Felipe Ortín

Escribidor


2 comentarios

EL IKEA

Saludos y saludas nuevamente a mis y misas lectores y lectoras del ORTINorrinco. Hoy volvemos a la carga con una historia de amor. De verdadero amor. De esas que enternecen. Porque, ¿acaso no hay nada más bonito que te estés tomando una cervecita en casa, relajado después de un duro día de trabajo, y tu parienta llegue y te diga: “¿vamos al IKEA, pocholito mío?” y tú, atragantándote con la birra y haciendo de tripas corazón, respondes: “sí…, sí…, claro…, claro…, cariñññññooooosssssssss”, mientras piensas “como le diga que no, la cago”?

Carajo, ¡eso es amor incondicional!

Pues eso, ¿quién no ha gozado de ir a IKEA a pasear por su interminable pasillo, ese que por narices tienes que recorrerte todo enterito para comprar un simple marco pa´ una foto? Yo creo que los corredores de maratón, en su rutina diaria de entrenamiento, tienen: calentamientos, estiramientos, abdominales y sesiones de carrera por el puñetero pasillo de IKEA y, para repostar mientras pasan corriendo, en la cantina les dan vasos de agua y esas albóndigas suecas que fijo provocan cagaleras…, por eso todos los corredores de maratón están tan flacos, no porque corran mucho.

ikea

Y bueno, lo de IKEA es un nombre que tiene su tela y que sólo lo pronunciamos así nosotros, los españoles. Una vez fuimos de turismo a Suecia y por la curiosidad quisimos ver si los IKEAs de allí son como los del aquí. Ni cortos ni perezosos, mi esposa y yo destapamos el jarrón de las esencias de nuestro conocimiento de lenguas y, utilizando el inglés de garrafón que solemos tener los hispano-parlantes, le preguntamos a un señor que paseaba por las calles de Estocolmo: “Jjjjjjjjjjjjeelou, jjaguarrrrrrr yú? Can yu telas güear is de IKEA, plisssssssss?”. El hombre, ante nuestra fantástica pronunciación, nos miró como John Wayne a los indios arapahoes y nos contestó: “¿Sorry, what? IKEA, I don´t know what you mean…”

Y entonces se entabló la típica y estúpida conversación en la cual se alza la voz, chillando para intentar que el otro te entienda, sin comprender que, por más que le grites, el otro no es sordo, es guiri, y no habla tu lengua. En definitiva, que cuando ya los decibelios de nuestros alaridos hacían temblar los lobulillos de las orejas del pobre sueco, decidimos cambiar de táctica y hacer mímica. Bastó con dibujar una llave Allen para que al hombre se le abriera inmediatamente la mente y dijera: “¡Ja Nokia, lø Aikíiia!”, que traducido del sueco debe ser algo así como: “¡Ya coño, el Ikea!”

En definitiva, que para el resto del planeta, el Ikea es el… “Aikíiia”. ¡Cámbate las patas! Eso es como la pasta de dientes Colgate, universalmente conocida como “Colgueit”, o como los neumáticos Firestone, procunciado “Faieston”. Que lo sepan por si salen al extranjero; no me hagan el paleto. Y también, para que lo sepan, los alemanes se burlan del IKEA y lo denominan: “I-dioten K-auffen E-infang A-lles” (Los idiotas lo compran todo).

Pues bueno, acorralado como Rambo, no me quedó más remedio que ir a IKEA con mi señora ORTINorrinca; aunque bien era cierto que necesitábamos muebles para el salón de nuestra madriguera y no quedaba otra.

Recuerdo que cuando yo era un joven ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis padres, cada vez que querían comprar muebles, se iban al “BOOM de los Muebles” (cuyo logo era una explosión y cuyo anuncio cutre y con música de los 70 salía antes de los trailers de las películas cuando íbamos al cine). Total, que allí, en el BOOOOM de los Muebles, compraban lo que querían y santas pascuas, nada de hacer de carpintero.

Pero, hoy en día, si de pequeño te traumatizaste porque los Reyes Magos nunca te dejaron un Mecano, una maqueta o un castillo de lego para montar, puedes irte a IKEA y comprar tu mueble a piezas para que te lo montes tú solito y estar orgulloso de jugar a ser carpintero con tablones de viruta prensada, una llave Allen, los famosos tornillos strunjöls y sus tuercas smøgollon. Eso, o ir sometido por tu esposa, como es mi caso.

