Felipe Ortín

Escribidor


Deja un comentario

Las Rebajas

¿Pasóoooo, peña? ¿Cómo les va, troncos? Disculpen mi forma de saludar hoy pero es que ya estoy algo cansado del “hola y holo a todas y todos” y todo ese rollo para guardar la compostura y parecer un tipo formal, pero como ya llevamos tanto tiempo juntos, me he permitido la licencia de coger un poco de confianza.

Pues bueno, como ya sabrán, hoy toca la anedoctita de Idus de Julio, para variar y seguir con la secuencia de publicaciones que tiene este blosss (cuya idea no es otra que conseguir que se lean y me vendan Idus de Julio por el mundo mundial…, y bueno, vale, también para intentar sacarles una sonrisa y que se desconecten del mundanal ruido por unos minutos).

Pues lo dicho, hoy vamos a explicarles una de esas ideas que traté de insertar en la novela pero que no había tu tía de colarla sin que chirriase como las bisagras de las puertas de la mansión de Drácula. Así que tuve que omitirla, aunque el personaje principal de la novela sí que se ve arrastrado a sumergirse en la vorágine que supone un evento que se produce dos veces cada año.

Y ustedes se preguntarán de qué acontecimiento se trata. ¿Qué evento se repite dos veces al año? ¿El equinoccio? ¿El solsticio? ¿La llegada del recibo del seguro del coche? ¿El rito de apareamiento entre el Homo y la Homa Sapiens?

No, no, qué va. Nada de eso. Es un acontecimiento que arrastra y aplasta masas. Un acontecimiento que lleva a cientos de personas a apretujarse con un solo motivo, salir a la caza de…, ¡la ganga! Una caza sin cuartel en la que el Homo y la Homa Sapiens dejan lo de Sapiens a un lado y se quedan tan sólo en Homo y Homa para abalanzarse sin piedad sobre cualquier pieza que puedan capturar y arrebatar a otro rival de su misma especie. Es decir, hoy hablaremos del… origen de las rebajas.

buitres2

Pues bien, parece ser que el invento de las Rebajas se le ocurrió a un tal Fred Lazarus Jr. sobre los años 30 del siglo XX. Fue de los primeros empresarios en dar nuevos enfoques de venta a sus productos, creando las primeras líneas de crédito, en las que ofrecía a los clientes la posibilidad de “consumir ahora y pagar más tarde”. Después, con el tiempo, los slogans se irían refinando como aquel que decía: “Busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo” con el que nos querían vender el detergente Colón…, y también con el que muchas parejas se rompieron cuando uno de los dos cónyuges conseguía encontrar “algo mejor”. Y, hoy en día, con la modernidad, los anunciantes ya directamente atentan contra nuestra inteligencia para vender sus productos y nos machacan con aquello de “yo no soy tonto” que a mí, particularmente, cada vez que veo al hipster ese pelirrojo convulsionarse como un epiléptico en el anuncio me dan ganas de cogerlo por las barbas y, usando una lija del cuatro, frotársela hasta raparlo al cero (escroto incluido).

bolas de billar

En fin, volviendo al tema, otra de las ideas del tal Lazarus sirvió para solucionar el cómo dar salida al excedente de ropa que no se había despachado y que se quedaba en sus estanterías. Pensó en crear unas jornadas específicas, finalizada cada temporada, en las que ofertar todo el género sobrante a un precio más económico y se dio cuenta que le salía más rentable deshacerse de él por un valor inferior, que tenerlo acopiado en los almacenes. Aunque sinceramente, yo, hoy en día me planteo, si unos zapatos cuestan 90 euros en la temporada normal, y me descuentan un 70% en las rebajas, ¡chiquito margen se ganan cuando no están en rebajas!, ¿no? ¿Cuánto les costará realmente el producto? En fin…

Pues bueno, otro de los logros del tipo este fue que, en 1939, convenció a Franklin Delano Roosvelt para cambiar la celebración del Día de Acción de Gracias; que tradicionalmente se festejaba el último jueves de noviembre, ya que al día siguiente comenzaban las compras de Navidad. Fred Lazarus, consiguió que el Presidente de los EEUU adelantara esta fecha una semana y, con ello, alargó siete días el periodo del negocio de las Navidades. ¡Y es que no hay tradición que resista el embate de un buen puñado de dólares! Un poco de pasta más y seguro que hubieran retrasado la Navidad al 30 de diciembre, pero eso ya cantaba mucho.

