Felipe Ortín

Escribidor


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Mi primera vez.

Hola otra vez a mis calenturientos lectores que, hoy, visitarán mi blosss con la libidinosa idea de averiguar cómo fue “mi primera vez”. Pero no, lamento defraudarles, no se trata de una historia de sexo, queridos salidillos míos, se trata de “mi primera vez” como bailarín sobre un escenario.

Ya les digo yo, como ORTINorrinco, que la vida sexual de mis congéneres no tiene nada que ver con la de ustedes, los Homos Sapiens, ya que nosotros, los ORTINorrincos, nos reproducimos por huevos, por no decir que por cojones o porque nos da la gana, como cualquier otra especie de mamíferos del planeta. Aunque, por si aún sienten curiosidad, mi primera vez podría resumirse en dos frases: “Ya tá”, y la consecuente respuesta: “¿Cómo que ya tá?” (pronunciada con incredulidad, sorpresa, cejas arqueadas y cara de “en esta casa el plato no se deja a medias y te lo vas a terminar de comer todo”…)

Pero no. Esta es una historia de baile. Como recordarán en una entrada anterior de este mismo blosss, “Una cadera sin ritmo”, ya les expliqué cómo mi mujer logró arrastrar mis ochenta y cuatro kilos de carne y docenas de reproches  hasta la escuela Bailongu de Barcelona y liarme para aprender, nada más y nada menos, que el grácil y femenino Bollywood.

Aún sigo increíblemente anonadado de cómo llegué hasta aquel punto. ¡En la vida imaginé que un jamelgo como yo pudiera llegar a bailar Bollywood!

Pues bien, tras varios meses de ensayos; durante los cuales transcurrieron bastantes: aperitivos, tapitas, cañas de cerveza y, básicamente, quince clases y algún que otro ataque de lumbago; se suponía que había una actuación en público para enseñar al mundo lo mucho que habíamos aprendido.

Pues bien, de suposición se pasó a confirmación. Tendríamos actuación en un teatro, con público, escenario, bambalinas y todo eso. Esto implicaba que mis amigos podrían venir a verme bailar Bollywood y reírse de… mi/me/conmigo… según eligieran el pronominal.

Llegado el día, mi mujer y yo empezamos ese sábado preparándonos para estar presentables para la representación. Para comenzar; mientras ella se duchaba, secaba, planchaba el pelo, peinaba y todos los “abas” más que cualquier ORTINorrinca realiza en el lavabo con esa cantidad ingente de potes de lociones y colores diferentes, de los cuales ningún ORTINorrinco se atrevería a identificar alguno y en cuyo caso sólo identificaríamos, a duras penas, el que pone “jabón”; yo me dedicaba a realizar una poda exhaustiva del vello de mi cuerpo (no confundir con el bello de mi cuerpo)

Sí, ¿qué pasa? Resulta que mi atuendo se componía de pantalón bombacho y chaleco (monísimo) y tenía que bailar a “pecho descubierto” y descalzo. Dado que los hindúes son lampiños, para dar el pego y de paso no quedar como un guarro, tenía que podar un poco la mata de pelo de las siguientes partes de mi anatomía ORTINorrinquil. Véase: el empeine de los pies, los dedos de los pies, rebajar un poco los pelos de la barriga, pecho y el mato-grosso de los sobacos…, desagradable ¿verdad? Pues díganselo al lavabo que no vean cómo quedó. Un asquito, oiga. Bueno, si estaban comiendo o tenían ganas de ello, se les acaban de quitar. Eso sin contar una depilación concienzuda de cejas para evitar la famosa ceja Macario o Unicej y el afeitado apurado que te deja la Gillete.

Total, toda la mañana entretenidos entre poda, duchas, preparar ropas y algo de nervios. Para comer, lo que había en la nevera, algo ligerito: un potaje adelgazante con propiedades diuréticas que tomaba mi señora ORTINorrinca (que tendría efectos posteriores) y un trozo de pescado a la plancha. ¡Hala! Siesta y para el teatro a ensayar antes de la representación.

A la entrada nos esperaban los organizadores y, para tener acceso libre y no confundirnos con nadie, nos dieron una tarjetita para colgar en el cuello que ponía: “ARTISTA”. ¡Coño! ¡Qué ilusión! Me habían llamado muchas cosas en mi vida pero, ¿artista? ¡Sólo faltaba que me dieran el Oscar nada más llegar! Total, andandito para los camerinos. Antes, primera parada técnica en el baño de “CABALLEROS” para la primera meada de la tarde… ¡jo, con el potaje diurético! Entre eso y los nervios, ¡qué tarde de micciones!

Aparte de nosotros, también actuaban otros diecisiete grupos de distintos bailes: Danza del Vientre, Bollywood, Cabaret y Stripdance… como su propio nombre indica, todas danzas típicas másculinas, ¿o no? Resumiendo, que yo era el único macho entre más de cien mujeres…, ¡en camerinos Unisex! Ni en mis sueños he tenido jamás semejante harén. Digamos que nunca había visto tanta lencería femenina junta al mismo tiempo, al menos, puesta en su “sitio”, y algún otro “sitio” que se escapó de alguna lencería…, aunque bueno, yo también tuve que enseñar mi culo peludo (aquí no hubo poda) para cambiarme de pantalones, así que: empate.

Como era el único chico entre tanta damisela, cuando me paseaba por el camerino me miraban con extrañeza, como si me hubiera perdido y aquél no fuera mi sitio; pero menos mal que llevaba mi tarjetita de “ARTISTA” que justificaba mi presencia masculina.

La actuación comenzaba a las ocho de la tarde pero para ir ensayando teníamos que estar a las cinco. Ya comenzaba el trajín de los distintos grupos. Todas las chicas se iban arreglando, sesión de maquillaje, vestidos, abalorios varios, y a mí también me tocó mi parte: raya en el ojo, no vean lo que molesta, y rimmel en mis preciosas pestañas para que destacaran bien mis miopes ojos… quedé un tanto bastante “femenina”, pero bueno, uno ya está curado de espanto porque siendo un ORTINorrinco oriundo de Tenerife, con los Carnavales ya estoy  acostumbrado a esto de disfrazarse.

Después, un par más de visitas al lavabo de “CABALLEROS”, debido a la incontinencia urinaria de los nervios y el potaje diurético. El lavabo de “CABALLEROS” ya no era tal pues, ya que yo era el único ORTINorrinco que actuaba, las señoritas se habían apropiado de él para maquillarse y ponerse guapas. Así que sólo sabía que estaba en el lavabo de “CABALLEROS” por la existencia de urinarios, elemento que no se haya disponible en el de “DAMAS”. En fin, que a veces no sabía en qué baño hacerlo o si tenía que hacerlo de pie o sentado.

Grupo por grupo fuimos ensayando. Nos tocaba. Primer susto: resulta que el escenario era inclinado para que se vean bien a los bailarines de atrás. ¿Pa´ qué quieren que se me vea más? ¡¡Si les saco una cabeza a todas!! ¡Mierda! Acostumbrado a bailar en plano, aquella inclinación ya me dio mal rollito. Además, pisar las tablas del escenario impone y pone nervioso. ¡Cuánta gente me iba a mirar! Dado que era el único ORTINorrinco macho que iba actuar estaba claro que el público pondría mucha atención en mi estampa. Total, sólo de los nervios del ensayo delante de las demás “ARTISTAS” tuve que volver a lavabo de “CABALLEROS/DAMAS”.

Bolly

El inicio se acercaba así como aumentaban el ambientazo entre bambalinas, la tensión, los ensayos por los pasillos de los pasos más difíciles y mis visitas al lavabo, que ya incluían saludos a las chicas: “qué guapa estás”, “qué bien te queda esto”, “tú también”, “gracias”, “¿qué tal todo?…”  “por aquí me ando meando”. En definitiva, estar detrás de un escenario es una sensación que hay que vivirla.