Pues tras la maratón a paso de tortuga por los pasillos del IKEA nos decidimos por comprar varias estanterías (la famosa Billy, universalmente conocida) y varios armarios para el salón. Obviamente, tras el dispendio, no íbamos a gastarnos más pasta en transporte, así que decidimos llevarnos la mercancía en nuestro humilde utilitario.

Craso error.

Por supuesto, tras cargar varias cajas en el maletero, este se llenó enseguida y para que cupieran los largueros de las estanterías sólo había una forma: abrir las cajas y meter los listones uno a uno colocándolos cruzados desde el capó trasero hacia el asiento del acompañante del conductor.

Desmadejamos las cajas y, uno a uno, fuimos introduciendo los tableros de las Billy en el coche. Para no dejar los cartones de las cajas en el parking del IKEA, y no quedar como unos patanes, decidimos doblarlos y tirarlos a la basura. La verdad es que estuvimos un buen rato para tratar de doblar los cartones, sorprendidos por lo rígidos que eran (incluso mi señora se subió sobre ellos para intentar romperlos), hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta que estábamos doblando…, ¡la parte de atrás de la estantería Billy! Sí, sí, esa que viene doblada en tres partes y hay que clavar por detrás para que la estantería dé el pego y no quede inestable. Sí, lo sé, aparte de ORTINorrincos…, ¡chiquitos toletes! Avergonzados, miramos a nuestro alrededor por si alguien nos estaba viendo hacer el palurdo de semejante manera y terminamos de cargar el coche a toda pastilla.

estantería

Huimos de allí, abochornados de ser unos totorotas, y llegamos a casa con el coche en tercera, porque no había manera de meter más marchas, ya que los tablones impedían meter la cuarta, la quinta y la marcha atrás. Eso por no decir que yo no veía ni a mi señora ni al espejo retrovisor del lado derecho, ambos ocultos por los tablones. De hecho, para cambiar de carril, era mi señora la que me indicaba, cual Luis Moya, pues yo no veía nada salvo por el espejo retrovisor del lado izquierdo.

En la seguridad de nuestro hogar y tras la descarga, al cabo de un par de días de tener la casa entogada de tablas, llegó la hora de montar los muebles, nada, poca cosa: 5 estanterías Billy, 3 mesas de despacho, 1 cajonera, 2 vitrinas BESTǺ y un mueble para la tele también de la serie BESTǺ.

Y, cómo no, comenzaron los problemas para éste ave zancuda que soy. Cada mueble con su tocada particular de cojones…, se lo aviso para cuando les llegue el momento.

Para empezar, tras montar en el suelo la primera estantería Billy, de dos metros diez de altura, el primer problema surgió cuando la fui a poner en pie y detecté que tocaba con el techo porque lo que hay que tener en cuenta es la longitud de la diagonal del larguero, no la altura de la estantería, y en el momento de alzarla me di cuenta que no podría ponerla en pie y tendría que desmontar la estantería y volver a montarla en posición vertical. Primer cabreo cochino del día. Eso por no decir que, tras montar cinco Billys seguidas, en la última ya estás hasta las narices, las ensamblas sin mirar y con ganas de acabar, peeeeeeeeeero después de haber claveteado la parte de atrás a toda la estantería con más de treinta puas caes en la cuenta que has clavado la balda central al revés y, en lugar de verse la parte embellecida, se veía la viruta. Mierda pa ti y a volver a desmontar la estantería. O sea, que, a estas alturas, en lugar de montar cinco estanterías, has montado siete y desmontado dos.

estanteria 2

Luego el turno de las cajoneras, que, para mi estampa ORTINorrinca, descubres que, tras montar cinco cajones, el sexto viene con la guía carril torcida y no hay su tía de que el cajón entre dentro de la cajonera. Resultado: juramentos varios, blasfemias a tutiplén y cuatro martillazos bien dados para enderezar la guía y que, a base de hostias, el cajón entre, por tus santos cojones, en la cajonera.