En definitiva, gracias a este señor, dos veces al año nos vemos empujados a ir a los centros comerciales, esos que en invierno tienen la calefacción a todo trapo para guisar a sus clientes y en verano la refrigeración para criogenizarlos. Aunque bueno, hablando de frio y calor, que sepan ustedes que la ubicación de la mercancía no es fortuita sino que está sibilinamente pensada. Así pues, las tiendas dividen su geografía en zonas calientes y zonas frías. Las calientes corresponden a aquellas áreas por dónde se canaliza la circulación “natural” de los clientes, y las frías son los espacios más inaccesibles y menos visibles. Lógicamente, en las primeras se ubica el género cuya salida quiere potenciarse, mientras que en las segundas se colocan los bienes de primera necesidad o de mayor frecuencia de compra. Por tanto, antes de alcanzar las zonas frías, se ha de pasar por las calientes y, de esta manera, poder ver “obligatoriamente” otros productos no indispensables pero sí apetecibles. ¡Ese es el reverso tenebroso de la psicología!

Y no sólo eso, para mantener al cerebro distraído y forzarlo a realizar desembolsos no previstos, un factor con el que se juega es con el de la música, ya que está comprobado que afecta a las ventas y al estado anímico de los seres humanos. Unos acordes a un elevado volumen fomentan un tiempo menor de permanencia en el reciento, mientras que una melodía suave prolonga la estancia del público; asimismo, se ha estudiado que con los ritmos lentos se aumentan los ingresos un treinta y cinco por ciento. Por esta regla de tres, parecería que todos los locales deberían poner en su megafonía agradables y relajantes sinfonías pero esto depende del tipo de negocio pues, por ejemplo, a un restaurante de comida rápida le interesa tener sonidos fuertes con compases veloces, ya que, también está comprobado, este tipo de composiciones incita a masticar más deprisa, con lo que la rotación de mesas es mayor. Retorcido, ¿no es cierto? Pero ya sabemos que lo que importa aquí es la pela. Y si no, pregúntense por qué van tan felices por el super empujando su carrito de la compra cuando suena aquello de “MercadooooOOOOoonnna”

También se ha verificado que la música clásica incrementa la adquisición de vinos más caros,  que la alegre anima al consumidor pero, sin embargo, es la música triste la que produce intenciones de gasto más altas. Tal vez sea por eso por lo que algunas personas cuando se sienten deprimidas se lanzan a ir de compras.

En definitiva, que después de todo esto, yo ya no sé si ponerle música al blosss y de qué tipo para conseguir que ustedes me compren Idus de Julio, que no está rebajado ni nada, pero es un producto cojonudo.

portadas

Anuncios


6 comentarios

El faisbu

Bueeeeeeeeeeenas, saludes a todes (que así me ahorro el “saludos y saludas a todos y todas”); hoy en el blosss del ORTINorrinco les explicaré cómo y por qué vendí mis más básicos principios y pasé de ser un ser que se oponía a ser un ser usuario del Facebook y del Whatsapp, a convertirme en un activo y dinámico semi-adicto de ambos.

Sí, yo, como buen ORTINorrinco, era un fiel activista anti-faisbuk y anti-guasap hasta que al panoli de Felipe Ortín le dio por publicar Idus de Julio, su novela, y debía venderla de alguna manera. Obviamente, había varias posibilidades como: instalarse en las ferias junto a los mercadillos de hippies, alquilar una furgoneta con un megáfono y anunciarla a rebuzno pelado como si fueran sardinas frescas o, bien, alongarse al mundo digital y tratar de hacer publicidad de la novela a través de las redes sociales.

Megáfono

Megáfono que me compré para rebuznar a los cuatro vientos la existencia de Idus de Julio

En definitiva, dones y doñas, ñoras y ñores, que sí, sucumbí al Facebook y me tragué mis palabras, aquellas que juré, por la cuquita del niño Jesús, que nunca traicionaría y que defendería a capa y a espada: “Jamás entraré en esa chorrada del Facebook”…, pues ni a capa, ni a espada, vamos, con papitas arrugadas y mojo picón que me las comí. En definitiva, que se cumplió el famoso refrán que dice: “nunca digas: de este agua no beberé, este cura no es mi padre y esta polla no me cabe”. (Sí, lo sé, es soez, pero yo no tengo la culpa de que así sea el refranero español).