Por fin, la hora del espectáculo. Entra el público. La mayoría son amigos de los que actúan con lo cual el lanzamiento de tomates a los actuantes queda descartado, ¡uf! Aquello se va llenando, así a ojo de buen cubero, unos 5.000 espectadores. Según la guardia urbana 20 espectadores y según el partido político que opine, entre 10 y 50.000 espectadores. Pero yo creo que habría unas 200 personas, entre individuos y seres humanos.

Suena el primer aviso. Cinco minutos. Segundo aviso. Dos minutos y las luces se atenúan. Tercer aviso. Se apagan las luces.

Primera actuación. Fantástica. Segunda actuación. Impresionante. Tercera actuación. Qué bien bailan las de la danza del vientre… y qué buenas están algunas… todo hay que decirlo. Cuarta actuación. ¡Coño! ¿Y esta sensación? Tengo acidez en el estómago, cosquilleos en los pies y se me están poniendo rígidos los brazos… ¡AAAAAH! ¡¡¡¡Estoy NERVIOSO!!!!! Por supuesto, tengo que ir al baño urgentemente, ya no miro cual es el mío.

Somos los séptimos. ¡Hay que relajarse! Sale el sexto grupo. “Nosotras” nos ponemos en posición en los laterales del escenario, preparadas para salir. Movimientos de relajación. Respiración profunda. Control mental de los esfínteres, delantero y trasero, ¡uf!,¡ uf!, respira hondo. Nos toca. Allá vamos, no hay vuelta atrás.

Salimos de manera que el público queda a nuestra derecha. Vamos con las manos juntas delante del pecho, como si lleváramos pétalos de flores (ya he dicho que le baile es muy femenino). Comienza la música. Tres pasos p’alante. Ahora giramos y nos ponemos de frente al público. La música sigue sonando, na, nana, na, na, nana… al girar ves UN MONTÓN DE CABEZA QUE TE MIRAN… ¡joder qué nervios! Sonríe, pienso. Tarareo la música para seguir los pasos y relajarme. Ahora nos arrodillamos, tiramos las “flores ficticias” que llevamos en las manos hacia el cielo. Giro grácil y femenino de muñecas, nos abrimos de patas, rodilla derecha hacia delante y pie izquierdo hacia atrás. Sigo la música y sigo sonriendo de oreja a oreja. Por ahora todo bien.

Hacemos varios pasos sentados que consisten en recoger las flores con el brazo derecho, levantarlo, recoger más flores con la mano izquierda y levantarlo con el otro. Después caen abiertos con los dedos de las manos en posición extraña. Giramos. Un par de pasos más, gráciles, coquetones y muy femeninos… lo bordo. Nos volvemos a poner de rodillas y toca desmayarse dos veces, en plan soponcio, para cada lado. Esta parte me sale muy bien… y muy, muy,… muy poco masculina, por decir algo.

Una serie de pasos más en suelo, en los que se pinta un círculo en el suelo, te tapas un ojo, te lo pintas y te pones una traba de pelo. Después, siguiendo el ritmo de la música (por fin parece que lo he encontrado) nos vamos levantando uno a uno. Es un momento crítico, porque nada más levantarse hay que cruzar los pies, levantar un brazo y dejar el otro abajo, mientras nos miramos los pies. ¡Tachán! Me toca. Lo hago. ¡Bien!, pensé que no me saldría. Hay que mantener la pose cuatro tiempos y después hacer lo mismo cruzando los pies hacia el otro lado.

Momento de pánico. Hasta aquí iba bien, pero al cambiar de pose, el puñetero suelo inclinado (ya dije que me daba mal rollito) me traiciona y casi me caigo. La sonrisa ya no es sonrisa, se convierte en un apretar de dientes que hace que mis orejas casi se junte a través del esfuerzo que estoy haciendo con la boca, es un gesto de fuerza por mantener la pose cuatro tiempos, ññññññññññññ, “aguanta coño que como te caigas, chiquita vergüenza”. La sonrisa sigue forzada, mis músculos de los pies están en tensión, las nalgas apretadas, y las uñas de los dedos de los pies se aferran al suelo como las garras del águila de Félix Rodríguez de la Fuente a aquella infortunada cabra montesa.

Bolly2

Los cuatro tiempos me parecen eternos y he perdido el hilo de la música. Entonces veo que las “compis” empiezan a girar. ¡Puñetas! Que llego tarde al paso…, y empiezo a girar yo también. ¡Ufffff! He salvado la situación. Me recompongo y conseguimos finalizar la actuación sin que nadie se entere del sufrimiento padecido… Al final se apagan las luces yyyyy… sorpresa… suenan aplausos… ¡Jo! Nos están aplaudiendo, ¡yupi, yupi!, ya sé lo que sienten las focas de los acuarios cuando les aplauden… ¡qué ganas de volver a salir a repetir la actuación! (aunque no hace falta que me den una sardina)…

Salimos “todas” a la vez, nerviosas y contentas, a la parte trasera del escenario. La profe nos dice que se ha emocionado y que ella lo ha visto muy bien.

¡Qué alegría! ¡Que divertido! ¡Qué ilusión! ¡Qué nervios! ¡Qué ganas de mear!… otra vez… ¡maldito potaje!

Acabó.

Cuatro meses de ensayos, y en dos minutos, pin-pan, listo. Cuánto esfuerzo para tan poco rato, pero vale la pena. Una vez que acabas no te crees que hayas actuado. Es como si fuera un sueño.

Ya después de esto, terminamos de ver al resto de grupos que lo hacen increíblemente bien, y disfrutamos del espectáculo. Ya nos hemos relajado.

Se acabaron los nervios, la próxima vez que vuelva al servicio de “CABALLEROS” no será ni por el potaje diurético ni por los nervios, sino por unas cuantas birras que nos metemos entre pecho y espalda para celebrarlo. 

En fin, para que se hagan una idea de lo que les he contado…, les dejo el video de mi primera vez…, mal pensaditos míos.

 

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EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

ikea

Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

estantería

Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

estanteria 2

Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.


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Entrevista de un fannnss.

Amigas y amigos del ORTINorrinco y de Felipe Ortín, hoy estoy en plan vago que te cagas y no tengo ganas de escribir así que, como hacen los del Gobierno, he hecho que curren otros. Sí, hoy se ha encargado de escribir otra persona, Francisco González Sánchez, lector de Idus de Julio y, desde entonces, fan, admirador y amigo mío. Todo un caballero al que hice reír con mi novela y que para agradecerme las sonrisas, me hizo la siguiente entrevista con la que les dejo hoy. Espero que la paladeen más como ambrosía sabrosa que como mazapán enyugante.

UN CAFÉ CON FELIPE ORTÍN GONZÁLEZ, AUTOR DE “IDUS DE JULIO”

Conocí a Felipe Ortín, en  la librería-café Libro en Blanco de Santa Cruz de Tenerife, y decidí comprarle su “Novela”, porque me gusta ayudar y animar a los que empiezan, pero con la intención de ponerla en mi “lista de espera”, como otra muchas novelas, que tal vez nunca llegue a leer, porque  “la vida no me da para más”. Después de leer la dedicatoria que me hizo, “…con cariño de un escribidor novato para que se divierta un rato y saber que había sido alumno del Colegio de Primaria Fernando III el Santo (donde fui profesor unos años, aunque Felipe tuvo la suerte de que yo no le diera clase)  y del Instituto San Hermenegildo, ambos de la Cuesta, alumnos que les recuerdo con muchísimo cariño, le eché un vistazo y le vi una persona sería, humilde y con una sonrisa acogedora. Entonces me dije, “Este tipo lo que tiene de tonto le queda bien”, por lo que decidí darle una primera pasada a su libro, y después una segunda lectura a fondo, como si estuviera corrigiendo un examen, pero lo que conseguí, fue reír, reír y reír…, hasta llegar a la carcajada. Hay que ser muy inteligente y serio para hacer reír. Hoy, “más difícil todavía”, como en el circo.

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Aún no queda muy claro si este tipo es tonto de capirote o realmente inteli…,cualo? Eso sí, los geranios los tiene monísimos de la muerte.

El señor Ortín, me hizo recordar a mis autores más releídos, con lo que guarda un cierto paralelismo: Wenceslao Fernández Flores, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura, a pesar del paso del tiempo. Por todo esto y por mucho más he decidido invitarle a un café para charlar.