Las vitrinas, algo más bajas que las estanterías, sí se pueden montar en el suelo. Las ensamblas, les pones sus puertas con sus odiosas bisagras, pones la estantería en pie y, cuando vas a montar las baldas que van dentro de la vitrina, descubres que las baldas no entran si la puerta está montada y que primero hay que colocar baldas y luego las puertas. ¡A desmontar las puertas! Espumarajos por la boca de rabia perruna contra la vitrina de la serie BESTǺ mientras tú sí que te conviertes en una Bestia y te cagas en la madre del dibujante de las instrucciones de montaje que no te avisó a tiempo. Porque esa es otra, las instrucciones de montaje no vienen escritas, sino dibujadas y como no estés al tanto, usas el tornillo que no es o colocas la tapa derecha en el lado izquierdo o, incluso, te sobran piezas que te hacen llevar a sospechar que algo no está bien montado.

Y para terminar, el mueble de la tele, que lleva tres puertas por delante. Esas puertas que cuando vas al IKEA están perfectamente niveladas y cierran de puta madre pero que, cuando las montas tú, siempre quedan torcidas. ¿Y por qué? Porque el suelo de tu casa está completamente desnivelado, el mueble se descuadra y las puertas no quedan bien. Que luego está el típico amigo listo que llega a tu casa de visita y te dice en tono repelente: “¿Sabes que puedes regular las puertas con los tornillos de las bisagras?”. ¡Los cojones! Por más que ajustes los tornillos, las puertas suben o bajan, se adelantan o se retrasan y se centran o se descentran, pero, jamás, jamás, jamás de los jamases quedan cuadradas y bien acabadas.  

En definitiva, que yo, cuando tengo que montar muebles del Ikea y los tornillos strunjol no cuadran con la tuerca smøgöllon, me pongo hecho un frunjøl, me cago en sus santos Nobel, en todos los Saab y me acuerdo del Volvo que parió a los suecos.

Y lo dicho, si pasar por este infierno no es toda una historia de amor y después no vas derechito al Valhalla, que vengan Odín y Thor y lo vean.


Deja un comentario

FELIPIz Navidad

Estimados leedores y leedoras, en estas fechas tan señaladas, es un motivo de gorda satisfacción…, sí, sí, gorda satisfacción, no honda satisfacción, porque es que ya me supuran los polvorones hasta por las orejas y he tenido que hacerle tres agujeros más al cinturón debido al empacho de la cena de Navidad, a las burbujas de la sidra El Gaitero de la comida de Navidad y a la indigestión que me produjo la cena de empresa por el exceso de radicales libres alcohólicos (y con esto no me refiero a encapuchados tirándoles cócteles Molotov a la policía sino a los radicales químicos que se escaparon de las copas bien cargaditas de licor que me mamé después de dicho evento).

En fin, que en estas fechas tan señaladas, sería todo un desperdicio tirar mi calidad literaria matándome a escribir una entrada para este blosss cuando todiós va a estar de fiesta, jarana y vacaciones persiguiendo a los Reyes Magos dentro de los centros comerciales…, aunque yo siempre pensé que los Reyes Magos venían de Oriente, no que los muy mamones se escondiesen en el puñetero Carrefour o en el Corte Inglés. Porque mi verdadero trauma infantil no fue descubrir que los Reyes Magos fuesen los padres sino que los Reyes Magos se escondían en estos infernales lugares…, eso sí que fue traumático, sobre todo para mis ahorros.

Pero bueno, como iba diciendo, es un motivo de gorda satisfacción haberles tenido de fieles y fielas lectores y lectoras hasta la fecha y, aprovechando la coyuntura de la situación, permítanme que hoy tan sólo escriba cuatro líneas para FELIPIcitarles las fiestas…, aunque…, bueno…, esto no es más que una burda excusa para esconder que no tenía nada preparado para la entrada de esta semana.

Aún así, aprovechando este pequeño detalle sin importancia, de parte mía y del ORTINorrinco, tan solo desearles a todos y todas que pasen estos días con la gente a la que quieren, y que les quiere, y que el año que viene sigan teniendo sueños e ilusiones con las que disfrutar cada momento de sus vidas porque sólo tenemos una y debemos aprovecharla al máximo. Disfruten de los buenos momentos y cuando lleguen los malos tragos tómenselos con el mejor humor posible porque, como decía Eduardo Galeano, el humor tiene la capacidad de devolverte la certeza de que la vida vale la pena. 