Sí, traicioné mis principios para conseguir otros finales. ¿Y por qué me traicioné a mí mismo? Sinceramente, por el dólar, por el euro. Sí, porque, ¿quién no esputa al oír hablar de dinero?… perdón, reformulo la pregunta: ¿quién no es puta al oír hablar de dinero? (cómo cambia el significado de la pregunta por un simple espacio en blanco, ¿eh?). Pues sí. Soy un vendido. Vendí mis principios para que Felipe Ortín pueda vender su librito de marras, es decir, Idus de Julio, y a ver si así podemos vivir honradamente del Cuento y nos retiramos. Vamos que prostituí mis creencias para vender un producto y mi coherencia conmigo mismo quedó dilapidada, aunque, como tengo doble personalidad, puedo elegir la del ORTINorrinco o la de Felipe Ortín para evitar sentir remordimientos.

Así que, finalmente, di el paso e introduje mis datos en Facebook por primera vez. Y me sentí como el mono de la película de “2001 Odisea del Espacio”, cuando lanzaba al aire la tibia de un dinosaurio y esta giraba etérea mientras sonaba la famosa canción: chan, chan, chanchan, chanchan, chaaaaaaaaan, chaaaaaaaaan, chanchaaaaaaan!!!! De repente, al escribir los datos en el “Registrar” de Facebook, de ser el ORTINorrinco Cromagnon piloso que era, me convertí, súbitamente, en un ORTINorrinco Sapiens Sapiens bello y sin vello. Vamos, como si me hubiera dado la depilación láser con una fregona por todo el cuerpo. Instantáneamente, de ser un troglodita, me convertí en un avanzado ser del siglo diecinueveinteyuno. El cavernícola y anarquista digital que era salió de la gruta para entrar en las Redes Sociales. Y el fémur que había lanzado al aire, y que aún seguía girando, caía sobre mi cabeza con la banda sonora de 2001 de fondo: “Tantantantantantantatantan”. Y vi la luz… y las estrellas, por el efecto del porrazo del hueso.

Odisea 2001

Yo cuando era un ORTINorrinco Cromagnon piloso horroroso.

Una vez introducidos mis datos en Facebook, tuve que recurrir a la ayuda de mi santa y paciente esposa para que me explicara cómo funcionaba el rollo, como si yo fuera un niño de dos años (de los antiguos, porque los de hoy en día usan los pulgares a una velocidad asombrosa para jugar en cualquier dispositivo digital que ni Billy el Niño con sus pistolas).

Total, que si esto es tu Biografía, que si aquí puedes Comentar, Compartir y Megustar cada cosa que aparece. Que si esto es tu Muro. ¿Cuál? ¿El de Berlín? ¿El de las Lamentaciones? Pues no, durante algunos momentos se convirtió en el Muro de las Imprecaciones, ya que se me escaparon unos cuantos juramentos porque me hice la picha un lío y no sabía cómo puñetas funcionaba ese rollo (y mira que es bien sencillo). Bueno, aprovechando la mala baba que me entró, y la saliva que salpicó el monitor, aproveché para pasarle un pañito y quitarle el polvo a la pantalla, que estaba llena de mierda.

En definitiva, tras una retahíla de instrucciones y collejas por parte de mi parienta, conseguí comprender que el Muro no deja de ser como el corcho que teníamos colgado de jóvenes en nuestras habitaciones donde pinchábamos con chinchetas nuestras fotos de pedos, borracheras, novias/os o ídolos/las, con la diferencia que, entonces, sólo las veíamos nosotros y ahora, las ve todiós. También me recuerda el Muro a los imanes de la nevera bajo los cuales colgamos el calendario del cole con la foto de nuestros hijos, la lista de la compra o todo aquello que no se nos puede olvidar y, al final, siempre descuidamos. Sin embargo, la diferencia fundamental que veo con el Facebook es que es como los post-its. La gente va pegando uno encima del otro y llega un momento que el tamaño del taco de hojitas amarillas alcanza una altura considerable y, al final, ya no sabes qué estás viendo o no ves lo que otros han ido pegando en la tonga de post-its.

Otra cosa curiosa del Facebook, aparte de que como te descuides engancha más que la metadona, es que haces amigos con una facilidad pasmosa. Me he pegado toda mi vida para conseguir hacer cuatro tristes amigos y, de repente, en menos de dos días conseguí hacer más de cien. Presionante, Im, Presionante. En las escuelas deberían dar tablets para que los niños se relacionaran ya directamente con Facebook. Yo, de joven, me hubiera ahorrado aquello de Cabezón y Cuatro Ojos con tan solo colgar en mi perfil una foto de Robert Reford de jovencito y, hoy en día, no sería un adulto traumatizado con personalidad disociada y capaz de escribir estas historias para poder socializarme y tener amiguitos…

