Felipe Ortín

Escribidor


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EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

ikea

Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

estantería

Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

estanteria 2

Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.

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Las pelis americanas

Bienvenidos mis queridos y queridas masoquistas nuevamente al blosss del ORTINorrinco, y digo lo de masoquistas porque aún sigo sin comprender cómo quincenalmente ustedes son capaces de visitar fielmente este blosss. Yo porque lo escribo pero si tuviera que leerlo cada dos semanas, me arrancaba los ojos. De hecho, no me extrañaría que algún servicio secreto utilice mis escritos como método de tortura para sonsacar información a los espías del bando contrario. ¡Chiquito sufrimiento! De todas formas, agradezco de corazón su lealtad por venir a leerme durante cinco minutitos.

Hoy, ooooooooooooooooooooooooooootra vez más, hablaremos de esas peculiares anécdotas que, como escribidor del tres al cuarto, conseguí colar en Idus de Julio; y es que, aunque parezca mentira, para poder redactar la novela yo creo que leí diez veces más de lo que escribí. Yo pensaba que esto de ser escribidor era darle a las teclas y ya está pero no, resulta que para ser escribidor tienes que ser antes un buen leedor.

En fin, pues esta vez, en la novela sólo pude colar media anécdota. El por qué los estadounidenses denominaban “Charlies” a los vietnamitas; sin embargo, dejé al lector de Idus de Julio con la intriga de saber el origen de la palabra “yankies”. Pues bien, aprovecho estas líneas para matar la curiosidad (…y evitar así que ésta mate al gato).

Lo dicho, la verdad es que, como la mayoría de los de mi generación, desde bien pequeños hemos visto a los yankies pegándose de tortas con medio mundo en las películas que hemos ido mamando desde nuestra tierna infancia.

Por ejemplo, cuando yo tenía cuatro o cinco añitos, los sábados al mediodía, en casa siempre veíamos las películas de indios y vaqueros (con el omnipresente John Wayne) y donde los primeros siempre llamaban a los segundos “rostro pálido”; con bastante razón, pues hay que reconocer que los anglosajones y gentes del norte suelen ser un tanto translúcidos de piel. Tanta película de indios y vaqueros también producía en mí ciertos efectos secundarios. Para empezar, pensaba que los habitantes de los Estados Unidos se denominaban “rostros pálidos” en lugar de estadounidenses. Para seguir, cada vez que veía a un turista inglés o alemán de transparente piel y azules venas, yo pasaba mi pulgar de lado a lado de mi cuello y lo saludaba con un alegre “¡Jao, rostro pálido, yo cortar cabellera!”; con la consecuente sonrisa de circunstancias por parte de mi madre que, avergonzada, me agarraba del brazo y huía apresuradamente mientras me recriminaba mi bocaza de niño que, a esa temprana edad, soltaba verdades como puños aunque fueran políticamente incorrectas.

En fin, que yo siempre he tenido algo así como un espíritu de animar a los perdedores, con lo cual iba en contra de los rostros pálidos y esperaba, inocentemente, que alguna vez los indios ganaran en la película pero no había manera, eran derrotados irremisiblemente…, estaba claro quién redactaba los guiones…

De hecho, creo que fue por aquella época cuando me hice culé ya que en los 80 el Real Madrid arrasaba y el Barça era capaz de realizar la increíble proeza de ser derrotado 1-4 en su propia casa por el Valladolid. Al igual que con la selección española de fútbol, a la cual veía perder cada cuatro años en el correspondiente mundial de fútbol para mi desesperación. Gracias a Dios que la cosa ha cambiado algo y el Barça encadena títulos mientras que, por fin, España ha ganado un mundial.

En fin, que después, con el paso del tiempo, se cansaron de poner pelis de indios y vaqueros y nos atiborraron con pelis de la segunda guerra mundial en las que, esta vez, los yanquis se las tenían con los alemanes y también ganaban por goleada. Y, posteriormente, fueron los rusos las víctimas, a los que incluso Rocky Balboa noqueaba subido en un ring.

Y de ahí, Sylvester Stallone pasó, de boxear y darle guantazos a un soviético, a matar “charlies” en Vietnam con aquella frase tan célebre de “¡no siento las piernas!” que, por cierto, JAMÁS dijo en la saga de Rambo…, lo que dijo exactamente fue: “¡No consigo encontrar sus piernas! No encuentro sus piernas”. Sí, sí, esto es cierto al igual que Afrodita A nunca dijo lo de “¡Pechos fuera!”, sino: “¡Fuego de pecho!”…, ya le hubiera gustado a más de un calenturiento de mente eso de pechos fuera…, pero en fin, volvamos al tema de las pelis del Vietnam.