– 01. ¿Tienes algún antecedente literario en la familia y de pequeño tenías muchos libros en casa?

Que yo sepa, ninguno, aunque a mi padre le gustaba escribir poemas y pequeñas historias. También llegó a colaborar en algún periódico y hasta hizo una pequeña edición de un libro donde recogía sus escritos al que tituló: “Escritos en voz baja”. También en casa siempre contamos con estanterías repletas de libros, tanto enciclopedias como colecciones de novelas. Aunque lo que realmente devoraba yo eran los Mortadelos y Filemón que podía arramblar de cualquier kiosko o colega…, así me quedé, medio pirado pero, eso sí, con sentido del humor.

– 02.  ¿Tus padres eran lectores? De qué manera influyeron en tu afición a la lectura y escritura

Como buen hijo de mi época, mis padres se pegaban unas palizas a currar para sacarnos adelante y darnos la mejor educación posible, así que no tenían mucho tiempo para leer. Aún así, en los ratos en los que no les montábamos el cirio padre entre mis hermanos y yo, cuando podían leían. A fecha de hoy, ahora que ya los hemos dejado tranquilos, ellos leen bastante. Supongo que de alguna manera, mi afición a la lectura proviene de las tongas de libros que tuvimos siempre por casa. Lo de la escritura debió ser ciencia infusa porque hasta hace poco nunca me dio por molestar a nadie con mis escritos…, hasta que llegó Idus de Julio, para suerte o desgracia de la Humanidad.

– 03.  De tu época en el Complejo Escolar Militar de La Cuesta, algún profesor influyó en tu afición a la Literatura, porque a pesar de tus años se nota que has leído “algo”.

Pues creo que no porque siempre fui un poco Sheldon (como el de la Big Bang Theory) y se me daban las matemáticas y la física, aparte de recibir mi ración correspondiente de collejas en el cole por empollón. Pero sí que recuerdo con cariño a mi profesora de Literatura de 2º de BUP, Montse. Un pedazo de pan. Nunca hacía los deberes y siempre me ponía sobresaliente. Siempre le tuve cariño a aquella profesora pero no creo que influyera en mi amor por la literatura…, aunque lo mío es más bien LiteraBurra.

– 04. ¿Tus autores o libros  favoritos de niño y joven? ¿Alguno te ha marcado de manera singular?

De niño leí mucho a Stephen King y a Enid Blyton y sus “Cinco” (los devoraba). Pero si hubo uno que me encantó especialmente fue Enrique Jardiel Poncela. Me reía con él y aún conservo un ejemplar de “La Tournée de Dios”, cosa fina, oiga. Aunque como le he dicho antes, quién realmente me ha marcado literariamente ha sido Francisco Ibáñez con su incomparable Mortadelo…, eso sí es literatura de la “güena”.

– 05. Ingeniero de Telecomunicaciones -“comunicación”- carrera nada fácil, ¡Por qué ingeniero! Apartado de la literatura, o ¿la hiciste compatible con ella, como hobby o algo así? -Conozco otro ingeniero de esta especialidad, excelente comunicador, periodista y escritor, Luis del Pino, aunque le falta la “chispa” que a ti te sobra-

Pues como he dicho antes, se me daban las mates y la física así que supongo que hice Telecos porque me atraían esas cosas. También, por supuesto, me atraían las mujeres pero eso sí que se me daba fatal…, ¡planté un soberano huerto de calabazas! Y lo de escribir vino muchos años después cuando ya estaba trabajando. No conozco a Luis del Pino pero si usted dice que le falta “chispa” es que debe ser que yo he trabajado de Ingeniero Industrial más que de Telecos y a base de llevarme calambrazos al meterme en los cuadros eléctricos creo que me sobra electricidad estática…, y me falta algo de cordura.

– 06. ¿Cuándo, cómo y por qué? Decides lanzarte, a esta valiente aventura de escribir una novela  

Disculpe que sea soez pero el motivo básico fue porque se me hincharon los cojones. Sí, me harté de una vida rutinaria y quería realizarme. Años buscando algo que me llenara hasta que un buen día escribí una historieta en que contaba mis desgracias a unos colegas. Se descojonaron de la risa. Así que repetí y se volvieron a tronchar. Escribí varias más con idéntico resultado, así que decidí que me gustaba escribir y podía alegrarle la vida a otros. Y me lancé con Idus de Julio y creo que he conseguido el objetivo: realizarme y hacer FELIPIces a otros. Porque, como decía Cantinflas: “El primer deber de todo ser humanos es ser feliz; el segundo, hacer felices a los demás.”.

– 07.  Como primera novela,  “Idus de Julio” cuánto tiene de la biografía  de “Felipe Ortín” o tal vez de un amigo u otra persona conocida.

Aunque es una historia ficticia por supuesto que tiene partes autobiográficas. Especialmente la sensación de ir por la vida sobre raíles sin ilusiones en la vida, cosa que le ocurre al personaje…, y a muchas personas en la actualidad. Hasta cierto punto me da pena cómo nuestras ilusiones de niños se diluyen con la “adultez”. Creo que si no perdiéramos a nuestro niño interior, el mundo iría mejor… (Felipito, estate quieto, no ves que estoy hablando con este señor…, y deja de sacarte petróleo de la nariz)

– 08. A pesar de que tratas de explicarlo de manera mágico-surrealista, a mi modo de ver,  ¿Cómo se te ocurrió el título?

Pues los escritores siempre le echamos la culpa de estas cosas a un personaje ficticio al que llamamos Musa. Pues que sepa que ese personaje existe de verdad. A mí se me apareció durmiendo y el título me vino soñando. Esto es tan cierto como que me llamo Felipe…, creo.

MAJA

La Musa…, ah! no! que es la Maja…, desnuda además… en qué estaría pensando…

-09. ¿Cómo titularás la próxima?, porque pienso que te dedicarás de lleno a escribir, o ¿sólo los fines de semana y a ratos libres?

Pues el título de la próxima ya lo tengo pero es tosssp-secressst. Esto es como santo Tomas, hasta que no lo vea no lo creo. Es decir, cuando finalmente la tenga acabada, la bautizaré pero por ahora está algo verde. Y en cuanto a escribir, estoy empeñado en vivir del Cuento (es decir, honradamente de mis cuentos no como otros que viven de nuestras cuentas…). Y la intención es poder vivir de esto pero la competencia, el mercado y la crisis lo dificultan mucho. Por ahora intentaré compaginar mi actividad con el trabajo diario porque tengo fe en mí mismo ya que el día que pierda la Fe en mi mismo, dejaré de llamarme Felipe y pasaré a ser, simplemente, un Lipe cualquiera.

– 10.  Últimamente qué autores o libros han influido o influyen más en ti.

La verdad es que pocos pero porque leo poco. Cuando te dedicas a escribir no puedes leer más que lo que te interesa para documentarte y no te deja mucho tiempo para más. Además, soy más de ensayo que de novela, con lo que mis referencias literarias actuales están bastante desfasadas. Sí, lo reconozco, soy un as…, un asno quiero decir.

– 11.  Con quien te quedarías, ¿Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverter, Vargas Llosa o Javier Marías? o ¿Tal vez,  una escritora?

Me encantó La Sombra del Viento de Zafón; de Pérez Reverte he leído alguna historia de Alatriste, aunque el libro que más me gustó de él fue “Territorio Comanche”. De Vargas Llosa no he leído nada (disculpe usted mi burrez) y de Javier Marías leo a veces su columna en la revista de El País. Me parece un tipo formidable con una forma de pensar con la que coincido bastante. En cuanto a escritoras, la gran Agatha Crhistie o Enid Blyton, que me hechizaba con sus Cinco.

– 12. ¿Qué opinión te merece el “mundo” que nos ha tocado vivir y que tu parodias con esa fina  y simpática ironía que te caracteriza?