Por tanto, ahí estoy, intentando que la vida valga la pena dejándoles algo de humor de vez en cuando porque a mí, particularmente, sacarles unas sonrisas me hace muy FELIPIz.

Gracias por sus risas y por estar ahí.

 feliz-navidad2


8 comentarios

Los Reyes Majos

Noche de Reyes. Día de Ilusiones. La noche en la que los niños y niñas son incapaces de dormir aunque les hagas una tortilla de Valium y los dopes con Trankimazin o, incluso, los asustes con que si no se acuestan pronto los Reyes les van a dejar carbón. Señooooooooorees y señoooooooras, cómo osan tratar de engañar a esos pequeños seres con que los Reyes Magos les van a dejar carbón, si el que acaban de ver pasar en la cabalgata…, ¡es carbón de azúcar! ¡Todavía les entran más ganas de que les dejen carbón! Si están deseando que se les caigan los dientes para, encima, aparte de los Reyes, que les llegue el Ratoncito Pérez, que ya no pone cinco duros como cuando éramos pequeños, sino… ¡hasta diez euros! Que estoy por suscribir acciones de Pérez & Ratones S.A. (a 20 dientes de leche son… 200 euracos por churumbel…, a su edad me hubiera arrancado la dentadura entera por esa pasta…, mientras que ahora es el maldito dentista el que me saca los dientes y, encima, me arranca la pasta de cuajo…, no sé qué duele más).

En fin, como ya no soy un pequeño ORTINorrinco recién salido del cascarón, mis Reyes han sido bastante tradicionales y me han traído los gallumbos con los que voy a vestir todo el resto del año que viene y los calcetines con los que sustituiré a los que ya tienen el agujero en la punta del dedo gordo del pie, tras irlos cortando sutilmente con la uña durante 365 días. ¡Ah! Y también el pijama nuevo de invierno, que el otro ya se tiene solo de pie.

Regalos de reyes

Los gallumbos con “monstro” incorporado, los calcetines para jubilar y el pijama del año pasado a punto de tomarse una cervecita a mi salud mientras me saluda antes de irnos a la cama

Pero, aparte de estos habituales presentes, este año pasado he debido portarme bastante mal, pues los Majos Reyes Magos me han dejado como regalos especiales: hipogeusia, esguince de tobillo y lumbalgia crónica. Sí, así de Majos que son los Magos, que en lugar de ponerme los regalos debajo de las bolas del árbol de Navidad, los muy mamones me las han tocado y me los han inyectado en plan enema.

Todo comenzó el día anterior al de Reyes, en la mañana del día 5, mientras aún dormía plácidamente en mi calentita cama. La Naturaleza llamaba a las puertas de mis esfínteres y el sensor de nivel de mi vejiga lanzaba berridos en forma de señales eléctricas a mi cerebro para indicarle que estábamos a punto de rebasar el nivel de seguridad y que la presa no podría contener el río por mucho tiempo. En mi sesera se instauró la típica batalla entre las neuronas que insistían en: “¡cinco minutitos más, cinco minutitos más!”, contra las que decían: “¡me meo, me meo!”.

Finalmente, triunfaron las últimas y decidí salir de la cama para correr hacia el baño a realizar una micción de carácter un tanto complicada, pues no sé si ustedes conocen la pequeña mutación física que sufren los ORTINorrincos masculinos por las mañanas, pero digamos que… pueden hacerse una buena imagen pensando en los bomberos con las mangueras apuntando hacia arriba intentado apagar el fuego de un edificio en llamas y que el agua caiga exactamente en el lugar del incendio. Y más engorrosa aún si cabe, pues los ORTINorrincos somos bastante cegatos y uno carga con una miopía bastante acuciada con lo que atinar, sin ver nada, en el foco de la llama resulta bastante dificultoso. Yo sé que a los humanos estas cosas no les pasan, es lo que tiene ser un ORTINorrinco.