Pero no sólo no traicioné esos principios sino que también derribé otros muros que aún quedaban en pié. Me instalé el Whatsapp. Desde entonces, por fin, soy un ser intercomunicado con todo el mundo y puedo relacionarme con otros ORTINorrincos mediante frases cortas que no dicen nada, caritas sonrientes o enojadas, emoticonos, y largas conversaciones vía chat que se acortarían y nos harían estar más cercanos si usásemos el teléfono para lo que se inventó…¡Para hablar con el otro!!!! Porque que ya casi nadie recuerda para qué sirve para eso del TELES+FONOS (Lejos+sonido) y se usa para casi todo menos para hablar. De hecho, estoy buscando alguna aplicación en el móvil que me permita hacer unos huevos fritos sin tener que usar la arcaica y cutre sartén de toda la vida.

huevos fritos.jpg

Llegará el día en que el móvil sea capaz de hacerme estos huevos fritos

En fin, si cuando me instalé el faisbuc me sentí cómo el Homo Antecessor descubriendo el fuego, cuando un colega mío me descargó e instaló el guasap en el teléfono (sí, mucho Ingeniero de Telecomunicaciones que soy, pero puta idea para descargarme la aplicación), me sentí como Arquímedes cuando descubrió su principio… Sí, me dieron ganas de salir en pelota picada a la calle, con el badajillo pendulando de lado a lado, y gritar: “Eureka, lo encontré, lo  encontré: todo cuerpo que se sumerge en guasap experimenta un empuje hacia el móvil proporcional al número de teléfonos que guarda en su agenda”

Pues sí, aquel fue un paso más en mi evolución como mamífero. Así, en breve, siguiendo la teoría de la evolución, se me comenzarán a estirar los pulgares y éstos se moverán sobre el teclado del móvil como las pinzas de un cangrejo devorando su pitanza. Por ahora, voy de tecla en tecla, pulsando cuatro a la vez con las morcillas que tengo por dedos.

En fin, lo curioso es que, ahora, aquellos amigos que tanto daban por saco insistiendo en que me pusiera el guasap de una puñetera vez, hoy en día se arrepienten de haberme dado tal consejo pues me dedico a crear listas de difusión y bombardearlos para que se compren Idus de Julio o que se lo vendan a sus amistades. ¡Vida cruel! Crearon un monstruo.

Eso por no decir que cada vez que publico en el Facebook, entro cada cinco minutos, como un panoli, para comprobar cuántos Megustar tengo mientras pienso: “Venga, cabrones, denle al Me gusta, que sólo llevo dos, josdeputa”…, curiosamente, lo mismo que pienso cuando hago mis entradas en el blosss y nadie hace ningún comentario… Y no miro a nadie…, querido lector…

 

 


4 comentarios

El ORTINorrinco y las ballenas

Como buen ORTINorrinco de pro, mamífero vertebrado y habitante de este planeta, cuando mis amigos me invitaron a hacer una salida en barco para ver ballenas acepté de buen grado y con ilusión, pues me gusta conocer a las otras especies que pueblan La Tierra; a parte de los humanos, a los cuales, cada vez, parezco conocer menos y cuyos salvajes hábitos con los de su propia especie me tienen desconcertado, eso por no decir las majaderías que llegan a inventar (como por ejemplo, salir a cazar Pokemons con un móvil por la calle…)

Menos mal que hay muchos especímenes que hacen que el Homo Sapiens Sapiens sea un ser al que estimo y admiro por su capacidad para realizar bellas acciones y grandes prodigios, independientemente que entre ellos haya algunos descerebrado. Gracias a Dios, yo salí un buen ORTINorrinco y no tengo nada que ver con los Homos ni con sus ancestros los simios.

En definitiva, emocionado por la posibilidad de ver a otros mamíferos acuáticos como yo, me apunté a la excursión para ver ballenas en el velero de nuestro colega. Aunque la cosa no tuvo buenos augurios desde el principio.

Nada más llegar, el patrón del barco nos solicitó amablemente que nos descalzáramos para evitar estropear el casco del velero. Si llego a saber lo que me iba a pasar posteriormente, no me habría quitado los zapatos y le hubieran dado por donde amargan los pepinos a la cubierta del barco (…por cierto que nunca he sabido por qué lado amargan los pepinos…, si por delante o por detrás…, pero claro…, ¿cuál es la parte posterior y cuál la anterior de un pepino?… ¿o se refiere a por dónde introducirlos en un organismo vivo para que amarguen, por arriba o por abajo?…)

Y la cosa presagiaba desastre porque nada más subir al velero, la primera en la frente. Concretamente, la botavara. Me la comí con todos los cuernos (y eso que los ORTINorrincos no tenemos cuernos…, salvo que mi mujer me la esté pegando…). Del hostión contra la base de la vela el barco no zozobró porque, básicamente, pesa unas cuantas toneladas pero yo me sumergí y me hundí en un compendio de insultos y palabras no aptas para menores de dieciocho años.