Lo fácil sería decir que el mundo actual es una mierda y está loco pero eso lo viene diciendo la Humanidad desde el origen de los tiempos. Ya un anónimo Caldeo por allá en los tiempos de Matusalem decía: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los hijos no escuchan ya los consejos de los mayores. El fin de los tiempos está próximo.” Sinceramente, la tele y los medios nos venden cientos de miles de desgracias diarias pero porque el ser humanos es miedica por naturaleza. El miedo es una gran herramienta de control de masas y asustar a la peña permite controlarla. Sí, es cierto, el mundo está loco pero debemos recordar que, aunque no se vea, hay más locura de la buena que de la mala… De hecho, yo estoy pirado y aún no sé cómo he conseguido engañarle para que me entreviste…

– 13. (Mi número favorito) ¿Tus hobbies favoritos, fuera de la lectura, la escritura y la ingeniería? Para terminar:  ¿un libro? -no vale “Idus de julio”, ¿una canción?, y ¿una película?

Mi hobby principal durante muchos años fue ser portero de fútbol. ¡Me encantaba! Podía ser el héroe del equipo o el villano al mismo tiempo. Podía volar como Superman para intentar atrapar una pelota o podía retorcerme de dolor si atinaban a darme en los “minibabybel”. Ahora ya, con la edad y renqueante del lumbago, pues me gusta la natación y cocinar. En cuanto a un libro, me quedo con “Sin noticias de Gurp” de Eduardo Mendoza y con “La Tournée de Dios” de Jardiel Poncela porque con ambos me desternillé. De películas destacaría “La vida es bella” o “Intocable” porque no dejan de ser tragedias pero enfocadas con un punto optimista y mucho humor porque, como decía Eduardo Galeano: “el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena”. Finalmente, como canción, elegiría “Thunderstruck” de AC/DC, que no tiene la más puñetera gracia pero cada vez que la escucho, me desmeleno.

Muchísimas gracias, Felipe, por tu amabilidad y por esta maravillosa tarde que me has hecho pasar.

De nada. Que sepa que ha sido un placer y sobre todo a uno le llena el poder hacer feliz a otra persona y creo que con Idus de Julio lo he conseguido con usted. Creo que tenemos que usar más el buen humor en nuestra vida diaria para que este mundo no chirríe tanto. Encantado de haberle conocido y de que se haya reído tanto con mi novela.

Francisco

Un nuevo fan y amigo en mi vida: Francisco González Sánchez


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El faisbu

Bueeeeeeeeeeenas, saludes a todes (que así me ahorro el “saludos y saludas a todos y todas”); hoy en el blosss del ORTINorrinco les explicaré cómo y por qué vendí mis más básicos principios y pasé de ser un ser que se oponía a ser un ser usuario del Facebook y del Whatsapp, a convertirme en un activo y dinámico semi-adicto de ambos.

Sí, yo, como buen ORTINorrinco, era un fiel activista anti-faisbuk y anti-guasap hasta que al panoli de Felipe Ortín le dio por publicar Idus de Julio, su novela, y debía venderla de alguna manera. Obviamente, había varias posibilidades como: instalarse en las ferias junto a los mercadillos de hippies, alquilar una furgoneta con un megáfono y anunciarla a rebuzno pelado como si fueran sardinas frescas o, bien, alongarse al mundo digital y tratar de hacer publicidad de la novela a través de las redes sociales.

Megáfono

Megáfono que me compré para rebuznar a los cuatro vientos la existencia de Idus de Julio

En definitiva, dones y doñas, ñoras y ñores, que sí, sucumbí al Facebook y me tragué mis palabras, aquellas que juré, por la cuquita del niño Jesús, que nunca traicionaría y que defendería a capa y a espada: “Jamás entraré en esa chorrada del Facebook”…, pues ni a capa, ni a espada, vamos, con papitas arrugadas y mojo picón que me las comí. En definitiva, que se cumplió el famoso refrán que dice: “nunca digas: de este agua no beberé, este cura no es mi padre y esta polla no me cabe”. (Sí, lo sé, es soez, pero yo no tengo la culpa de que así sea el refranero español).

Sí, traicioné mis principios para conseguir otros finales. ¿Y por qué me traicioné a mí mismo? Sinceramente, por el dólar, por el euro. Sí, porque, ¿quién no esputa al oír hablar de dinero?… perdón, reformulo la pregunta: ¿quién no es puta al oír hablar de dinero? (cómo cambia el significado de la pregunta por un simple espacio en blanco, ¿eh?). Pues sí. Soy un vendido. Vendí mis principios para que Felipe Ortín pueda vender su librito de marras, es decir, Idus de Julio, y a ver si así podemos vivir honradamente del Cuento y nos retiramos. Vamos que prostituí mis creencias para vender un producto y mi coherencia conmigo mismo quedó dilapidada, aunque, como tengo doble personalidad, puedo elegir la del ORTINorrinco o la de Felipe Ortín para evitar sentir remordimientos.

Así que, finalmente, di el paso e introduje mis datos en Facebook por primera vez. Y me sentí como el mono de la película de “2001 Odisea del Espacio”, cuando lanzaba al aire la tibia de un dinosaurio y esta giraba etérea mientras sonaba la famosa canción: chan, chan, chanchan, chanchan, chaaaaaaaaan, chaaaaaaaaan, chanchaaaaaaan!!!! De repente, al escribir los datos en el “Registrar” de Facebook, de ser el ORTINorrinco Cromagnon piloso que era, me convertí, súbitamente, en un ORTINorrinco Sapiens Sapiens bello y sin vello. Vamos, como si me hubiera dado la depilación láser con una fregona por todo el cuerpo. Instantáneamente, de ser un troglodita, me convertí en un avanzado ser del siglo diecinueveinteyuno. El cavernícola y anarquista digital que era salió de la gruta para entrar en las Redes Sociales. Y el fémur que había lanzado al aire, y que aún seguía girando, caía sobre mi cabeza con la banda sonora de 2001 de fondo: “Tantantantantantantatantan”. Y vi la luz… y las estrellas, por el efecto del porrazo del hueso.

Odisea 2001

Yo cuando era un ORTINorrinco Cromagnon piloso horroroso.

Una vez introducidos mis datos en Facebook, tuve que recurrir a la ayuda de mi santa y paciente esposa para que me explicara cómo funcionaba el rollo, como si yo fuera un niño de dos años (de los antiguos, porque los de hoy en día usan los pulgares a una velocidad asombrosa para jugar en cualquier dispositivo digital que ni Billy el Niño con sus pistolas).

Total, que si esto es tu Biografía, que si aquí puedes Comentar, Compartir y Megustar cada cosa que aparece. Que si esto es tu Muro. ¿Cuál? ¿El de Berlín? ¿El de las Lamentaciones? Pues no, durante algunos momentos se convirtió en el Muro de las Imprecaciones, ya que se me escaparon unos cuantos juramentos porque me hice la picha un lío y no sabía cómo puñetas funcionaba ese rollo (y mira que es bien sencillo). Bueno, aprovechando la mala baba que me entró, y la saliva que salpicó el monitor, aproveché para pasarle un pañito y quitarle el polvo a la pantalla, que estaba llena de mierda.

En definitiva, tras una retahíla de instrucciones y collejas por parte de mi parienta, conseguí comprender que el Muro no deja de ser como el corcho que teníamos colgado de jóvenes en nuestras habitaciones donde pinchábamos con chinchetas nuestras fotos de pedos, borracheras, novias/os o ídolos/las, con la diferencia que, entonces, sólo las veíamos nosotros y ahora, las ve todiós. También me recuerda el Muro a los imanes de la nevera bajo los cuales colgamos el calendario del cole con la foto de nuestros hijos, la lista de la compra o todo aquello que no se nos puede olvidar y, al final, siempre descuidamos. Sin embargo, la diferencia fundamental que veo con el Facebook es que es como los post-its. La gente va pegando uno encima del otro y llega un momento que el tamaño del taco de hojitas amarillas alcanza una altura considerable y, al final, ya no sabes qué estás viendo o no ves lo que otros han ido pegando en la tonga de post-its.

