mis finales. Quiero llegar a la patata del lector. Por otro lado, también destacar una novela que me gustó especialmente: La Sonrisa Etrusca de José Luis Sampedro.

OR: ¿Y qué parte es la que más le gusta de su trabajo?

YM: Para empezar, decirle que me encanta que defina con la palabra “trabajo” el ser escritor

OR: ¡Oh sí! ¡Por supuesto! Los demás se piensan que nosotros los escritores nos tocamos los cojones a dos manos y hacemos carambolas con ellos, vegetando todo el día, pero escribir es un curro de muchas horas…

YM: Bueno, veo que el casco no le afecta tanto a las neuronas. Sí, es cierto. Para mí escribir es un trabajo. Muchos piensan que es una afición o una tontería querer vivir de esto y que es mejor que me dedique a la psicología (como psicólogo que soy) y que me busque un “curro de verdad”. ¡Pero para mí esto es un curro de verdad! Es un sueño y quiero vivir de ello. Me lo paso pipa escribiendo pero no sólo eso. Pienso que el trabajo de escritor no sólo debe ser escribir, sino promocionarse y hacerse ver.

OR: ¿Sabe? A pesar de llevar barba, creo que usted y yo somos bastante parecidos.

YM: Sí, hoy en día no basta con escribir. Tienes que saber venderte, porque la editorial no lo va a hacer por ti. Hoy en día hay mucha competencia de gente muy válida y todos quieren vender sus libros, así que tienes que saberte hacer visible para los lectores y que se decidan por comprar tu novela. Pero yo me lo paso genial navegando en las redes, promocionando mis novelas en Feisbuc, en Instragram, pensado e ingeniándomelas para hacerme publicidad. Y lo que más me gusta de mi trabajo es viajar y me lo paso pipa hablando con la gente cuando voy a las librerías a firmar libros o en las ferias.

OR: Bueno, yo para eliminar la competencia uso el casco. En las ferias de libros, dos cascazos en tol tormo al escritor que tienes al lado, lo dejo KO y a vender Idus de Julio.

YM: Pues no lo entiendo. Yo estuve con usted en la feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y no me arreó con el casco.

OR: Pues porque usted tuvo suerte…, yo tengo doble personalidad y aquel día usted estaba con Felipe Ortín, que es un blandengue, si llega a estar conmigo le saco el casco por las orejas…

yauci-y-yo-2YM: Oiga, dígame. ¿En serio que ese casco le da inspiración para escribir?

OR: Sí, sí. Ya se lo he dicho.

YM: ¿Me lo deja probar?

OR: No, no. ¡Ni de coña! Que luego me roba las ideas…

YM: Nada, sólo un segundito…

OR: Pero…, oiga…, no me toque los pilindinguis…, ¡estese quieto…!, ¡suelte el casco, malandrín…!, quittttteee…, sáqueme sus zafios dedos de la lenguguguugugaaaaa…, patán, taiddooooogggggg….

YM: Ññññññ, ssssoggglo dejjjemmmmelo un segggunditoooo…

OR: ¡Que no connnnnnnnñññiiiiiiiiiiio!…, sale pallá, sabandijaaaagggllglllllllll….

yauci-y-yo-3

ROGAMOS POR FAVOR SI HAY ALGUIEN EN LA SALA, QUE LLAME A LOS ANTIDISTURBIOS PARA SEPARAR A ESTOS DOS CAFRES ANTES DE QUE SE MATEN ENTRE ELLOS….

MIENTRAS TANTO, YA SABEN, MONTA TANTO, TANTO MONTA, “IDUS DE JULIO” COMO “CADA DÍA CUENTA”, LAS DOS SON IGUAL DE BUENAS… NO DEBEN DEJAR DE LEÉRSELAS