Las Ballenas 1

La botavara es el palo transversal e inferior que soporta la vela…, y sí, ¡no la vi!…, ¿qué pasa?

Tras recomponerme del majazo, el patrón comprobó que no había sufrido daños de importancia (el barco, quiero decir); y después sacó el botiquín y me aplicó los primeros auxilios, es decir, tirita pal chichón y culito de rana para la inflamación. Tras su profesional aplicación de los medios sanitarios pusimos rumbo y proa hacia la mar salada.

Una vez en media mar (tampoco fuimos tan lejos así que no era alta mar aunque no confundir, por supuesto, con Media Mark, que eso es otra cosa), surcábamos sobre las olas ojo avizor, en busca de cetáceos. Yo pensaba que iba a ser cosa en plan Capitán Acab, tratando de localizar a Moby Dick, con aquello de “por allí resopla”. Sin embargo, las ballenas Calderón, que eran las que buscábamos, tienen el tamaño aproximado de un delfín, incluso algo más pequeñas, pues miden entre 6 y 4 metros (les faltan unos 14 metros de largo para ser como Moby Dick) y se las ve más bien porque salen a la superficie que por su resoplido.

Uno de los colegas con los que iba se puso en proa para detectarlas, mientras que yo permanecí asegurado en la parte posterior, en lo que se denomina “bañera”. En éstas estábamos cuando el vigía avisó de la presencia de las ballenas y me invitó a acercarme hasta la parte delantera para observarlas mejor.

Ilusionado por verlas, ansioso por contemplar la belleza de la Naturaleza, salí de la bañera y me dirigí hacia allí pasando por el lado de estribor, mirando al infinitito hacia la inmensidad del mar tratando de localizarlas. A mitad de camino, yo ya lloraba de emoción. Una emoción incontrolable pues…, ¡me acababa de romper el dedo pequeño del pie izquierdo! Sí, mis zancudas patas de artrópodo desgarbado habían tropezado con algo y el dedito miraba pa Cuenca en una inverosímil posición.

El amigo de proa, al verme con las lágrimas en los ojos, también creyó que yo estaba emocionado…, hasta que me retorcí de dolor como la cola de una lagartija abandonada por su lagarto sobre la cubierta, mientras bajaba a varios Santos y Vírgenes de sus pedestales celestiales con mi boquita de piñón.

Alucinando, mi amigo me preguntó que contra qué me había dado. Yo, como buen marinero de agua dulce, le indiqué con gran precisión y dije el nombre técnico del cacharro con el que me había tropezado; exactamente con: “lamierdaesaloscojones”, lo que vulgarmente los NO entendidos en navegación denominan: “carro de escota de estribor”.

Las Ballenas 2

Síiii, tampoco vi el carro de escota o, técnicamente, “lamierdaesaloscojones”, pero…, ¿ustedes lo hubieran visto con semejante bicho flotando en el mar?

Tras unos buenos resoplidos de ballena soltados por mí, conseguí hacer pasar el dolor inicial y contemplé mi pie. Mientras todos los dedos de mi ñame izquierdo estaban formando firmes y rectos, el pequeño aparecía tumbado a la bartola, con una inclinación de 45 grados a babor respecto a los otros. Para solucionar el entuerto, nuevamente, el patrón del barco sacó su botiquín y volvimos a utilizar las tiritas (dos en este caso) para unir el dedo pequeño del pie a su vecino, de manera que quedara medio entablillado y mantenerlo lo más tieso posible hasta que llegásemos a tierra firme.

El patrón me preguntó si volvíamos a puerto pero, dado que acabábamos de zarpar y yo quería ver las ballenas, le dije que no (bueno, a parte que no sentía dolor en el dedo y, ya roto, no iba a ir de unas horas que me lo enderezaran).

Por tanto, seguimos con nuestro periplo marinero para ver cetáceos. Y vimos, vimos. Preciosos y bellos animales, no como yo que, al ser un ORTINorrinco, me hicieron con lo que sobró de otros bichos y tengo pico de pato, zarpas de nutria y cola de castor; todo un compendio de cabronadas por parte de la Hija de la Madre Naturaleza.