Otra cosa curiosa del Facebook, aparte de que como te descuides engancha más que la metadona, es que haces amigos con una facilidad pasmosa. Me he pegado toda mi vida para conseguir hacer cuatro tristes amigos y, de repente, en menos de dos días conseguí hacer más de cien. Presionante, Im, Presionante. En las escuelas deberían dar tablets para que los niños se relacionaran ya directamente con Facebook. Yo, de joven, me hubiera ahorrado aquello de Cabezón y Cuatro Ojos con tan solo colgar en mi perfil una foto de Robert Reford de jovencito y, hoy en día, no sería un adulto traumatizado con personalidad disociada y capaz de escribir estas historias para poder socializarme y tener amiguitos…

Pero no sólo no traicioné esos principios sino que también derribé otros muros que aún quedaban en pié. Me instalé el Whatsapp. Desde entonces, por fin, soy un ser intercomunicado con todo el mundo y puedo relacionarme con otros ORTINorrincos mediante frases cortas que no dicen nada, caritas sonrientes o enojadas, emoticonos, y largas conversaciones vía chat que se acortarían y nos harían estar más cercanos si usásemos el teléfono para lo que se inventó…¡Para hablar con el otro!!!! Porque que ya casi nadie recuerda para qué sirve para eso del TELES+FONOS (Lejos+sonido) y se usa para casi todo menos para hablar. De hecho, estoy buscando alguna aplicación en el móvil que me permita hacer unos huevos fritos sin tener que usar la arcaica y cutre sartén de toda la vida.

huevos fritos.jpg

Llegará el día en que el móvil sea capaz de hacerme estos huevos fritos

En fin, si cuando me instalé el faisbuc me sentí cómo el Homo Antecessor descubriendo el fuego, cuando un colega mío me descargó e instaló el guasap en el teléfono (sí, mucho Ingeniero de Telecomunicaciones que soy, pero puta idea para descargarme la aplicación), me sentí como Arquímedes cuando descubrió su principio… Sí, me dieron ganas de salir en pelota picada a la calle, con el badajillo pendulando de lado a lado, y gritar: “Eureka, lo encontré, lo  encontré: todo cuerpo que se sumerge en guasap experimenta un empuje hacia el móvil proporcional al número de teléfonos que guarda en su agenda”

Pues sí, aquel fue un paso más en mi evolución como mamífero. Así, en breve, siguiendo la teoría de la evolución, se me comenzarán a estirar los pulgares y éstos se moverán sobre el teclado del móvil como las pinzas de un cangrejo devorando su pitanza. Por ahora, voy de tecla en tecla, pulsando cuatro a la vez con las morcillas que tengo por dedos.

En fin, lo curioso es que, ahora, aquellos amigos que tanto daban por saco insistiendo en que me pusiera el guasap de una puñetera vez, hoy en día se arrepienten de haberme dado tal consejo pues me dedico a crear listas de difusión y bombardearlos para que se compren Idus de Julio o que se lo vendan a sus amistades. ¡Vida cruel! Crearon un monstruo.

Eso por no decir que cada vez que publico en el Facebook, entro cada cinco minutos, como un panoli, para comprobar cuántos Megustar tengo mientras pienso: “Venga, cabrones, denle al Me gusta, que sólo llevo dos, josdeputa”…, curiosamente, lo mismo que pienso cuando hago mis entradas en el blosss y nadie hace ningún comentario… Y no miro a nadie…, querido lector…

 

 


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Los sistemas métricos

Saaaaaaaaaaaaaaludos nuevamente a todos los telelectores, telelectoras y demás teleles del blosss del ORTINorrinco. Hoy, para no variar, volvemos con esas pequeñas anécdotas ocultas en Idus de Julio, esa novela única e irrepetible de Felipe Ortín (única porque por ahora no tiene otra publicada e irrepetible porque a ver si tiene las narices de volver a escribirla).

Nuevamente explicaremos otra anécdota introducida en Idus de Julio y que esta vez tiene que ver con el sistema métrico decimal, el sistema de medición anglosajón, los problemas de incompatibilidades que puede haber entre éstos y las catástrofes que pueden ocurrir por no ponerse de acuerdo la Humanidad en cómo medir las distancias.

Y es que, en pleno siglo equis-equis-palito, aún no comprendo por qué no se han uniformizado universalmente los métodos de medición y más cuando el sistema métrico decimal es tan sencillo como multiplicar o dividir por diez para cambiar de escala y santas pascuas. Porque mira que es complicado, como hacen los anglosajones, establecer las medidas como se hacía milenios atrás, basándose en medidas antropomórficas, tales como pulgadas (ancho de la primera falange del pulgar), pies, yardas (la mitad de la longitud de los brazos extendidos), codos (distancia entre el codo y el final de la mano abierta), palmos o brazas (longitud de un par de brazos extendidos).

Vale que, en aquel entonces, no había un patrón estándar de medición y se tenía que usar algún método para calcular las distancias y cada rey o gobernante establecía dichas medidas en función de las dimensiones de su propio cuerpo: su pie, su palma de la mano, su brazo, su pulgar, su codo, etc. El problema surgía porque cada uno tenía su anatomía y las unidades métricas variaban considerablemente de un reino a otro ya que, para establecer la longitud de un pie, no era lo mismo, a lo mejor, las lanchas que calzase Olaf, el rey de Noruega, que los zuecos que pudiera utilizar Catalina la Grande…, vamos, digo yo.

si-el-name-peludo-de-felipe-el-hermosoMenos mal que por esa época no les dio por tomar como patrones medidas extrañas, yo que sé, por ejemplo, igual a algún rey tarado le podía haber dado por haberse medido la minga y, hoy en día, en lugar de pedir “cuatro metros de cable de antena”, podríamos tener conversaciones del tipo:

  • Hola, me da cuatro pollas de cable de antena
  • ¿Erectas o flácidas?

Y aquí aparecería el primer conflicto en cuanto a las medidas. Por no decir que el dependiente también podría afinar un poco más y tratar de aclararse con un: “¿formato estándar o formato negro del guasap?”.

Incluso, también, a alguna reina se le podía haber ocurrido pesarse el pecho en una balanza y establecer una nueva medida patrón de peso: la teta. Con lo cual, actualmente, en lugar de un par de kilos de azúcar podríamos pedir un par de tetas de azúcar. Y, nuevamente, podría surgir la discordia: “¿teta Nefertiti o teta Sabrina?”

En definitiva, y volviendo al tema, que con las medidas anglosajonas no hay dios que se aclare (bueno, tal vez el dios de los protestantes) porque no tienen relación directa entre ellas y pasar de una a otra es algo más complicado que multiplicar o dividir por diez; por ejemplo, una milla son cinco mil doscientos ochenta pies…, vamos, todo el rato con la calculadora científica en la mano.

Menos mal que para establecer y dar un orden a la cosa, allá por la revolución francesa, en 1791, Pierre Francois Méchain y Jean Baptiste Delambre fueron contratados por su gobierno para establecer un patrón universal de medida estándar, básicamente para evitar lo anteriormente comentado, es decir, que cada vez que se cambiaba o guillotinara a un rey, las distancias se acortaran o alargaran misteriosamente según la alpargata que llevara puesta el nuevo monarca. Para ello, los tipos se fueron a Barcelona y desde allí consiguieron medir, más o menos a ojo de buen cubero, la distancia del meridiano Dunkerque-Barcelona (de hecho la Meridiana se llama así debido a que por ahí pasa dicho meridiano) y establecieron el metro como la “diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano terrestre”. Y, a partir de ahí, nació el sistema métrico decimal.

Después de ellos llegaron algunos tipos, aún más repelentes que el Sheldon de la Big-Bang Theory, y en 1960 establecieron el metro como: “1.650.763,73 longitudes de onda de la luz anaranjada-rojiza emitida por el isótopo criptón 86”. Una definición que, aparte de entenderla su padre, seguramente la hizo el tipo que más collejas se llevaba en su instituto por empollón, gafotas y sabiondo. Y por si la anterior definición nos fuera fácil de entender a los cenutrios que no estudiamos física nuclear, unos tipos aún más frikis, en 1983, terminaron de redondear la cosa para establecer al metro como: “la longitud del espacio recorrido por la luz en el vacío durante un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 de segundo”.