Mi manguera de ORTINorrinco

En definitiva, una vez puesto en pie, y “apagado el fuego”, ya no tenía sentido volver a la cama. Como tenía la boca algo pastosa, decidí empezar el día lavándome los dientes. Y allá que fui, arriesgándome peligrosamente a comenzar la mañana sin las gafas puestas. Y lo dicho, como los ORTINorrincos somos bastante cegatos, tenemos dos sistemas para detectar los objetos: mediante el tacto o mediante la ecolocalización. El primer sistema consiste en ir palpando hasta que consideras que aquella mancha grande y colorida que ves es lo que estás buscando. La segunda es cuando, utilizando el método de palpación, escuchas el eco de aquello que acabas de tirar al suelo y romper. Entonces, por el sonido producido ya sabes que lo has ecolocalizado…, tarde, pues ya no sirve de nada porque está hecho añicos…, pero lo has encontrado. Normalmente, el sistema de ecolocalización suele terminar con un: “me cagonnn suputamadre”.

Pues bien, siguiendo el método táctil localicé la pasta de dientes y el cepillo. Y comencé a frotarme bien y con fuerza la dentadura. Sin embargo, al cabo de unos segundos, detecte que: a) la pasta sabía rara y b) no hacía espuma. Escupí aquello que sabía a rayos y procedí a acercarme el tubo de la pasta a la punta de la nariz para leer qué era lo que me había puesto en el cepillo.

¡Hemoal! ¡Me había puesto Hemoal! Y no el normal. ¡El Hemoal Forte! Esputos, imprecaciones y un proceloso lavado de lengua para quitarme aquel sabor de la boca. Sin embargo, ya era tarde. No sé qué compuesto químico tiene aquello pero se me quedó la lengua como una lija y perdí el sentido del gusto…, he aquí como apareció la Hipogeusia, que consiste en la imposibilidad de saborear aquello que comes. Y ustedes se preguntarán, ¿qué coño hacía el Hemoal en la pica del lavabo? Bueno, como ya saben, esta vida es un valle de lágrimas al que hemos venido a sufrir… pues yo sufro en silencio… Porque cada cual sufre como le sale de los cojones, ¿no? En fin, que está claro que para acabar con algo que se llama coloquialmente almorrrrrrrana, y que en el lenguaje culto de los médicos se denomina hemorrrrrrroide, o le metes caña o no te lo cargas… eso sí, mis papilas gustativas…, destrozadas.

Pero el día no había hecho más que empezar y todavía tendría tiempo para ir recibiendo mis regalos anuales. Para evitar las colas del día de Reyes para comprar el tradicional roscón de Idems, mi señora esposa y yo decidimos adelantarnos a todo el mundo e ir a adquirir uno. Ella aparcó en doble fila delante de la pastelería, yo subí los ocho o diez escalones que dan acceso a la misma y me hice con un fabuloso roscón de nata. Al salir de la misma, mi mujer seguía esperándome con el coche en doble fila, sin embargo, una señora provista de un pedazo Mercedes no se atrevía a pasar al lado de mi mujer, fuera ser que le hiciera una rayita a su lujoso cochazo. Y eso que por el espacio de calle que quedaba libre hubiera podido pasar la decimotercera Panzerdivisionen toda a lo ancho, el portaviones Nimitz con su flota completa de destructores y acorazados formados en paralelo y habría sobrado un huequito para que pasara la cabra de La Legión (eso sí, de frente, porque a contrapelo se le hubieran enganchado las orejas y los cuernos).

Total, que la vieja se volvió histérica ante la posibilidad de que su Mercedes pudiera ser herido por un humilde y sencillo Seat y, apuntándola con la estrella del morro de su coche, comenzó a dispararle bocinazos a mi señora para que apartara su vulgar pichirilo. Yo, desde lo alto de las escaleras, al ver la escena, decidí bajar rápido para salir huyendo de allí ante la ogra del Mercedes. Sin embargo, en lugar de fijarme en los escalones, me fijé en la cara de mi agobiada esposa y perdí el pie, que formó un ángulo de noventa grados con el tobillo y me fui de boca.

A pesar de que, con el tiempo, la cerveza me ha generado cierta masa abdominal que hace que mi centro de gravedad se haya desplazado algo más abajo, aún estoy dotado de un tormo/belillo/cabezón que pesa algún quintal de más y que hace que dicho centro de gravedad esté bastante alto. Con lo cual, al perder el pie, la Gravedad llamó a mi cabeza antes que al resto de mi cuerpo y ésta fue lo primero que aterrizó contra el suelo, mientras mis patas apuntaban al cielo. Resumiendo, ¡el talegassso fue de Trending Topic!