Para terminar la jornada, uno será muy ORTINorrinco pero está diseñado para caminar sobre tierra o nadar en el agua, no para flotar sobre ella; así que tanto vaivén del velero terminó por producirme cierto mareo y, desesperado, al final, me arrojé por la borda…, sí, sí, lo arrojé todo…, el desayuno y el almuerzo, vamos, un asquito…, aunque, por otro lado, fue carnaza para los peces. Ante mi palidez, el patrón volvió a sacar el botiquín pero las tiritas, entre mi chichón y mi dedo roto, ya se le habían terminado y no había nada más que suministrarme. Con lo cual sugirió que nos diéramos un baño para pasar el malestar. A pesar de mi dedo porrón, me lancé al agua y, efectivamente, se me estabilizaron el estómago y la cabeza. Además, para suerte mía, tropecé con un par de tortugas marinas con las cuales estuve nadando un rato, olvidándome por unos momentos de mi fractura digital.

Repuesto del mareo, subí a bordo y descubrí que las tiritas que sujetaban mis dedos se habían despegado, así que el dedo pequeño de mi pie volvía a separarse del resto como la vara de un zahorí. De todas maneras, la excursión ya estaba finalizando y volvimos a puerto, de donde me dirigí hacia Urgencias para que me repararan el hueso.

Las Ballenas 3

El médico le echó un vistazo rápido y me dijo que la solución era dar un tirón… Y, efectivamente, tras la radiografía pertinente para verificar la fractura del dedito, el muy mamón le dio un tirón para enderezarlo, de forma que San Pedro, cuando me toque entrar en el Cielo (si es que voy), va a gastar quintales cúbicos de lejía para lavarme la lengüita por blasfemo y malhablado…, eso por no decir que la mitad de la familia del doctor fue injuriada y vilipendiada del daño que me hizo al colocarme el hueso en su sitio.

En definitiva, la excursión para ver las ballenas fue una experiencia inolvidable y única, sobre todo única; porque no sé si seré capaz de volver a repetir la hazaña de abrirme la crisma, romperme un dedo del pie y potar, todo al mismo tiempo.

Independientemente de mis desgracias particulares, si alguna vez tienen la oportunidad de salir a ver ballenas, no dejen de hacerlo, les aseguro que es maravilloso y no tiene nada de peligroso pero, por si las moscas…, no se olviden las tiritas. Mano de santo, oigan.

Aunque, aprovechando estas letras, quiero advertirles que las ballenas del sur de Tenerife están estresadas por la masiva afluencia de turistas y desalmados que las agobian en motos acuáticas y veleros que no respetan las distancias mínimas con ellas y las asedian más de la cuenta. Por tanto, si desean contemplar estos maravillosos animales, les recomiendo que las vean con alguien que las conoce bien y las admira, como el patrón de nuestro velero, Ivan Ottolina, al cual pueden localizar y contratar a través de http://www.canarycharter.com o contactar con él en el 616 605 118. Les aseguro que les hará una travesía amena y respetuosa con los animales.

Porque está bien poder disfrutar de la Naturaleza pero siempre con admiración y respeto.

Y si te ha gustado la historia, compártela, que cuantos más seamos, más reiremos.


6 comentarios

El bikini

Mis queridos fanes, fanas y fanos de Idus de Julio, bienvenidos otra vez a la sección del Making of de la famosa novela, única y sin parangón en el mundo entero (porque como ésta no hay otra igual), de Felipe Ortín, burdo imitador del manco de Lepanto, Don Miguel de Cervantes Saavedra; y dónde hoy les explicaré otra de las vivencias anecdóticas que pude colar solapadamente en mi historia. En esta ocasión, hablaremos del origen del bikini.

La cosa se me ocurrió un buen día de verano cuando mi hermana me pidió que la acompañara a comprarse, precisamente, un bikini. Mi hermana es como mi mujer en el sentido de que, según ellas, “no tienen nada que ponerse”. Cosa que a mí, particularmente, me asombra cuando abro el armario de nuestra habitación, pues las camisas de mi esposa, sus pantalones, sus faldas, sus abrigos y sus fulares (¡por Diosssss, cientossss de fulares!) copan más de las tres cuartas partes del espacio y prácticamente la totalidad de las perchas, mientras que yo apenas tengo una esquinita, cuatro perchas, un cajón y dos baldas para apelmazar allí mi escaso vestuario.