Pero bueno, volviendo al tema de las anécdotas de Idus de Julio, la que colé en la novela hacía referencia a la Mars Orbiter Climate, una sonda espacial destinada a “explorar en Marte” aunque, más bien, fue destinada a “explotar en Marte”…, sí sólo es un cambio de consonante, una “r” por “t”, pero este pequeño error tipográfico es similar a lo que ocurrió. ¿Y por qué?

Pues nada, muy sencillo, los amigos de la NASA (aquellos de “Jiuston güi jaf a problem” con el Apolo XIII) tuvieron un pequeño error de coordinación. El laboratorio de Propulsión utilizó el sistema métrico decimal y el laboratorio de Navegación, el sistema métrico anglosajón; es decir, los mamelucos que construyeron el aparato lo programaron para moverse en metros y kilómetros mientras que los centollos encargados de darles las órdenes de maniobra se las metían en pieses, pulgadas y millas. Total, que la sonda, que tenía que pasar a unos 150 kilómetros de altura sobre la atmósfera de Marte, pasó a tan solo 57 kilómetros y se achicharró.  En definitiva, que los de la NASA le pegaron fuego a unos 125 millones de dólares por no hablar en el mismo idioma (que, manda narices, se supone que es el inglés)

Nave espacial2.jpg

Todo esto no hubiera sucedido si, por ejemplo, tuviéramos un solo patrón universal de medida como es el sencillo sistema métrico decimal. O también, si algún rey con cojones hubiera logrado establecer el patrón pinga y, por sus santos bemoles, hubiera convencido a toda la humanidad de utilizar sus regios atributos como medida estándar universal. Y así, hoy en día, en las Olimpiadas, el Usain Bolt en lugar de correr los cien metros lisos estaría corriendo las 666 pingas lisas (utilizando un patrón “pene morcillón” de 15 centímetros para la conversión de metros a pingas)

Eso sí, tal vez no haya nunca una unanimidad en cuanto a criterios para establecer las distancias y que la Humanidad jamás acuerde un único modo de medir las cosas; sin embargo, en lo que sí que hay unanimidad absoluta es que Idus de Julio es la pera limonera. No debes perdértela…, Idus de Julio quiero decir, la pera limonera está buena, pero mejor unos buenos Idus…

Sean FELIPIces.

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La Escalera

Como ya saben, mis leales y lealas lectores y lectoras, el ORTINorrinco es un animal que fue creado por la Naturaleza un día que Dios estaba guasón, y tal vez algo beodo, y, así como la mujer fue creada del hombre a través de la costilla de Adán (al menos eso dice la Biblia), el ORTINorrinco fue hecho a cachos por el Supremo Hacedor el día que le faltaban piezas y cogió el pico de un pato, las patas de una nutria, la cola de un castor y las juntó todas en un solo bicho. Y, por si fuera poco, se hizo la picha un lío y mezcló mamíferos con ovíparos para que nos reprodujéramos. En definitiva, una auténtica chapuza celestial. Vamos, como cuando un niño de tres años coge trozos de pastilina de distintos colores y los une sin ton ni son a base de escacharlos.

Y por si fuera poca desgracia estar montado a cachos, conmigo, particularmente, la Hija de la Madre Naturaleza fue aún más vengativa.

Y es que al poco de salir del cascarón, con tan sólo seis añitos de edad, mis padres descubrieron que, además de tener sangre de ORTINorrinco, había heredado algo de la genética de los topos y que no veía ni tres montado en un burro debido a una miopía de caballo que hacía que me fuera dando topetazos con las paredes de la casa al igual que uno de esos aspiradores automáticos que van rebotando por toda la casa mientras aspiran solos. Es decir, yo sólo cambiaba de sentido de la marcha o de dirección cuando topaba con algún muro de nuestro hogar y, así, mientras yo no notara el impacto, seguía fielmente la primera Ley de Newton y “mi cuerpo mantenía su movimiento y velocidad uniformes” y no me detenía hasta que una fuerza externa era aplicada sobre mi…, básicamente el morrazo contra algún obstáculo.

En definitiva, que mis padres se estaban arruinando a base de aplicarme lociones antiinflamatorias para evitar que los chichones en medio de la frente hicieran que el resto de la fauna animal me confundiera con un unicornio. Por tanto, tras la visita al oftalmólogo u oculista (que siempre pensé que era el médico del culo) me impusieron sobre las narices unas preciosas gafas de pasta con unos cristales de cinco milímetros de espesor…, lo que en el lenguaje técnico y específico de la oftalmología  se denomina como: “culos de botella”.

Esa fue la primera chapucilla adicional que la Naturaleza hizo conmigo pero, para desgracia mía, éste no fue el único accesorio adicional que me colocaron durante mi infancia. Por esa época mis padres estaban empeñados en visitar a todos los médicos de la plantilla de la Seguridad Social y, así, con siete añitos, el pediatra detectó que yo tenía los pies planos, por lo que me calzaron con unas maravillosas botas ortopédicas para que se me intensificara el “puente” de las plantas de mis extremidades inferiores. Esto implicaba que, más que caminar, yo desfilaba haciendo el Paso de la Oca. Y para rematar, con ocho años, el dentista indicó a mis padres que mi paladar era un pelín estrecho y que si no lo corregían a tiempo, en vez de dentadura, yo dispondría de una mazorca de dientes en el interior de mi boca. Por tanto, para enmendar la plana, me colocaron un conjunto de hierros y plásticos en el interior de mi hocico para “mejorar mi sonrisa”.

la-escalera-1Menos mal que a los nueve años, mis progenitores, finalmente, dejaron de ir a los especialistas sanitarios pues arreglar a su niño les estaba costando un huevo de la cara, ya que cada vez que iban de visita a una de estas consultas era un gadget nuevo que añadirme. Así que, gracias a que mis padres tenían una economía ajustada, dejé de ver más médicos porque, si no, fijo que me hubieran puesto un armazón metálico para ajustar alguna supuesta escoliosis o algún médico capullo me hubiera detectado una fimosis bífida que hubiera requerido amputación extra de la punta de mi minga.

En definitiva, a los nueve años yo era un niño completamente “tuneado” con gafas de cegatón, botas ortopédicas y un fantástico aparato de dientes que hacía que mi pronunciación derrapara cuando llegaba a la letra “s”, haciendo que mi boca funcionara como un aspersor, en mi caso, de babas. Todo lo anterior, unido a que la Naturaleza me dotó de un prodigioso cabezón sobre mis hombros, me induce, aún hoy en día, a pensar que mis padres no estaban muy concentrados en la labor de la procreación en el momento de mi concepción y he llegado a pensar que, en caso de haber nacido dentro de una tribu Sioux, yo hubiera podido tener nombres totémicos del tipo “Gomita Picada”, “Látex Traidor”, “Durex flácido” o “Fuera DEL Control”. En definitiva, de aquellos polvos, estos lodos (nunca mejor dicho).

De esa guisa no sé cómo aún tenía valor para ir al colegio. ¡Porque había que tener valor! Por aquel entonces los compañeros del cole me conocían por apelativos tan cariñosos como: Cuatro Ojos, Cabezón, Cabeza Buque, Frankenstein, Aspersor y muchos más, a cada cual más entrañable.

Menos mal que la Teoría de la Evolución funciona y desarrollé otros mecanismos de defensa, con lo que yo era capaz de mimetizarme perfectamente, como un camaleón, con el fondo del escenario en el que me encontrase en cada momento para pasar inadvertido, a la vez que mi tono de voz se hizo cada vez más tenue. De esta manera conseguía evitar alguna colleja que pudiera escapársele sin control a cualquier chaval más grande que yo.

Curiosamente, yo tenía el set completo de elementos de tuning diagnosticados por las diferentes áreas de la medicina pero, a diferencia de los coches, dónde el tuning sirve para embellecer o darle más velocidad a los vehículos, en mi ser, estos dispositivos me convertían en un perfecto patito feo, además de dificultar mi sprint de huída de los abusadores de la clase. Sobre todo las botas ortopédicas, que impedían el juego completo de las articulaciones de mis tobillos, lo que hacía que pareciera el Jovencito Frankestein a la hora de correr.