(Breve inciso: en estos momentos, más de un leedor o leedora de este blosss fijo que estará buscando a Afrodita A o a Rambo en gugle para verificar lo que acaban de leer, je, je…, por cierto, que Mazinger Z, en japonés, se pronuncia algo así como: “me chinga el seto”…)

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Pues bueno, cuando crecí, y dejé de ver westerns, empecé a ver películas del Vietnam, cambiando de equipo para aliarme con los vietnamitas. En éstas, en lugar de indios y vaqueros, se peleaban los “charlies” y los “yanquis”. Tras tragarme unas cuantas docenas de largometrajes sobre este tema, conseguí averiguar por qué los americanos llamaban “charlies” a los vietnamitas. El motivo es que denominaban al Viet Cong con las siglas VC, que en código de radio se transmite como Victor Charlie. Así que empezaron a llamar a los soldados aborígenes como “charlies”. Pero, a pesar de tanto atracón de películas de tiros, amputaciones y combatientes trastornados, nunca supe por qué llamaban “yanquis” a los habitantes del americano país.

Así que investigué un poco y conseguí averiguar el origen de dicha palabra. Una de las posibles, y más extendida, acepciones de la procedencia de dicho vocablo surge de la idea de que en Nueva Inglaterra, en el siglo XVII, había mucha población holandesa y gran parte de ellos se llamaban Jan (Juan), fonéticamente “ian”. El apodo “ianke” significaba pequeño Jan, es decir, pequeño Juan o Juanito. Durante la Guerra de Secesión, los soldados sudistas denominaban, despectivamente, “ianke” a todo soldado del norte y, por extensión, con yanquis se quedaron… (que queda más glamuroso que Juanito)

Eso sí, lo que no ha cambiado con el paso del tiempo en las películas americanas es que todo ocurre allí. Que vienen los extraterrestres a invadirnos, el Presidente de los EEUU es el libertador del planeta. Que ocurre un cacho catástrofe y el mundo se va a tomar por saco, llegan los americanos y resuelven el entuerto. Que vienen unos robots extraterrestres que se transforman en camiones, ¡puñetas!, ¡qué puntería!, aterrizan en el centro de Kansas. Incluso yo, cuando me cabreo, me cago en la Utah.

Entiendo que, al ser tan pequeños y por las leyes de probabilidades, no ocurran estas cosas en… San Marino, Tuvalu o Liechtenstein pero, por ejemplo, Rusia, China, Canadá o Brasil, por su extensión, podrían tener los mismos derechos a ser invadidos por marcianos, a irse al carajo debido a un cataclismo, o a que cuando yo me cabree me acuerde de todos los hijos de Putin…, vamos, digo yo, ¿no?

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Eso por no decir la cara de pena e indignación que se nos pone cuando el poli bueno de la peli, tras haber destrozado la mitad de los vehículos que circulan por la ciudad persiguiendo al malo con un camión de quince toneladas, es requerido por su Sargento para suspenderle de empleo y sueldo, solicitándole la placa y el arma. Te dan ganas de levantarte de la butaca del cine y darle de sopapos al Sargento por obtuso y lerdo. “¿Qué no ves que tiene razón?”…, dan ganas de decirle, y continuar argumentando: “¡Que si no cogía el camión del butano el malo se escapaba…!”

Pero lo que más me sorprende de las pelis de EEUU es que parece ser que la única asignatura que se imparte en los centros docentes es Literatura. Si se fijan en la mayoría de pelis de institutos americanos, la clase que siempre sale es la de Literatura.

Ni Matemáticas, ni Física, ni Químicas. De Plástica ni hablar y el Inglés ya se lo saben, que para eso son angloparlantes. Latín y Griego son lenguas muertas así que pa´qué. Total, que da por suponer que en USA solo dan Literatura y que se saben las obras de William Shakespeare de memoria, siendo Macbeth, Hamlet y Otelo el Moro coleguitas de toda la vida de los estudiantes de allí y que el “tubí ornot tubí” lo recitan cosa bárbara. También de estas pelis se deduce que el peor insulto que se le puede proferir a un yanqui es el de “gallina”. Puedes mentar a su madre y a su familia pero basta cloquear y aletear con los brazos para conseguir que las vacas vuelen. Y, finalmente, aprendes que se saben la Biblia al dedillo, pudiendo llegar a hacer verdaderas conversaciones con todos sus versículos. La verdad es que sería un sueño ir a la sucursal de tu banco a pedir una hipoteca y que el Director, para reclamar el pago de tu mensualidad, te dijera:

“Mi estimado cliente, escrito está: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. San Marcos 12,17”.

Y tú podrías darte el gustazo y responder:

“Sí, pero también dicen las Sagradas Escrituras: Cada siete años ustedes perdonarán las deudas. Deuteronomio 15,1”; y chulescamente apostillarías: “¿Lo sabía…, Makeijan?”.

Lástima que la realidad y la ficción sean cosas tan diferentes. ¡Cachis!

Eso sí, lo que es una ficción que refleja muy bien la realidad es Idus de Julio, una novela hecha en este país con la intención de triunfar en el mundo mundial…, en plan yanqui… y tal.

Sean FELIPIces.

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