Armarios

Siguiendo la regla de tres entre mi mujer y mi hermana, supuse que aquella frase significaba que mi hermana tendría un porrón de bikinis pero ya debía estar cansada de los que tenía y esa era la auto-excusa para comprarse uno nuevo. Como se trataba de mi hermana, no me quedó más remedio que acompañarla. Es mi hermana, ¡teeengo que quererla! Sin embargo, a mí, particularmente, ir de compras me produce ictericia, disfunción mental, taquicardia y, sobre todo, congelación parcial de los dedos de pies y manos en esas tiendas de moda de prêt-à-porter que más que aire acondicionado parecen tener máquinas para criogenizar a los clientes y crear estatuas de hielo con ellos. En definitiva, odio ir de compras, como supongo que a la mayoría de los varones. Dicen que hay hombres a los que les gusta ir de compras pero no sé si es un mito o son una especie en extinción como los Linces Ibéricos, porque yo jamás los he visto.

A mí, pasear entre pasillos de zapatos, estanterías de ropa, percheros de camisas o maniquíes primorosamente vestidos para “solo mirar”, me agota más que si corriera una maratón. ¡Es que no me entra en la cabeza! Debe ser porque soy ingeniero y me cuadricularon la cabeza (o a lo peor, porque ya tenía la cabeza cuadrada y por eso me hice ingeniero); el caso es que cuando necesito unos vaqueros voy a tiro hecho a por los vaqueros sin mirar ni a izquierda ni a derecha. ¡¿Para qué voy a mirar algo que no necesito?!

En definitiva, arrastrado, fui llevado al… “Centro Comercial”…, dos palabras que a mí me suenan algo así como a “Casa del Terror”, “Banco Hipotecario” o “Colonoscopia sin Anestesia”.

Una vez allí, entramos en el local de ropa y, nada más poner un pie en la tienda…, los pezones se me pusieron duros. Congelados, por supuesto.

Mi hermana quería comprar, como ya he dicho, un bikini pero, ya que la tienda estaba llena de trapitos, pues procedió a “sólo mirar”. Y pasé a uno de los dos “estados” habituales en los que me encuentro en esas situaciones. El primero de esos estados es el de “guardaespaldas”, en el cual escolto a mi mujer (mi hermana en este caso) por toda la tienda con cara de aburrido dejando escapar algún “sí” o un “no” a preguntas tales como: “¿te gusta?”, “¿qué mono, verdad?”, “¡uy, este me quedaría fantástico!”. En dicho estado, uno puede comprobar que por la tienda también arrastran los pies otros maridos detrás de sus esposas con la misma cara de pan que tú, y contestando de la misma manera a sus respectivas. Si todos llevásemos gafas de sol y pinganillo pareceríamos muchos Mr. Smiths de Matrix buscando a Neo.

Mr. smith

El segundo de los dos “estados” habituales es cuando, harto de hacer de “guardaespaldas” por toda la tienda, paso a hacer de “motocicleta aparcada”. Este estado consiste en esperar a la parienta en la puerta de la tienda, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, con la oreja casi pegada al hombro, como si de una moto levantada sobre su caballete se tratase, cuya rueda delantera se ladea al estar alzada. También, en esa situación, puedes encontrarte con tres o cuatro maridos más que resoplan desesperados mirando el reloj impacientes. Siempre he pensado que si pusieran un grifo de cerveza en la puerta de la tienda, sería más agradable para todos. Ellas mirando los trapitos relajadas y ellos mamando birras felices. ¡Qué falta de visión comercial! Que compras ropita, la caña gratis. Que no compras nada, pagas la caña. Incluso se podría ir de tapas pero, en lugar de bar en bar, de tienda en tienda…, “¡Mira vamos al Mango que la tapa de morcilla está de muerte!”, “¡Joer, pues los caracoles en salsa del Zara ni te cuento!”. Al final seguro que a tu mujer le quedaba bien todo lo que se pusiera… del pedo que tendrías, claro.

Eso sí que sería toda una conciliación familiar, ¡ir de compras y de tapas al mismo tiempo! Igual que hay Chiquiparks para dejar a los niños mientras estás en la tienda, se podría hacer un Chiquibar para los maridos aburridos, ¿no?

En fin, aquel día no me quedaba más remedio que perseguir a mi hermana por toda la tienda pero, al final, llegamos a los bikinis y procedimos a realizar un “Pretty Woman”, es decir, ella se iba poniendo cada bañador y me hacía el pase saliendo del probador. Eso sí, sin glamur, sin butaca para estar sentado cómodamente, sin nadie haciéndonos la pelota, sin champán, sin música y, sobre todo, sin cambios inmediatos de ropa que convierten cuarenta y cinco interminables minutos de tediosa realidad en treinta segundos de divertida película.