Y gracias a aquellas botas ortopédicas puedo decir, con casi absoluta seguridad, que hoy en día tengo la personalidad disociada entre el ORTINorrinco y Felipe Ortín.

Ocurrió un buen día de cole.

Era el día del Maestro y por aquella época aún se les respetaba, se les hacía caso y, dependiendo de qué profesor, hasta se les tenía pavor o cariño. Era costumbre que en esa fecha se les llevara algún presente como muestra de aprecio o consideración. Yo no recuerdo qué había construido exactamente para regalarle a mi maestra, “Doña Esperanza” (porque en aquel entonces todas las profesoras eran “doñas” aunque tuviesen veinte años de edad), pero sí que, aparte de la mochila cargada de libros a la espalda, yo iba con una mano sujetando el dichoso trabajo manual y en la otra una pelota de fútbol.

Vivíamos en un primer piso y la escalera contaba con veinte peldaños para salvar los cuatro metros de desnivel entre la puerta de mi casa y la de la calle. Como cada mañana, salí al rellano para bajar a esperar la guagua (autobús, para los peninsulares y peninsularas) del colegio. Antes de empezar a descender, mi madre realizó el protocolo habitual de despedida, que consistía en:

  • Meterme los faldones de la camisa por dentro del pantalón. Una vez bien puesta, tiraba de mis pantalones hacia arriba hasta que la cruz del mismo hacía tope con los “minibabybeles”, momento en el que yo me quejaba por el dolor escrotal y mi madre dejaba de torturarme. Tras esto, me ajustaba el cinturón.
  • Darme un beso y, como toda madre que se precie, terminar de peinarme mojándose los dedos con dos salivazos, de esos que cuando eres niño tanto asco te dan pero que después uno repite con sus propios hijos cuando uno se hace adulto.

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Finalizado el procedimiento, y recibido el cariñoso ósculo materno, me giré dispuesto a bajar hacia la calle.

Cargado con la mochila en la espalda, el trabajo manual bajo un brazo, el balón de reglamento bajo el otro, añadido a que mi centro de gravedad estaba en la cabeza, debido al prodigioso tamaño de la misma y lo escuchimizado de mi cuerpo, con el agravante de la trampa mortal que suponía aquel calzado ortopédico; el desenlace era de esperar.

Di un paso hacia los escalones pero, en ese momento, mi traidora bota resbaló y mi pie cayó sobre la primera huella de la escalera. Con esta brusca maniobra mi cuerpo se inclinó rápidamente hacia atrás debido al peso de la mochila. La reacción instintiva de mi cerebro fue dar la orden de mover todo mi organismo hacia adelante para compensar, tratar de equilibrarme y evitar la caída de espaldas.

Sin embargo, lo que no calcularon mis jóvenes e inexpertas neuronas era que mi cráneo disponía de más masa que el resto de mi ser con lo que el centro de gravedad, ubicado en lo alto de mi cocorota, se desplazó violentamente hacia adelante y ya no hubo posibilidad de enmendar el trastazo.

Mi cuerpo giró completamente sobre sí mismo, utilizando la mollera como eje, cual tentetieso, haciendo que mis piernas salieran disparadas hacia arriba. El siguiente impacto con los peldaños no fue con un pie, como normalmente ocurre cuando se baja una escalera, sino con todo el cabezón. No sé cuantas volteretas sobre mí  mismo realicé pero debió ser un triple salto mortal y doble tirabuzón con infarto de miocardio materno, que contemplaba la escena desde arriba.

La mayor parte de mis gadgets abandonaron cobardemente mis dependencias. Las gafas saltaron en el primer impacto, el aparato bucal se quedó a mitad de camino y, como suele ocurrir en todos los accidentes, perdí uno de los traicioneros zapatos ortopédicos. El trabajo manual quedó desparramado por todas partes y, mientras yo acababa despanzurrado en el zaguán, la pelota terminaba de rebotar, guasona, al lado de mi oreja derecha.

Resumiendo, un talegazo de trending tópic.

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Milagrosamente, no me pasó absolutamente nada. Eso sí, a mi madre, al verme rebotar de escalón en escalón, se le dilataron las pupilas al máximo, sus pulmones olvidaron de recolectar oxígeno, el corazón se le detuvo, su sangre dejó de circular por sus venas y su cuerpo desapareció camuflado con el blanco de las paredes.

Supongo que una vez recuperada del susto, aquella buena mujer batió el record mundial de salto de longitud al bajar hasta la puerta de la calle con un único y prodigioso brinco para comprobar el estado de su primogénito.

En definitiva, que yo creo que debido a aquel trastazo mi personalidad de ORTINorrinco se disoció y apareció el listo de Felipe Ortín; aunque tan sólo es una suposición, no puedo afirmarlo rotundamente.

Lo que sí puedo afirmar es que aquel día me escaqueé de ir a clase y me colmaron de helados. También, desde entonces, cada vez que bajo una escalera me aferro desquiciadamente al pasamanos a pesar de que mi centro de gravedad ya se ha desplazado desde lo alto de mi cabezón a mi bien regada barriguita cervecera.

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Glòria Bastardes Vs El ORTINorrinco

ORTINORRINCO: Saludos y saludas nuevamente a los fantásticos y fantásticas fanáticos y fanáticas de este blosss del ORTINorrinco. Hoy volvemos nuevamente a nuestra sección habitual del ORTINorrinco-Escultura para educarlos en los sabios caminos de la curtura y el harte, de forma que ustedes se conviertan en personas formadas e instruidas que no cometan faltas de orticultura. Hoy nos encontramos con una persona a la que siempre meten prisas: Glòria Vas Tarde.

GLÒRIA BASTARDES: Disculpe caballero, es Bastardes…, todo junto y con B.

OR: ¡Ah! ¡Oh! Perdón, perdón…, tenía mal mis notas. Creí que…, bueno, ejem…, vayamos al grano. Nos encontramos hoy con Glòria Bastardes, fundadora y directora de la escuela de baile Bailongu de Barcelona. Bueno, para empezar, dígame, ¿de dónde surge el nombre de Bailongu?

img_20160912_115713El ORTINorrinco junto a Glòria Bastardes… un documento gráfico para la posteridad…, es decir, para hacerlo un poster.

GB: Bueno, en catalán una persona bailonga es alguien a quien le gusta mucho bailar, así que de ahí tomé el nombre. ¿A usted le gusta bailar?

OR: No mucho, aunque de pequeño sí que movía mucho el culete pero con los años dejé de hacerlo.

GB: ¿Y eso?

OR: Ejem…, desaparecieron las lombrices…, ¿sabe usted?

GB: Podría haberse ahorrado el comentario.

OR: Y dígame, ¿cómo comenzó usted? ¿Cómo creó este emporio del baile y de la danza llamado Bailongu?

GB: Bueno, yo de pequeña siempre quise hacer ballet pero mis padres no me dejaban. Mi madre decía que servía para bailarina cómica. Cuando fui mayor empecé a bailar en un Esbart de Gràcia y también a aprender danzas populares y bailes de salón con Mariona Cortes. Y mimo y expresión corporal en el Timbal. Estudié magisterio y me dediqué a la docencia hasta que nacieron mis hijos y lo dejé. Sin embargo seguí trabajando con niños dando clases de danza y expresión corporal. 

OR: ¡Oh! Yo también hice mimo de pequeño.

GB: ¡Ah! ¿Sí?

OR: Sí, ¡durante muchos años!… Yo mimé a mi mamá y mi mamá me mimó a mí… Vamos, lo escribí cienes y cienes de veces.

GB: ¡La madre del cordero…! ¿Va durar mucho esta entrevista?

OR: Bueno, lo justo y necesario. Pero continúe, continúe. ¿Cómo siguió la cosa?