El roscón de Reyes que venía conmigo voló por los aires y cayó de plano justo antes que yo. Como en todo accidente que se precie perdí un zapato y quedé empotrado en la acera, como si yo careciera de tres dimensiones y me hubiera pasado una apisonadora por encima. Desde el aire mi imagen parecía la de un santo, pues había quedado boca arriba, con los brazos extendidos a mis lados, con las palmas de las manos apuntando hacia el cielo y, como aureola celestial, el roscón de Reyes formando un círculo alrededor de mi cabeza, pues, al impactar contra el suelo, se habían unido las dos capas de bizcocho y la nata se había desparramado, formando alrededor de mi cráneo una halo de nata y bizcocho. Si además de roscón, hubiera comprado perejil, hubiera parecido la estampita de San Pancracio.

Ante el súbito impacto, el rey y el haba salieron disparados. El haba se precipitó dentro de una alcantarilla donde debió ser pasto de las ratas y con el Rey poco se pudo hacer para salvarlo, salvo el boca-rey para chuparle la nata que tenía pegada.

Entierro del rey

Escoltado por sus compañeros, se lleva a cabo el sepelio del rey caído, y rechupeteado, según el rito budista (aún no existía el Cristianismo)

Finalmente, los daños sufridos fueron un ligero esguince de tobillo, muerte súbita real por aplastamiento de roscón y ahogamiento masivo con nata de los piojos que pudieran pulular por mi cabellera. Eso sí, la japuta del Mercedes pasó de largo sin sufrir un maldito arañazo en su cochazo.

Ese fue el segundo regalito de los Reyes Magos. Pero ahí no acababa la cosa, lo peor aún estaba por llegar: la cabalgata. ¡Todavía tenía que verlos pasar después de los presentes que me estaban dejando aquel día! Y no tenía que verlos pasar a solas, no, sino acompañado deeeee…, mi pequeña sobrina ORTINorrinquita. Un bello ser de seis años y, sobre todo, veinticinco kilos de peso.

Porque es que mi sobrinita tiene pasión por su tío y quería que la llevase a ver a los primeros ídolos que tendrá en su vida: Los Reyes Magos (si hubiera posters de Melchor posando, fijo que mi sobrina tendría uno colgado en su habitación). Y efectivamente, allí que fuimos.

Para empezar, las aceras de las calles estaban atestadas de infantes, y no tan infantes, ocupando los primeros puestos para ver bien toda la procesión. Puestos que son imposibles de conquistar, pues intentar ponerte por delante de alguno de esos chiquillos o, peor, delante de sus padres puede ser un deporte de alto riesgo. Sí, sí, donde esté el Cabalgating que se quiten el Puenting, el Salto Base, el DeadBiking o cualquiera de esas otras chuminadas acabadas en “ing”. Intenta adelantar a un padre con su hijo en las posiciones de privilegio de la cabalgata de Reyes y eres hombre muerto a base de collejas, zarpazos de madres defendiendo la guarida de sus crías o niños que, como pirañas, podrían devorarte en cuestión de segundos.

Total, que para que mi sobrina pudiera ver bien el espectáculo sólo había dos opciones: que ella se adelantase a los lugares de primera fila (cosa que a los niños sí se les permite) o subirse a mis hombros. Yo le intenté explicar que esto último no podía ser posible justificándome con: “es que tito ORTINorrinco tiene una condromalasia rotuliana y una protusión lumbar y no puede cargar contigo”.

A mi sobrina aquello le debió sonar a: “Condromalasia Rotuliana debe ser la nueva muñeca de Monster High…, igual se la pido a los Reyes ahora que van a pasar”, o tal vez, “luego le pediré al tito un huevo Kinder a ver si en la sorpresa me toca una Protusión Lumbar de esas”. Con lo cual, entróle mi comentario por su ojera derecha y salióle por la izquierda procesado de aquella manera, me miró y puso la cara de pena del Gato con Botas de Shreck, expandiendo las pupilas de sus ojos al máximo, mientras yo pensaba: ”¡será hija de la gran… ORTINorrinca!”. Y así consiguió trepar hasta mis hombros, donde permaneció….¡DOS HORAS!