Cada vez que se probaba uno, a mí, particularmente me gustaba. Mi hermana tiene un buen cuerpo y, sinceramente, me parecía que todos le quedaban bien. Sin embargo, ella siempre encontraba defectos a todos, “que si no me sujeta bien”, “que se me marca mucho la chicha”, “no me gusta el color”, etc… Total, tras probarse ocho o diez diseños diferentes, desistió de comprar alguno. Como era mi hermana, y la confianza da asco, le hice ver la visión de la parte masculina de nuestra especie y que, básicamente, consiste en que:… un hombre en lo que MENOS se va a fijar de una mujer en bikini va a ser, precisamente, ¡en el bikini! Obviamente, mi hermana me mandó a la mierda…, pero yo estoy seguro que el 90% de los hombres preguntados sobre el color del bikini de una mujer que hubieran visto durante escasos segundos contestarían…: “eran operadas”.

Bikinis

En fin, de aquella anécdota, quise investigar algo más sobre el origen del bikini y averigüé que el inventor de esta famosa prenda fue un estilista francés llamado Louis Réard, quien lo presentó por primera vez el 3 de julio de 1946 en su colección de trajes de baño. Sin embargo, ninguna modelo se atrevió a ponérselo para pasearlo por la pasarela pues, en la mentalidad de la época, aquello era el descoque y el despiporre…, ¡demasiada carne a la vista! Así que la única modelo que se atrevió a lucirlo fue una bailarina llamada Micheline Bernardini, que declaró, al ver la escasa tela con la que iba a tapar su cuerpo, que aquello iba a ser “más explosivo que la bomba de Bikini”.

Y con aquella frase, el trapito quedó bautizado. Pero resulta que Bikini es un atolón paradisíaco de las islas Marshall, ubicado en el Pacífico, donde los EEUU realizaron más de una veintena de pruebas con bombas nucleares y de hidrógeno entre los años 1946 y 1958. El 1 de marzo de 1954, bien temprano, a las 06:45 de la mañana, se empeñaron en hacer una mascletá con un petardo llamado Castle Bravo que, por un “pequeño” error de cálculo de los científicos americanos, en lugar de limitarse “sólo” a los cinco megatones previstos, alcanzó los quince; ¡unas mil veces más potente que las bombas de Hirosima o Nagasaki! El champiñón nuclear que generó esparció sus cenizas a cientos de kilómetros, afectando a la salud de un millar de habitantes de las islas Marshall, arrasándolo todo y dejando una contaminación radioactiva que perdura hasta hoy en día. Y es que para hacer el animal, no hay nada como el Homo Sapiens, que cuando decide hacer el burro, se las pinta solo.

Ironías de la vida. Trabajando en la industria armamentística, cuanto más revientas, mejor. Curioso, ¿no? Yo una vez, en mi trabajo, tuve que cambiarle el toner de color amarillo a la impresora y se me olvidó quitarle la cinta que tienen de protección. Me puse a imprimir e inventé… la “impresora al curry”. Allí había más polvo amarillo que en el río Klondike en la época de los buscadores de la fiebre del oro. La impresora chorreaba tanto amarillo que parecía una destiladera de orujo de hierbas. Total, me la cargué. La bronca del jefe fue considerable. Sin embargo, en la industria armamentística, te equivocas en los cálculos, y nada… de cinco megatones te salen quince, revientas medio planeta y el jefe va y te da palmaditas en la espalda, orgulloso de ti con un “¡Ortinorrinquez, esto se merece un ascenso!”. ¡Manda cojones! Pura hipocresía humana.

Porque hablando de hipocresía y volviendo al bikini para hacer una pequeña reflexión: es sorprendente que todavía muchos tuerzan el gesto al ver un cuerpo humano desnudo, bella creación de la Madre Naturaleza, y traten de ocultar bajo ropajes lo que la propia Vida creó. Sin embargo, los billetes verdes y las armas, bárbaras creaciones humanas, van desnudas por el mundo sin que pongamos el grito en el cielo ni nos escandalicemos… ¿Sapiens? Menos mal que, a veces, dejo de ser un humano y me convierto en un ORTINorrinco que vive en paz con sus Idus de Julio…, que alegran el día y hace felices a quienes se lo leen.

Ya saben, pueden encontrarlo en: http://www.sb-ebooks.es/l/idus-de-julio/

Idus de Julio