GB: Seguí dando clases de bailes de salón y de danzas populares. Iba con el “loro” a institutos, centros cívicos y a donde me lo pedían. Durante un tiempo estuve asociada con Mariona Cortes y Vicenç Torremadé para dirigir una escuela en la calle Llibertat. Pero continué mi camino sola. Intentos de montar mi propia escuela que no funcionaron, experiencias… Y en 1989 nació la marca Bailongu. Empecé organizando bailes con orquesta en la Sala Verdi durante un tiempo y dando clases en distintos locales. Mucho trabajo y mucho esfuerzo. Al final abrí la escuela en la calle Torrent de les Flors, en un antigua fábrica.

OR: ¿Y cómo los recibía? ¿Cómo en la serie Fama? Como la profe aquella con el palo que decía lo de: “Tenéis muchos sueños, queréis la fama pero la fama cuesta…, pues aquí es donde vais a empezar a pagar… ¡con sudor!”…, y luego daba dos golpes con el palo en el suelo y se quedaba tan pancha mirando a los alumnos con cara de “os vais a cagar, chavales”.

debie-allenEstudiada pose de profe de baile, que tanto sirve para amaestrar a los alumnos como para sacar a las cabras a pastar al monte, con frases completamente útiles en ambos casos como: “¡Yep, yep, saaalta pallí, brinca pacá Copito de Nieve!”

GB: No, no. Nada de eso. Bailongu siempre ha sido un lugar donde acogemos a todo el que quiera pasar un rato divertido aprendiendo a bailar. Aquí la gente viene por diversión. Mucha gente se apunta a un gimnasio y luego no va porque se aburren. Aquí es más bien al revés, la gente que se matricula asiste a las clases porque vienen a pasar un rato agradable y a desconectarse del día a día.

OR: Pero ustedes tienen diferentes niveles de aprendizaje. Seguro que algún alumno tronco-col habrá tenido.

GB: Pues aparte de usted, que aún no sabemos cómo consiguió bailar Bollywood, sí, efectivamente, he tenido alumnos difíciles. Recuerdo a uno de ellos al que hice repetir cada nivel tres veces, pensando que jamás aprendería, pero el hombre se esforzó y al final aprendió.

OR: Y luego, ¿qué ocurrió? ¿Cómo terminaron en el Passatge d´Utset, 11?

GB: Pues la antigua fábrica de Torrent de les Flors se remodelaba para hacer pisos y tuvimos que buscar un nuevo local. De todas formas, aquello se nos estaba quedando pequeño. Ya tuve que contratar profesores para cubrir todas las horas y poder atender a todos los grupos de gente que nos solicitaban aprender a bailar.

OR: Sí, tengo entendido que casi tienen mil seiscientos alumnos…, vamos si yo tuviera semejante cantidad de lectores en el blosss me retiraba a las Bahamas a rascarme el ombligo y a vivir de las rentas.

GB: La verdad es que, como le he dicho antes, este es un lugar donde la gente viene, principalmente, a divertirse y la gente suele repetir, con lo que tendemos a crecer. También nos ayuda el tener una gran diversidad de tipos de bailes que enseñar: Bollywood, Danza Oriental, Ritmos Latinos, Tango, Bachata, Comedia Musical, Salsa, Rock, Kizomba, Bailes de Salón, Hip Hop, etcétera.

OR: O sí. Yo probé el Bollywood y me quedé enganchado. Disfruté como todo un ORTINorrinco.

GB: Sí…, lo recuerdo. Algo irrepetible…

OR: Sí, ¡qué tiempos aquellos!

GB: Quiero decir irrepetible… ¡que no repita por Dios! Aún tengo a Lali Ribalta, su profesora, traumatizada por aquello.

OR: ¿Qué insinúa?

GB: Nada, nada. Continúe con sus preguntas…, a ver si acabamos prontito.

OR: ¿Pero usted sigue dando clases o ya se ha arrepochado en la poltrona?

GB: Yo siempre me he considerado profesora, no empresaria, sin embargo, poder organizar y llevar la escuela me absorbe tanto tiempo que he dejado de dar clases. Ahora cuento con un equipo de 28 profesores que se encargan de atender y enseñar a los alumnos.

OR: ¿Y no lo echa de menos?

GB: ¡Por supuesto! Dar clases no es nada fácil, sin embargo, es muy gratificante ver la progresión de tus alumnos y ver cómo, poco a poco, de no saber ni dar un sencillo paso van soltándose y terminan bailando. Me produce una gran satisfacción ver la alegría de los alumnos cuando por fin se atreven a salir a la pista de baile sin miedo ni vergüenza. Y esto también se lo trato de inculcar a mis profesores. Un profesor que ama lo que hace y que le gusta bailar transmitirá a sus alumnos esa misma ilusión y emoción por el baile, con lo que los alumnos se divertirán y quedarán contentos al ver su propia progresión y aprendizaje.

OR: Y dígame, ¿aquí es fácil ligar? Lo digo por si la ORTINorrinca algún día se cansa de mí.

GB: Bueno, le diría que aquí pasa de todo. Es cierto que de aquí han salido muchas parejas pero…, también se han roto algunas.

OR: ¿Y eso?

GB: En el baile en pareja cada uno tiene su papel y hay que saberlo ejercer correctamente; en algunos momentos pueden generarse tensiones… El baile crea un ambiente íntimo y de relación social que puede poner a prueba la estabilidad de las parejas.

OR: Bueno, sepa que yo vine a probar el Tango con la ORTINorrinca y casi terminamos desmatrimoniados. Como en el baile manda el hombre, ella quería que yo empezara a moverla mientras yo aún estaba intentando encontrar el ritmo de la música, con lo cual, yo estaba como una estatua escuchando la música mientras ella quería arrancarse. Eso por no decir que cuando por fin me decidí a moverme aquello era como pisar uvas en un lagar…, le escaché todos los dedos de los pieses. Vamos, que aquella noche tuve que incubar yo los huevos de ORTINorrinco en el sofá de casa. ¡Chiquita bronca!

GB: Es que el Tango es una prueba de fuego para las parejas porque no tiene un ritmo fijo y el hombre puede ralentizar o acelerar los movimientos según él desee y tiene que estar muy atento a su pareja para llevarla.

OR: Pues está claro que con mis zancos palmípedos no estoy hecho para el Tango. Y bueno, a usted, ¿qué tipo de baile le gusta más?

GB: Me gusta todo el baile que tenga raíces, que se baile con el corazón y la música. Me gustan mucho los bailes tradicionales y los bailes de salón. También me gusta mucho ver cómo se baila en los países de origen. Hemos viajado, con profesores de la escuela, a Brasil, Cuba, Argentina y República Dominicana para ver cómo se baila allí. Intentamos que lo que enseñamos nosotros sea lo más auténtico. El movimiento y el ritmo que tienen en algunos países es difícil de traspasar. Supongo que lo llevan en la sangre.

OR: Pues yo debo tener horchata por mis venas porque lo de los ritmos latinos se me da fatal.

GB: Lo sé. La profesora de Bailes Latinos no lo echó de clase por pena.

OR: Sí, todo un detalle por su parte. En fin, leedores y leedoras del blosss, ya saben. Si se quieren pasar un rato divertido, les recomiendo que pasen por Bailongu y prueben alguna de sus clases. Yo, a pesar de que me dejé las uñas sobre el asfalto cuando mi mujer me trajo hasta aquí a rastras, descubrí lo divertido que puede ser bailar y me apunté a Bollywood. Parecía un pato mareado pero me lo pasé pipa. Así que ya saben dónde está Bailongu, en el Passatge d´Utset, número 11 de Barcelona y si quieren saber más pueden entrar en www.bailongu.com . Oiga, y si intento la danza clásica…

GB: Creo que usted no está hecho para eso…

OR: ¿No? ¿Qué le parece este Pas de Bourrée?

GB: No, no… ¡No, lo haga…!

OR: Arrrrrrrrrgggghhhh,… mis rodillas, mis gemelos…, ayvá Dios, ¡mis gemelas!…, ¡qué daño!

GB: ¡Se lo dije! Que yo le he visto bailar y no está usted hecho para esto.

OR: ¡Sorroco, aulixio! Una ambulancia…

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