Gato con botas

Mi ORTINorrinca sobrina utilizando sucias artimañas gatunas

Y comenzó el suplicio. Empezaron a pasar decenas de mascotas y personajes de dibujos animados, saludando a todos los críos ante el histerismo de éstos. Uno de los momentos más terroríficos fue cuando apareció la carroza de Frozen, con la princesa Elsa, la princesa Anna y el muñeco de nieve Olaf. Mi sobrina estuvo a punto de sufrir dos soponcios, una lipotimia y desgarramiento de cuerdas vocales, y eso que mi ORTINorrinquita ya cuenta en su poder con: el juego de Frozen, todas las princesas Frozen, el set de belleza Frozen, la carroza Frozen, la cubitera de Frozen, la central nuclear de Frozen, la pinga en vinagre de Frozen, el edicto real contra el Calentamiento Global de Frozen (por aquello de no derretirse), el Halcón Milenario de Frozen y, hasta la confesión firmada por parte de Darth Varder de que se pasó al Lado Oscuro porque la princesa Leia, cuando era pequeña, le tenía hasta los mismísimos Frozens de la peliculita de marras, tras haberla tenido que ver más de un centenar de veces. A mí, curiosamente, me pasa como a Darth Vather y, de hecho, también les pedí a los Reyes la capadora de Frozen para pasarme por los estudios Disney a decirle cuatro palabritas a los malévolos guionistas de la película, pero los Magos, sabiamente, no me la dejaron.

Y hablando de los susodichos, comenzaron a acercarse los camellos animados por las felices pajas de los Reyes Magos… (sí, es que los pajes eran mujeres…, no me sean mal pensados…). Entonces comenzó el verdadero infierno, porque mi sobrina, histérica al ver a sus ídolos, berreaba como una posesa con un estridente y agudo chillido que taladraba mis tímpanos como si me estuvieran metiendo una aguja de calceta de treinta centímetros por mis oídos. Melchoooooooooooor, Gaspaaaaaaaaaaaaar, Baltasaaaaaaaaaaaaar (con éste último era el deliriums tremens, o sea, el tremendo delirio). Ya tan joven y yo ya estaba deseando que mi sobrina creciera rápidamente para que la próxima vez que la cargara alguien fuese su primer novio adolescente, repleto de acné y pelusilla por bigote, en su primer concierto de Gemeliers, Justin Beaver o del correspondiente niñato guaperas que las desalmadas discográficas puedan enlatar en un disco para cuando ella haya crecido. Porque, a fin de cuentas, lo que yo tenía sobre mis hombros no dejaba de ser una tierna fan, histérica por ver a sus ídolos.

Pero lo peor no eran los gritos. Eran los caramelos. Al tener que agarrar a mi sobrina por las piernas, para evitar que cayera de mis hombros, yo no tenía manera de defenderme del ataque de los caramelos disparados a discreción contra nosotros así que, cada vez que pasaba uno de los Reyes, los caramelos impactaban contra mi cara. Intenté hacer como Keanu Reeves en Matrix, y esquivarlos echándome hacia atrás, agitando ágil y grácilmente el cuerpo para evitar los impactos mientras los caramelos de fresa y limón pasaban a mi lado a cámara lenta, sin embargo, mis lumbares me anunciaron con un solemne “crack” que acababa de terminar de herniarme y yo parecía, más bien, un Click de Famóbil pero doblado noventa grados hacia atrás. Así que, ante el descoyuntamiento lumbar, decidí que prefería recibir los impactos de los caramelos.

Neo esquivando balas en Matrix

En definitiva, que al acabar la cabalgata yo tenía sendos lagrimones recorriendo mis mejillas y que mi sobrina interpretó que estaban causados por la emoción de ver a los Reyes Magos, mientras la L4 y la L5 se fundían para siempre en mi columna vertebral y en mis oídos un permanente y estridente “piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” retumbaba en mi cabeza al haber perdido la gama auditiva de las frecuencias agudas.

En fin, gracias al Cielo que se acabaron las Navidades y ahora comienza la cuesta de enero que seguramente no será peor que el día de Reyes, aunque subirla va a ser jodido, pues voy cojo y con lumbago, pero eso sí, mal sabor de boca no me va a dejar, porque el estropajo que tengo por lengua no va a ser capaz de saborearla.